jueves, 14 de diciembre de 2017

Justicia: El diario de un fracasado 2 (Prólogo)

     


Lo siento, pero esta vez no puedes leer el prólogo sin haber leído la primera parte. Poder puedes si lo deseas, como quien ve la segunda parte de una peli sin haber visto la primera, solo que sentirás lo mismo que si desvelas un truco de magia y después lo ves realizar. Hay un spoiler de los gordos en la pregunta del final, y aunque ahora no lo notes, si te gusta y decides leer la primera parte te vas a cargar la historia.

            Pido disculpas por subir algo que, digamos, no puede leerse con libertad. Lo siento, pero también es cierto que de un tiempo a esta parte tengo dieciocho, veinte o cincuenta visitas en cada relato, y antes tenía una media de trescientas al día; solo comenta una persona y apenas se comparte. No es una queja porque no se puede estar en todas partes, y además no hay mal que por bien no venga, ya que este descenso ha merecido y merece la pena para que se vayan leyendo mis novelas, que es lo más importante y principal. El blog está medio abandonado, y el único culpable soy yo.

            Los últimos dos relatos son las páginas eliminadas de El diario de un fracasado, y en cada uno de ellos vengo anunciando la segunda parte. La estoy escribiendo y posiblemente tarde seis meses o más en terminarla. Este prólogo era el final alternativo de esa primera parte, y seguro que le hubiera gustado más a los lectores que el original. En las notas finales de la historia explico la razón, y siendo como era Iván, por más que me disguste el final que más encaja es ese con el que me quedé.

            Cuando la novela se llamaba El día a día de una vida contaba con este final, hasta que el poder de la imaginación me dio la idea para cambiarlo. Por lo tanto, si has leído la primera parte y decides que te siga contando la historia, tómalo como lo que ahora es: un prólogo. Retrocede un pelín, tan solo unas páginas, antes del capítulo final (cuando el prólogo concluya lo entenderás mejor). Y después te ruego que esperes a que escriba la segunda parte. Prometí reducir el sufrimiento de Iván y dejar un buen sabor de boca. Siempre que prometo algo, lo cumplo.

            No soy malo, por ello te ofrezco estas cuatro páginas. Si fuera una persona malvada subiría el prólogo, te dejaría con la intriga y me daría igual la espera. Está todo estudiado, y te aseguro que no habrá nada que te quede en vilo, solo el que te guste y desees volver a meterte en la piel de Iván. Lo que es la continuidad, te aseguro que no (palabra de honor). Cuatro páginas te separan de saberlo.

            Ya son veinte los ebooks vendidos, y al menos tengo la certeza de que lo han leído once personas. Miles de gracias a todas ellas, y por supuesto a ti, que aunque no sepa quién eres, solo con leerme me estás prestando atención. Como siempre, el blog me prepara algunos errores en el formato. Espero que me los perdones.

            Si quieres leer la novela original, te la dejo aquí.


Muchas gracias.





La puerta de los vestuarios se abrió de golpe. Tras empujarla, como si fuera un cazador a la espera de ver aparecer a un conejo indefenso, Iván apuntaba a los presentes con un fusil. Estos, después de dar un respingo, levantaron las manos suplicando para sus adentros.





—Ba...ja eso, ¿quieres? —dijo el rubio, lívido, con voz queda y reculando sigilosamente.





Iván mostraba un rostro nuevo. Sus cejas tiritaban, subiendo y bajando como dos palancas de Pinball en continuos intentos por golpear la bola; los ojos no dejaban de virar, alocados, igual que quien sigue a una mosca aturdida mientras vuela de un lado a otro. Los pómulos le temblaban al resoplar, moviéndose como un bíceps poco desarrollado después de haberlo estado trabajando varios minutos. Al mismo tiempo, los dientes le castañeteaban, y dado el relieve que se apreciaba en su cuello, parecía tener dentro una sonda en vez de una vena. Las de los brazos se le marcaron al tensionarse y mover los dedos en busca del gatillo, momento en que crecieron las muecas de terror en el rostro de sus compañeros.





—No querrás dispararnos, ¿verdad? —preguntó Dani con sonrisa miedosa. Era eso o ponerse a llorar de rodillas—. Es... estás de coña, ¿sí?





Los veinte hombres habían dado un respingo al escuchar el estruendo; ahora miraban como pasmarotes a la espera de que Iván dijera o hiciera algo. Sus piernas tiritaban como si estuviera expuesto a un frío invernan en plena calle. El cañón del arma apuntaba a Dani, pero moviéndose tanto a causa de los nervios, parecía estar recorriéndole el cuerpo con un puntero láser.

            Mátalos a todos. Coge el fúsil, maldito fracasado. Coge el arma, apunta y aprieta sin miramientos. Esa idea regresó a su cabeza mientras un goterón de sudor le bajaba por los pliegues de la frente.

