domingo, 16 de julio de 2017

¡¡Lee gratis los dos primeros capítulos de El diario de un fracasado!!

   


 Hoy puedes leer gratis los dos primeros capítulos de "El diario de un fracasado", una de las novedades en terror Kindle y que varias personas ya están leyendo.
Deja que Iván te cuente su historia, y vívela con él.
¡¡Gracias!!                                                                 






                                                                         Capítulo 1


«Se dice que en vez de picha tienes un botón pegado entre las piernas/ ¡Al agua, picha pequeña!/¡Mirad sus tetas!/ ¡Cáete al agua, picha pequeña!/ Es una vergüenza para un padre tener un hijo con la picha pequeña y con más tetas que su mujer, ¿entiendes? Un hombre se mide por el tamaño de su hombría, y tú no tienes, y has fallado a tu padre/ Los niños normales tenemos la picha grande. Tú no tienes más que una arruga de piel, y jamás podrás estar con una chica/ ¡Eres un fracasado! ¡Tienes la picha pequeña, tetas y eres retrasado! ¡Nunca tendrás novia, desgraciado! ¡Nunca! ¡NUNCA! ¡NUNCAAAA!/ Di que tienes tetas, que la tienes pequeña y no follarás nunca/ Mi hermano me ha dicho que no vales para nada, que le da la risa cuando te ve en el recreo, y también a los de su clase. Y ahora más porque el otro día te vio con tus dos milímetros fuera de la bragueta. Las chicas no quieren a los subnormales, y él me ha dicho que tú eres subnormal/ Fracasado. Puto virgen. Jodido fracasado de nacimiento. Fusil pequeño».




Perdóname, lector. Estaba recordando lo que acabas de leer, pero ya tendrás tiempo de leerlo más adelante.


Todo empezó en invierno de 1983, una vez que vi la luz, y tras nacer de milagro después de dos principios de aborto.


Te preguntarás por qué nací después de haber estado más para allá que para acá, por qué nací con ese bulto y por qué nací llorando. No lo sé, y es posible que se deba a un castigo en mi vida pasada. Imaginemos que fui muy malo en la anterior y quisieron castigarme en esta. Sí, el nacer fue un castigo; es duro, pero lo fue. Del bulto pienso lo mismo que he mencionado, y lo de llorar se terminó demasiado pronto. Lloré sin que el doctor me azotara en los cachetes del trasero para que el llanto emergiera, pero después, con el paso de los años, he querido llorar más de lo que he llorado y, a veces —cada vez más a la larga— no he podido. Creo que debe ser porque ya casi no me quedan lágrimas. Las últimas me salen ahora, acompañado de mi hoja de papel y mi bolígrafo...


            Dejando atrás el momento de mi nacimiento, al que volveré (en parte) a lo largo de la historia, empezaré a contar mi primer recuerdo.






-Fracasado-




1987. Empezaba a oscurecer, y serían cerca de las 19:00h. Ese día vi llorar a mi madre por primera vez. No sabía lo que eran las lágrimas a pesar de que casi nacieron antes que yo. En octubre de 1987 tenía cuatro años para cumplir cinco en pocas horas, y te aseguro que desde entonces los recuerdos me han acompañado todos los días.


Sentí el llanto de mi madre y corrí en su busca. La encontré en su habitación, tumbada en la cama de mala manera y con una mano en la mejilla. Si los cinco dedos que tenía marcados en la cara se los había tatuado ella misma, entonces tenía poderes. Pero no, la mano marcada pertenecía al otro humano que participó en el costoso trabajo para que yo viniera al mundo.


Me miró con los ojos llenos de lágrimas. Yo no podía verme a mí mismo, pero creo que no emití ninguna mueca. La miraba entre asustado y confuso.


—Vuelve a tu habitación, Iván —recuerdo que me dijo. Se enjugó el rostro y después se incorporó para girar mi cuerpo con amabilidad y enviarme en dirección a la puerta. En ella se hallaba el culpable de su llanto y dolor: mi padre.


Lo miré. Parecía nervioso y malhumorado, pero a mí no me dijo nada. Volví a mi habitación, y mientras mi madre se dirigía a la cocina, escuché cómo se cerraba la puerta de la calle, con portazo incluido.


Mi padre también sabía golpear puertas.






-Fracasado-




A las 21:00h (más o menos) me hallaba en mi habitación, dibujando. Sé que era sobre esa hora porque mi madre me acostaba nada más terminar de cenar, y eso solía ser alrededor de las 21:30h. La cena se demoraba, y no había vuelto a ver a mi madre desde que ella sufriera la agresión.


Pasados unos minutos, la vi asomar la cabeza por el pasillo, mirando en dirección a la puerta de entrada en lo que varios llaveros se peleaban a raíz de los intentos fallidos porque la llave entrase en la cerradura. Mi padre no acertaba a introducirla.


Vi la intranquilidad que reflejaba el rostro de mi madre mientras miraba hacia la entrada. Sus ojos color miel refulgían igual que si los iris se hubiesen antojado como lentes reflectantes. En ellos, y haciéndolos vibrar como si toda su cabeza estuviese siendo zarandeada, las lágrimas palpitaban al compás de los bombeos de su corazón. Se mordía la uña del pulgar derecho compulsivamente, y hasta esta, una célula muerta, parecía tener miedo, resbalando de su boca para no ser comida mientras me dejaba escuchar la acción con un sonido parecido al del chascar de una rama.


La puerta se abrió con un rápido empujón. Se llevó con ella el felpudo, y lo escuché como el sonido que puede emitir un gigantesco cepillo de barrendero cuando sus pelos se doblan contra el suelo y arrastran la basura de la calle. Mi madre, muy nerviosa, entró en la cocina.







