lunes, 7 de mayo de 2018

Cáncer: capítulos 4, 5, 6, 7 y 8


4


A las 6:34, cuando un pequeño grupo de pájaros visitaba el patio del nº 18 de la calle Pasión (ni hecho adrede dada la fogosidad de ambos) y daba los buenos días a los jóvenes tortolitos con un piar lento y suave, pero igual de repetitivo que un grillo molesto, Toni irrumpió en la habitación.
            —¡Chaaaaa-tatachán-tachán! —gritó en el umbral. No tuvo ningún tipo de delicadeza. ¿Toni? Aparte de tener cuidado al sacar la memoria USB de forma segura para no estropear sus grandes historias y procurar no abrir demasiado los libros de tapa blanda para no darlos de sí al pasar página, ninguna. Primero era él, después él y, muy en el fondo, luego su chica y ya los demás. Patricia podía considerarse afortunada de al menos estar por encima de esos "demás". En vez de despertarla con un beso, él era de grito limpio; y en vez de llevar una bandeja con el desayuno, llevaba el portátil. Se incorporó, sobresaltada y soltando un agudo suspiro. Llegó a pensar que sus pulmones habían adsorbido todo el aire del mundo instantáneamente y ya no les cabía más. Toni solo soltó esa clase de suspiros una vez, cuando aún tenían agua caliente y, mientras se duchaba, ella abría el grifo de la cocina, dejándole un baño de tibio a gélido en dos segundos. El corazón de Patricia bombeaba desbocado al creer que un ladrón se había colado en casa—. ¡Bueeeeenos días, golosona! —añadió él mientras se adentraba en la habitación. Tenía el portátil en la palma derecha, y parecía un camarero llevando bebidas a la mesa 5 (siempre decían la 5 en todas las pelis que veían juntos, siempre; y mientras Patricia las disfrutaba, él pensaba en la rima y en arrimarse)—. Te traigo el futuro —Patricia no veía; aún luchaba por tranquilizar a su corazón. Quizá el órgano se arrepentía de ser el símbolo del amor y de haberse enamorado de un tipejo como ese—. Aquí está tu riqueza. —Se tumbó en la cama y abrió el documento—. Mira, mira —Comenzó a pasar páginas para que su chica viera lo que había escrito—. Me he pasado toda la noche dándole a la tecla y a esta —Se señaló la cabeza. Estaba eufórico, con el rostro acalorado y, la vena de la sien donde apoyaba el índice, gorda como una pajita (la que le faltaba a su bandeja de bebidas convertida en una pantalla con teclado)—, ¡y es lo mejor que he escrito en la vida! —Se colocó de rodillas de un salto. Hizo que el cuerpo de Patricia botara ante un hombre —aunque con apariencia de niño— saltando sobre el colchón, porque cuando se es niño el único joder que existe en relación a la cama es el de doblar la barra del somier y enfadar a papá y mamá. Patricia levantó al fin los párpados, entre enojo y sorpresa. La pelirroja peligrosa tenía más bien ojos de víbora asesina, pero Toni no era capaz de apreciarlo—. Aquí tienes el best seller que te sacará de pobre. —Patricia miró la hora que marcaba el portátil. Al ver que pasaban las seis y media, y cómo había entrado Toni además de lo que decía, se dijo enseguida que, definitivamente, aún no le había llegado la sangre a la cabeza—. ¿Qué te parece, eh? —Se lo colocó en la cara.
            Ella tragó saliva, bajó los párpados y, mientras resoplaba intentado calmarse y no parecer brusca a pesar de su mal despertar habitual, respondió:
            —Mi amor —Dejó escapar un resoplido. Siempre era bueno soltar vapor antes de hacer explotar la olla del mal carácter. Cocinaba pensamientos como ingrediente principal, y hervían a fuego intenso. Entre desgraciado, no eres más cabrón porque estudiaste las letras y no lo que decían, y estás como una puta regadera en un planeta diferente al mío, al final optó por—: son las seis y media de la mañana.
            —Sí; más de cuatro horas seguidas escribiendo —Toni seguía con sonrisa estúpida, y nada ni nadie podía borrársela—. ¿No es maravilloso? Mi inspiración está en forma.
            —Me alegro mucho, cariño, pero es que yo me levan...
            —No dejes para luego el bombazo que puedes leer ahora —la interrumpió. Ella se sintió como si la acabara de toser en plena cara. Con los párpados cerrados, aún cocinando pensamientos de contraataque, Patricia añadió:
            —Me levanto en diez minutos para ir a trabajar, Toni —Ya no había cariño ni mi amor, solo un Toni seco y desganado.
            —Lo sé —Él seguía sonriendo—. Pero no me negarás que te mueres por leerlo, ¿eh?
            —¡Pero qué...!
            —Te encantará —Fue la interrupción de un ignorante, pero hizo que Patricia, el cerebro de la pareja por mucho que Toni fuera quien escribía historias (según él, dignas de merecer el éxito), recapacitara la sarta de insultos que iba a soltarlo después de ese "pero qué", y agradeció la interrupción, de lo contrario, habrían tenido una pelea antes de siquiera amanecer, y una de las gordas.
            Recapacitó, y viendo que él no se había percatado de que estaba indignada, se relajó y dijo:
            —A la tarde lo leo, mi amor. —Pensó que había actuado como debía—. Ahora ni siquiera veo, de verdad.
            La sonrisa de Toni se borró para que aflorara una mueca de apariencia triste, haciendo que esos labios fuertes y arqueados, se destensaran con pena.
            —Bueno... —No sabía bien qué decir. Ahora era él quien se había llevado el jarro de agua fría—. Mi mejor obra tendrá que esperar a su lectora cero.
            —Ay, cariño —Se abrazó a él—. Entiéndelo. —Toni bajó la vista—. Acabo de despertarme, apenas veo y no tengo tiempo. Necesito arreglarme para ir a trabajar.
            —Bien, bien, bien —Lo dijo con resquemor. Estaba dolido y no era capaz de reconocer que ella tenía razón. Había entrado como un niño pequeño irrumpe en la habitación de sus padres para enseñarles los regalos de Papá Noel. Ilusionado, sí, pero solo pendiente de su ego y su sueño. Patricia tenía que ir a trabajar para, entre otras cosas, alimentarlo a él.
            —No te enfades, amor —le besó—. Entien...
            —¿Enfadado yo? —Se retiró riendo forzadamente, solo que queriendo parecer descarado—. Si ahora no puedes leerlo, lo lees más tarde. Fin —La miró—. Sefiní —añadió antes de volver a sonreír. Por dentro pensaba: acabas de joderme bien.
            —Sí, te prometo que esta noche la leo enterita —le besó en los labios y se incorporó. No llevaba ropa, pero esta vez no parecía importarle que la viera su novio. Ya no era una actriz de peli romántica que se cubre los senos, ahora simplemente era Patricia de espaldas a él. Toni la observaba, estirado, con los dedos entrelazados en la nuca y deseando volver a las cinco estrellas ajenas al mundo literario.
