miércoles, 25 de abril de 2018

Primeros capítulos de "Cáncer"


Desde que abrí el blog y vengo subiendo relatos, tengo la manía de incluir una breve explicación, ya sea al principio o al final, al igual que hago en las novelas. Lo he hecho cuando no hacía falta, y hoy que la hace, preferiría no tener que hacerlo. Quizá solo por estos tres capítulos (los llamaré así) nadie diga nada; sin embargo, cuando el día de mañana (pronto) la novela esté publicada, de saltarme dicha explicación, puede que alguno de sus lectores dijera: Hostias, tío, te has pasado.
Me considero autor de terror, y visto así, un autor de terror debería escribir ficción, ¿no? Esta será mi tercera novela (iba a serlo El diario de un fracasado 2, pero se coló un cáncer a última hora) y las tres son historias reales, nada que ver con la ficción por muy mucho que alguna parte esté recreada, como esa bruja malvada de la que nadie se acuerda porque el bullying da más terror. Ahora bien, Cáncer no es la vida de un niño mitad chico mitad chica del que se ríen, agreden e insultan. Alguien también podría decir que me pasé más con El diario de un fracasado que con Cáncer, pero es que el personaje de esa novela solo es uno, y personas que tienen cáncer, por desgracia son muchas. No es lo mismo reírse de un niño mitad mitad, que a priori no existe aunque yo sí lo conozca, que reírse de alguien con cáncer. El personaje de esta novela se va a reír (algo así, más bien pasotismo e indiferencia) de gente que tiene cáncer, de unos cuantos sí, por eso quiero dejarlo claro antes de que la novela salga íntegra a la luz. En la sinopsis podrá leerse que se trata de un escritor sinvergüenza, maltratador psicológico de su novia y caradura, y que él mismo, a la larga, padecerá cáncer en la vejiga. Es una de las historias que denomino "fofas" por no tener conflicto, o no apreciarse. Es como escribir una novela de misterio sabiendo ya quién es el asesino. A simple vista esto no gusta porque es como que ya no merece la pena, ¿cierto? Pero bueno, para eso dejad que mi mente y mi pasión por crear historias pueda ofrecer algo decente aunque la trama sea previsible.
Era el momento de escribir Cáncer. Como bien he dicho, se coló en medio de El diario de un fracasado 2, a sus 126 páginas de Word, si no recuerdo mal. Lo dejé aparcado el 12 de marzo para empezar a escribir Cáncer, el mismo día que mi médico me lo vio a mí en la vejiga. ¿Entendéis ahora por qué doy esta explicación y por qué me atrevo, en parte, a crear un personaje que se ría de alguien con cáncer? Si yo no lo tuviera no creo que fuera capaz de inventar a un sinvergüenza al que no le importe que alguien tenga una enfermedad así, ni siquiera dar un título semejante a una obra. El tenerlo yo me deja la conciencia más tranquila. Bien es cierto que de no tenerlo, el personaje iba a salir malparado, como le ocurre a todos mis personajes cuando se pasan de la raya. Sí, pero tengo mayor valentía, me siento más tranquilo, creando a un sinvergüenza que podría estar riéndose de mí. Cuando digo que he creado a un personaje que se ríe de gente con cáncer no me estoy refiriendo a alguien que los señala por la calle y se troncha de risa. No, sino a un malnacido que se cree el amo del mundo y la gente enferma le importa un pimiento. Solo se importa él, ser el amo del universo y el mejor escritor del mundo.
Como se trata de una historia dura, me he propuesto escribir prácticamente la mitad de la novela con humor. El lector verá partes picantes, eróticas, e incluso un narrador un tanto cachondo. Eso solo será la primera mitad, ya que luego la gracia se leerá a la inversa.
Esta breve introducción no es para contarle al mundo que tengo cáncer, porque como comprenderéis, no es agradable, aunque ya lo sabe mucha gente. No intento dar un mínimo de pena, y además esto se entenderá rápido. El cáncer que me da pena es el de un niño que, sin haber hecho nada malo, viene al mundo y la maldita enfermedad se cuela en su cuerpo. Yo ya era mayorcito y consciente de que fumar mata, y aun así me hinché a tabaco. Así que si ahora tengo cáncer, a pesar de ser muy joven, me lo he provocado yo. Toca apechugar.
Me importa la novela, 90% real y donde el lector, de nuevo y siempre el lector, notará mis peores momentos y los de aclamar ayuda. Ser consciente de que fumar hace daño no me quita de ser humano y sentir dolor y miedo, ¿verdad? Lo he tenido y tengo como cualquier persona, y desde hace un mes he estado prácticamente solo, por ello en la novela me he inventado una novia a quien al principio Toni trata mal, pero en la que después me he refugiado y soñado a mi lado, en esos momentos de fiebre, de la asquerosa reacción de la quimio y de las lágrimas en soledad. Hace un año por estas fechas tenía a ese chica, y el año anterior tenía a otra. Ahora vuelvo a tener un cuaderno para desahogar mis penas, como en el inicio de El diario de un fracasado y un bajón que habéis notado ahora mismo pero que ya se ha pasado. Siempre se van al escribir. La escritura es una buena medicina, más poderosa y agradable que la quimioterapia.
Espero que el inicio de Cáncer os guste, que odiéis a Toni tanto como lo lleguéis a amar, y que se me perdonen los momentos de dolor porque la novela flojeará. De momento eso no es preocupante. En las siguientes líneas vais a leer una realidad en principio, después el sueño de un hombre que ansía el amor (aunque en Toni no se note) y por último un trágico recuerdo, aunque de nuevo, en Toni parezca cosa de nada.
Espero, quiero, necesito y deseo, que cuando termine la trilogía de El diario de un fracasado, mis siguientes novelas pertenezcan a la ficción, y solo a la ficción.
Muchas gracias. Siempre.      













A los enfermos de cáncer.
A los héroes que lo superaron y me lo pueden contar, y a los héroes que un día me lo contarán desde el cielo. 



Hola, me llamo Cáncer, y soy el asesino más famoso del mundo entero. Ando en busca mientras capturo, y quizá me cuele en tu cuerpo a mis anchas cuando menos te lo esperes.                                        




                                                          


                                                          
                                                                      
           