           

—Venga, chico —volvió a decir el rubio. Iván ya no tenía bonitas tetas, y no era una putita. Con un arma no. Como el miedo asomaba, era un chico—. Deja eso en el suelo, que las armas las carga el diablo.





Pero el fusil seguía apuntando a Dani, quien no dejaba de tragar saliva al tiempo que movía los ojos arriba y abajo, combinando una mirada aterrante entre el cañón y el furioso rostro de Iván.

            Tienes que matarlos. ¡Quieres hacerlo! Todo el mundo te desprecia, ¡no tienes vida! ¡Mátalos! —Parpadeó con fuerza, sudando copiosamente—. ¡Sé que ansías hacerlo!

No dejaba de caerle sudor mientras luchaba por frenar esos pensamientos traicioneros.

Es la única forma de que te vengues de la perfección que jamás ni siquiera llegarás a oler. Eres imperfecto, Iván, y solo se referirán a ti a base de insultos, risas y desprecios.

            Temblando cada vez más, y con Dani viéndose cosido a balazos por medio cuerpo, Iván recordó alguno de los insultos que le habían destrozado la vida.

            Los niños normales tenemos la picha grande. Tú no tienes más que una arruga de piel, y jamás podrás estar con una chica. Escuchaba las risas de Grandullón y demás compañeros.

            Di que tienes tetas, que la tienes pequeña y que no follarás nunca.



Apretó el fusil con fuerza al tiempo que juntaba sus dos hileras de piezas dentales y las mostraba como un perro rabioso.





—Tío, me estás acojonando —se sinceró Dani.

            Mata, Iván. Mata y quédate tranquilo. Quítate esa espina que no hace más que punzarte por dentro. Olvida eso de no hacer daño, y hazlo. Haz todo el daño que puedas, e incluso más…

            Apretó los párpados. Se arrugaban mientras los pómulos los sepultaban sin intención. Un estertor brotó de su pecho como si fuera un asno que acabara de rebuznar; abrió la boca y la rabia que llevaba concentrando a base de saliva le cayó en hilillos silenciosos. Tras un par de segundos de aparente calma, y en lo que todo el vestuario rezaba para que la broma pesada terminase de una vez, cogió aire, su tórax se hinchó y volvió a levantar los párpados. El llanto se esfumó en cuanto sus ojos vieron el rostro del rubio; eso, y que al temblarle el cuerpo volvía a presenciar lo que era un fusil de carne en movimiento.

¿Es que no te da rabia ver cuerpos diferentes al tuyo a cada lugar que vas, eh?

—Para ya —le suplicó el perfecto. Iván medio bufaba.

¿No te da envidia ver que los demás son normales y tú eres un anormal, eh?

—Baja el arma —pidió otro. Iván, por el contrario, intentaba fijar el cañón en el pecho de Dani.

¿No te da rabia que los demás puedan relacionarse, tener pareja, utilizar eso que a ti ni siquiera te cuelga y ser felices, EH?



—¡Hazle caso! —gritó el rubio.





¿¿NO TE DA RABIA??





Iván apuntó lleno de ira. Bufaba con rostro animalado.





¿EH?




—¡Baja el arma, coño! —suplicó otro, aterrorizado.





¿EH?




Jadeaba mientras el índice de su diestra acariciaba el gatillo.





¿¿¿EH???




—¡Ya está bien, hombre!





Los párpados de Iván se levantaron al máximo al tiempo que su tez palidecía. La tensión de los brazos se detuvo y el cañón bajó para apuntar entre las piernas de Dani. La palabra “hombre” los había salvado.

No eres un hombre con cojones. Eres una niña con tetas y la picha pequeña.



—No… —Escupió con la calidez de su aliento. Dejó de hablar en lo que levantaba la barbilla y subía el cañón hasta el pecho de su compañero. Este, al ver de nuevo la muerte de cerca, comenzó a hacer muecas como un niño con puchero—. No soy… —Iván hizo una nueva pausa. Cayó una lágrima, pestañeó y, sosteniendo el fusil con fuerza, añadió—: no soy un hombre.





Apretó el gatillo. Una bala atravesó el pecho de Dani y, mientras vomitaba una queja sangrienta, lo arrastró unos dos metros hasta hacerlo caer.





Todos gritaron al unísono. Algunos emprendiendo una carrera por la supervivencia, y resbalando como si acabaran de dar un frenazo en seco con unos patines, echaron a correr en dirección a las duchas.





—¡Me dijisteis que no era un hombre, HIJOS DE PUTAAA! —gritó Iván y disparó dos veces. Derribó a sus compañeros como si estos fueran una lata de cerveza agujereada a perdigonazos—. ¡Os reísteis de mí! —Lo recordaba al mismo tiempo que daba gritos de rabia profunda

«Eh, chicos, ¡la maricona se tapa!/ ¡Así aprenderás a no mirar a los hombres, puta maricona fracasada!»

—SOIS MUY HOMBRES, ¿¿EH?? —vociferó mientras cargaba el fusil.