            —Pero mira que estás buena... —dijo en lo que ella se colocaba su batín verde y le sonreía. No con muchas ganas, pero agradeciendo el cumplido—. El culo de una novia es lo mejor que se le puede regalar a un hombre antes de dormir. Que tengas un buen día de trabajo —Mientras Patricia volvía a quedar como una estatua, medio vestida, con un brazo cubierto y el otro con la manga colgando, Toni se dio la vuelta con intención de dormir. Ella resopló de nuevo en lo que más pensamientos hervían en su cabeza, así como su sangre, deseosa de darle un escarmiento que no olvidara jamás. Pero se terminó de vestir, anudó el batín como si fuera un karateca colocándose el cinturón y, resoplando, abandonó la habitación.
            Cuando Patricia ya no estaba, Toni bajó la tapa del portátil. Mascullando resentido, intentó dormir.
                                                                      
                                                                        
5


Patricia llevaba toda la mañana sin dar un palo al agua, en su mundo, ajena a su trabajo. Su compañera Almudena la miraba como si tuviera delante a una asesina removida por la culpabilidad. La pelirroja no dejaba de comerse las uñas, con los párpados bien abiertos pero con la mirada perdida en su mundo. No sabía dónde estaba, pero en la Tierra desde luego no.
—¿Qué te pasa, hija? Que te ha dado un telele –La pelirroja peligrosa no respondía. Almudena se acercó a ella, y al ver que seguía sin inmutarse, dio una palmada al are, cerca de su cara—. ¡Espabila! –Patricia dio un respingo. Era como si acabaran de explotarle una bolsa vacía de pipas delante de sus narices—. ¿Se puede saber qué te pasa? –insistió Almudena, con los brazos en jarras. Sus anchas caderas, cubiertas por unos leggins grises  (los más ajustados que había en el mercado) realzaban su voluminoso contorno. Patricia la observaba con envidia, pensando que si la viera Toni…
A ella seguro que su chico no la niega.
—No-no… No me pasa nada –respondió Patricia con voz cansada, igual que si se hubiera despertado resacosa y pronunciar una simple sílaba fuera todo un mundo. Comenzó a colocar cajas de juguetes en la estantería que tenía a su espalda.
—¿Nada? —preguntó Almudena con ironía—. Para no pasarte nada casi te comes la cutícula del índice, precisamente tú, la reina de la manicura… En mi vida te he visto las uñas sin arreglar —La pelirroja seguía colocando cajas. Giró la cabeza un instante para mirarla, pero en vez de a la cara, sus ojos volvieron a fijarse en las caderas. Almudena se percató de ello y se miró—. ¿Qué? ¿Tengo cartucheras? —A Patricia se le cayeron tres cajas.
—¿Eh? –preguntó atontada.
—Me estás mirando con odio, guapa —aseguró Almudena, pero no en tono de enfado—. ¿Se puede saber qué te pasa? Llevas toda la mañana sin dar un palo al agua.
—Que no me pasa nada —contestó de mala gana y a la vez que recogía las cajas del suelo.
—Ya, ya… Claro —Almudena se cruzó de brazos—. Por eso ahora después de tantos años de noviazgo, Barbie deja a Ken para juntarse con los caballeros jedi…
—¿Qué? —preguntó Patricia con una caja a medio colocar.
—¡Que estás poniendo a las muñecas en la balda de Star Wars! –Lo miró. Era cierto. Había colocado dos Barbies al lado de Kylo Ren—. Demasiado pija para pasarse al lado oscuro, ¿no crees?
—Ayer Toni me negó —dijo mientras se dejaba caer en el asiento del mostrador.
—¡No me jodas! —gritó Almudena.
—Mamá, esa señora ha dicho un taco —le dijo una niña a su madre, ambas en el pasillo de los juegos de mesa.
—Tú a callar, eso es cosa de mayores –respondió la madre—. Mira el scattérgories. Jugando a esto conocí a tu padre. Ese día no me di cuenta de que era un pulpo cuando lo acepté como animalito de compañía…
—¡Shhh! —dijo Patricia—. ¡Se va a enterar todo el mundo!
—Perdón –Almudena se llevó las manos a la boca—. Es que… ¡Qué fuerte, tía! Te negó, como San Pedro.
—No, bonita, no –Patricia se alteró—. Gracias a Dios solo ha sido una vez, y espero que la última… —musitó. Se mordió la uña una vez más—. A ti Mario… —Almudena se ruborizó. Tenía cara de estreñida. Patricia pilló al vuelo que no—. ¿Nunca? —Su compañera negó con la cabeza—. Joder…
—Yo a él sí, demasiado, pero él a mí jamás. Lo siento —La pelirroja resopló—. Además es lo único que le calma el llanto –Su compañera levantó la cabeza de pronto—. Ves que a los bebés cuando lloran les dan el pecho y se callan, ¿no? Pues este igual. Le doy la tetilla y no vuelve a respirar. Su madre le acostumbró muy mal… —Patricia tenía ganas de llorar, pero solo se le arrugó el rostro, sin lágrimas—. No te preocupes —Se acercó a consolarla—, estaría cansado o algo. No hay por qué alarmarse. ¿Cuánto llevabais sin hacerlo?
—Cinco minutos antes.
Almudena se retiró de golpe.
—¿Qué? —La miraba con asombro. Patricia asintió—. La madre que te parió… —Almudena se llevó las manos a la cara—, y yo pensando que se te estaba acabando la relación. Te daba de hostias… —Se mordió el labio—. Serás antojada… ¡Eso no es negarte!
—Sí, sí lo es. Prefirió irse a escribir antes que repetir.
—Pareces una niña pequeña, tía –le dijo su compañera, y con razón—. Tiene narices que le estés dando importancia a algo que no la tiene.
—Para mí sí —insistió Patricia—. Toni nunca me había dicho que no, ¡jamás! Él es… —Se quedó con la palabra en la boca. Sus pulmones se llenaron tanto como su boca, pero solo soltó el aire, las palabras se perdieron con la fuerza de este, como llevadas por el viento.
—Definitivamente te daba de hostias —volvió a decir Almudena—. Anda, anda… Deja de mirarme el trasero como si yo tuviera la culpa y céntrate en lo bueno que tiene tu chico, es lo mejor para olvidar este mal trago. Te ahogas en un vaso de agua.
—Lo bueno de mi chico —repitió Patricia como si estuviera memorizando algo para un examen.
—Sí. Algo tendrá bueno para que estés con él, ¿no?
—¿Toni?
—Toni, sí.
—¿Toni? ¿Mi novio? –volvió a preguntar Patricia.
—SÍ –contestó su compañera, de mala gana—. Tu novio, sí.
—Pues… —Quedó pensativa—. Mmm… ¿Puedo utilizar el comodín del público para preguntar a todas las chicas que se ha tirado? Después de cinco años creo que aún no lo sé.
—Pues si no lo sabes tú, guapa…
La madre y la niña que habían escuchado parte de la conversación se acercaron al mostrador. La pequeña le entregó a Patricia un juego de mesa para que se lo cobrara, pero esta última seguía en Babia.