                                                                              1

—Y fin de la corrección. —Cada vez que Toni terminaba de corregir una novela, echaba para atrás su espalda arqueada (de seguir así habría un jorobado más en la familia, un regalo genético de su cheposo padre. Andar sin cuidado le dejaría como el campanero de Notre Dame) estiraba los brazos con los puños cerrados y se escurría en el asiento hasta que sus cervicales protestaban. Las sometía a un duro aunque al mismo tiempo placentero  castigo. Tendones y músculos crujían como una carraca insonora pero presente, y sentía placer—. ¡Esto es vida! —gritó con cara de estúpido; era como haberse levantado de la siesta al lado de la mujer más sensual y hermosa del mundo. En verdad la tenía, y se llamaba Patricia, pero ninguno de los dos era de siesta. Apenas coincidían: ella trabajaba de mañana y tarde en una tienda de juguetes mientras él dormía, y ella dormía mientras él trabajaba corrigiendo por la noche.
            «Podrías cambiar el horario, cariño, le había dicho ella en varias ocasiones, pero Toni no quería—, así nos veríamos más» —Aparte de corrector era novelista, novelista frustrado. Tenía dos novelas a la venta: una publicada y la otra autopublicada. De la primera consiguió vender 9 ejemplares en un año y ganó cerca (no exacto) de 9€. No está mal para empezar. Si vendo otros 7 me dará para comprarme mi propia novela y decir que he vendido 17... De la segunda, solo en digital, veinticinco; y sí: él mismo estaba dispuesto a que se la hincaran. No le jodería tanto como haber recaudado 27€ en ocho meses.
            De corrector le iba un poco mejor, pero era trabajo de un grifo que se cerraría de pronto y no gotearía más que de vez en cuando: un mes dos novelas quizá, y hasta dentro de seis cabía la posibilidad de que no llegara ninguna. Acababa de corregir una de 426 páginas por un económico precio (para el autor) de 80€.  El terminar de corregir era muy gratificante y satisfactorio porque significaba aumentar la cuenta bancaria; sin embargo, cuando se daba cuenta del importe del ingreso, en vez de escurrirse por el asiento se derrumbaba, literalmente. Necesitaba otro trabajo más, pero no salía por ninguna parte. Patricia ganaba 642€ por ocho horas de jornada partida. No podían permitirse el lujo de tener calefacción, y compraban comida de calentar y listo; ella llevaba a lavar la ropa de ambos todos los domingos a casa de su madre, y esta última, miraba a Toni con cara de adoración traicionera, con una de esas interesantes muecas de ceño fruncido donde pensaba: como sigas sin mover los huevos mi lavadora tendrá que centrifugar sudarios en vez de calzones. La luz con la que Toni corregía era de escasos 4w, por ello sus gafas reclamaban a gritos unos cristales nuevos y más gordos. Vivían mal, pero con la ventaja de no tener que pagar hipoteca. La madre de Toni le dejó la casa antes de irse a una residencia de ancianos. La última vez que la vio, ella le dijo: Papá, los niños con barba de mi guardería lloran mucho. Fue el día de la primera y única presentación de Miedo, la novela publicada en papel. Cuando escuchó eso, ya no tuvo ganas de contárselo. ¿Para qué? Era como hablar a los asistentes de dicho evento: le escucharía sin importarle nada de lo que dijera, en su caso, no por decisión propia. Su cabeza ya no se lo permitía. Sufrió durante su larga vida, pero al fin consiguió ser feliz. Una vez que la cabeza regresa a la niñez todo vuelve a ser de color de rosas: no hay preocupaciones, ya no tienes hijos, convives con tus compañeros barbados de guardería y no te preocupas por las facturas o por dejarte los ojos escribiendo y corrigiendo, ni tampoco si llegas o no a fin de mes. La señora Sánchez era feliz.
            Patricia se acercó a Toni y le abrazó mientras él, glorioso, se escurría más. Le dio un sonoro beso en la mejilla que le hizo sentir cosquillas. Sus propios pelillos, en una barba de una semana, se doblaron como los de un cepillo de dientes cuando el pulgar los enjuaga con suavidad. Los labios de su pelirroja peligrosa, como Toni se refería a ella tanto por su cabello como por su fogosidad, lo besaron a modo de placentera ventosa. —De pequeño le encantaba ponerse gomas saltarinas en las mejillas. Le absorbían la sangre al instante, igual que los chupetones de Patricia pero con bordes redondeados y endurecidos. Era al soltar cuando llegaban las cosquillas, además de un cerco de sangre del tamaño de una moneda de 2€. El que años más tarde le llamaran «caradura» bien podría tener relación con tanta absorción de sangre a lo tonto y a lo bobo—. Retiró los labios al tiempo que colocaba las manos en el pecho de su chico, susurrándole al oído:
            —¿Trabajo terminado con éxito? —Sus ojos refulgían al contraste de la luz del monitor. Toni trabajaba con un pequeño pero bastante luminoso portátil, por ello las pupilas de la pelirroja peligrosa bailoteaban en diminutas chispitas.
            —¡Yiii-es! —Su "sí" favorito siempre era el inglés. Lo pronunció con entusiasmo al tiempo que daba un toque fugaz sobre la mesa con el tapón de su pluma. —Era de los que decía que la pluma de un escritor no puede tocarla nadie más que él; si la toca otra persona, la doblará sí o sí, y no puede consentirse bajo ningún concento. Ni siquiera Patricia podía tocarla.
            Nena, si me la sigues tocando vas a conseguir que se tuerza la punta. Si no está tiesa no sirve, y la broma le hizo quedarse dos semanas sin caricias por parte de su pelirroja peligrosa, como la bautizó ese mismo día por habérselo tomado tan en serio.
            —A ver... —Patricia alargó el brazo para hacerse con el ratón y mirar el número de páginas—. 426, ¿no?
            —¡Sip! —Volvió a dar otro toque con la pluma.
—Y ¿cuánto te van a pagar por haberla corregido? —Toni continuaba jugando con la pluma. Parecía un niño dibujando caminos en el aire con su avión de juguete mientras elude cualquier comentario de sus padres. Sabía que el beso, las cosquillas y el abrazo, quedarían ahí, sin pasar a mayores. Se avecinaba dormir en el sofá, por ello después hacía crujir las vértebras para que volvieran a su lugar correspondiente. Cada corrección terminada equivalía a una noche con la cabeza apoyada sin mullido—. Cariño —Patricia le miró con seriedad—. ¿Cuánto dinero vas a ganar?
            Toni dejó de juguetear para comportarse como un adulto y responder:
            —No he podido sacar más de 80€. Era eso o nada —Antes de terminar de explicarlo, ella ya se había dado la vuelta, malhumorada.
            —¡Joder, cariño! —protestó—. Es una miseria por muchas noches de trabajo.
            —Lo sé, lo sé —reconoció él. Se quitó las gafas y se frotó los ojos—. Sabemos que esto no da para más —añadió manteniendo los codos en las rodillas.
            —No da para más porque no subes el precio —puntualizó Patricia—. Te recuerdo que quien pide eres tú, y siempre pides demasiado poco.
            —Es lo que hay —Se incorporó—. Si me paso de listo  e intento cobrar más, nadie me querrá como corrector. —Su chica volvió a darle la espalda—. Si subo el precio será prácticamente igual al de los demás correctores, y ahí tengo las de perder. El hecho de cobrar menos me hace tener más manuscritos para corregir. ¿Lo pillas?
            —Los estás regalando —insistió ella—. El refrán de que nadie da duros a cuatro pesetas ha cambiado desde que te hiciste corrector negro.
            —¿Qué quieres que haga? —Toni levantó algo la voz—. Es el único dinero que entra en casa por mi parte.
            Patricia se le quedó mirando con los brazos cruzados.
            —Ya... —Asintió con la cabeza repetidas veces—. Claro que es el único que entra por tu parte. Trabajas dos horas por las noches mientras lo combinas escribiendo tus novelas.
            —Y estoy ahora mismo con una que puede darnos mucho pero que mucho dinero si sale bien —interrumpió—. ¡Es una historia cojonuda!
            —Baja a la Tierra, cariño —Patricia cada vez estaba más seria—. No quiero hundirte porque sé que la literatura es tu vida, y doy fe de que escribes bien. Pero echa la vista atrás y haz números sobre tus dos novelas: solo nos han dado pérdidas, tanto económicas como de tiempo.
            —Cambiará, ¡lo juro! —prometió Toni—. La siguiente será un bombazo. Hazme caso, muñeca —Se acercó a besarla, pero ella le retiró al tiempo que añadía:
            —Si quieres seguir persiguiendo tu sueño, adelante —Ya estaba enfadada del todo. Llegaba la hora del remate final. Toni se quedó cortado. Patricia era la única que conseguía plantarle cara. Quizá la culpa la tenía ese tal "amor", aunque él jamás lo reconociera. Lo de los corazoncitos no era lo suyo—, pero hazlo en tus ratos libres. Necesito que trabajes como trabajo yo: jornada completa, tal vez media jornada, pero con un sueldo algo más decente que nos ayude con los gastos. ¿Pretendes ser un superventas escribiendo con luz escasa, a veces hasta sin ella y en una especie de chabola?
            —Es la casa donde mi madre nos deja vivir —puntualizó con rostro serio, demasiado.
            —Lo sé, y lo siento si he parecido muy dura.
            —Suele ser al revés y se me castiga de bruto sin sentimientos —se quejó Toni.  
            —Lo siento, cariño. No estoy de gratis, por lo tanto tengo derecho a opinar.
            —Nadie te ha dicho que no hagas nada. Al contrario, me lo estás diciendo tú a mí.
            —Es que es la verdad, mi amor —Se ablandó un poco, lo justo—. Haces, pero estás regalando más que beneficiándote de ello, y un trabajo, siendo el jefe, es para que ganes tú y pierdan tus empleados. Es decir, que quien tiene que salir perdiendo son...
            —Los escritores que hacen el favor de regalarme su dinero porque confían en mí. —Tenía parte de razón, como la tenía Patricia; quizá ella una parte de razón mucho mayor, y era cierto que Toni necesitaba otro trabajo, pero no encontraba nada.
            —¿Buscarás algo mejor? —le preguntó ella. Esta vez sus ojos no brillaban felices, sino por alguna que otra lágrima. Toni asintió y Patricia le besó. Se había ganado 80€ y un beso en los labios después de discutir y ser rechazado en un primer momento. En el fondo no estaba nada mal—. Te espero en la cama —volvió a besarlo—. No tardes.
            —Recojo todo y voy, que hoy no tengo cuerpo para escribir.
            Patricia se fue a la habitación.
            Toni se sentó de nuevo para echar un último vistazo al manuscrito que acababa de corregir. No había suprimido los adverbios necesarios, pasó de algunas mayúsculas y solo colocó las comas que quiso, además de dejar el sentido de las frase a modo "Yoda" como decía cuando los autores escribían primero el complemento, luego el sujeto y por último el verbo. 80€ por eso no era una miseria, sino una putada para aquellos que habían puesto toda su confianza en él. Seguía siendo un caradura, ya sin gomas saltarinas. Ahora buscaba otra goma, esta más blanda y que también hace cosquillas, tan intensas que llevan al orgasmo. 
            —Oh, mierda —rezongó al ver que no le quedaban más que dos preservativos.
             En fin... Disfrutaré de los dos como si fueran los últimos de mi vida.
            —Ya voy, nena.
            Sigo siendo un bruto sin sentimientos, pero la interpretación no se me da nada mal cuando trato de conseguir mi objetivo. Hoy no pienso dormir en el sofá y ahora mismo voy a recuperar las semanas perdidas. Prepárate.
            Apagó el portátil y fue a la habitación en busca de más cosquillas.