«Creo que su fusil cuenta con dos pequeñas recámaras llenas de munición/ Sí, y sin estrenar. Un fusil demasiado limpio/ No ha follado en su puta vida. ¡Es un jodido fracasado de nacimiento!».



—¡TOMAD EL FUSIL! —gritó y disparó una vez más. La bala desfiguró el rostro de uno de los muchachos y le hizo caer de rodillas. Su cara reventó como un jarrón de porcelana haciéndose añicos—. ¡HIJOS DE PUTAAAA! —Disparó a los fluorescentes, regalando una lluvia de chispas para aumentar el horror.





Miró al que acababa de matar. No era más que un cuerpo decapitado por un balazo. El plomo le había arrancado la cabeza de un solo disparo, y no pudo por menos de retroceder en el tiempo y ver el cuerpo ensangrentado de su progenitor como regalo por su quinto cumpleaños. No lo rodeaban policías; por el contrario, todos se alejaban de él por si el espanto que transmitía llegaba a repercutirlos.





Jadeaba sin forma de controlar ni su impulso ni su respiración. Tenía delante a un ser humano con una especie de pelota de playa desinflada encima de los hombros; él mismo se había encargado de afearlo, y sin embargo, observando el resto de su cuerpo, seguía viendo algo perfecto. El imperfecto era él.

¡Qué asco!/ Esto no es una persona/ Es un feto descompuesto entre tetitas y una picha diminuta/ Puto virgen. Jodido fracasado de nacimiento… Fusil pequeño y amariconado.



El corazón de Iván bombeaba en el pecho pero parecía tenerlo en el cerebro. El cráneo, en unión con ese bulto inquieto, vibraba sin descanso. Rugió como una bestia, cargó el arma y prosiguió su sed de venganza.





—¡Para! –suplicó uno, de rodillas y con las manos juntas, rezando en lo que sus ojos delataban el miedo que padecía—. ¡No me mat…! —Pero Iván no le dejó terminar, ya que la siguiente bala se encargó de que llevara las últimas palabras a la tumba.





—¡¡OS ODIOOOO!! —vociferó en mitad del vestuario. No tenía nada que ver con el Iván que habían conocido el día anterior. Este era un completo lunático rumiando el dolor que llevaba incrustado en la memoria, y que a pesar de su metro setenta y cinco de altura, no le había dejado crecer como persona. Algunos aprovecharon para salir corriendo. Era uno contra veinte, y ya habían caído seis.





Miró al siguiente, acurrucado contra una de las esquinas.





—Por… favor —gritó, temblando como si estuviera apoyado en una pared de hielo. Iván se vio reflejado en él; o quizá, se vio a sí mismo años atrás.

Jajajaja, ¡el gafotas meón la tiene pequeña!,recordó. El vestuario se convirtió en el aula del centro, y todos los que luchaban por sobrevivir eran sus compañeros de clase.



Miraba al gafitas que se había salvado de las burlas porque ver un chico con tetas era más gracioso. Le escaneó con la vista. No tenía senos y sus genitales eran los de un hombre normal y corriente. Apuntó a la parte baja mientras un cálido aliento se le escapaba por los huecos que dejaban sus dientes apretados. La supuesta víctima chilló más que si el cañón apuntara a su pecho.





—¡No! —Lloró—. ¡No me dispar…!

¡¡Ellos son hombres de verdad, tú no!! ¡No eres hombre! ¡No tienes polla!



El de las gafas sí la tenía; por ello, sin piedad y mientras este se tapaba sus partes con las dos manos, le disparó a la cabeza para terminar con su vida.





Los cristales de las gafas se hicieron añicos como las tantas veces que Grandullón le pisó los suyos en el recreo.





Había más de ocho escondidos en las duchas; pero por suerte para Iván y desgracia para el rubio, a este último aún no le había dado tiempo a escapar.





Reculaba sin dejar de mirar a Iván, quien, con los párpados entreabiertos, mostrando ojos de odio penetrante, semiencorvado y respirando con jadeo, avanzaba hacia él con parsimonia.





—¡Perdóname! —suplicó el rubio antes de resbalarse con la sangre de uno de sus compañeros y caer de espaldas—. ¡Tienes que perdonarme! —Comenzó a llorar, histérico. Iván se detuvo ante él—. E…era broma, hombre. —Tras la última palabra, varios dientes le salieron despedidos. Iván le propinó un culatazo en plena boca.





—AHORA SÍ SOY HOMBRE, ¿VERDAD? —volvió a golpearlo—. ¡AHORA SÍ, HIJO DE PUTA! —Le disparó en una pierna. El afectado profirió un aullido ronco y reverberante; instantes después, Iván se abalanzó contra él y le agarró de la garganta.

Zo…zoy niño gueno,

recordó al revivir el momento en que a él lo agarraron así convirtiendo su rostro en un ocho. Aquel día su agresor apretó más; él hacía lo mismo.