           Mi progenitor entró. —Con el paso del tiempo, entendí que todos sus males los provocaba el alcohol y las malditas tragaperras. Antes dije que mi primer recuerdo partía de ver llorar a mi madre, pero no es cierto. Recuerdo pasar una mañana entera con mi padre en un bar. Yo bebía un zumo de naranja y él alimentaba a la maquinita con gruesas monedas de 500 ptas. Atiborraba el estómago de ese matojo de cables con la intención de que vomitase el doble de lo que le proporcionaba; pero le hacía caso omiso, burlándose de él con pitidos similares a los que dan los feriantes antes de que los niños se suban en las atracciones. Como no le salía bien la jugada, rabioso, la golpeó con la mano abierta, quizá con la misma fuerza que ejerció para golpear a mi madre. La cara que puso al no salirle el dinero fue idéntica a la que tenía cuando lo vi en la puerta después de haber marcado el rostro de su mujer como si esta fuese una res a la que hubiera que señalar. Idéntica… Dije que sobre la marcha es posible que recordase algo (aquí está la prueba)—. Sus ojos no eran de agrado. Mi incultura no tiene la culpa de que no lo pueda explicar bien. Para poder entenderlo, tendrías que haberlo visto con los tuyos. Los suyos eran raros, inyectados en sangre. No puedo dar más detalles, solo que el resto de su cara me hacía saber que, aquel energúmeno que entraba, era mi padre. Llegaba con una cogorza de tres pares de narices y la bragueta abierta. Con el tiempo, también supe que uno de sus vicios favoritos eran las señoritas de compañía que frecuentaban la calle al anochecer. Tardé años en saber lo que era una puta. En ciertas ocasiones, delante de mis narices, se refirió a mi madre por ese nombre, y ella no era una señora que frecuentaba la calle ni cobraba porque un hombre se desahogara sexualmente con ella. Me parece que la palabra “puta” no le corresponde a ninguna mujer que tiene que vivir de su cuerpo. He visto a mujeres ganarse ese apodo sin cobrar una perra; y no solo ese, sino también, aquel con el que en la línea anterior me he referido al dinero, pero válido para nombrarlas a ellas y a la mujer del perro. Mi abuela paterna fue una de ellas, y quizá por ello trajo al mundo a un hijo de puta (en esta historia no hay más sitio para ella).







              —Ya estoy en casa —gritó, cerrando con un portazo similar al que dio al marcharse. Di un respingo mientras él zigzagueaba—. ¿Es que no me oyes? —insistió. Mi madre se dejó ver. Temblaba; por ello, el plato que llevaba a la mesa perdía sopa por el camino.



            —Te he oído —contestó ella, atropellando sus tres palabras con voz temblorosa—. Aquí tienes la cena. —La dejó encima de la mesa.


Mi padre no dijo nada, se limitó a mirarla con aire distante, y también con odio. Después, se sentó y tomó un sorbo de sopa. Acto seguido lo escupió.
   —¿Qué cojones es esto? —preguntó. Mi madre quedó igual de blanca que el plato.


Una vez más, pude ver los ojos saltones de los que hablé al principio. Me asomé al salón para ver a mis progenitores, y creo que fue mi mayor error, porque desde entonces, como ya dije, no lo he olvidado.


Me invadió un terrible malestar. La cabeza parecía que me daba vueltas, y mi vista —obnubilada— viró hasta hacerme caer al suelo.









-Fracasado-




Empecé a levantar los párpados muy despacio. Mi habitación oscureció de pronto, o tal vez lo apreciaba así (aunque lo dudo mucho). Veía una longitud infinita desde mi posición, y seguía hasta la puerta de entrada. Era como si no terminase nunca; y de hecho, la puerta se alejó. No la divisaba.

            Sentí como si de pronto me hubiera teletransportado al exterior, me hallara tirado en el suelo de la calle y todo el frío de la época quisiera envolverme con la intención de arroparme con crueldad, mecerme y cantarme un arrullo que jamás se me olvidase en la vida. El viento sopló con fuerza azuzando mis pálidas mejillas. Extrañado por lo que me estaba sucediendo, y con un escalofrío recorriendo mi espina dorsal, miré hacia el suelo. Mi intención era dejar de ver a esa masa siniestra que seguía envolviéndome, con lentitud pero sin pausa.  Mi sorpresa fue mayúscula cuando me di cuenta que el suelo al que quería mirar, no existía. No había suelo en aquellos instantes, había desaparecido y su ausencia me hacía flotar en medio de las tinieblas del presente, pero recreándome el futuro.

            El viento sopló con poderío, con demasiada fuerza como para volar un edificio entero, salvo a mí. Seguía protegido por aquella masa negruzca que no me dejaba mover. Mis ojos —horrorizados, y con más nervios que los propios del momento— miraron de frente. Sobresalían tanto de sus órbitas que parecían dos gruesas balas en vez de globos. Una sombra deforme, y tan alargada como el pasillo que seguía acercándose a mí, con, a saber si la intención de emparedarme entre las tinieblas, levitaba por él.

            La longitud de mi habitación seguía siendo la misma, solo había cambiado el contorno. Fuera de ella, sabía que mis padres estaban manteniendo una fuerte discusión (todas las noches era así)  pero no los sentía. Mis oídos se veían incapacitados para escuchar algo ajeno al habitáculo tenebroso; era como si estuviera insonorizado a propósito. 