                                                                      
2

Toni le hizo el amor a Patricia, pero en verdad fue como hacérselo a ella y a su alma. A sus 31 años de vida —con quince de experiencia desde que a los 16 se la plastificara por primera vez para adentrarse en el mundo de las cosquillas grandes— no recordaba haber tenido un orgasmo tan intenso y delicioso. Su primera vez no fue para recordar porque con dieciséis años era pollablanda, no caradura. Le quedaba mucho por aprender; su perrito caliente soltó el queso fundido con antelación por los nervios del momento. Vio el deseo concedido antes de que saliera el genio tras frotársela tres veces, y así por más ocasiones, hasta que a la quinta o sexta empezó a comportarse medianamente bien durante el acto, y solo durante el acto,  ya que el sinvergüenza chulesco se convertía en Mimosín a la hora de correrse.  Si a sus conocidos les preguntaran por la sensibilidad de Toni, nadie sabría contestar; de preguntárselo a las mujeres, todas dirían que tenía, pero en la cabeza de la polla. Esta ahora se le había hinchado más de la cuenta, llenándose de sangre como si la estuvieran estrangulando. Su cara dura se ablandó como la de un manso corderito mientras el miembro tomaba el relevo y demostraba su virilidad. Se le subieron los huevos igual que si los conductos fueran los cables de un ascensor en ascenso hacia la gloria, picándole de la misma forma que quien se llena la boca de tabasco, solo que en vez de molesto, de goce incontrolable. Se le nubló el juicio, su mente quedó tan blanca como la de un amnésico y todo el pasado hasta ese instante dejó de existir. Acababa de nacer, no conocía ninguna palabra y su comportamiento era el de un neandertal gimiendo por no conocer nada más; después, sus fuerzas flaquearon, y en medio de un rematado suspiro, quedó encima de Patricia, agotado y la mar de satisfecho.
            —Madre mía, cariño... —soltó ella, jadeando—. Pero ¿qué... te ha pasado hoy? —Toni aún no había recuperado las fuerzas. Seguía encima de su chica, paralizado; su pecho subía y bajaba abruptamente, hecho una bola creciente y menguante como la garganta de una rana al croar.
            Semana y media de abstinencia sexual, esa era la causa de haberse comportado como un toro bravo y que ambos sintieran una traca de fuegos artificiales al terminar. Primero fue el exceso de trabajo por parte de Patricia. La semana donde se presentó el 15 de julio llenó la caja registradora de la tienda y los huevos de Toni. Su pelirroja peligrosa no paró un segundo, hizo jornada intensiva durante tres días y al llegar a casa solo se quitaba los zapatos y se acostaba, nada más. Ni cena ni beso de buenas noches. Los niños antojados que iban a la tienda en compañía de sus padres querían irse de vacaciones con un nuevo juguete en la maleta, juegos de mesa donde papá pierde hora y media de su vida leyendo las instrucciones que después nunca se ponen en práctica y muñecas modernas con el esfínter suelto. Después de eso llegó la marea roja para que Patricia perdiera hierro mientras Toni soportaba una barra de ello sosteniendo su permanente tienda de campaña. El terminar de corregir el manuscrito y saber que recibiría 80€ aumentó el ego y el momentáneo tamaño de su pene. Todo eso le acababa de hacer disfrutar como un enano. Alrededor de quince minutos. No muy largo pero intenso. No estaba del todo mal pero podía estar mejor (siempre podía ser mejor).
            Levantó la cabeza poco a poco. Preocuparse por colocar la goma en el pene le hizo olvidar que tenía que colocarse otra en la melena. Hacer el amor con el pelo suelto significa llenar de sudor las puntas y azotar a tu chica con ellas en cada movimiento. Otro error que debería corregir. Para ser corrector cometía muchas faltas.  La respiración le movía la barriga y ella el abdomen de Patricia. Parecía un taco de billar humano en intentos por golpear la bola blanca.
            No respondía. La miraba abobado, todavía pensando en lo que acababa de sentir. Quería reproducirlo de nuevo y, con algo de suerte, revivir el momento final. Pero algo le decía que un orgasmo de esas magnitudes no aparece a propia voluntad, que es como un cometa, y que por más que se lo espere y desee, pasa una vez cada veinte, treinta o más años. Quizá habría sido el mejor y el último de su vida.
            —Nunca te había visto así —volvió a decir ella—. Sí que te ha gustado, ¿eh? —Toni se movió a un lado, dejándose caer bocarriba. Colocó las manos en la nuca y, suspirando, soltó un:
            —Increíble —Sus ojos hacían chiribitas. Patricia sonreía al tiempo que le acariciaba el vello del pecho—. Increíble —repitió antes de girarse a por la cajetilla de tabaco que tenía en la mesilla. FUMAR MATA, leyó en letras gigantes sin poder contener la risa. No podía ser verdad cuando sabía tan rico. Era de los que decía que lo que se tiene en la vida por malo es lo único bueno: la comida basura, el tabaco, el alcohol, la droga, el follar sin protección... Mentira cochina. En la cajetilla aparecía una lengua con cáncer. Quizá la imagen del laringomatizado o la del cigarrillo curvado semejando impotencia, en otros momentos le hiciera pensar, aunque no más de cinco segundos. Tal vez un: hostias, qué fuerte, y ya. En esos instantes de goce, de que si en verdad fumar mataba ya podía morirse tranquilo, esa lengua solo le causó más risas. El tumor amarillento parecía un pedazo de tortilla francesa.
            Sacó un cigarrillo, se dio tres golpecitos en el pecho con él antes de llevárselo a los labios y lo prendió.
            —Aggg... —protestó Patricia en tono de niña repipi y consentida—. Sabes que no me gusta que fumes en la habitación. Queda todo el olor —Sacó el labio inferior haciendo puchero. Eso excitó a Toni; era la típica protesta sin consecuencias, la que no llevaría a nada. Sabía que la había dejado satisfecha y que comía de su mano—. Y eso que... —Acercó los labios a los de su chico, y añadió en susurros—: hoy se te permite todo. —Le miró con deseo, con una de esas miradas en las que las pupilas parecen bocas dispuestas a devorar. Satisfecha pero deseosa de repetir y poner la guinda en el pastel. El postre era lo mejor de la comida, y el de esa noche había sido de tenedor de cinco estrellas. 
            —Un par de caladitas más y me voy —aseguró él.
            —¿Te vas? —De nuevo la niña de puchero—. Pero si esta vez no te echo —Le besó en el pecho.
            —Ya, pero me gustaría escribir un rato —Expulsó el humo—. Además, solo nos queda un profiláctico, y en caso de que mañana queramos otra noche loca...
            —¿En serio? —Se incorporó mirándolo muy disgustada. Llevaba parte de la sábana enrollada entre los senos.
            —Sí —Toni volvió a expulsar humo—. Pero si quieres podemos prescindir de la protección. Sabes que controlo mucho.
            —No, no, no —Patricia sonrió al quejarse—. Acuérdate del susto que tuvimos hace unos meses.
            —Me acuerdo. Un poco más y lo bautizamos.
            —Tus espermatozoides van con GPS, mi amor —Volvió a besarlo en el pecho—, y aún no estamos preparados para que encuentren el camino sin rodeos.
            —Eso fue algo sin importancia, un día no del todo bueno —Dio una larga calada. Los cigarrillos le duraban menos de tres minutos cuando se lo proponía. Patricia seguía sonriendo—. Sabes que ahora soy más de callejear que de ir directo al destino —Expiró mientras ella se mordía los labios reprimiendo la sonrisa.
            —Por eso... —Comenzó a besarlo en el cuello—, podemos callejear otro rato, ¿mmm?
            —Muy tentador —reconoció Toni mientras se apartaba con delicadeza. Había sido demasiado bueno como para comportarse tan rápido como el sinvergüenza que era. Todavía seguía con la alegría en el cuerpo, y eso suponía unos diez minutos más de buen humor—. Pero... —Se sentó en la cama dispuesto a levantarse y vestirse—, ya te he dado lo tuyo, muñeca; ahora me toca darle a la tecla.
            —Cariño... —Patricia volvió a poner puchero mientras su chico se colocaba el calzoncillo—. No me dejes así. Uno más de cinco estrellas, ¿sí?
            —Las cinco estrellas más importantes ahora mismo son las que quiero recibir por mi nueva obra —Se abotonó el pantalón—. Será la novela que me catapulte a la fama. Ganaré mucho dinero —La beso—. Mucho —La volvió a besar—. Ya no compraremos comida de calentar y listo —Otro beso—, escribiré bajo lámparas con bombillas de alto consumo y podremos comprar cajas de condones todas las semanas, además de que no volverás a trabajar en tu vida, señora de Rabal —Patricia pensó que todavía no le había llegado la sangre a la cabeza, que aún abandonaba al soldadito vencedor, pero muy poco a poco al parecer—. Y destápate el pecho —añadió al tiempo que se colocaba la camiseta—.  Pareces una actriz después de haber hecho el amor en una peli romántica... —Se pasó la mano por el cabello para colocárselo un poco—. Me jode mucho que hagan eso. Dejan bien claro que no les han pagado lo suficiente como para enseñar las tetas, pero el no vérselas deja de resultar creíble para la historia. Acaban de verse desnudas delante de sus chicos y se tapan al terminar —Se colocó las gafas—. ¿No tendría que ser al revés? Es absurdo. Ya me conozco tus tetas, te las llevo viendo cinco años.
            —Si me destapo... ¿Te quedas? —Hizo que la sábana se deslizara suavemente por sus senos hasta dejarlos al descubierto. Toni los miró. Le encantaban, siempre le habían encantado, pero ya solo le faltaba calzarse las zapatillas porque eso que creía sería un auténtico best seller, le estaba esperando.
            —No —negó y ella volvió a palidecer. Se llevó un jarro de agua fría y quedó inmortalizada en plena escena seductora—. Recuerda lo de mi GPS. Tal vez mañana esté más fresco para callejear... —Volvió a besarla (como besar a una estatua) cogió la cajetilla de tabaco y salió de la habitación, silbando.
            Patricia seguía en la misma postura, pero muriéndose de vergüenza. Ya en soledad, rechazada por un hombre (sus amigas no la creerían jamás) aun vergonzosa, se cubrió el pecho como esas actrices que mencionó su chico.