—Espera, hija –dijo Almudena al ver que su compañera no reaccionaba—, yo te lo paso por aquí… —Se escuchó el “pi” al pasar el código de barras; la niña sonrió entusiasmada. Le encantaba ir al centro comercial con su madre para escuchar cómo sonaba toda la compra—. Muy bien… ¿Lo vas a llevar a la playa?
—No –contestó la niña.
—No, este año no hay playa –intervino la madre—. Está castigada repasando. Toca análisis sintáctico, ¿verdad, Yolanda? –La niña asintió—. Y ya has dicho “no”. ¿Qué es no?
—Es… ¿Adverbio de negación?
Patricia cogió aire y lo retuvo. Acababan de restregarle por la cara lo que significa que te nieguen. Almudena le cedió el color y quedó pálida.
La mierda de la niña…, pensó Patricia.
—Aquí tienes, bonita —Almudena le entregó el juego.
—¿Cómo se dice, Yolanda? –volvió a preguntar su madre.
—Gracias.
La madre y la niña se fueron mientras Almudena sonreía, muy amable. Miró a Patricia, que seguía roja como un demonio. Silbando, sin querer saber nada del asunto, dejó el mostrador para colocar las Barbies en su lugar correspondiente.
—Quien hambre tiene con pan sueña —se dijo separando a las muñecas para llevarlas con los Ken: su amor de toda la vida.  



6


«Podrías cambiar el horario, cariño, así nos veríamos más». Y es que solo un mínimo porcentaje de personas trabaja de noche: bomberos, médicos y todo tipo de sanitarios; policías, vigilantes de seguridad y escritores. Son muchos los escritores que se inspiran de noche, sin ruido, con el único sonido del tecleteo del ordenador o una música celta relajante; sin embargo, muy pocas personas ajenas a este oficio (pasión, en caso de Toni) lo comprenden. La noche es para dormir, y punto. Ese es el pensamiento tradicional, unido al erróneo de que el hombre es quien lleva los pantalones en casa y la mujer está para fregar. Para que se respeten tus horas de sueño tienes que ser bombero, policía o médico, porque cualquiera de ellos puede trabajar de noche. Te ha tocado guardia, ¿verdad? Pues descansa, que falta te hace. Si alguien que escribe dice que se ha pasado la noche delante de la pantalla del ordenador, la respuesta de quien lo escucha es: ¿para qué? Porque los únicos libros que importan para las noches en vela son los escritos para ojos de estudiantes. Aquel que se ayuda de un termo de café para aprobar selectividad o el examen final de la carrera, ese sí, ese tiene derecho a descansar después. Un escritor sin nombre no lo tiene nunca. Escribir es una pérdida de tiempo, una tontería con la que no se llega a nada, y jamás, nunca, es un trabajo (eso dicen los que no han escrito en su vida). Pero Patricia tenía su parte de razón. Si Toni fuera capaz de escribir por el día, de que las musas entraran en su cabeza como los rayos de sol a través de la ventana, era más que probable que su insomnio se regulase y llegara a dormir del tirón, cosa que por las mañanas era imposible. El móvil, los sonoros y pesados pasos de las vecinas arrastrando el carrito de la compra para transportar una lechuga, dos tomates y una barra de pan; las voces de los que empezaban a estar tenientes o lo estaban del todo gritando a voz en cuello a sus suboficiales, que pronto ascenderían al mismo rango; el retejar de los obreros, que en verano siempre cambiaban algún tejado del barrio para joder la marrana (palabras textuales de Toni); llamadas de teléfono o, incluso, el sonido del timbre. Por las noches no hay carritos de la compra ni pies barriendo la acera, como tampoco gritos, obras ni llamadas de teléfono, exceptuando en caso de emergencia. Mucho menos que nadie llame al timbre. Los chavales graciosos, los más graciosísimos, encargados de practicar ese bello juego de tocar el timbre y después largarse para que cuando abra el inquilino se le quede cara de atontado mirando a un lado y a otro sin ver a nadie (una ricura ellos) no lo hacían de madrugada porque dormían como troncos. Lo llamaban «la mano blanca» cuando el fin de dicho juego es poner negro a quien lo padece, aunque no tan negro como a Toni siempre que escuchaba el timbre mientras dormía. Tenía suerte de que hoy en día todos los barrios cuenten con tiendas, siendo muy difícil volver a los tiempos de: ¿Me echas un poco de sal en esta taza? Se me ha acabado, porque tienes sal a dos pasos de casa. O encontrarse al butanero cuando medio mundo tiene calefacción (menos él y Patricia por no poder pagarla) dejando bombonas en los pasillos. Métemela solo un poco, que cuando llegue mi marido me la mete hasta dentro. En el barrio ya no se escuchaba eso. Butaneros, cero. Los maridos estaban jubilados y ya no metían nada. De vez en cuando se veía algún vendedor de patatas, y que bien podía agruparse a los cuatro sordos como tapias al publicitar su oferta a grito pelado: ¡¡El  pataTEROOO, oiga!! Patatas, patatas ricas y sabrosas, señora. 5kg 3€. Recientes e ilegales, sin pasar por sanidad, tal y como Dios manda. Pero el timbre siempre sonaba cuando Toni dormía, eso era inevitable. No todos los días, pero al menos sí dos veces al mes. Si no era el cansino que siempre ofrece una oferta mejor de luz o gas para cobrarte por otro lado era el cobrador de la parroquia, que su madre aún no se había dado de baja; y si no, alguien a pedir limosna. Toni, de tener que levantarse, al menos disfrutaría más siendo para abrir a un vendedor de enciclopedias, pero también dejaron de existir años atrás, cuando fabricaron sofás rectos y amortiguados y los libros gordos pasaron de servir para calzarlos. Las mayores colecciones enciclopédicas estaban en el barrio de Toni, repartidas por tomos, y cada uno de ellos bajo un sofá de cincuenta o sesenta años de existencia. Una verdadera lástima. Si fuera policía, bombero o médico en vez de escritor, la cosa cambiaría.
            El timbre sonó cerca de las 11:00. Toni se había acostado a las 7:00 y logró conciliar el sueño alrededor de las 7:40 mientras pensaba con deleite satisfacción y cara de niño al que se le cae la baba en las últimas páginas de La libertad de los ataúdes cerrados, su más reciente y prometedora novela (según decía). Escuchó los dos timbrazos con agudeza, como si quien fuera hubiera clicado dentro de sus tímpanos. Llevaba ocho años escribiendo por las noches y jamás abría la puerta a no ser que fuera su vecino Bartolo, encargado de llevarle bolsas con más de diez o doce películas de terror en cada una. Ambos eran auténticos fanáticos del género. Bartolo se las regalaba cuando ya las había visto varias veces y no las quería para nada; Toni solo le prestaba las repetidas, y de vez en cuando tenía el detalle de regalarle alguna, pero para que esto se produjera, el DVD tenía que estar rayado o, en caso de ser pirata, contar con la sombra fantasmagórica de algún cabezón en la butaca del cine ocupando media pantalla. Todo lo que fuera recibir, bienvenido fuera; en caso de dar, la cosa cambiaba. Bartolo no había aparecido en todo el mes, y cabía la posibilidad de que se tratara de él, ya que siempre llamaba al timbre dos veces. Tenía cerca de sesenta años, y aparte de haber sido cartero antes de que un mal tropiezo se ensañara con uno de sus tobillos y le dejara la pierna para el arrastre (literalmente) primero fue un buen amigo del padre de Toni, y a este último lo apreciaba. Era de los pocos que apreciaba a Toni. Él y Patricia, dos santos que no tenían en cuenta su sinvergonzonería.