            La sombra seguía avanzando. —A medida que fui creciendo, me interesé por las películas de terror, y puedo asegurar que, al igual que en muchas de ellas se presenta a la muerte con forma de esqueleto enlutado y guadaña, esto no era ni parecido. El horror que transmitía este ser penumbroso multiplicaba por mil el estado de sobrecogimiento. Era terrorífico—. La miraba, atónito y deseando que todo pasara para abrazar a mi madre; no obstante, al mismo tiempo sentía curiosidad por saber qué era eso tan malo que tanto interés parecía tenía en mí.  
            A simple vista no era más que una difusa imagen, el reflejo oscurecido de una persona. —Me recordaba a las noches de verano en casa de mis abuelos maternos. Salía al patio y me miraba en la pared de ladrillos. En el acto, mi casi metro de estatura se convertía en metro setenta. Era todo piernas, y con un tronco larguirucho y enclenque en donde una cabeza reducida parecía esconderse del mundo—, pero se presentaba ante mí con una fuerza sobrehumana. A pesar de su calma, una energía oculta se encargaba de dejarme petrificado, mirándolo como una estatua conmemorativa bajo el cielo de una cruda noche invernal.
            Mis ojos eran los únicos que podían moverse dentro de mi cuerpo. Simulaban el movimiento de los parabrisas que mi padre accionaba en el coche cuando llovía mucho. A un lado, y a otro; a un lado, y a otro. Andaba precavido de no perderme un triste detalle. El terror, horror y demás formas indefinibles que podría escribir pero jamás hacer comprender, me mantenían en ascuas, solo que vencidas por una oleada gélida que, independientemente del frío que reinaba en el habitáculo, mis nervios se encargaban de repartir por mi pequeño cuerpo.
            Aquello quería atraparme, estaba seguro de ello; pero… ¿Qué o quién era eso? Si en verdad lo que veía era su cabeza, entonces las arrugas oscilaban como si fueran los tentáculos de un pulpo, porque por más que quisiera profundizar en ella, no apreciaba cabello de ningún tipo. Los brazos, doblados, y en donde el ancho que colgaba de las mangas predominaba en ellos, los convertía en meros huesos rodeados de ropa, y que me recordaban a la pipa que mi padre se fumaba los domingos mientras leía el periódico, solo que multiplicando su volumen por diez…
            Eso no me daba miedo; sin embargo, que de entre esas supuestas pipas gigantescas los brazos se estirasen hasta el infinito, con manos como la parte corta de un remo, y que de estas, unos dedos adquirieran la forma de los dientes de un rastrillo de jardinero, abriéndose y cerrándose con intención de pinzarme, me hizo gritar de horror.
            Durante el grito, esa especie de proyector que se refleja en el interior de la frente (mencionado durante mi nacimiento) comenzó a dar vueltas como las estrellas que giran alrededor de las cabezas cuando algún dibujo animado sale malherido. Me dolían las sienes y la mandíbula, y sentía picor en la garganta. A pesar de ello, hasta que la respiración no me dio el aviso de: para o te ahogas, no me detuve.
            Al levantar los párpados y sacar la lengua como un perro fatigoso, estaba solo. La sombra había desaparecido.
-Fracasado-


La sombra desapareció de mi vista como por arte de magia.
        Dicen que solemos mirar y no ver, pero sin embargo, podemos sentirlo todo mucho mejor que localizándolo con la vista. Es cierto. Donde miraba no había nada ni nadie, pero a mi espalda, sí, y lo noté. Sentí como si algo sólido y frío recorriera toda mi columna vertebral, deteniéndose una vez que consiguió aterirme por completo y hacerme soltar un “hip” mientras mi cuerpo se tensaba.
         Miraba de frente, con los párpados sujetos como si estuvieran soldados a las cejas, pero hubiera deseado poseer ojos en la nuca para no haberme tenido que dar la vuelta jamás. Lo hice, muy poco a poco, tiritando y con inmensas ganas de gritar; y de hecho grité de nuevo. Lo recuerdo como si fuese ayer.


Mi aullido me alejó de la habitación para mostrarme un inmenso pasillo, muy similar a ese infinito que había visto con anterioridad; pero no tardé en darme cuenta que era yo quien se alejaba a la vez que veía todo lejos de mi alcance. Fue tan poderoso mi modo de escape al gritar, que ocurrió esto.

            Grité porque lo que vi se escapaba por completo a lo que tenía entendido por pasar miedo. Pensaba que eso llamado “miedo” significaba temerle a la oscuridad, y bien era cierto que en ese instante todo estaba oscuro, incluso la sombra tenebrosa que irrumpió en mi cuarto. Pero cuando giré y lo vi, poco tenía de negruzca. Me  observaban dos amarillentos y saltones ojos, descansando entre ojerosas bolsas hinchadas, y juro por lo más sangrado que ambos tiritaban. Era capaz de sentir sus nervios inquietos traspasando los globos oculares, como si estuviesen siendo forzados a moverse por culpa de algún electrodo o una especie de descarga interna. Parecían incitarme a que me uniera a ellos, consiguiendo, por el contrario, que me alejara más.


 Describo los ojos no solo por ser lo primero (no lo único) que más me llamó la atención en ese instante, sino porque al dueño de esas dos bolas terroríficas ya lo he descrito hace poco tiempo. Era el rostro de mi padre, aunque en ese caso, sus órganos de visión evolucionaron con ira corrosiva. No grité al ver cómo me miraban y se movían; más bien, lo hice al ver que la garganta de mi progenitor tenía una considerable abertura, tan extensa que parecía una sonrisa macabra en el cuerpo equivocado. La sangre que salía de ella era toda la que creía que se me había congelado en el cuerpo… Jamás he podido borrarlo de mi mente.


Mi padre se desangraba como un cerdo. Era solo ojos; ojos y una gigantesca raja sangrienta que parecía ser su boca esbozando un malévolo gesto de triunfo. La sangre se esparció por el infinito pasillo que continuaba viendo eterno, y apareció la mano que vi el día de mi nacimiento, buscando el lugar donde detenerse una vez cumplido su objetivo.


 Escuché el sonido de aquello que parecía botar súbitamente contra la pista de un polideportivo; después, volví a la realidad.







Capítulo 2







Cuando desperté, noté que el bulto de mi cabeza me provocaba un cosquilleo nada placentero mientras se movía; después, quedó unos segundos encogido, igual que si me estuviera absorbiendo la sangre. Al poco tiempo desapareció la molestia, pero me dejó un agudo dolor de cabeza. Había vivido algo similar al nacer, pero aún quedaban años para darme cuenta de lo que me ocurría.