                                                                      
3

Era como si le hubieran dado una tremenda paliza. La buena zurra, lo que decían en el barrio tanto él como los demás niños cuando no medían más de metro veinte y jugaban a escalabrarse; y cuando no se abrían la cabeza a pedradas, lo hacían por medio de esa "zurra" de golpes. A los doce años Toni comenzó a dejarse el cabello largo, pero si se lo rapara al cero, en su cabeza se verían más cosidos que en los pentágonos de un balón de reglamento. Esta vez la paliza se la había dado él mismo encima de Patricia, y para bien.
            He bajado unos cuantos gramos de los huevos y es como si hubiera perdido veinte kilos de repente... Alucinante.
            Se dejó caer en el sofá. A esas horas de la madrugada se antojó fresco, igual que si hubiera apoyado la espalda en la puerta del frigorífico. Estiró las piernas, cogió aire y lo expulsó sonriente.
            —Todo un campeón, sí señor —Sacó un cigarrillo y lo prendió. Sentía una felicidad tan inmensa que no controlaba lo que hacía; era como haber recibido una gran dosis de azúcar en sangre, haberse tomado media tarrina de helado de chocolate con almendras al estar de bajón y conseguir subirse de alegría por las paredes. Dio una calada intensa. La capa de ceniza se iluminó al tiempo que crepitaba y soltaba una diminuta chispa. El tabaco ya no era lo que fue, y aunque Toni no lo reconocía porque adoraba fumar, cada vez le metían más sustancias tóxicas. Miraba cómo la papela que envolvía el tabaco se quemaba igual que el mapa en la sintonía de Bonanza, lo único que recordaba de la serie porque la vio en una de sus tantas reposiciones, con cuatro o cinco años. Era un cigarrillo pero lo observaba como si estuviera absorbiendo zumo mediante una pajita. Sus mofletes se encogieron y tragó todo el humo que tenía en la boca; después, para seguir haciendo el subnormal, lo expulsó a modo de aspersor mientras movía la cabeza de un lado a otro—. Fu-fu-fu fu-fu fu-fu-fu fu-fu-fufufú —Le dio la tos y le entró la risa. Sintió un picor bastante molesto por la campanilla y la boca le supo a cloaca, pero no le importó en absoluto. Estaba feliz.
            Ahora iba en busca de otra paliza, esta para su mente y sus ojos. Tenía que reanudar la escritura y demostrar con ello su talento. Dos horas corrigiendo no habían sido nada, por ello necesitaba castigar la vista unas cuantas horas más.
            —Hace una semana que no leo nada, joder —se maldijo por mal lector. Tiempo sin leer, para un escritor es tiempo perdido, no el dormir demasiado—. No tengo ni un rato para coger un libro con tanta corrección.
            Tras hablar consigo mismo, giró el cuello hacia el lado izquierdo, donde Corazones en la Atlántida, de S. King, descansaba en un rincón, y llevaba dos días sin tocarlo. Lo había dejado casi al final de la primera historia, deseando que Ted no desapareciera. No era de terror, pero todo lo que escribiera el maestro era bienvenido para Toni. Es el rey indiscutible, escriba terror o no, firme con su nombre o con el que invente. No hay quien lo supere, y los que escribimos historias de miedo deberíamos besar Maine de cabo a rabo, todo lo que haya pisado King. Sin él no seríamos nada. Un ejemplo a seguir y mantener en el presente. Seguramente Patricia se sentó encima del libro sin darse cuenta, o  quizá lo habría apartado como si fuese un cojín. Ah, un libro, habría dicho, sin más. Estaba acostumbrada a apartarlos de todas partes: de la mesilla del dormitorio, donde Toni aprovechaba el insomnio para enfrascarse en alguna que otra aventura; en el baño. Casi todos los días encontraba un libro encima del lavabo, y en la mesa del salón y el pasillo. La casa era una biblioteca desordenada. Toni no era capaz de vivir sin libros ni sin tabaco. Quizá sin ella sí, diciéndose a sí misma que siempre habría alguna otra fulana que pudiera suplantarla, pero los libros y los cigarrillos no. Las películas no le llegaban como lo hacían los escritos, por lo tanto no podría reemplazarlos por ellas, y donde estuviera el tabaco negro, que se quitara el rubio. Para Toni fumar rubio tenía el mismo efecto que beberse una cerveza sin alcohol.
            Cogió Corazones en la Atlántida.
            —Perdóname, maestro, pero ahora no te puedo leer —se disculpó—. Tengo que escribir. Nadie mejor que tú puede entenderme.
            Volvió a dejarlo donde estaba, en ese rincón que, a pesar de esconderlo para tenerlo protegido, al mismo tiempo parecía apartarlo del mundo. Quedó ensimismado al observar esa parte del sofá; le traía recuerdos, y no precisamente buenos. En ella, justo en el brazo que apuntaba hacia la ventana, falleció su abuelo. Ocurrió de madrugada, cercana a la misma hora en que lo recordaba; sin embargo, en vez de ser una calurosa noche de verano después de haberse tirado a su chica tras dos semanas de que esta cerrara el agujerito de la felicidad y no entrara ni gato ni ratón, murió en una noche de invierno, sin acordarse ya de lo que era tenerla dura y con los bronquios más negros que los de un minero. Siete meses atrás de su muerte ya le fue imposible poner un pie en los escalones, por lo que no le quedó más remedio que dormir en el sofá-cama. Era incapaz de subir al dormitorio.
            Toni tocaba el brazo donde su abuelo, ayudado por una gruesa almohada, apoyó la cabeza para dormir de cúbito supino las noches que le restaron de vida. Los ácidos de estómago eran tan abrasivos que parecían deshacerle el esófago de principio a fin. Era como si en vez de reflujo le escalara ácido sulfúrico desde la tripa hasta la garganta, y que cada vez que abría la boca, fuera a escupir goterones de saliva en llamas. Cada uno de sus eructos semejaba abruptos tronidos vaticinando una fuerte tormenta, y en su caso, tan oscura como aniquiladora. Las señales del fin de la vida, la llegada del mal inminente. Muerte es sinónimo de dolor, bien para el enfermo o bien para los familiares que deja, y la de Antonio (que así se llamaba, y el mismo que quiso que su hijo y su nieto llevaran su mismo nombre) contaba con ambos dolores.
            —¡Hostia puta y sagrada! —vociferó una noche entre guturales y burbujeantes sonidos, como si le estuvieran centrifugando el estómago continuamente con aguarrás. Al mismo tiempo, se retorcía clavando las uñas en la manta que lo arropaba—. ¡Tengo dentro a un hijo de puta que me está calcinando las tripas! —Movía la cabeza de un lado a otro, sudando y tragando saliva hirviente. Jadeaba desesperado—. ¡Cristo Santo...! Apagadme el fuego que me corree, ¡lo suplico! ¡Hacedlo rápido! Apagadlo o matadme... ¡ME CAGO EN LA HOSTIA DIVINA! —rugió, convirtiendo su cuerpo en un puente mientras se tensaba—. ¡Matadme antes de que este cabrón me deshaga las tripas!
            Ni Toni ni sus padres podían hacer nada más por él. Tenía los párpados arrugados como cáscaras de nuez, y su fruto, una pupila diminuta y contraída, luchaba por ver algo de claridad, fuera de día o de noche. Su mirada era turbia y escasa, pero dada la gravedad, el menor de los problemas. La morfina que le inyectaba su nuera era como meterle agua en el cuerpo: no servía de nada. Lo que primero fue una hernia de hiato (de diptongo según Toni, que siempre se rio de ello cuando no era más que un mocoso) pasó a úlcera, y después a úlcera sangrante. Años más tarde se convirtió en cáncer, y ese fue su final. Según los médicos tenía el estómago como si se lo hubiera mordisqueado un pitbull, y lo poco que aún no había echado por la boca entre accesos de tos sangrienta, deambulaba por el tórax en forma de tropezón. Los coágulos se le estancaron ahí cuan barrita de gelatina dividida en partes.