El rubio se ahogaba. Sus ojos habían cambiado de azul claro a oscuro y con la esclerótica llena de rojo a rebosar. Parecían los colores de una bandera empobrecida. La cabeza le tiritaba a medida que iba adoptando un rostro cianótico. Iván, a pesar de la rabia, le soltó. Inmediatamente escuchó un abrupto ronquido reverberando en un acceso de tos, como a quien le acaban de extraer un guedel tras recuperar la consciencia.





Con una mano en la garganta y la otra en la herida de la pierna, el rubio levantó la cabeza para mirar a Iván, el mismo que cargaba el arma antes de apuntarle con ella.





—Pa… —Volvió a sufrir otro acceso de tos. Él mismo se había añusgado con la saliva por culpa de los nervios—. …ra. Te lo suplico.

Escupidle varias veces.



Iván le escupió. Después, cargando el pecho de aire, soltó con brusquedad:





—¡ESTÁS MUERTO, CHULO DE MIERDA!





El rubio lloró con más fuerza.





—No… ¡Nooo! —gritó—. ¡No lo hagas! ¡Mamá!





Iván dio un respingo con un sonido similar al hipo. Era como si se hubiera tragado un caramelo sin querer y el susto del momento le dejara lívido como un cadáver.

«Jamás, jamás de los jamases me harás daño; ni a mí ni a nadie. ¿Me has oído? Nunca en la vida. No eres malo, ni lo serás. Serás bueno siempre, cariño. Siempre.»



Recordó. Su madre era la pieza fundamental de su vida.





—Los… los he matado, mamá —se dijo, a punto de sufrir un paro cardiaco de tanto horror—. Los he… ¡LOS HE MATADO!





¡Asesino!





Miró a todos los cadáveres. Al gafitas no le quedaba rostro para distinguirlo; Dani tenía el corazón reventado y el verde de las baldosas se había teñido de rojo con huellas esparcidas.





—¡Están muertos por mi culpa! —gritó—. ¡¡POR MI CULPA!!





Se le cayó el fusil. Se disparó solo y el sonido le devolvió al mundo real.





Durante minutos se había visto aniquilando a todos sus compañeros como si fuera un auténtico demente.





—No… No lo he hecho, ¿no? —Se palpó el cuerpo como si estuviera cacheándose. Movió la cabeza en todas las direcciones posibles para asegurarse de que no estaba en los vestuarios. Efectivamente, se hallaba en la habitación. Respiró algo más tranquilo al saber que solo había sido una pesadilla.





—¡No puedo hacerlo! —gritó. Su corazón latía desbocado mientras las náuseas se apoderaban de él. Tenía un nudo en el estómago. Le había parecido vivir una realidad atroz—. No quiero hacer daño a nadie.





»¡No soy un asesino! Y no lo seré. ¿Verdad, hermana?


domingo, 10 de diciembre de 2017

El diario de un fracasado: El desayuno del yayo (Páginas 110, 111 y 112 eliminadas del manuscrito original)

Como ya dije en la anterior entrada, puede leerse sin haber leído El diario de un fracasado, solo que habiéndola leído se entiende mejor. Este próximo 2018 (si todo va bien, como España) publicaré la segunda parte «El diario de un fracasado 2: Justicia», del que apenas llevo ochenta páginas escritas, pero puedo decir que tanto la mamá de Iván como Santiago Bernal son los protagonistas. Más ella que él; él es el guardián de almas y ella tiene el alma destrozada...
«El desayuno del yayo» es el título que le he dado a las páginas 110, 111 y 112 del manuscrito original. Todo aquel que lo ha leído sabe que eliminé alrededor de cuarenta páginas de Word. Estas, en concreto, por tratar algo que ya había explicado en capítulos anteriores. Quise quitar momentos tristes de Iván junto a su abuelo, y entre muchos de ellos decidí eliminar este. Aun así, la segunda parte seguirá sin contar con todo lo eliminado. Llevo dos meses revisándolo y hay partes que es mejor que sigan en la papelera de reciclaje. Quizá algún día me sirvan para futuros relatos o novelas, o tal vez de a "vaciar" y se pierdan para siempre. Si pudiéramos hacer eso con todos los recuerdos malos el mundo funcionaría mejor, ¿verdad?
Feliz desayuno.








                                                                                                                                         A mi abuelo




Ese fin de semana no bajé corriendo para ver los dibujos. Ya me había visto dos veces los 26 capítulos de Willy Fog, y a pesar de que me gustaron mucho, prefería y prefiero quedarme con la historia original de Julio Verne. Mi madre me leyó parte del libro en «La casa de los gritos», pero por desgracia, este se quedó en ella cuando la tragedia rompió a mi familia en pedazos. Años más tarde lo saqué tres veces de la biblioteca y lo leí y releí hasta hartarme. En mi habitación di la vuelta al mundo en varias tardes, y fue una forma de salir de casa sin moverme del asiento.