            Se despertó manteniendo el sonido dentro de la cabeza. Pensaba en Bartolo al tiempo que la idea vibraba como si acabara de sentir el gong de un combate.
            Será este cabrón, se dijo revolviéndose por la cama.
            —¡Vaaaaa! —vociferó aún sin incorporarse. Si había algo que detestaba por encima de todo, era que le interrumpieran el sueño. Interrumpirle mientras escribía y mientras dormía, eran dos pecados prácticamente mortales para quien osara hacerlo. El viejo Bartolo estaba perdonado siempre y cuando le regalara algo bueno—. Le tengo dicho que no venga a estas horas, joder —dijo mientras se frotaba los ojos, sentado al borde de la cama—. Puto Bartolo. Bartolo tenía una flauta...—El timbre volvió a sonar—. ¡Que ya va, hostias! —Se incorporó de un salto, malhumorado. El cabello le cayó de golpe contra la espalda y sintió una sacudida pegajosa. Tenía la espalda empapada en sudor. Salió de la habitación y se dirigió a la puerta de entrada—. Serás hijo de puta. ¿Cuántas veces te he di...? —Se detuvo en cuanto abrió la puerta. Bartolo había cambiado mucho según podía apreciar. Llevaba el pelo largo, ondulado y de color castaño, y además de un carmín rojo y bastante llamativo en unos labios carnosos, tenía tetas y caderas de ensueño—. Con un agujero solo... —Musitó lo que le quedaba de canción tras escanear con la vista a la mujer que tenía delante. La pesadez de los párpados se esfumó y los levantó de golpe. Era como si estos fueran los dueños de la erección que, a pesar de abrir la puerta en calzoncillos y ver a semejante mujer, lograba controlar para no delatarse. La claridad que recibían sus ojos dibujaba nubes alrededor de ella, y eso hacía que la viera como si en verdad fuera una diosa del limbo.
            —Ay, siento haberte despertado —se disculpó ella. Su voz era dulce y sensual, tal y como a Toni le gustaba en las mujeres—. Me llamo Beatriz, y vengo haciendo seguros por el barrio. Mmm... Sé que te pillo en mal momento. —Ahora fue ella quien le echó una rápida mirada de arriba abajo, aunque sus gafas de sol le daban ventaja en caso de querer mirar más de la cuenta. Verlo en ropa interior y con el cabello alborotado le decía que acababa de despertarlo—, pero... ¿Me concedes unos minutos? 
            Te concedo la vida entera, preciosa, pero en otra ocasión.
            —Estaba durmiendo, sí —respondió seco—. Trabajo de noche. Soy escritor —Lo pronunció con aires de grandeza. Beatriz sonrió forzadamente, intuyendo que muy bueno no debería ser cuando vivía en un barrio así.
            —Genial. Me alegro mucho por ti —respondió la chica—. Yo no llego a tanto todavía —rio—. Ya me ves: haciendo seguros —Le enseñó la carpeta. Toni primero le prestó atención a su pecho, ceñido bajo una camiseta color crema; luego ya sí, miró la carpeta y vio que era de seguros, pero en vez de vida, de muertos.
            —¿Seguros de muertos? —preguntó él, ceñudo.
            —Sí. Hay que trabajar de lo que sea.
            —Ya veo, ya. —Toni se cruzó de brazos. Beatriz volvió a echar una mirada al bajo vientre, algo incómoda. Carraspeó antes de añadir:
            —¿Tienes unos minutos o no?
            —Sí y no —respondió, sonriendo con su típica falsedad—. Los tengo para hablar contigo, charlas, mirarte, también observarte —Lo hizo con descaro, algo que incomodó más a la chica—, y así. Pero no los tengo para que me hagas ningún contrato. Con treinta y un años no tengo ninguna intención de morirme todavía, así que esa carpeta de fiambres, guárdala lejos.
            —Comprendo —contestó ella, solo que en vez de cerrar la carpeta, la abrió—. Pero, obviamente, esto no es para una defunción inminente, ¿cierto?
            —Cierto —repitió Toni.
            —Sin embargo tendrás que pagar un seguro para cuando... —Marcó una pausa irónica—. ... dentro de cuarenta, cincuenta o sesenta años, mueras —Terminó con una sonrisa.
            —También muy cierto —añadió él—. Pero... —Imitó la pausa de Beatriz—. ... no me apetece una mierda, bonita —Sonrió con malicia. Ella se le quedó mirando con el rostro serio. Había perdido, lo tenía claro. Sus armas de mujer no habían resultado efectivas, y ahora tenía a un descarado en calzoncillos, guasón y del que no iba a sacar nada más que un rato de vergüenza.
            —Jo, hazme el favor —El aire profesional y educado se esfumó al ver que la negaban por cuarta vez en lo que iba de día. Muchas miradas, sí, recreos importantes para ojos que lo quieren captar todo mientras se lo imaginan al detalle, pero ni una firma estampada en la póliza, que era lo importante. Estaba regalando su cuerpo, y el contrato decía que nada de regalarlo si no conseguía clientes. Eso solo era el anzuelo, y tenía que ingeniárselas para que picaran. Era de las que sí estaba ahí por su cara bonita. Dar pena formaba parte del plan B—. No he conseguido un solo cliente en lo que va de mañana, y si sigo así, mi jefe va a despedirme.
            Toni se encogió de hombros antes de decir:
            —Una pena muy grande y dolorosa, pero no puedo salvarte el culo si quiero conservar el de mi chica y disponer de él a mi antojo. Imposible meterme en más gastos.
            —Pero tendrás que pagar un seguro de muertos tarde o temprano, ¿no? —insistió Beatriz.
            —Mi vieja me lo lleva pagando desde que nací. Como te he dicho, podemos charlar tranquilamente, pero no vas a conseguir un céntimo por mi parte —Volvió a sonreír.
            —¿Te han llamado descarado alguna vez? —preguntó ella, cada vez más seria.
            —Muchas —Toni seguía sonriendo.
            —¿Y cabronazo?
            —Muchas más aún—Seguía sonriendo con los brazos cruzados.
            —¿Al menos podrías hacerme el favor de decirle a alguien que conozcas que necesitamos gente en la empresa? —Toni cambió de postura ipso facto. Reaccionó de la misma forma que cuando se le encendía la bombilla al llegarle una idea para futuras novelas. Saltó en busca de atrapar lo deseado antes de que se le escapara—. Mi jefe quiere...