            Haber visto la horripilante imagen de mi padre me dejó congelado, casi mudo. Me costaba respirar y notaba una presión en el pecho. No era capaz de alejarla de mi mente. Pensaba que me había caído de la cama (y eso que no me había acostado). Era incapaz de explicármelo; por ello, solo se me ocurrió creer que, tras una pesadilla en la que había visto lo que te he contado en el capítulo anterior, me caí del susto.

            Todo seguía igual: mis padres continuaban discutiendo; o mejor dicho, mi padre farfullaba sin contención. Era él y no el hombre enlutado que se desangraba en mi horrenda pesadilla. Respiré algo aliviado; en el fondo, todo volvía a la normalidad, aunque fuese a base de discusiones y malas palabras. Me había acostumbrado a ello porque esa era la “normalidad”.

—¿Te parece normal servirme esto? —preguntó mi padre. Al escucharlo, salí de la habitación y me dirigí hasta allí. Entonces me di cuenta que seguía en el mundo real.

            —Es sopa de sobre, como a ti te gusta —respondió mi madre, aún sin recuperar el color.

            —¿Que a mí me gusta? —Esbozó una sonrisa falsa al mismo tiempo que se incorporaba. Mi madre, solo con sentir cómo su marido arrastraba la silla para ponerse en pie, perdió el poco color facial que había recuperado. Sé que si llega a haber tenido una medalla en el pecho, esta habría delatado su nerviosismo al haberse movido entre los senos. Su corazón debía de haber multiplicado la frecuencia cardíaca.

 Mi padre se dirigió hacia su mujer prescindiendo de la sádica sonrisa que había esbozado, dando ligeros golpecitos en la mesa al mismo tiempo que la taladraba con ojos de agresor experimentado. Cuando vi de nuevo esas gigantescas bolas de visión, idénticas a las de mi pesadilla salvo en el color, afloró en mí una llamada de alerta.

—A mí me gusta la sopa caliente —volvió a decir, muy calmado y con la voz tan baja como el fuego lento: ese que va despacio pero abrasa de no tener cuidado. Cuando hablaba con calma, después compensaba la tenue voz con gritos de escándalo—, y esto está frío. —Mojó los dedos en la sopa para salpicar con ellos el aterrado rostro de mi madre. Después se tambaleó, y no sé si fue por la borrachera o por el ansia de poner los puntos sobre las íes.

            Mi madre no dejaba de parpadear con los dedos entrecruzados por debajo del vientre, pero como si estuviese echando un pulso chino con los dos pulgares. Era consciente de lo que se avecinaba; por ello, al retener el llanto, sus dos labios tiritaban, dando la sensación de susurrar algo.

Mientras mantenía la cabeza gacha y las gotas de sopa recorrían sus mejillas como las lágrimas que en verdad querían recorrerlas, él la agarró del cabello y, una vez que lo tenía enroscado entre los dedos, tiró de él hacia abajo. La pobre mujer soltó sus manos y las levantó, urgida a mirar al techo a causa del brusco tirón que había sufrido y seguía sufriendo. Sus dedos temblaban como los del ladrón que se rinde al verse cazado por un policía, y es que las palmas parecían decir: “me rindo”, y que la detuvieran como si hubiera hecho algo malo. 

Su único pecado había sido el dar de cenar, como una esclava, a alguien que prefería usar las manos para hacerle daño en vez de coger un plato y servírselo a su manera. Ese era su pecado: estar esclavizada por y para él, para acatar sus órdenes sin rechistar y vivir con miedo una vez cumplidos los encargos que nunca debería haber consentido. Jamás.  Él, como buen marido, se lo agradecía con palizas y disgustos.


            —¡Está frío, desgraciada! —voceó, con tanta agresividad que el salón entero retumbó. Continuó tirándole del pelo, tan fuerte, que consiguió que se arrodillara entre quedas súplicas de “por favor, por favor”.


Las lágrimas que contenía mi madre salieron disparadas, y me dolió verlas. Renació la presión en mi pecho, un poco más hacia la izquierda de donde me había oprimido la primera vez. Creo que era mi corazón, sufriendo tal y como sufría la mujer que me había dado la vida.


            Aun estando de rodillas, él siguió tirándole del cabello. Mi madre gritaba, suplicaba y no dejaba de mantener las manos en alto. Se había rendido desde el primer momento; no quería entrar al juego, solo que el calvario terminase cuanto antes. Sin embargo, mi padre continuaba. Le daba igual que ella llorara, al igual que le daba lo mismo quedarse con un matojo de pelo en los puños. ¿Ocurría algo? Nada en absoluto. Mi madre volvería a gritar, de dolor y de miedo; lloraría y caerían lágrimas de sus ojos. Para él, nada más.


            Mi padre solo lloraba cuando perdía el Real Madrid, porque como él, los pobres jugadores tampoco tendrían un plato de sopa caliente para cenar…


            —Mira, ¡mira lo que ocurre cuando no cumples con tu obligación! —advirtió, para luego alargar el brazo que tenía libre y, de un golpe, tirar el plato al suelo. Impactó contra el baldosado del salón para convertirse en diminutos pedazos de cristal entre un charco de caldo amarillento. Me estremecí—. ¿Lo ves? —Mi madre no respondía, lo hacía su pecho por ella, respirando con ajetreo—. ¡¡He dicho que si lo ves!! —Le dio un nuevo tirón de cabello, con mayor brusquedad que los anteriores. Ella asintió en un quedo susurro—. Entonces te la tomarás tú —afirmó el agresor—. Está en el lugar que te pertenece, que no es otro que el suelo. Y da gracias de que te permita comer algo… —Ella temblaba, y yo podía ver cómo las venas de sus sienes, entre un acalorado sofoco, se marcaban en los laterales de su frente—. ¡¡Míralo, jodida puta!! —Empujó la cabeza de mi madre. La escuchaba chillar porque su cuello y su columna vertebral sufrían tanto como toda ella. La intención de mi padre era que la nariz de su mujer tocara los pedacitos de cristal.


            —Pa… ra, por favor —suplicó, llorando a más llorar.

            —Empapa los dedos y chúpalo —ordenó.