            Como decía, aquel sábado no encendí el televisor. Serían cerca de las 9:00h y mi intención era darle una sorpresa a mi abuelo. Estaba enfadado conmigo por haberme orinado en la cama varios días consecutivos, y sinceramente me daba verdadero terror mirarle a la cara. Cada vez que lo veía agachaba la cabeza y la escondía como si fuera un avestruz. Deseaba con fuerza que se le pasara el cabreo, y como por aquel entonces aún no sabía hacer magia para regalarle una ilusión, se me ocurrió que tal vez me ganara su perdón si le preparaba el desayuno. Mientras escribo esto parece que lo tengo delante de mí, con una mano apoyada en la encimera y llevando la otra a la boca para morder una rebanada de pan con mantequilla y mermelada. Untaba poco de lo primero, pero la confitura de melocotón era su debilidad. Se salía del pan de la misma forma que se le salían las lentejas del plato todos los jueves. Era un glotón; y no veas cómo lo saboreaba, lector. Mi abuela andaba por el salón limpiando el polvo mientras él hacía sus ejercicios en el dormitorio, así que me acerqué a la cocina, abrí el frigorífico y saqué la mantequilla y la mermelada. Recuerdo que me costó mucho abrir la última, pero en varias ocasiones había visto a mi abuela dar golpecitos contra el suelo a los frascos de tomate; luego los hacía rodar unos segundos y, mágicamente, con un mínimo de fuerza, la tapadera cedía y todo listo. Eso, y el hacerme la señal de la cruz cuando se me duerme un pie, son dos cosas que me enseñó ella y las he puesto en práctica toda la vida.


            Lo hice y resultó ser un éxito. La mantequilla estaba muy dura, y siempre que intentaba sacar un poco me clavaba el mango del cuchillo en la palma por hacer tanta fuerza. Ni punto de comparación entre las que tenía en casa de mis abuelos con las que años más tarde desayuné en los descansos del trabajo. Creo que el frigorífico enfriaba más de la cuenta, pero eso era algo que controlaba mi abuelo y nadie más podía tocar.


            Saqué un paquete de pan tostado. Entraban quince o veinte rebanadas, pero más de ocho de ellas eran migas. Mi abuelo siempre se cagaba en Dios cada vez que lo veía. Decía que le encantaría coger al repartidor y tirarle de los cojones para que aprendiera a no tratar al pan como si fuera un saco de patatas (tenía más obsesión con los cojones que yo). Solía desayunar alrededor de cuatro; mi idea era untar cinco para que se contentara más. Un vaso de café con leche y dos cucharadas de azúcar completarían el desayuno.


            No puedo asegurarlo, pero al igual que nos parecemos a nuestros familiares por genética, también copiamos patrones, y mi abuelo tenía la manía de sacar la puntita de la lengua cuando hacía algún esfuerzo. Creo que de verlo así cada vez que lijaba y enderezaba las cachabas que después daba forma a su gusto, empecé a hacer el mismo gesto. Es más que probable que, ese día, mientras me esforzaba por extraer un pedazo de mantequilla, sacara la lengua; estoy casi seguro de ello, ya que la risa de mi abuela me desconcentró.


            ¿Qué haces, pequeño? me preguntó con voz alegre. Cuando hablaba con la risa entre sus palabras me daba mucha alegría. Era todo ternura.


            Le estoy preparando el desayuno al yayo, pero la mantequilla está muy dura respondí sin dejar lo que estaba haciendo. Conseguí poner un pegote amarillento sobre la rebanada. Extenderlo era más costoso. Siempre había partes que me quedaban abultadas y otras sin rellenar.


            ¿Ah, sí? pareció sorprenderse —. Y, ¿cómo es que te ha dado por preparárselo, cariño?


            Está enfadado conmigo por no dejar de hacerme pis respondí, apenado. Dejé de untar y agaché la cabeza. Cuando me riñe me pongo triste. Miré a mi abuela con puchero. De pequeño tenía los mofletes algo gordos, y me los estoy imaginando con una boquita pequeña entre ellos.


            Ella se acercó. Cada vez que me mesaba el cabello se me ponía la piel de gallina, y es lo mismo que me está ocurriendo ahora al recordarlo. Lo hizo unas cuantas veces.


            Sabes que es un gruñón me dijo, acariciándome con cariño, pero te quiere mucho.


            ¿Qué es querer? pregunté, ignorante.


            Pues querer… Levantó la vista y se mordió los labios; pero no por ser una pregunta molesta, sino para pensar la mejor manera de explicarme lo que se siente al querer a alguien. Querer es sentir una presión agradable aquí. Colocó su mano en mi corazón—. Se siente tan fuerte, y la persona por la que lo notas es tan importante para ti, que darías la vida por ella. Y si esa persona no está, lloras porque la echas de menos…


»Ahora eres muy pequeño, pero a veces los mayores no nos damos cuenta de a quién queremos hasta que ya no está. Casi nunca decimos que les queremos, y es muy importante y saludable decirlo para mostrar nuestros sentimientos.


            ¿Mi papá sintió esa presión por mí? volví a preguntar. Ahí sí que se mordió los labios por tener que responder a algo demasiado complicado.