            —¡Cuéntame eso! —la interrumpió como un loco.
            —¿Conoces a alguien? —preguntó esperanzada—. Ay, ¡dime que sí y que me harás el favor! —Juntó las manos—. Si llevo a alguien de mi parte mi jefe me...
            —Yo soy tu hombre —espetó.
            —¿Tú? —Se sorprendió. Las gafas de sol le resbalaron por el tabique a causa de la sorpresa—. ¿Pues no eras escritor?
            —Sí, pero una cosa no quita la otra. Sé hacer de todo, y además bien —No podía decirle que necesitaba el dinero, eso era desprestigiarse demasiado. Tenía que parecer interesado pero no en exceso—. De vez en cuando hay que descansar los ojos, o... —Se acercó a ella—. …prestar atención a vistas mejores —La volvió a escanear de arriba abajo.
            —¡¡Gracias!! —gritó ella, entusiasmada—. Mira —Empezó a rebuscar en su bolso, muy nerviosa. Toni sonreía—. Mañana te acercas a la oficina —siguió diciendo mientras abría la cartera y sacaba una tarjeta—, y le dices a mi jefe que vas de mi parte. Te contratará seguro —Le entregó la tarjeta. Toni la recogió sin mirarla—. Le dirás que vas de mi parte, ¿verdad?
            —Claro, no lo dudes.
            —¡Mil gracias! —Beatriz reía feliz—. Me harás un favor enrome. Hay dos plazas libres, y si consigo las dos tendré un plus de...
            —¿A qué hora tengo que estar allí? —la interrumpió con descaro.
            —Sobre las diez o así, más o menos. Solo di que vas de mi parte y mi jefe te hará una entrevista rápida.
            —Muy bien. Todo correcto. Allí estaré.
            —Gracias, de verdad —insistió ella.
            —Que vendas mucho —sentenció Toni.
            —Y nos vere...
            Cerró la puerta dejándola con la palabra en la boca.
            —Vas lista si piensas que voy a hacerte el favor —dijo antes de guardar la tarjeta en el cajón del pasillo y regresar a la cama.
                                                                      
                                                                       7


Patricia entró en casa. La recibió una nube de humo que crecía por el pasillo. Soñaba con que llegase el día en que Toni se decidiera a encender la vieja cocina de gas y preparara la comida: macarrones con tomate y queso rallado, para los que no necesitaba un manual de instrucciones; filetes a la plancha, que siempre tenían alguno congelado junto a los trozos de pan que Patricia partía y envolvía en papel de plata; tal vez huevos fritos con patatas, aunque el día que intentase freír uno, más valía que lo hiciera en el desayuno, porque le saldría revuelto sin proponérselo. Pero dejarle cocinar sería sinónimo de incendio, y a pesar de que ansiaba verlo en la cocina (más que nada para que le echara una mano) al mismo tiempo lo temía. Ya no tenían microondas precisamente por culpa de Toni, por no saber que el tenedor se coloca en el plato después de calentarlo, no dentro del aparato. Por supuesto nada de poner la olla, y la única pasta que le interesaba era la que ansiaba amontonar en fajos de billetes...
            Te quiero mucho, pero eres un vago desastroso. Tiene razón mi madre: el día menos pensado te colgarán veinte kilos entre las piernas, diez por cada huevo, había pensado ella en más de una ocasión. Ahora sabía que esa nube de humo indicaba que Toni estaba fumando en el cuarto de estar, bien repanchingado en el sofá o bien delante del ordenador, nada de andar de cocinillas.
            Se adentró en el salón sacudiendo la mano como si apartara una densa concentración de incienso (algo que odiaba sobremanera. Si algún día se casaba, sería por el juzgado. Decía que las iglesias eran puro incienso, y entrar en una, después le suponía horas de escozor y tener las escleróticas como tomates aguados). Cuando Toni pasaba horas en el salón, caminar por él era como hacerlo entre nubarrones con polvo de tiza. A Patricia le daba la tos y le picaban los ojos; en cambio, él era como los pintores: no apreciaba el olor que provocaba, en su caso con cada cigarrillo, además de la humareda mencionada. Ahora se hallaba delante del portátil con la vista fija en la pantalla, y tecleaba a la velocidad del rayo al tiempo que daba caladas voluptuosas. Aspiraba los pitillos con tanta intensidad que podría doblarlos sin que se partieran. De hecho ya había ganado varias apuestas timando a muchachos del barrio cuando era adolescente. Me juego quinientas pelas a que doblo este cigarro sin que se parta. Nadie se lo creía, y Toni siempre ganaba porque no mencionaba de antemano que, a la hora de hacerlo, el cigarrillo estaría encendido, y ahí estaba el quid de la cuestión. Era como decir que podía ser capaz de beberse una botella de agua en un segundo. También se había ganado sus propinas timando de esa forma. Ganaba siempre aunque se bebiera la botella sorbo a sorbo durante media hora. El truco estaba en beberla en un segundo piso...
            No se preocupaba de tirar la ceniza, esta misma caía ensuciando su camiseta negra. Parecía tenerlas todas manchadas con polvos de talco. Solo se daba cuenta de haber terminado el cigarrillo cuando sentía quemazón en los labios.
Mantenía los ojos entrecerrados, apiñados por culpa del daño que le causaba la luz y el humo ascendente que se colaba por el hueco entre sus ojos y los cristales de las gafas. Al lado del ratón, un viejo cenicero de arcilla que moldeó en el colegio años atrás, agrupaba entre quince o veinte colillas, aplastadas y ennegrecidas como si fueran palomitas quemadas. Su novia se sorprendió al verlo allí tan pronto, tanto levantado como escribiendo. Él no se percató de su presencia. Estaba concentrado en la novela, en los muertos a los que devolvía la vida y a quienes estos se la quitaban. Justo la noche anterior había pensado darle final después de seis meses y 230 páginas como resultado, pero la historia había dado un giro de 360º, y lo que días atrás era un borrador prescindible, ahora no solo era una novela imprescindible, sino “la novela”, y todo gracias al recuerdo de su abuelo y la aparición estelar de la diosa Beatriz. Nada mejor que vender seguros de muertos para escribir sobre cadáveres, y que estos fueran muriendo tal y como murió su abuelo. La que él consideraba la mejor creación de su vida acababa de renacer cuan zombi de ella misma.
            He dicho que voy a dar la campanada con esta historia, y por mi santo abuelo que así será.