La esclavizada mujer negaba. La parte superior de su cabello, esa mata libre y abovedada que se formó al agarrarle el resto, se movió con el mismo temor que su cabeza.

            —¿Cómo? —insistió él. Le dio un nuevo tirón y acercó el oído al rostro compungido de mi madre—. No te oigo decir que sí —presionó. Entonces sentí un sonido mayor que el del plato al romperse. A priori, parecía menor en intensidad, pero su fuerza lo superaba con creces. Fue una bofetada que a ella le hizo caer hacia atrás para aterrizar en el suelo con el antebrazo izquierdo, momento en que la vi un nuevo gesto de dolor en el rostro—. ¿Vas a tomarlo? —insistió él desde su superioridad en altura, desde su punto de vista superior en todo momento. Mi madre, débil, sin solo fuerzas para llorar, negó una vez más.

            —¡¡MALDITA PERRA ASQUEROSA!! —Tras los gritos, la agarró del cinturón del batín que vestía y la desplazó hacia los pedazos rotos; después, y mientras yo miraba sin poder hacer nada para defenderla, la agarró la cabeza con las dos manos, presionó con fuerza y, mientras ella gritaba, llevó su rostro hacia la multitud de cristales.

Desde mi posición no la veía la parte dañada, solo sus pies descalzos pataleando; y eso sí: los gritos no pude eludirlos.

            —¡Cógelo así! —gritó él. Presionaba la cabeza de mi madre con su mano derecha; la izquierda, se la empapó con la sopa derramada y algún que otro pedazo de cristal. Llevó la palma mojada a los labios de su mujer, con sangre de él y cristales incluidos—. ¡Bébelo! ¡Bebe, maldita, bebe!

            Veía temblar el brazo que manipulaba la cabeza de mi madre, y ya no podía aguantarlo más. Sus salvajes gritos de dolor me hicieron acercarme.

            —Ma... má —Creo que susurré, pero fue suficiente para que me escuchasen los dos. Mi padre me miró, y a pesar de atravesarme con los mismos ojos de asesino con los que la había atravesado a ella, dejó de hacer presión sobre la cabeza que empujaba con todas sus fuerzas. Mi madre, una vez libre, también me miró, y pude ver una cara ensangrentada y llena de sufrimiento. Sus labios, cruzados por varias llagas sangrantes, habían duplicado su tamaño original, y además, parecía estar escupiendo acuarelas rojas.




La sopa del suelo ya no era tal, sino una mancha rojiza y aguada; los cristales se habían perdido entre el abundante color rojo.


            —¡¿Qué cojones quieres?! —Nunca he olvidado aquel grito con el que mi padre se dirigió a mí.

          

—No le hagas nada, por favor —suplicó mi madre, sollozando—. A él no.




Le miré, a punto de echarme a llorar. Tenía mucho miedo; temía por mi madre, y también temía por mí.




Ahora, mientras lo escribo, me vuelvo a preguntar lo mismo que me he preguntado tantas veces: ¿Se ablandaría al verme? ¿Ver a su hijo le hizo cambiar de opinión?




No sé si fui yo, aunque me gustaría creer que sí, porque eso me da a entender que, dentro de lo malo (muy dentro de lo malo) ese hombre tenía una pizca de sentimientos, por muy pocos que fueran.




Refunfuñó algo, no sé muy bien el qué porque me pareció inteligible. Se giró, y mientras pasaba por mi lado mordiéndose los labios y con esos ojos característicos que tantas pesadillas me han dado a lo largo de mi vida, propinó una tremenda patada al mueble bar que presidía el salón. Las figuras de porcelana que con tanto cariño había ido coleccionando mi madre en fascículos, cayeron al suelo para unirse a los pedacitos de cristal que, ya de por sí, peligraban cada pisada que diéramos cualquiera de los tres. Se salvaron unas pocas; algunas al borde de la balda, y otras, simplemente inmunes al golpe.




Mi madre y yo también nos salvamos porque el maltratador, entre gritos, salió a la calle. .

 




-Fracasado-




—Mami, tienes líquido rojo en la cara, y aquí. —le dije al mismo tiempo que señalaba sus labios abiertos.


Me asusté al ver cómo escurría sangre por aquellos labios que me daban el beso de buenas noches antes de acostarme y el de buenos días cuando me despertaba.


Primero agachó la cabeza. —En aquellos momentos no lo entendí, por muy mucho que pudiera intuir algo; pero más adelante —y ahora, con total seguridad, igual que lo sabes tú que me lees— me di cuenta de que ella podía haber llorado mucho más de lo que la he visto llorar en los peores momentos, solo que delante de mí —a no ser que la pillase desprevenida— ahogaba todas las lágrimas posibles, aunque necesitara desahogarse derramándolas a grito limpio.

Cuando levantó la cabeza y me miró, seria y triste, pero forzando una leve sonrisa para calmarme, me quedé algo más tranquilo.


—Mami, ¿papá es malo?


Volvió a agachar la cabeza. Sus párpados se contrajeron tanto que lo único que me dejaban ver era sus finas y largas pestañas. Enseguida se humedecieron, y como ella intentaba frenar el llanto, la angustia hizo que un hipo —entrecortado y débil— dominara la situación, se rindiese y, un sinfín de lágrimas dolorosas, igual que goterones de lluvia, recorrieran sus acaloradas mejillas. —Soy capaz de ver su imagen ahora mismo. La tengo grabada como si el destino me la hubiera marcado en la memoria con la fuerza de un hierro candente; por ello, revivo el instante en que ella, con la cabeza gacha, avergonzada de llorar delante de mí, tragó de esa saliva que rasga la garganta como si estuviese compuesta por espinas; después, apretó los párpados una vez más, y mirando al techo unos instantes para declinar así el agua salada que rebosaba en sus ojos, pareciendo rogárselo a sus seres queridos para que le ayudasen a apartar de mi vista el dolor, me susurró con voz queda:


            —¿Sabes, cielo? —Me acarició el rostro con los nudillos de cada índice—. Los mayores nos portamos mal cuando bebemos algo más que agua. —Volvió a mirar hacia arriba para ahogar las lágrimas restantes—. La cabeza deja de funcionar bien y se apodera de nosotros. Cuando papá bebe, nos hace daño; y al mismo tiempo, se hace daño a sí mismo.