            La noche que murió, Toni despertó sobresaltado por culpa de una pesadilla. Tenía doce años y esa misma tarde se había fumado su primer porro. Ni siquiera años más tarde lo vio todo por triplicado, cuando quiso probar suerte con las lentes de contacto para verse más atractivo y confundió la del ojo derecho con la del izquierdo, y viceversa. Soñó que estaba leyendo en el sofá, tan solo alumbrado por la tenue luz de la lamparita que su madre había comprado en los chinos. Un ratón sostenía la bombilla y le parecía una cursilada. Cosa de viejas, como las lentejas, se dijo el primer día que la vio. En el sueño no se veía más que el libro, con unas cincuenta líneas en cada página y escritas con letra diminuta, apenas legible. Se lo llevó a la cara para intentar ver de cerca lo que decía, y entonces vio que las palabras tenían gemelas y trillizas, que no hacían más que repetirse una y otra vez, borrosas y burlonas. Le era imposible distinguir nada. Cada letra se antojaba en relieve y no sabía si una era la A de Alemania, la P de Perú, la M de Mongolia o que en verdad era un mongolo y ese maldito libro se pitorreaba delante de sus narices. Tras cerrarlo de golpe, exasperado, como había hecho en una ocasión cuando a una mosca de las cojoneras se le antojó caminar por su párrafo favorito y le interrumpió la lectura en la que estaba enfrascado, su abuelo se incorporó de golpe a su lado izquierdo, recordándole al guardián de Historias de la cripta cuando asomaba la cabeza por el ataúd. El abuelo no reía como ese esqueleto cachondo, el abuelo levantó esas cáscaras de nuez que tenía como párpados para dejar a la vista de Toni dos ojos en blanco, y al tiempo que la mandíbula se le desprendía, marcada por su fina y bien recortada perilla, como la boca de un muñeco de ventrílocuo cayendo a modo de trampilla. En ese instante, su interior rugió igual que el motor del R5 con el que él y su nieto daban vueltas por el barrio cuando Toni era pequeño. El aliento le olía a contendor, y no era de extrañar que dentro tuviera muerto al gato que había desaparecido años atrás en busca de aumentar la familia de mininos. De estar vivo, hubiera sido bueno que zampara de un bocado al maldito ratón de la lámpara, que lo dejara todo oscuro para apartar de él tan tétrica y escalofriante visión. Pero el gato estaba muerto y el abuelo a punto de morir. Su apergaminado rostro se movía como si bajo la piel tuviera una recortadora y en vez de retocarle la barba se estuviera ensañando con el tejido interno. En la tripa también. Algo se cocía ahí dentro, y nunca mejor dicho porque de piel pálida pasó a un tono rojizo como el fuego. Los ojos en blanco se llenaron de venillas rojas, rajando los órganos de visión como un polluelo casca el envoltorio que ya no le sirve y ansía saludar al mundo, y por la boca, por ese negruzco socavón inerte, una marea de saliva, inexistente hasta el momento, burbujeaba de la misma forma que lo hace una pastilla efervescente en el fondo de un vaso de agua. Toni se dijo que eso no era su abuelo, sino un volcán en erupción con forma de viejo moribundo.
            —¡Apágame el fuego de las tripas! —vociferó aquello, fuera lo que fuese, al tiempo que una sangre demasiado espesa, como sirope rojo, le caía de la boca y escurría por su barbilla. Su interior sonaba como un desagüe tragando agua—. ¡¡MATA AL HIJO DE PUTA QUE LLEVO DENTRO!! —Toni veía que su abuelo sonaba como la tubería de la bañera cuando quitaba el tapón y la marea de jabón hacía remolinos mientras colaba. El rostro del viejo languidecía, consumiéndose como se consumía el cigarrillo con cada calada al tiempo que lo recordaba. La piel iba convirtiéndose en una fina capa, como de escamas, y a la vista le parecía tener un tacto similar al de esa gota de pegamento que tanto le gustaba mantener en la yema de los dedos y después quitarla como quien se retira cera seca para depilarse. La piel se comía al tejido y a los músculos, sonando igual que un gorro de silicona ajustándose a la cabeza; en el caso del abuelo, ajustándose a todo el cuerpo. Era un horripilante ser disecado, repleto de protuberancias huesudas donde anteriormente abundaba la carne. Dos repugnantes concavidades, navegando por ellas una sustancia aceitosa, observaban a Toni mientras una boca mellada y lo que una vez fueron labios alrededor de ella, escupía palabras forzosas y sangrientas.
            —Má... talo.
            Y fue cuando Toni despertó sobresaltado, recordando cómo su abuelo vomitaba en sangre a ese hijo de puta que tanto quería asesinar.
            Esa noche, nada más despertar, bajó las escaleras en busca de un vaso de agua. No era de leche antes de dormir ni en caso de despertarse, ni siquiera orinaba hasta que no amanecía. Si se le ocurría hacerlo no volvía a pegar ojo. El último escalón comunicaba con el cuarto de estar, donde dormía el abuelo y donde ahora miraba Corazones en la Atlántida como si el viejo siguiera ahí y no hubieran pasado diecinueve años. Al encender la dichosa lámpara del ratón no vio a un esqueleto carcomido y sin ojos, pero sí a un cadáver con intención de haberse querido incorporar y no lograrlo porque el cáncer le había salido por la boca antes de darle tiempo a reaccionar. Cuando se cansó de torturarlo por dentro, se escapó a sus anchas. Toni había visto fotografías de su abuelo cuando era joven, y tenía el cabello tan rojo o igual que su novia, así como la perilla bien recortada. Él ya lo conoció canoso y algo estropeado, sin embargo, esa imagen del abuelo muerto y con los ojos vidriosos en su dirección, como si lo estuviera señalando con ellos —la cual no olvidaría jamás— le dejó a la vista la perilla rojiza, solo que tiznada por los restos del mal sangriento que recorrían su barbilla. Ya sin poder articular palabra alguna, su boca abierta, la que daba la sensación de haber humeado como el cañón de un revólver después de escupir la bala, seguía diciendo: "Mata al hijo de puta que llevo dentro".
            Ese recuerdo estremecería a cualquier ser humano con sentimientos, y a la vez, le provocaría pena y dolor. A Toni no, en absoluto. No derramó una lágrima por su abuelo, y verlo como lo vio, para él resultó alucinante. Encontrarlo así fue como haber visto una escena real de sus pelis de terror favoritas, y algo con lo que presumir con sus colegas del barrio. ¡Que sí, tíos! Le escurría sangre como si fuera un vampiro, ¡y fue la hostia de alucinante! Teníais que haberlo visto, les dijo el día del entierro mientras sus padres le decían el último adiós.
            Quizá a los doce años aún no era consciente de lo que suponía la muerte (ni a los treinta y uno), o que el que alguien muera por una enfermedad tan dañina no es motivo de burla. Ninguna enfermedad es para reír, pero mucho menos una contra la que no se puede luchar mientras se ríe de uno hasta matarlo. (Tampoco sintió ningún tipo de lástima cuando en vez de doce tenía veintiséis años y su padre se dejó la vida en la carretera. Ninguna). Con doce años solo le importaban los cómics de terror, llevar un cigarrillo entre los dedos para hacerse el chulo delante de las niñas (al que en esos años no achicharraba a caladas porque todas le hacían toser) y grabar las películas porno que ponían de madrugada en los canales autonómicos para después masturbarse y sentir, cómo no, cosquillas. Hay que menearla hasta que te entra una especie de cosquilleo, le había dicho un compañero del colegio, una tarde y de camino a casa. Toni y el mundo de las cosquillas. Un caso perdido.
            En vez de llorar al recordarlo, se le amplió la sonrisa y besó el rincón del sofá para agradecer a su abuelo que le brindara algo tan terrorífico pero mágico.
            —¡Gracias, abuelo! —dijo en voz alta, alegrado porque era justo lo que necesitaba para proseguir la novela. El "hoy no tengo cuerpo para escribir" se había esfumado de pronto, y ese era el momento idóneo. Un escritor tiene que aprovechar la ocasión, sea cual sea la hora, el momento o el lugar. Hay palabras que solo aparecen una vez en la vida
            (como los grandes orgasmos...)
            y quererlo hacer en otro momento resulta una tarea estúpida porque ya no sale. Un gol de chorra, una canasta lejana que en la vida entraría y entra ese día, saltarse un semáforo delante de un guardia y que haga la vista gorda, y el escribir de carrerilla plasmando lo que tu mente alocada te va diciendo sin ningún tipo de pausa. Todo eso solo ocurre una vez en la vida. Solo una.
            Encendió el portátil y comenzó a escribir. Diecinueve años más tarde, sintió la muerte de su abuelo (nunca es tarde).
            —Juro que mataré a ese hijo de puta, abuelo —dijo sin abandonar el teclado— , al tuyo y al de todos los personajes; y ellos matarán a otros tantos cuando vuelvan a la vida.
            Escribió lo mejor de su vida bajo la bombilla de 4w (ya sin más ratón que el que acompañaba al ordenador).

PRONTO LA NOVELA A LA VENTA ...

martes, 20 de febrero de 2018

Erótico (versión chico y versión chica)


Soy un chico malo
Pasamos a la habitación. Las persianas están bajadas y el ambiente es silencioso; lo único que se escucha es el sonido de nuestra ajetreada respiración mientras nos adentramos por el habitáculo del placer.

            Ella camina a tientas delante de mí. Mis manos cubren su vista para no estropearle la sorpresa. Noto cómo sus ojos revolotean nerviosos, y eso hace que la suave piel de los párpados se comporte inquieta frente a mis yemas.