            Sí, cariño respondió con voz débil, sin la sonrisa con la que había entrado. Claro que sí. Fuiste la mejor abuela del mundo, pero mentir jamás se te dio bien. Ni mi padre me quiso ni el pene es algo que sirva solo para orinar. Si desde que te fuiste supieras las veces que me han torturado con el tema del tamaño pensarías que lo de las piscinas no fue más que algo de niños… No sirve para eso, pero yo sí lo tengo solo para hacer pis. Seguí tus consejos y dije lo que sentía en una ocasión. La chica prefirió sentir el cosquilleo en otra parte diferente al estómago, y con un hombre de verdad, como decía el yayo. Pero tú no tienes la culpa. Estás perdonada de por vida. Te quiero.


            Me puse la mano en el pecho.


            Suena, yaya, pero no noto presión. Mi abuela se echó a reír—. Si no la tengo, ¿no quiero a nadie entonces?


            Tú quieres a todo el mundo, cielo.


            ¿A todo el mundo? me sorprendí.


            Sí, por eso no te hace falta notar presión.


            ¡Bieeeen! Aplaudí.


            Ahora vamos a darnos prisa, que el yayo está a punto de bajar finalizó. Te ayudaré a prepararle el desayuno.


            ¡Gracias, yaya!


            Me dio un beso en la mejilla, y después untó las tres rebanadas de pan que me quedaban. Cómo se notaba que llevaba toda la vida haciéndolo. No tardó nada.


            ¿Quieres encargarte de calentar la leche?


            respondí, pero luego se queda una cosa arrugada por encima y no me gusta.


            Al yayo le encanta me aseguró, no te preocupes.


            Eché la leche y el café en un viejo calentador. No teníamos microondas, y era eso o calentarlo en un cazo. Mis abuelos utilizaban más el calentador, así que yo también; después, saqué una bandeja y una pequeña hoja de papel. La arranqué de la libreta que tenía mi abuela para apuntar la compra, y en ella escribí mi propósito.


            ¿Y esto? me preguntó.


            He escrito el nombre del yayo y el número de la casa. Cuando estuve en el hospital la señora de la bata blanca me trajo una bandeja con mi nombre y el número de la habitación.


            Mi abuela volvió a reír.


            A los pocos segundos, y mientras apuraba los últimos detalles, mi abuelo entró en la cocina. Cogí la bandeja y me dirigí hacia él.


            ¡Mira, yayo! grité, muy contento. Te he preparado el desayuno. Levanté los brazos todo lo que pude para entregarle la bandeja. Él me miraba, y no con muy buena cara. Mi abuela no quitaba ojo. Tostadas, como a ti te gustan. He quitado las que son migas para que no le hagas pupa al repartidor. Escuché la risa de mi abuela. ¿Me perdonas por haberme hecho pis? Mi voz se entristeció. Te quiero, yayo.


            Siguió mirándome sin cambiar una mueca en el rostro, pero sí vi que su tez iba ruborizándose poco a poco. Me hubiera gustado verla así por emoción, pero pronto descubrí que era por enfado.   


            ¡Aparta eso de mi vista! gritó mientras me tiraba la bandeja. La ilusión se alejó de mí y me dejó seco, como si el mundo de repente se me hubiera bajado a los pies. ¡No quiero nada tuyo! Mi abuela se incorporó mientras yo agachaba la cabeza. ¡Cuando dejes de mearte y seas un hombre con cojones aceptaré lo que me ofrezcas! Y puede que hasta empiece a quererte.


            El niño te lo ha preparado con toda la ilusión del mundo, ¡¿es que no lo ves?! le gritó ella, muy enfadada.


            ¿El niño? rio con ironía—. Te he dicho que no es un niño, sino algo así como mita…


            Eso ya lo hemos discutido. Es un niño. Punto. Un niño que necesita el cariño de su abuelo.


            No me calientes la cabeza respondió él, y mucho menos intentes hacerme cambiar de opinión. Estoy deseando que vengan mis nietos. Cualquiera de ellos es mejor que esto. Me señaló.


            Yo seguía con la cabeza gacha, reprimiendo mis ganas de llorar.


            ¿Imaginas lo que habría ocurrido si su madre te escucha decir eso? le preguntó mi abuela.


            Su madre es mi hija puntualizó, y este mocoso ha salido así por su culpa.


            ¡No digas eso ni en broma! Mi abuela se cabreó. ¡Ana no hizo más que sufrir en el embarazo!


            ¡¿Y por qué?! vociferó él. ¡¡Por quedarse preñada a los diecisiete!! Hizo lo que le dio la gana, ¡como siempre! Y mira con qué cabrón fue a parar.


            »¡Ese hijo de perra no tenía cabeza, y tu hija mucha dificultad para mantener las piernas cerradas! La cocina retumbaba por culpa de los gritos—. ¡Mira lo que salió de entre ellas cuando las abrió! ¡ESO! –Volvió a señalarme. Salí corriendo escaleras arriba y me encerré en la habitación que compartía con mi madre. Mis abuelos siguieron discutiendo, pero ya no presté atención a lo que decían.