            —¿Por beber la sopa? —pregunté. Ella sonrió.


            —No, cariño, por la sopa no —Me respondió mientras me mesaba mi fino pelo color castaño—. La sopa es buena; papá toma otros líquidos embotellados que son muy malos… Cuando crezcas nunca los tomes, ¿vale?


            —No los tomaré —aseguré—. No quiero hacerle daño a nadie.


            —Nunca lo harás. Tú eres bueno, y siempre lo serás, mi amor —Volvió a acariciarme—. Siempre y cuando no bebas esa porquería, porque entonces ya no serás el niño bueno que eres.


            —Y si eso es malo… ¿Por qué papá lo bebe? —volví a preguntar. Mi madre respiró hondo.


            —Porque como te he dicho, cuando bebe eso la cabeza no le funciona bien y no sabe lo que hace. Papá no sabe bien lo que hace después de beberlo, pero antes y durante, se siente poderoso. Tal vez cuando te hagas grande lo entiendas mejor, cariño.


            Lo entendí en parte, no todo, ya que aún me quedaba la duda de por qué si mi padre sabía lo que ocurría al beber seguía bebiendo. Pero no añadí más sobre ese tema.


            —Sigues teniendo líquido rojo ahí —dije mientras acariciaba su labio afectado con mi pequeña mano. Mi madre se retiró con un gesto de desagrado que, al ver la sorpresa y miedo que reflejaban mis ojos, intentó disimular.


            —¿Te he hecho daño? —pregunté, asustado.


            —No, mi vida. No ha sido nada.


            —No quería hacerte daño, mami —Agaché la cabeza, copiando el gesto que ella tuvo cuando no quiso que la viese llorar—. No quiero ser como papá.


            —No me has hecho daño, y nunca me lo harás —me confirmó. Acto seguido, me agarró la cabeza con dulzura; mis pómulos se elevaron y, mientras los sentía rozarme el párpado inferior, dejándome una vista algo difusa, observé cómo mi madre me decía—: Escúchame, corazón —Era todo oídos—. Jamás, jamás de los jamases, me harás daño; ni a mí, ni a nadie. ¿Me has oído? —Asentí con la cabeza, pero creo que lo único que logré mover fueron los ojos. Ella, aunque sin provocarme dolor, me sujetaba con fuerza—. Nunca en la vida. No eres malo, ni lo serás. Serás bueno siempre, cariño. Siempre.


            Había algo que llamó más mi atención que el haber visto la cabeza de mi padre decapitada, y creo que ver maldad en él, despertó mi miedo, al igual que haberlo visto en mi pesadilla, sangrando al mismo tiempo que poseía aquella cara demoniaca donde no parecía tener ningún tipo de dolor.


La sangre en los labios de mi madre me provocó dolor, el mismo que ella padecía. Y, quizá por verla sufrir (aunque intentase disimularlo) la expresión “hacer daño”, me marcó.


            No quiero hacerle daño a nadie, mami.






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sábado, 15 de julio de 2017

El diario de un fracasado (Ya en amazon)



A lo largo de estos años de escribir historias, creo haber logrado crear entre nueve y diez novelas largas (unas más que otras). Y no lo digo por vanagloriarme, ya que al igual que en todo, lo que importa es la calidad, y no la cantidad (A Iván, el personaje de esta novela, le han hecho creer que no es así, y que sí que importa la cantidad). Todo escritor o persona a la que le gusta escribir cuenta con varias obras guardadas en un cajón. Yo, como persona a la que le encanta crear historias, tengo esas mencionadas, pero me falta revisarlas a fondo (mucha revisión). Lo que quiero decir con esto, es que a pesar de haber escrito mucho, nunca en mi vida he creado una historia tan dura como esta. Tengo relatos que al 2% del 10% que me lee, le han puesto los pelos de punta, han sentido su dureza y me lo han comentado. Creo que esta novela supera con creces la dureza que me hayáis podido leer en este blog, y hasta en Al borde de la locura.
       El diario de un fracasado son las memorias de un chico de dieciocho años que se ha sentido payaso para el mundo entero: para los compañeros de su colegio, para sus vecinos, para sus compañeros de trabajo, e incluso para sí mismo. Es la historia de un niño que creció hasta hacerse medio hombre (según el mundo le faltan cojones para ser hombre, y así lo explica en la historia, con palabras textuales: "hombre sin cojones"), ya que el diccionario de la cruel sociedad dice así: HOMBRE: "picha grande con dos pelotas pendiendo entre las piernas"... En ese diccionario no dice "varón" ni "persona del sexo masculino". No; en el diccionario de la cruel sociedad al hombre se le valora de cintura para abajo. Si de cintura para abajo no tienes lo que ellos quieren, ya no eres un hombre.
      Iván no es un hombre para el alrededor, más bien una especie de sparring a modo físico y verbal; alguien a quien se le puede agredir, escupir y ridiculizar sin culpa ni pena, pero sí dejarlo apenado hasta odiarse a sí mismo.
       El diario de un fracasado narra -como bien he dicho- el día a día de un ser indefenso en un mundo que parece no pertenecerle, la vida de un ser marginado durante sus dieciocho años, alguien sin amigos, sin amor, sin apenas familia y sin un balón de fútbol con el que poder jugar en solitario, apartado del mundo. Cuenta con un bloc de dibujo (cuando no se lo rompen) y un lápiz (cuando no se lo clavan en el cuerpo).
       Le atormenta la visita nocturna de un ser encapuchado al que él denomina como "la bruja malvada", el ingrediente que multiplica lo sufrido durante el día.
       Repito que es la novela más dura que he escrito en mi vida (hasta ahora), y con la que espero no dar miedo, porque además creo que esa "bruja malvada" no lo va a provocar, lo provocarán las palizas, los insultos, la impotencia que tú, lector (como te dirá Iván cuando lo leas) vas a sentir al no poder hacer nada.
       Es más que probable que los lectores os sintáis Bastians y queráis entrar en el libro, pero no para hablar con la emperatriz infantil, sino para apartar a todos esos seres muy machos que se creen con poder para manejar una vida, o más bien destruirla.
       Espero que os guste, y sobre todo que no lloréis. Iván no querría más lágrimas, solo un poquito de cariño, una pizquita, por más mínima que sea; y vosotros, sus lectores, se lo vais a dar.
       (No leas el prólogo que pongo a continuación si después, por las razones que sean, no vas a poder comprar el libro. Si quieres leerlo puedes, por supuesto, pero lo digo para no dejarte a la mitad, que ya ha ocurrido alguna vez).
      Miles de gracias.
      Ya lo puedes conseguir aquí
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Introducción