            Camino un poco, descalzo, solo con el calzoncillo como única prenda. Mis muslos golpean los cachetes de su trasero en pompa. Lleva una ligera y fina braguita, y eso hace que mis piernas noten cómo su carne se bambolea al movimiento. Mi entrepierna da el aviso. El juguete se cansa de permanecer dormido y pide guerra. Empieza a crecer y elevarse. El capullo abre camino arrastrando la piel que lo estorba. Mi nena se estremece cuando siente que mi miembro obstaculiza su división trasera. Este, entre sacudidas intermitentes, empieza a latir como un corazón.

            Dejando escapar una bocanada de aire incontrolable, susurro en su oído:

            -Aún no abras los ojos.

            Vuelvo a soltar aire demasiado caliente, y mientras beso su hombro desnudo, el miembro me vuelve a protestar. Pide que le quite de una vez la prenda que estorba su función. Quiere entrar de entro de ella, ¡y entrar ya!

            -Quitaré las manos -vuelvo a decir, respirando forzosamente-, pero no abras los ojos hasta que no te lo diga.

            Responde con un "huhúm" al mismo tiempo que retrasa sus manos y las coloca en mis piernas. Las desliza rápido y las vuelve a subir. Está muy nerviosa. También respira con ajetreo, sin dejar de moverse.

            -No te muevas -digo a la vez que aparto mis manos de sus ojos y las llevo hacia su tripa. Vuelve a estremecerse cuando nota el contacto de mis dedos en su barriga, y entonces el ombligo me los golpea como si de pronto hubiese ganado dos kilos más.

            Mis manos notan su piel como si estuviera llena de granitos. Su abdomen copia el movimiento de mi pene al sacudir con fuerza, lo que hace que este se endurezca más y la llamada de alerta me diga que quiere entrar, ¡que vamos!

            ¡Vamos, tío! ¿A qué coño esperas? Y valga la redundancia. ¡¡Déjame entrar ya!!

            Pero es pronto. Toca jugar.

            -Ya puede abrirlos -susurro.

            Me hace caso y recibe al mundo en lo que vuelvo a besar uno de sus hombros desnudos. –Viste una fina camiseta de color blanco. Y ya estás tardando en quitársela, me dice la cabeza. Lo que no tengo muy claro es si me lo dice la de arriba o me lo ordena la de abajo. Las braguitas cubren el objetivo de mi inquietud. ¡Bájaselas ya!

            La habitación está llena de velas rojas. El cabecero de la cama deja de ser madera para mostrar un corazón de luces. Hay pétalos de rosa repartidos por el colchón.

            Busco las manos de mi nena para entrelazar mis dedos con los suyos, y después tiro con suavidad de sus brazos para abrirlos en cruz.

            -Estás crucificada, pecadora –susurro en su oído para acto seguido recorrer a besos el lateral de su cuello.

            Cierra la cruz llevando nuestras manos hacia su sexo, pero me detengo antes de que me haga tocárselo.

            -A-a-a –Se enrabieta al ver que me freno-. No tan deprisa, jovencita. Estoy bastante juguetón.

            Beso su cuello; levanta la cabeza y su melena se apelmaza en mi hombro izquierdo. Veo cómo dobla las piernas; y cuando suelto sus manos y empiezo a subir las mías de la barriga hacia arriba, vuelve a estremecerse mientras sus senos botan como si fueran dos flanes. Sé que quiere que se los toque, pero he dicho que es hora de jugar.

            Mete mano de una vez, palurdo. ¡Mete mano y méteme a mí! Méteme ya, cabronazo. No juegues más. 

            Lleva las manos a mi cabeza, y allí se entretiene a jugar con mi cabello mientras yo juego con su cuerpo. Cuando voy a llegar a sus senos, bajo de nuevo, escapándome hacia más abajo de las caderas.

            Escucho un gemido mientras atrapo la gomita de las bragas; tiro de esta y se las bajo hasta la altura de las rodillas. Subo las manos para alcanzar los senos, pero no los toco, sino que me detengo donde terminan. Vuelve a estremecerse al pensar que voy a acariciárselos. Pero no. He dicho que toca ser un chico malo.

            ¡Me cago en la madre que te parió! -Esta vez me debato entre tres cabezas: la mía de arriba, la mía de abajo y la de mi nena.

            Voy bajando. Recorro sus curvas como si mis manos fueran vehículos circulando muy despacio por la carretera. Al llegar a las caderas, me adentro hacia su sexo. Cuando la punta de mis dedos parece resbalar por la humedad que los rodea, los retiro para subir a la frente.

            Agg… ¡Qué grandísimo hijo de puta…!

            Ella se retuerce y protesta, cosa que me encanta. A mí y a mi juguete, quien vuelve a hacerse notar con un impulso en busca del placer.

            Bajo un poco la cabeza de mi nena, retiro la melena a un lado y empiezo a recorrer el cuello desnudo a base de pequeños besos, muy muy suaves. No puede estarse quieta por más que se lo pido. Sus piernas tiemblan de la misma forma que temblarían de estar orinándose. Está muy pero que muy nerviosa, y ese es mi objetivo.

            El mío es tomarme libertad y dejarte en ridículo a la primera. ¡¡Me estás jodiendo a mí, no a ella!!  

            Cuando mis labios llegan a la mitad de su espalda, se tensa como un arco; y entonces sí, sin que lo espere, mis manos atrapan sus senos. ¡¡Bravo!! Por fin, hijo. Se dobla al no esperarlo, y automáticamente se toca su sexo. Masajeo a sus dos amigas a mi antojo. Ella no sabe qué hacer.

            Se muerde los labios mientras mueve la cabeza a un lado y a otro. Sube y baja, indecisa y alocada. Sin darse cuenta, consigue que mi pene se frote con su trasero. Siento cómo se desliza. El capullo es puro fuego y escupe una gotita con intención de refrescar el ambiente, pero es tan cálida como el estado de mi miembro al completo.

            Ella se dobla. Me puede y cedo. La abrazo con pasión y deseo. Mi tiempo de juego se ve interrumpido por la frenética excitación. Mi juguetito ha enmudecido y solo sabe sentir. Aprieto los senos de mi nena mientras mi sexo queda estancado en su trasero. Deseo introducirlo cuanto antes, y sé que ella también quiere sentirlo dentro. Pero no puedo abandonar tan pronto.

            Abandona. ¡¡Ríndete!! Méteme. ¡¡Méteme yaaa!!

            »Tengo poder para que te rindas pronto. ¡¡Date por jodido!!

            Me quita las manos y se da la vuelta con rapidez. Me agarra del cuello y parece querer comerme a besos. Lleva una de sus manos a mi entrepierna y me atrapa el miembro con fuerza. Doy un respingo cuando mi juguete escupe una nueva gotita. Él se siente como si le estuvieran estrangulando, pero a mí me deja petrificado por completo.

            Te lo dije. ¿Quién ríe ahora?

            Yo, porque me encanta.

Me ha dado en mi punto débil. Tiene toda mi hombría en sus manos, y ahí, por mucho que intente defenderme, es imposible.

            -Vamos a ver qué tal se porta esto, chico malo -me dice antes de besarme con ahínco. Es un beso corto pero poderoso. Acto seguido, me baja el calzoncillo. Si con la prenda me sentía aprisionado, cuando me la agarra al desnudo me doy por jodido.

            Vas a sufrir tela marinera, por espabilado.

            Aprieta. Mi pene late abruptamente y parece que va a explotar. Crece unos milímetros más mientras echo la cabeza hacia atrás y miro al techo. Abro la boca como atontado y al mismo tiempo que siento cómo mi juguete se afana en desaprisionarse. Entre la mano de ella parece una pastilla de jabón que resbala al apretar la mitad de su cuerpo.

            Estoy húmedo y derrotado, y lo que parecía una pastilla de jabón empieza a resbalar de verdad arriba y abajo cuando ella mueve su mano.

            Sí, sí, ¡SÍIII!, jajajaja. ¡¡Me está meneando, cara pijo!!

            »Sigue, nena.

            Noto cómo pasa la punta de la lengua por la mitad de mi escroto, acariciando a los acompañantes de mi juguete con su húmeda amiga. La tensión se extingue y siento que voy a desvanecer. Me tiene a su entera disposición.

            Ups… Tengo ganas de vomitar, y lo voy a hacer para joderte.

            Me baja más la piel del pene y este parece señalarla a presión. Repite el mismo movimiento con la lengua, pero esta vez por el frenillo. Siento una especie de cosquilleo ardiente y empieza a picarme. Lo redondea con la lengua. Consigue que me vuelva loco de placer.

            -aaAHp... –Disparo. Me tiritan las piernas cuando se mete mi sexo en la boca. Se me escapa una gotita más de líquido, ¡pero es que me encanta! Vomito. Voy a vomitar-. Pa...ra -digo, con un escalofrío recorriendo mi cuerpo-. Para si no quieres que se acabe la fiesta

            Ella niega con la cabeza.

            -No, no, no...  -dice-. Nada de rendirse tan pronto, chico malo. Tienes que portarte bien.