            Me había quedado algo claro: era un monstruo mal hecho, como me dijo Grandullón. Lo que me descolocó fue saber que mi padre no tenía cabeza mucho antes de que se le separara del cuerpo.


lunes, 13 de noviembre de 2017

El diario de un fracasado: El pajarito (Páginas 151, 152 y 153 eliminadas del manuscrito original)


                                 

































Si me pongo a explicar la razón por la que eliminé más de cuarenta páginas del manuscrito original, tal vez me diera para otra novela.

            Los lectores que han leído “El diario de un fracasado” conocen una mínima parte de esto porque lo explico en los agradecimientos. Puedo dejar caer que me parecía demasiado, aunque en la vida real llegue a ser, en ciertos casos, aún más fuerte.

            Hace poco anuncié en las redes que estoy escribiendo una segunda parte. Si fuera lector y hubiera leído la primera, al leer esto me preguntaría: ¿Más aún? ¿Qué más le puede pasar a Iván? A Iván le ocurrieron muchas cosas. Las más fuertes ya están escritas en la primera parte, y a la que considero novela única. Esta segunda entrega ya es una historia para tranquilidad de los lectores que aman a Iván. Hasta ahora cuento ocho, y todos le tienen cariño al personaje. Lo llaman héroe, Ángel, y sobre todo, niño, que aunque sea un comentario que pueda carecer de importancia, es el más valioso de todos.

            Amigos me han dicho: déjalo, ya no hagas más. Demasiado sufrimiento. Tienen razón. Pero lo que son más de cuatrocientas páginas originales de insultos, palizas y desprecios, la segunda parte tan solo recogerá ciertos momentos, ya que el resto es, como he explicado, la conclusión para mi tranquilidad. Le debo un refresco a los lectores, una sensación de respiro, y sobre todo, una sonrisa feliz.

            Y ahora viene la pregunta más importante para este mismo instante: ¿Puedo leer el relato sin haber leído la novela? Pregunta que también me haría si entro en un blog y veo al autor ofrecer más partes sin haberlo hecho con la primera. Los lectores de este blog no tienen que tener relación con ms novelas. Es muy diferente; por lo tanto, la respuesta es sí. Se puede leer este relato sin haber leído la novela. Ahora bien, habrá partes que no se entiendan, y que solo los que la han leído lo comprendan con facilidad. Para que esto no ocurra, os dejo en enlace donde está la novela. Existe la posibilidad de leerla gratis durante treinta días y ahorraros los 2,99€ que cuesta. Amazon tiene esta parte buena. Si no deseáis hacerlo, al menos espero que este relato, aunque no lo entendáis al 100%, os guste y… Iba a decir que lo disfrutéis, pero creo que no es lo más adecuado.

            Es una de las cuatro páginas eliminadas de El diario de un fracasado, y forma parte de ese final de la historia de Iván.







Aquel día no quedaban más de cinco minutos de recreo. Las clases me aburrían, pero prefería seis horas de matemáticas, lengua y conocimiento del medio antes que la media hora de descanso en el patio. En el aula —siempre y cuando estuviera doña Carmen o cualquier otro profesor dentro de ella— me sentía protegido. Fui acercándome hacia el porche. Cuanto más cerca estuviera de él al tocar el timbre, mejor; los profesores me localizarían y ya nadie me haría daño en su presencia. Mientras caminaba, una pequeña sombra fugaz cayó del cielo ocupando mi campo de visión izquierdo. Desde que me habían puesto las gafas no se me escapaba ningún detalle. Sentí que sonaba como cuando se me caía una bolsa de gusanitos todavía sin abrir. Casi siempre se me resbalaba a la hora de abrirla, y esa parte hinchada que protege a la comida basura, provocaba un crujiente sonido, pero apenas audible. Yo sí lo escuchaba, y así sonó el pájaro que acababa de caer. Miré y lo vi dar dos o tres saltitos. Lo hizo como cuando veía a mis vecinos jugar a carreras de sacos. Llevaban los pies juntos y no les quedaba más remedio que desplazarse dando saltos. Después, y tras un agónico piar, se desplomó con las patitas hacia arriba. Era de color marrón oscuro, de esa típica clase de pájaro al que mi abuelo definía como “pájaro feo”. Según él, solo los que costaban dinero eran los bonitos, y los dignos de estar enjaulados para hacer compañía a su amo. Visto así, esos “pájaros feos” gozaban de libertad; sin embargo, a medida que crecí, me di cuenta que no era cierto, sino que estaban libres porque nadie los quería, y que bien mirado, no se diferenciaban en nada con el pensamiento humano. Los feos siempre somos libres porque no nos quiere nadie, y nuestra única jaula la forman cuatro paredes de ladrillos, deseando que la puerta se abra para echar a volar…