            Patricia dejó caer a posta las dos bolsas que llevaba en la mano izquierda. Contenían una botella de lejía y tres tuppers con varios alimentos cocinados por su madre, a quien había visitado diez minutos después de salir del trabajo. Nada que pudiera romperse pero sí armar ruido. Sabía que Toni se ponía como un basilisco si le sacaba de la escritura, y aunque jamás lo había hecho y ni siquiera se le pasó nunca por la cabeza, era capaz de llegar a asesinar si se le interrumpía en mitad de un párrafo, mucho más si este era de los que no parecen acabar nunca dada su fascinante inspiración. Todo el mundo piensa que un escritor trabaja con las manos cuando en verdad lo hace con la cabeza, lo que ha recogido en ella y lo que imagina. Los dedos no hacen sino estampar las letras que les dice la mente. Un masajista puede escribir con música de fondo, e incluso tararearla si así lo quiere, o quien limpia soportales o escaleras con los cascos puestos. No hay interrupción que valga porque siguen el proceso de siempre: Ahora te muevo así el cuello para quitarte la contractura, y un meneo aquí y otro allá en lo que canto y disfruto de mi música favorita/ Barrido aquí, barrido allá y me lo bailo a mi antojo... Un escritor necesita crear nuevas historias con cada novela, relato o poema. Si se repite más que el ajo, sus ventas decaen y se convierte en escritor repetitivo, no sale del monotema y tendrá que alimentarse de sus propias hojas al no vender un mísero libro. Patricia era una de las que no entendía lo que supone escribir y la concentración que se necesita, pero le era indiferente porque estaba muy dolida con Toni desde la noche anterior, y el trato recibido en la mañana no ayudó demasiado. Que a un hombre le nieguen un polvo por el típico dolor de cabeza, el de ovarios o un simple no me da la gana y punto, revienta, pero que se lo nieguen a una mujer por preferir pasarse la noche escribiendo, duele más que un parto sin anestesia. Así de dolida estaba ella.
            El contenido de las bolsas sonó como la abrupta chaparrada que Patricia aprendió a provocar cuando hacía teatro. Duró alrededor de siete meses, pasando los tres primeros moviendo un cilindro de cartón relleno de piedrecitas para semejar que llovía; los cuatro o cuatro y medio restantes, hizo de Dulcinea en Don Quijote, y de Doña Inés dos semanas seguidas, solo que en vez de encontrar a su ángel de amor en esa apartada orilla, encontró a un crápula llamado Toni en una convención de escritores. Se pasó por el recinto donde se celebraba por casualidad cuando unas amigas antojadas quisieron ver las últimas novedades de la ciencia ficción. Toni era uno de los que la organizaba, y junto a más escritores de aquellas que definen como “novelas poco serias”, exponían sus obras y compartían pasión. Por aquel entonces aún no tenía libro propio, tan solo varios relatos publicados en antologías. Le vio y se enamoró perdidamente.
            Maldita la hora…
            No hizo caso a la presencia de su chica y siguió escribiendo. Patricia, asqueada por la situación, se cruzó de brazos antes de pronunciar un "cariño" con recochineo. La cola de caballo que recogía su cabello rojo le azotó el rostro al moverse con brusquedad; se cruzó de brazos mientras subía y bajaba el pie derecho, igual que si pisara un embrague varias veces seguidas y descansara al mismo tiempo. El "clik, clik" del zapato contra el hule era más molesto que el estruendo de las dos bolsas.
            —Hace rato que te he sentido —dijo Toni sin dejar de mirar la pantalla, igual que un fanático de los videojuegos intentando pasar de nivel sin que nada ni nadie pueda distraerlo. En esos momentos se les puede hacer el test de la verdad porque a todo dirán que sí. Lo importante es que no pierdan la vida que está en juego; la suya y lo que conlleva, en esos instantes importa bien poco.
            —¡Ah, estupendo! —gritó ella con ironía, descruzándose de brazos y volviéndolos a cruzar antes de añadir—: Y, ¿dónde está la educación, señor escritor? El ayudarme con las bolsas, o Un "hola, cariño. ¿Qué tal el trabajo?". Y eso que tú nunca me has llamado cariño... Con un "hola, ¿qué tal el trabajo?" suficiente. —Volvió a dar golpes con los pies. Él no se giraba, y eso hacía que se sintiera como si estuviera hablando con su propio cogote al utilizar dos espejos para mirarse. Tal vez este recogido me quede mejor así... Era igual, solo que hablando consigo misma obtenía mejores resultados.
            —Ahora el que está trabajando soy yo —respondió él y Patricia se mordió los labios. Iba a saltar con eso de: estar con los huevos descansados delante de un ordenador no es trabajar, pero no tendría razón. Tal vez si dijera: escribir novelas para no vender una sola es trabajar, sí, pero a lo tonto, igual ahí tendría algo de razón, aunque una mínima parte, ya que para vender primero hay que escribir. Dijera lo que dijera nunca tendría razón, por lo tanto, lo mejor que podía hacer era seguir mordiéndose los labios (y la lengua).
            —Muy bien —terminó por añadir; después se agachó a recoger las bolsas.
            —¿No querías que cambiara el horario? —La pregunta de Toni la pilló encorvada, y así quedó, como si acabara de sufrir lumbalgia. Levantó la vista con desagrado a la par de sorprendida.
            —¿Eh?
            Toni pulsó el Enter con fuerza y repelús al mismo tiempo, de la misma forma que alguien con miedo a las arañas tocara una rápido por obligación y retirase el dedo automáticamente. A continuación, se giró y apoyó los brazos en el respaldo.
            —Tengo que hacerlo así si quiero terminar la novela, la que por cierto, no te dio la gana leer antes —Sonrió con malicia y falsedad.
            Patricia resopló instantes previos a decir:
            —No he tenido muy buen día, así que te ruego que no empi...
            —He encontrado trabajo —La interrupción de Toni volvió a pillarla en pleno proceso, esta vez, a la hora de intentar erguirse. Quedó de nuevo como una estatua, aunque doblada.
            —¿Cómo?
            Toni se incorporó y, dándoselas de chulo (algo para lo que no tenía mucho que estudiar) sacó la tarjeta que le había dado Beatriz.
            —Hace unas horas ha venido una vieja vendiendo seguros —empezó a decir, mintiendo como tan bien sabía hacer—, y me ha dicho que necesitan gente en la empresa, y que si conseguía a alguien, su jefe se lo agradecería. —Paseó alrededor de Patricia enseñándole la tarjeta—. No sé muy bien cómo funcionan las empresas hoy en día, pero que un trabajador se dedique a buscar gente, lo pone de patitas en la calle al quitarle el puesto, ¿no lo ves así?
            —Pues, bien mira...
            —El caso es que me ha dado mucha pena —Ahora sí que Patricia se sorprendió. Ceñuda, se dijo: ¿Pena tú? Si lo único que puede apenarte es tu propio entierro—, y me he dicho: yo te salvo el culo y tú me salvas el mío, y trabajo al canto.
            —El culo, ya... —dejó caer Patricia—. ¿Tan buena estaba? 
            La respuesta de Toni hubiera sido un: Ni te imaginas cuánto, pero entonces el culo que tanto había creído salvar recibiría una patada, y a pesar de ser su casa (o heredada a la fuerza) quedaría fuera de ella.
            —Ya te he dicho que era una vieja —respondió, tajante—, y ni me he fijado en su cara.
            —No es la cara lo que me preocupa —respondió Patricia del tirón, sin hacer una coma.