            -¿Sí?

            Asiente.

            -Entonces, prepárate.

            La cojo sin apenas terminar de hablar y la llevo hasta la cama. Ambos caemos de golpe. Me gustaría ir más despacio, pero no me controlo.

            Bien… ¡¡BIEN!!

            Bajo a su sexo. Me agarra la cabeza y tira del cabello cuando se lo recorro con la lengua. Quiere que pase a mayores, pero me repito que soy un chico malo, muy muy malo.

Me entretengo con su clítoris, moviendo la lengua en círculos. Se la estoy devolviendo.

Está empapada. Comienza a gemir, y eso me hace acelerar los lametones.

            Vuelve a tirar de mi cabello con fuerza. No deja de retorcerse.

Paro. Me acerco a su boca y la beso con pasión; pero no quiere, quiere que siga dándole placer.

            Cambio la lengua por mis dedos. Coloco una mano debajo de su ombligo al mismo tiempo que introduzco dos dedos de la otra por su vagina. Vuelve a gemir, momento que aprovecho para moverlos: círculo círculo tirón hacia mí/ Círculo círculo tirón hacia mí/ Círculo círculo tirón hacia mí. Y así; y luego más, y más, y más…

            Gime tanto que no lo resisto. Mi juguetito dice que no somos dos, que somos tres, y que él también quiere participar.

            Claro que quiero participar. ¡¡Ya estás tardando en meterme!!

            Acerco el glande a los labios de la vagina. Me detengo un instante y miro a mi nena, quien me corresponde de igual forma. Respiro profundamente y empiezo a entrar en ella.

Siento algo parecido a cuando me agarró mi sexo rebelde. Apoyo las manos sobre la cama. Quiero que ella me mire a los ojos, pero no lo hace. Su cabeza se mueve a un lado y a otro, gimiendo como una loca. Yo también deseo hacer lo mismo, pero me contengo.

            Entrecruza las piernas sobre mi espalda y apoya las manos en mi nuca. Cada vez estoy más perdido.

            Muy perdido. Gano yo, colega.

            -Sig... Aah -Empieza a gritar-. Aahh aahh aah.

            Sus gemidos hacen que acelere más. Cuanto más deprisa voy, más lo disfruto, y aunque eso es bueno, también es muy malo.

            Sí porque estás jodido. Voy a vomitar de un momento a otro.

            -Me voy a correr -digo. Algo muy bonito pero difícil de reconocer. Nunca es buen momento para terminar, aunque pasen horas.

            Clavo las uñas en las sábanas. Tenso los dedos al mismo tiempo que empiezo a perder el ritmo.

            Me invade una especie de parálisis. Los huevos se endurecen hasta el punto de hacerme sentir una presión molesta pero placentera. Me cuesta respirar. Algo abrasante va subiendo. Es como que la vista deja de funcionar y se queda con la última imagen que ha visto. Noto un retortijón en la tripa al mismo tiempo que se me taponan los oídos. Mientras escucho como telón de fondo los gemidos de mi nena, el placer se centra en mi pene, donde un calambrazo tibio hace que este se rinda y suelte todo lo que ya no es capaz de contener. Convulsiona y se sacude a su antojo, lo que hace que todo mi cuerpo se vea urgido a seguirlo.

            Canelita en rama, pichafloja.

Veo la gloria; ella continúa gimiendo. Dejo toda mi fuerza en su interior, y entonces mi juguetito parece reírse de mí, regresando a su tamaño habitual, pero satisfecho.

Jijiji. Te dije que iba a joderte. No has durado una mierda.

-He ganado yo –protesto.

Sí, sí… Eso ya me lo dirás dentro de nueve meses.

-¡Hostias!

Soy una buena chica



Pasamos a la habitación. Las persianas están bajadas y el ambiente es silencioso; lo único que se escucha es el sonido de nuestra ajetreada respiración mientras nos adentramos por el habitáculo del placer.

            Camino sin ver nada. Los dedos de mi chico no me dejan levantar los párpados. Intento moverlos, pero lo único que se mueve son mis ojos nerviosos. Mi nene también está inquieto. Noto el temblor a través de sus yemas; pero no digo nada (se cree un chico malo).  Voy delante de él. Sus muslos golpean los cachetes de mi trasero con cada paso, pero lo que más me gusta es que me empuje con su entrepierna. Sí. Mmm… Va creciendo cada vez más. Está muy caliente, y se me hace irresistible al sentir cómo su cabeza pelada se mueve entre las puertas de mi trasero.

            Sí, calvito. Empuja más.

            Embiste a mi braguita y la tensa. La queda pillada, y sin darse cuenta me da doble placer porque (sigue, nene) acabada de arrastrar los labios de mi sexo (más) y… Quítate el calzoncillo y hazme tuya.  

            Noto el calor de su aliento sacudirme la mejilla. La golpea como si fuera la nube de humo de un cigarrillo mentolado; después, mientras me muerdo los labios y hago que mis rodillas se junten, notando fuego en mi cueva de las maravillas (necesita que un cirio le dé luz; y el tuyo es el idóneo, mi querido y deseado chico malo), siento que el calor de sus letras me dice al oído:

              -Aún no abras los ojos.

            Tras esto, suspira al mismo tiempo que sus labios besan mi hombro desnudo. Su bigote se mueve con suavidad por mi piel como si fuera un cepillo quitapelos, lo que me provoca unas cosquillas irresistibles. Me inquieto.

Aprieto los cachetes del trasero cuando la maquinaria de mi chico se endurece más. Me muerdo el labio inferior en lo que mis manos se abren y cierran en busca de… La quiero toda para mí. La quiero dentro. Enterita, no lo sé. Estoy muy nerviosa. El corazón no se controla; parece que tengo ondas repartiéndose por mi seno izquierdo y que lo hacen vibrar hasta llegar a la cima. ¡Plinnn…! Allí, el pezón –los dos, pero sobre todo el izquierdo- se endurece tanto que hasta siento tirantez.     

-Quitaré las manos –me dice. Respira con dificultad, como todos los duritos falsos cuando sienten el roce de una mujer-, pero no abras los ojos hasta que no te lo diga.

De malo no tienes NADA, pero sí me pones MUCHO, me digo queriendo sonreír. Sin embargo, tengo que controlarme para que él no se venga abajo. Nada mejor que hacerle creer a un hombre que, a pesar de intentar ser malo, es muy bueno en la cama. De esta forma se cree el amo del mundo,  pero gano yo. ¿A que sí, chicas? Su punto débil lo tenemos nosotras entre las piernas, y podemos hacer con ellos lo que queramos. Son como conejos detrás de una zanahoria. Ay, pero esta vez quiero sentir la zanahoria dentro del conejo mío… Ya, por favor.

            -Huhúm –respondo sin abrir la boca. Sé que ese sonido va a excitarlo más, y… ¡Acerté! Se le está poniendo más dura. Tengo una porra en mi parte trasera; la (muévela más) quiero atrapar, apretar con (empuja) fuerza, llevar a mi (sí… Sí, nene) sexo y moverla a mi antojo. Déjamela a mí, chico malo. Quiero jugar con ella.  

            Retraso las manos hacia sus piernas, pero no soy capaz de dejarlas en ellas sin más. Me veo en la necesidad de (venga, nene. Pórtate bien) moverlas arriba y abajo. Estoy muy nerviosa. Se me escapa un (A-huuuum) gemido incontrolable.

            -No te muevas –me dice mientras deja a mis párpados en libertad (pero obedezco y no los levanto) y lleva las manos a mi tripa. No me lo espero y reacciono como si me hubiera colocado cubitos de hielo. Tiene los dedos muy suaves y… Me (sí) gus… (me) ta (gusta) y (mucho) mucho. Reconozco que sí. Esta vez no finjo, ¡me encanta! Se me humedecen los labios del coño cuando el supuesto chico malo juguetea con mi ombligo.

            Entiendo a Eva. Quiero ir al infierno, y si es como el fuego que siento dentro de mí, ¡¡ENTONCES QUIERO IR YA!!

            -Ya puede abrirlos –me susurra y así lo hago.

            Veo que la habitación está llena de velas rojas. El cabecero de la cama deja de ser madera para mostrar un corazón de luces. Hay pétalos de rosa repartidos por el colchón.

            Ay, ¡me lo como!

            ¿Lo veis, chicas? Un blandito.

            Qué rico es…

            Mientras observo la habitación y pienso en comérmelo a besos, entrecruza los dedos de las manos con los míos y después me estira los brazos.

            Solo falta el barco para que parezca que estamos en Titanic. No te congeles, Jack. Solo necesitamos que una parte de ti permanezca dura para siempre.

             -Estás crucificada, pecadora –me susurra al oído para acto seguido recorrerme a besos el lateral del cuello.

            Ay… Esto ya no. ¡¡Es demasiado!!

            De un arrebato, cierro la cruz e intento llevar las manos hacia mi sexo. Mi cueva necesita a un hombre salvaje de las cavernas. Eres tú el elegido. Tócame. Tó…

            -A-a-a –dice al frenarme. ¡¿Por qué no me tocas?!-. No tan deprisa, jovencita. Estoy bastante juguetón.