No es la primera vez que escribo unas líneas a modo de desahogo personal, aunque en el día de hoy, mi propósito es diferente. Antes cogía un pedazo de papel y un bolígrafo, y escribía de principio a fin mientras los sollozos me acompañaban en la soledad. ¿La razón? Prefiero decir que lo hacía para no molestar a ninguna persona, para que nadie se riera de mis penurias y, también, por lo que he comentado al principio: para desahogarme. No me hacía falta nadie para contar mis problemas. Sin embargo, en verdad no tenía a ese “nadie”. De haber sido así, y si mi vida hubiese estado repleta de personas a mi alrededor, nadie se habría reído. Pero he provocado muchas risas, y las sigo provocando; se han reído de mí en todas partes. Nadie me comprendía, y lo que era peor: me hacían sentir como una miserable mierda. Por ello decidí usar como verdadero amigo al trozo de papel en blanco. Podía rellenarlo a mi antojo. No me fallaba, no se reía a pesar de mi mala ortografía y me esperaba sin ninguna prisa. Yo tampoco le fallaba a él porque siempre lo he utilizado para decir la verdad y confesarme.

Ahora mis líneas cobran vida de diferente forma. Esta vez —al contrario que en mis anteriores desahogos— tú, que estás ahí, me vas a leer. Tendrás la oportunidad de conocer una historia que durante años estuvo en boca de un colegio entero. Armándome de valor, me he decidido a recordarla de principio a fin.

Creo necesario citar varios apuntes para que cuando leas “El diario de un fracasado” (que es el título que doy a mi historia) lo entiendas de forma correcta. Lo primero que quiero hacer es pedir disculpas por mi incultura verbal. Tú, lector, tienes derecho a saber que no tengo ningún estudio, y por lo tanto, no poseo el vocabulario perfecto que debe de tener un creador de best sellers o un escritor en condiciones. Tendrás que entenderme al explicarte mi vida como si te estuviera hablando uno de tus colegas, ya que con ellos la cultura no existe si tienes la suerte de que te traten como a una persona más, y no como a una menos. Los incultos también tenemos derecho a ser escuchados y leídos. A fin de cuentas, el dolor físico y psicológico no requiere de estudios.

El segundo y no menos importante apunte, es que no encontrarás momentos felices en mis cortas memorias, salvo el final. El desenlace rebosa de felicidad, y entonces entenderás por qué sobra el resto de alegría en la historia. No hace falta que poseas una mente desbordante para entenderlo, esa que parece necesaria para moverte por el mundo. No soy como la cruel sociedad que exige a quién prestar atención o a quién marginar como si su vida no valiera nada. No tienes que enseñarme un título certificado para saber lo que vales, ya que solo con leerme me estás tendiendo la mano que tantos otros han puesto en mi cara solo por antojo (gracias por prestarme atención).

Y el tercer apunte —y seguramente el más importante para ti— es que me llamo Iván, pero leyendo mi historia sabrás que hablo de mí cuando leas “picha corta, picha pequeña, tetitas, niñata, estorbo, meón, niño sin cojones, inútil, retrasado, fracasado y demás halagos por el estilo”. Quitando mi madre y mis abuelos maternos, muy poca gente me ha llamado por mi nombre real. No lo recuerdo con exactitud, y puede que me contradiga durante la marcha (aunque lo dudo).

Lo que quiero decirte, lector, es que voy a referirme a mí con insultos en más del 99% de la historia. No lo veo descabellado porque estoy seguro que la RAE cambiará la definición de todos ellos en cuanto lea estas páginas. Créeme cuando te diga que la próxima vez que busques en el diccionario la definición de varios insultos que encuentres aquí, entonces sí, leerás mi nombre verdadero en alusión a mi persona. En ese momento cobrará vida el refrán de "no hay mal que cien años dure". Tarde o temprano —otro dicho— lo verdadero sale a la luz, y por fin, se leerá mi nombre real.

No me viene nada de mayor importancia a la memoria. Si durante la marcha de la historia aparece —al igual que te he comentado en unas cuantas líneas superiores— creo que sabrás perdonarme. Tengo que hacer un tremendo esfuerzo para recordarlo todo. Recordarlo lo hago, puedo asegurártelo porque lo llevo grabado en mi cabeza desde que ocurrió, y así con todo lo que me ha ido sucediendo, pero llamo esfuerzo a volver a vivirlo, aunque solo sea en forma de imagen desagradable. Son tantas, que es muy posible que me olvide de alguna.