            —Da igual eso ahora. Mañana tengo una entrevista de trabajo, y es lo único que debería importante —Seguía dando vueltas alrededor de ella—. Si prefieres pensar en si la que me la ha conseguido está muy pero que muy buena...
            —Que lo está, porque tú no haces favores si no hay una tía de por medio, y no a cualquier tía.
            —... entonces mejor sigo escribiendo mi novela y trabajas tú solita, ¿ok? —Ella le miró con odio profundo, dolida—. ¿Vas a venirme ahora con celos?
            —Si te cogen, trabajarás con ella —puntualizó Patricia.
            —O no, ¿quién sabe? Podemos estar en pues... —Hizo una pausa al darse cuenta de que no era ese el tipo de conversación que quería tener—. ¡Qué coño! —Tiró la tarjeta—. Llevas meses protestando porque solo trabajas tú, y resulta que ahora me llueve un trabajo del cielo (del limbo, le dijo su propia conciencia, y en manos de una pijita buenorra que te ha terminado de hacer caer el hilillo de baba que andabas dejando en la almohada), te lo comunico ilusionado cuando lo único que debería preocuparme es de terminar eso —Señaló la novela—, que es mi verdadera ilusión y lo que sé hacer, ¿y en vez de alegrarte te preocupas de si mi compañera está o no buena? ¡Vete a la mierda, tía! —Dio una patada a las bolsas. Uno de los tuppers salió disparado en dirección a la cocina—. ¡Estoy harto de ti, de tus celos y de tus payasadas!
            Caminó a prisa en dirección al dormitorio mientras daba golpes en las paredes. Patricia se llevó las manos a la cara, resoplando. Había metido la pata.



8

Patricia conocía demasiado a Toni, mucho más que si lo hubiera parido. Era de las personas que se decían que la verdadera familia, esa a la que se elige y no a la que te acoplan cuando naces, es la de sangre, y no la biológica. Sus padres y sus hermanos no le hacían padecer tanto como Toni. La pareja es aquella que te da quebraderos de cabeza como los calma con dosis de pasión, aunque en el caso de Toni solo pasión, ya que el tema romántico no iba con él. Era un toro; Patricia conocía la vía láctea sin haber mirado un telescopio en su vida. Él hacía que viera colores, y ahora, aún con las manos en la cara y arrepentida de cómo se había comportado, se replanteaba si quizá era eso lo que la mantenía a su lado.
No, no puede ser solo por eso. Le quiero. Estoy segura.
 Era pacífica y transigente, y de las que pensaba las cosas antes de hablar. Conocía el cabreo masculino tras la negación de sexo, pero era la primera vez en su vida que lo había experimentado en sus propias carnes (más bien en la ausencia carnal). Nunca se había visto en una situación así, y era ahora cuando comprendía lo que siente un hombre cuando no se le deja callejear…
Los hombres son como conejos detrás de una zanahoria, tía, le dijo su amiga Luisa cuando Patricia tenía dieciséis años y su primer novio se saltó la norma. Cansado de ver siempre a la misma zanahoria pelirroja, fue en busca de otro conejo diferente. Su punto débil lo tenemos nosotras entre las piernas. Son hombres. “Hombres”. Eso significa sexo continuo. Un hombre nunca dice que no, llegue de trabajar, esté enfermo o haya tenido un mal día. Para follar nunca les duele nada. Así que no llores más, porque cuando una mujer quiere sexo, lo encuentra rápido. No somos nosotras su agujerito para aliviarse, sino ellos nuestro títere. Si queremos, Pinocho entra dentro a la primera de cambio, y es a nosotras a quien nos toca mentir para que les crezca el palo, funcionen y se crean los putos amos.
Toni funcionaba siempre. Se cayó en la marmita de la testosterona antes de que le salieran los dientes. Pero fue mucho antes de que le diera por la escritura, antes de que se pasara las noches en vela delante de una pantalla de ordenador, antes de que…
una tipeja se plante en casa a levantarlo de la cama… Si soy yo, ya puedo tirar la puerta a timbrazos, que no me abre.
Estaba celosa de alguien a quien ni siquiera había visto.
Puta…
            Pero precisamente porque conocía a Toni como si lo hubiera parido, y se sabía sus gustos. Esa chica tenía que ser mucha chica para que se fijara en ella. Cinco años emparejada con él pillando miradas a otras mujeres y a sus traseros, y pendiente de que las actrices se desnudaran para captarlo todo con detalle (como le dijo a ella la noche anterior cuando se cubrió los senos). Toni no conducía pero era un todoterreno recorriendo curvas con la mirada, y a la mínima, el STOP de estacionamiento a su lado podía convertirse en un ceda el paso.
            Hombres, tía. Nunca dicen que no.
            —¡A mí sí! –gritó en mitad del pasillo, pero se calmó acto seguido. Bajó los párpados y respiró con tranquilidad. Calma, Patri, se dijo a sí misma. No pasa nada, ¿ok? Solo ha sido una vez, y como él dice, quizá no coincida con esa chica, y ni siquiera se vean—. Entraré y le pediré perdón. No me he portado bien.
            Se acercó a la puerta de la habitación, volvió a respirar y, contando hasta cinco antes de asir el pomo y girarlo (ella a veces también era de cinco), se serenó y entró. Toni estaba tirado encima de la cama, fumando mientras releía El traje del muerto, de Joe Hill. Otro amo del terror, como su padre. Siempre guardaba en la mesilla un libro que ya hubiera leído para hojearlo cuando no tenía a mano su lectura diaria. Había que leer, daba igual qué, cuándo o dónde.
            —Cariño… —dijo ella apoyada en el marco de la puerta—. Yo… —Toni no levantaba la cabeza. Dio una calada con ansia—. Lo siento, no me he portado bien contigo –Volvía a tener la sensación de estar hablando con su propio cogote. Cuando se ponía nerviosa juntaba las piernas y daba saltitos con las manos cruzadas, y si era ignorada por la persona con la que hablaba (o intentaba hablar) su voz se atropellaba al tiempo que elevaba el tono. Ahora lo hacía—, y me siento muy mal por eso vengo a pedirte perdón y que por favor me perdones por ponerme como una… —Soltó de carrerilla, pero elevó más la voz al ver que él hacía caso omiso—. Toni, ¿quieres prestarme atención? –Nada, seguía enfrascado en la lectura. Si no era así, hacía ver que lo estaba con tal de no mirarla—. ¿Me puedes mirar al menos? –Ni caso por parte de él—. ¡Te estoy hablando, Toni! –gritó—. ¿No me dices nada?
            Levantó la cabeza al fin, muy despacio y como si fuera alguien que tiene auriculares en las orejas y no se ha dado cuenta de que no está solo en la habitación. Pero la había escuchado perfectamente, por ello, su respuesta fue descarada:
            —Sí, sí tengo algo que decirte –Ella le miró con preocupación. Necesitaba que la perdonara—. Estoy fumando en la habitación solo para joderte –Esbozó una malévola sonrisa en lo que Patricia bajaba la cabeza, derrumbada. Era imposible con él—. ¿Ves esto? –continuó Toni levantando El traje del muerto—. Se llama libro, y lo ha escrito un escritor, como yo –Patricia se pasó la lengua por los labios—. Crea historias porque es bueno contándolas y las sabe contar, y además, ama la escritura, y…
            —Yo te amo a ti –le interrumpió ella con la voz tomada.