            ¡¡Yo no!!

            Me besa en el cuello. Chuperretea, vampiro. Bésame; muérdeme. Híncame el diente o lo que me quieras hincar, ¡pero hazlo ya!

            Echo la cabeza hacia atrás. Mi chico me puede. Noto como babas recorriendo mis (joder, chico malo) muslos. Doblo las piernas llevada por la excitación; él va subiendo las manos. Me roza las (más arriba) costillas, y después sube hasta… (Tócamelas, sí. Vamos. ¡No te pares!). Me preparo para recibir sus palmas en mis senos, por ello me estremezco y estos dan un ligero bote.

            ¡No me ha tocado! Jum. ¡Está guerrero!

            Llevo mis alocadas manos a su cabeza; allí, agarro su cabello y doy suaves tirones.

            Si tiro más te haré daño, mi amor, ¡¡pero es que me estás poniendo perraca!! ¡¡MÉTEMELA YA, POR DIOS!!

            No lo hace. Vuelve a recorrer mi cuerpo mientras me retuerzo con deseo.

            Necesito tu pieza maestra para encajarla dentro de mi rompecabezas, chato. Quiero a tu amigo el calvito muy dentro de mí.  

            Atrapa la gomita de mis bragas, y… ¡Me las baja! Al deslizarlas por mis muslos me sacude algo de frescor en la zona ardiente. Pero quiero que sigas quemando; quiero que tu arma se enfríe dentro de mí. Vamos, juguetón. ¡¡VAMOS!!

            Sube las manos hasta mis senos, pero sé que no me los va a tocar. A ver… Nada, ¡lo sabía! Vuelve a bajar hacia (cómo me estás poniendo, nene) mis caderas, y de ahí (tócame en el centro. ¡Tú también lo deseas!) hacia… ¡Síiii!

            ¡Aggg…! ¡No me toca!

            Pero noto que se excita más. Su miembro parece estar hecho de (hum) piedra, y quiero que me lo… ¿Qué hace ahora?

            Me baja la cabeza, retira mi melena a un lado y… ¡Oh, sí! ¡Me encanta! , me besa, muy despacito. Tengo la piel de gallina y el coño como para pelar pollos.

            Sabes que lo que quiero pelar es tu polla, chico malo. ¡¡No te portes mal!!

            Me tiemblan las (lo quiero ya) piernas. Vamos. No quieras ser más malo… ¡Lo estás medio consiguiendo!

Un beso en la espalda hace que me tense como un arco. Bendito crío. Mis pezones apuntan hacia el infinito, duros como dos piedras. Me los voy a… ¡Me los toca!

Sí-Í-IIIA-áah

Me mueve las (así, así) tetas con masajes circulares, cosa que me (pone) PONE a mil y tres mil.

Me escurro de placer. Me muerdo los labios mientras muevo la cabeza a un lado y a otro. No sé lo que estoy haciendo. ¡¡NO LO SÉ!! Me muero de gusto. ¡Me encanta, nene!

A él se lo pone todavía más dura.

Esta es la mía, guapetón.

Me doblo. Noto cómo su querida (y para mí ansiada) cosita se mueve al abrirme a ella.

Aa-ah HuuuHúMmm.

Él no lo resiste y me abraza descargando un suspiro en mi espalda. Me aprieta los senos, cosa que le excita aún más.

Estás acabado, chico malo.

Le suelto las manos y me doy la vuelta con rapidez. Lo miro con ojos golosos, esos que dicen: cómemelo todo, que yo haré lo mismo contigo. Y mientras él se queda atontado, babeando como un niño de teta, llevo mi diestra a su juguete porque lo quiero todo para mí.

Mmm… Está bien duro y… Sí, me gusta. Vas a portarte bien, campeón. ¿Verdad?

Palpita dentro de mi mano.

Ahora seré yo la mala.

-Vamos a ver qué tal se porta esto, chico malo –le digo al ser petrificado que tengo como novio; después, le doy un besote con malicia. Tengo su hombría en mi poder, y es todo todo mío.

Me agacho y le bajo el calzoncillo. Su miembro vibra unos segundos, igual que si acabara de sacudir el filo de una espada y tardase en regresar a su firme posición.

Vamos a ver si esto te gusta…

Lo subo y bajo, haciendo que la cabecita pelada se escurra entre mis dedos. Él mira al techo sin reconocer que le gusta. Es un chico malo.

Recorro su escroto con mi lengua. Siento que a sus huevos les encanta, por ello los chupo y luego dejo que entren en mi boca con suavidad. Doy un pequeño tirón que a él le deja K.O. Los dejo libres y vuelvo a por su pene erecto: a por la cabecita pelada.

Me la meto en la boca. Subo y bajo los labios al mismo tiempo que hago lo propio con la mano. Él deja escapar un ligero gemido, y entonces aprovecho para que la punta de mi lengua se entretenga con su frenillo Mi nene se está muriendo de gusto, pero es hora de que sufra un poco.  

-aaAHp... –Dispara mientras sonrío-. Pa...ra –añade con voz tomada por un escalofrío-. Para si no quieres que se acabe la fiesta

            Niego con la cabeza.

            -No, no, no...  –le digo-. Nada de rendirse tan pronto, chico malo. Tienes que portarte bien.

            -¿Sí?

            Asiento.

            -Entonces, prepárate –me dice, me coge y me lleva hasta la cama. Ambos caemos de golpe.

            Boto sobre el colchón, pero cuando quiero darme cuenta tengo a la lengua de mi chico jugando con mi sexo. Recorre (ah) las paredes (aah) a lametones. La mueve como…

            Tengo una culebrilla dentro de mí; pero quiero una serpiente. Una pitón. ¡Una anaconda!

            Me desespero. Hago fuerza con los pies y me impulso; tengo las piernas en tensión y me parece estar haciendo el pino puente sin utilizar las manos, y todo porque este chi…

            No pares. Ahora no. Da... (aá-ah) me.

            Me chupa la bolita. No sé si ahí tengo el punto G entre paréntesis, ¡¡PERO ME VUELVE LOCA!!

            Le agarro del cabello y aprieto bien fuerte. Emito gemidos incontrolables mientras mis ojos se esconden dentro de los párpados superiores. Veo bla (Aaáh) nco; veo el cielo.

            No pares. ¡No te apartes!

            Apoya una mano debajo de mi ombligo. ¿Qué haces ahora? Y al instante cambia la lengua por sus dedos anular y medio.

            El medio, sobre todo ese. ¡¡Sé bueno!!

            Los introduce muy despacio, ¡pero estoy tan caliente que saltan chispas!

            -¡Aaah!

            Gimo. Tengo el clítoris hinchado por dentro, y los de… (no) dos de mi (pares) chico lo (¡No pares!) acarician.

            Aho…ra los está dan…do vueltas, y…

            -Aaah-hi

            Circulo círculo y tira.

            -Aaah-hi…hii-Aaah

            Circulo círculo y tira más.

            -Aaáh…Hi-hii… -Me agarro a las sábanas; ladeo la cabeza bruscamente. Los muslos me tiemblan como si tuviese ligeras descargas en su interior, y van subiendo. Suben… Suben más-. AAAhh

            ¡CÍRCULO CÍRCULO Y TIRA OTRA VEZ MÁS!

            -A__-Me incorporo como haciendo una brusca abdominal, sin respiración. Es como si se me escapara toda la orina de golpe pero mientras las piernas sufren una especie de epilepsia. Sé que mis labios tiritan alrededor de una “O” que babea mientras mis ojos en blanco destacan por ser lo único incoloro dentro de un rostro acalorado. Me quedo apretando el cabello de mi chico, en tensión, deseosa de que el interior de mi pecho vuelva a servir para respirar, y entonces…-. ¡BRUU-ÚUU…! (Descanso) ¡AAÁAAAHH!

            Me dejo caer de golpe, rendida. Mis brazos vuelven a ponerse en cruz, pero mi nene no me da descanso.

            Acerca la cabecita pelada para rozar la entrada de mi placer extremo; se detiene y me mira. Algo rendida pero aún ansiosa, le correspondo para que termine con lo que ha empezado.  Cuando la mete lo siento aún mejor que con los dos dedos; es más gordo y me llena más.

            No pue…do. Muevo la cabeza a un lado y a otro, ¡sin parar de gemir!

            Entrecruzo las piernas sobre su espalda y apoyo las manos en su nuca.

            -Sig... Aah -Empiezo a gritar-. Aahh aahh aah.

            Va más deprisa.

            -Me voy a correr –me dice. No quiero escuchar eso, pero me lo imaginaba.

            Apoya las manos sobre la cama y se olvida de mí. Se centra en el aparatito que vuelve a portarse como una culebrilla dentro de mí; y al instante…

            U-u-ú… Sí que tenías ganas, sí. ¡Hala, no para!

            »Oh, qué pena. El calvito se achica y se aleja de mí. Jum.

-He ganado yo –le siento decir.

Ni de coña, pero te lo haré creer. Guardadme el secreto, chicas. Digamos por siempre que todos son válidos.

-¡Hostias!

Y que sigan creyendo que la pastilla de antes de dormir es para pegar ojo.

Jajajajaja.