A lo largo de mi vida creo haber escuchado —al menos en tres ocasiones— que es imposible recordar lo acontecido durante los meses de gestación. Es decir, que una persona no puede acordarse de lo que ha vivido dentro del vientre materno. Aunque te resulte difícil de creer, yo sí lo recuerdo. Es más, parte de esta historia se origina a raíz del episodio que me dispongo a relatar a continuación. Más adelante volverás a leerlo porque lo explicaré de nuevo, en boca de un renacuajo que no lo entiende, pero así es. Hasta que llegue el momento, te pido que me acompañes en el despegue, dejando la mente en blanco y solo imaginando lo que estas líneas desean transmitir. Así, unido a mí, entre los dos viviremos la experiencia por la que todos hemos pasado, y ninguno (excepto yo, por desgracia, y algún otro) recuerda. Ese momento antes de venir al mundo hubiera sido preferible no haberlo conocido nunca, te lo prometo. No recordarlo me habría ahorrado demasiados problemas; porque, como puedes imaginar, no es de agrado.

Reitero que lo que ahora vas a leer es de vital importancia en el transcurso de la historia. Como toda buena historia (aunque esta sea trágica) merece ser contada desde el principio; y desde ese punto, retrocediendo casi dieciocho años atrás a través de una máquina del tiempo literaria, llego a hallarme dentro del vientre de mi madre. Tú, y de nuevo yo, lo haremos renacer de lo más oculto de mi recuerdo.

Aquellas imágenes que invadieron mi mente aturdida y la despertaron para comenzar a vivir el día a día, fueron así:

Un sonido despierta a una criatura que, encogida, sin otro remedio que el de mantenerse a la espera para ver la luz de la vida, se asusta sin saber qué sucede. Se estremece en un intervalo de contracciones propias del parto, pero paranormales en la mente. Escucha un chillido, y aunque lo más normal sería que proviniera de la madre a causa de los esfuerzos del alumbramiento, se antoja lejano, como algo aún no vivido ni sentido por nadie.

            Mientras flota dentro de la bolsa de líquido amniótico, atruena un grito. El bebé, atormentado, llora de manera escandalosa, y al mismo tiempo que padece dolor en su pequeña cabeza de neonato. Nadie lo escucha; nadie salvo él.

            Un cúmulo de sonidos penetra en sus achicados oídos, haciendo que su cerebro flote como flota él. Se ve asustado por gritos y golpes; y antes de salir, antes de saludar al mundo por primera vez, respira precipitadamente. Siente algo parecido a lo que puede experimentar una persona al intentar respirar con la cabeza cubierta hasta el cuello. Al no saber ni entender nada de nada, vuelve a llorar; y entonces sí, escucha los quejidos de su madre por los avisos de las contracciones.

            El feto se desliza para aproximarse al pequeño foco de luz que va abriéndose poco a poco, al verdadero foco, no el que mantiene con vida en su cabeza, cargado de trágicos acontecimientos y sucesos que mejor sería que no nacieran nunca.

            Él sí nace, y por fin respira sin nada que se lo impida; pero eso sí: sin dejar de llorar. Todavía no ha salido del todo, solo su cabeza, lo que le salva de una terrible muerte por asfixia. En ese instante, en el preciso momento en que se presenta al mundo, un rayo entrecruza su mente virgen, desprecintándola con un pinchazo a modo de flash, e indicando que ya es el momento de empezar a funcionar. Los ojos del pequeño se sienten sensibles a la claridad; sin embargo, en esa pantalla que parece poseer el interior de la frente, aflora una imagen en compañía de un estrépito. Escucha cómo una cabeza se golpea contra el suelo al igual que si esta fuera un balón medicinal chocando contra la pista de un polideportivo. A raíz de esto —mientras el bebé, y solo el bebé, lo ve todo en su cabeza—, empieza a manar sangre de la parte occipital, recorriendo el piso como si quisiera rellenar con rojo los huecos que separan a las baldosas, presintiéndolo en el mismo instante en que a él le escurre idéntico líquido por su arrugado y amoratado rostro de recién nacido; después, continuando con la premonición, ve una mano (también salpicada con gotas rojas) que avanza a tientas hacia un destino inconcluso. Escucha la palabra “Iván”, y entonces, terriblemente asustado en el mundo real, llora a lágrima viva y aplaza la vívida imagen hasta el momento de la revancha, quedando como un mero bulto cerca de la coronilla, simbolizando lo que más adelante no podría explicar con palabras.


Años más tarde mi madre me contó lo del bulto con el que nací. Fue un “bonito chichón” para la familia; para los médicos, retención de sangre por culpa de una relajación en el parto. Mi madre dejó de sentir dolor durante el alumbramiento. Fue como si de pronto, en pleno proceso, le hubieran inyectado la famosa “epidural” de hoy en día cuando yo asoma la cabeza, y entonces: “clak”, su vagina se relajó y me aprisionó el cráneo igual que si fuese un cepo a la hora de atrapar un ratón.

            Para la medicina no aportaba nada anómalo (si yo hubiera podido estudiar, lo habría hecho en serio. Con esto lo digo todo).

            Mi madre y yo tuvimos una especie de telepatía. El día de mi nacimiento conectamos por primera vez. Mi mente me avisó de algo terrible, y a ella, aunque nunca me lo haya dicho después, creo que también. Eso explica lo acontecido durante el parto.

            Lo “no importante” para la medicina me ha acompañado siempre, como un ángel de la guarda que cuida y protege al débil en los peores momentos. Bueno… El demonio primero fue un ángel, ¿no?

            Llegarás a saber que dicho bulto se convirtió en una especie de amuleto de carne; y también, en un fraude (demasiado pronto para explicarlo todo).

            Mi madre también me contó que la comadrona se alegró mucho al ver que yo nacía llorando. Lo lógico hubiera sido tener que darme unos cuantos azotes para arrancar a llorar; sin embargo, ya desde el primer segundo de vida, mi diferencia con el resto de los mortales se hacía notar.

            Le dijo que no se preocupara, que por el contrario debía de alegrarse. Significaba que nacía con una inteligencia superior a la media, que llegaba al mundo un superdotado. —Superdotado tiene dos significados, y para dos tipos diferentes de cabeza. Vuelvo a repetir: si hubiera podido estudiar, lo habría hecho en serio. Las batas blancas fallan más que una escopeta de feria.

            Le dijo eso; y que jamás, nunca en la vida, sería un fracasado.









 











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