            —¡Eso es mentira! –gritó Toni, muy serio y alterado—. ¡Si me amaras comprenderías que la escritura es mi vida, y que voy a dejar de lado la mejor novela que he escrito nunca para traerte más dinero a ti, porque no te conformas con lo poco que gano! –Se levantó de un salto, quedando de rodillas encima de la cama. La miraba con odio mientras seguía gritando—: ¿Eso es amarme, eh? –Ella no decía nada. Una lágrima brotó de uno de sus ojos, mordiéndose los labios con los brazos cruzados. Negaba sin saber qué hacer, y le daba igual hacer lo que fuese, pero no quería que la viera llorar, no por él. Sin embargo no pudo reprimir las lágrimas—. ¡¡Contesta!! –vociferó dando un puñetazo al aire. Patricia negaba con la cabeza por instinto. Se sentía como una hormiguita en un rincón—. ¡Sabes que he nacido para escribir, pero te importa una mierda!
            —Eso no es verdad –Habló el llanto, no Patricia. No le quedaba voz; sus cuerdas vocales, encogidas como toda ella, emitieron varios gallos en la pronunciación—. Te amo con locura –Seguía en el rincón, rodilla con rodilla y las manos colgando a la altura del vientre. Era como estar reteniendo la orina, pero en verdad estaba completamente rendida ante la situación—, y eres lo que más me importa en el mundo –Si era sí, y claro que lo era, entonces Toni tenía algo bueno, no solo lo de ser un hacha en la cama, como se estuvo replanteando durante el día. Estaba enamorada, y eso quería decir que su corazón veía algo en él a tener en cuenta. Tal vez en el fondo, muy muy en el fondo, pero lo veía. Se enjugó las lágrimas con el canto de las manos. El rimel negro se había extendido por sus párpados inferiores y parecía llorar la tinta con la que Toni había escrito sus primeros borradores a manos de la pluma intocable. No era extraño llorar por culpa de ello siendo lo que había causado la discusión—, pero necesitamos dinero para poder vivir, cariño –Miró hacia el techo para frenar las lágrimas. Sus hermosos ojos de color negro, y grandes, los mismos que llamaron la atención de Toni nada más conocerla, brillaban como piedras preciosas. El negro era el color favorito de Toni, y que su chica tuviera los ojos así era una bendición. Cuando la entró, cinco años atrás, por uno de los pasillos del recinto donde exponía sus libros, le dijo: Eh, guapetona. Si te hago reír y pestañeas, ¿tus ojos me dirán cómo va a ser mi día? Son tan grandes y hermosos como esa bola negra que agitas y te dice lo que va a ser de ti, y estoy seguro que dirán que voy a salir de aquí contigo, ¿verdad? –Patricia rio y con eso bastó para conquistarla. Lo que hicieron en el baño del recinto también tuvo mucho que ver, pero a pesar de los años de publicación, en uno de los puestos seguía vendiéndose La historia interminable, un clásico que nunca pasará de moda, y sería pecado que lo hiciera. Tal y como dijo Michael Ende, lo que hicieron fue otra historia que deberá ser contada en otra ocasión…—, y de momento lo que escribes y corriges no nos da de comer, solo lo que gano yo.
            —Y ni eso –espetó Toni—. Comemos gracias a tu madre y vivimos gracias a la mía, así que tu dinero tampoco es que haga gran cosa –Patricia volvió a ahogarse. Más bien adrede que por pillarla de sopetón—. Pero puedes estar tranquila –Se levantó—, que a partir de mañana, si todo va bien, tendrás un sobre al mes con “mi dinero” –Puntualizó; dio la última calada y apagó el cigarrillo, retorciéndolo con rabia.
            —Y no entiendes que lo necesitamos –Ni siquiera formuló una pregunta, no podía.
            —Sí –La miró de mala manera—, pero cuando entiendas que tengo que sacrificarme y dejar de hacer lo que realmente se me da bien.
            —No creo que el trabajo te quite de escribir –aventuró Patricia.
            —¿Ah, no? –Se dirigió hacia ella—. Me tocará vender pólizas por las mañanas y por las tardes. Patricia pensó: te dije hace tiempo que cambiaras el horario, pero se lo quedó para ella—. ¿Sigo escribiendo por las noches y voy de empalmada todos los días?
            —Encontrarás un hueco, cariño –Fue más una queja, una de esas respuestas que se dan por desconocer la verdad—. Según tú, un escritor escribe, da igual cuándo –Se acercó a él y le puso las manos en sus hombros desnudos, acariciándoselos como si lo zarandeara con suavidad—. Estoy segura de que sabrás combinarlo todo, completamente segura –Le dio un beso corto, con miedo. Si funcionaba le daría más. Se moría de ganas por hacerlo. –Toni resopló—. Completamente segura –insistió. Sus ojos volvían a brillar. En ellos se reflejaba la figura un Toni más calmado.
            —Tengo hambre –soltó él por cambiar de tema.
            —¿Sí? –Él asintió con la cabeza—. Pues… —Patricia se mordió los labios antes de añadir—. Creo que te has cargado el tupper con la comida del día, guapo.
            —Algo habrá por ahí –añadió él sin levantar la cabeza.
            —Sí, tenemos algunas latas de albóndigas, fabada y más tuppers congelados que me dio la madre que nos alimenta –Toni levantó la cabeza y Patricia sonrió.
            —La fabada está más rica después de un gran esfuerzo –aseguró él.
            —¿Sí? –Volvió a preguntar ella, cada vez con los ojos más brillantes—. ¿Y ahora se puede hacer, o ya vas a amoldarte a tu nuevo horario de escritura?
            —Mmm… —Toni se hizo el interesante—. Ya he escrito suficiente por hoy.
            —Queda un antibaby, ¿no? –preguntó ella, en vez de acariciándole los hombros, pasándole el índice de arriba abajo por el pecho.
            —No –Toni se dirigió a la mesilla y sacó una caja nueva de preservativos—. Los he comprado hace unas horas. Me he permitido el lujo de adelantarme a mi primera paga. –Sonrió y Patricia se echó a reír.
            —Para eso sí, ¿eh? Si te pido que te levantes para comprar el pan me dices que nanai de la China.
            —El pan es algo que debe comerse reciente para que no se ponga duro –explicó Toni—, y no hace falta que te diga qué es lo que me interesa seguir teniendo duro ahora, ¿no? –Se miró el bajo vientre y su novia dirigió una mirada fulminante.
            —Ya veo, ya –comentó ella viendo que no se había equivocado al decir que de pequeño se cayó en la marmita de la testosterona.
            —Los condones son sin sabor, pero va a saberte canelita en rama.
            Patricia rio escandalosamente. Segundos después se reconciliaron como buena pareja de novios.


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