Su abultado pecho, prácticamente desplumado, subía y bajaba con rapidez mientras una telilla grisácea iba sepultando sus dos ojitos. Desistía en que se cerraran del todo, y gracias a ello, contemplé un diminuto punto negro en cada uno, muy parecido a las bolitas de abalorios que utilizábamos en clase de Almudena para construir pulseras. —Recuerdo que una mañana, poco antes de fin de curso, al entrar en el aula encontré a todos mis compañeros rodeando el pupitre que me dejaban siempre en la última fila, pegando al armario. Reían, y al verme, rieron más. Fueron abriéndose a medida que llegaba, pero no para dejarme pasar, sino para que viera lo que había puesto Grandullón sobre mi mesa. Colocó dos de esas diminutas bolas encima de un folio, y en medio de ellas, un hilo fino y corto. Cuando llegué, vi que lo enfocaba con una lupa. «Son tus pequeñas bolas y tu corta picha. Tenemos que mirártelo con aumento», luego vinieron las carcajadas que tanto conoces, lector—. Su pico se abría y cerraba formando una “V”. Era similar a la pirámide de papel, con forma de cartón de huevo, con la que las niñas jugaban en el patio. La abrían y cerraban con sus pulgares e índices de ambas manos y, una especie de barco construido con un folio formaba un triángulo en 3D tras sus movimientos. En cada pared de la hoja escribían una pregunta y luego imaginaban la respuesta. En la mayoría apuntaban el nombre de los niños más guapos de clase por si el azar se los regalaba. Ellos seguían pensando en el fútbol.





El pájaro sufría. Tenía formada una bola en el cuello del tamaño de un guisante; y no sé por qué, pero se ahogaba. Enseguida me agaché para ayudarlo. Junté las manos como si fuera a coger agua para lavarme la cara y, a modo de recogedor, me lo coloqué en las palmas. El tacto de su esqueleto en tensión me hizo creer que estaba tocando una flor de plástico. Pasé un dedo por su tripa y parpadeó emitiendo un lánguido “pi”. Mientras lo veía sufrir, una serie de sobras dibujadas en la pared se llevaron la poca claridad que me acompañaba.





—¿Qué haces ahí agachado, pichapequeña?





Grandullón y los suyos me pillaron en plena postura de futbolista haciéndose la foto oficial entes del encuentro, solo que con las manos extendidas. Comenzaron a brotarme lágrimas en cuanto vi que el pájaro sufría. Mis brazos tiritaban como si tuviera en las manos el corazón de mi propia madre, y que este continuara latiendo en sus últimos instantes de vida. —Durante toda mi historia, hay partes que me son imposibles de explicar porque te necesitaría a ti para que las sintieras, y solo de esa forma podrías ponerte en mi piel. No te lo puedo hacer entender de otra forma, pero quizá, si te digo que al ver al pobre animal agonizando en mis manos sentí algo parecido a la impotencia que sufrí cuando mi madre estaba siendo apuñalada, igual lo comprendas mejor.





—El pajarito se está muriendo —dije con voz queda. Bajé la vista para mirarlo y lo vi rodeado de mis lágrimas. El punto de sus ojos era aún más pequeño; su corazón apuntaba a los míos en, cada vez, brotes más fuertes. Me dejaba una acalorada sensación en las palmas con la fatiga de su cuerpo.





Grandullón se acercó. En un principio no dijo nada; pero después, mirándome como si fuera mi culpa, me preguntó:





—¿Qué le has hecho? —Su tono de voz sonó grave y de enfado, como si en vez de saliva, en aquel momento me hubiera escupido culpabilidad.





—Yio… yo…—tartamudeé, asustado. Mis manos temblaban y su movimiento le hacía dar ligeros botes al pobre animal—. No he hecho nada.





—Lo has matado —afirmó Grandullón, y entonces mi mente dejó de estar en el patio del colegio para regresar a La casa de los gritos, al día en que recobré la consciencia y, mientras se apartaban los agentes, la cabeza decapitada de mi padre me miraba por última vez.





¡Tu papá está muerto cuando deberías estar muerto tú. ¡¡LE HICISTE DAÑO!!





Era como si aquel pájaro a punto de morir en verdad fuera el cadáver de mi padre. El remordimiento me podía. Quizá, aun no siendo más que un niño que no comprende, el no haber visto morir a mi padre pero sí haberlo visto ya muerto, me trasladase a ese punto, y el tener un inminente cadáver entre mis manos, aunque fuera el de un pájaro, me hiciera verlo como lo que no llegué a vivir y el mundo me echó tanto en cara.





Miré al pájaro. Cada vez que abría y cerraba el pico mi cabeza reproducía el sonido de mi mala conciencia, repiqueteando el que había sido un niño muy malo y que mi padre se había matado por mi culpa.





Le hiciste muuuucho daño a papá.





—No lo hice —respondí con voz trémula y entrecortada, sin dejar de mirar al pájaro. Intentaba demostrar mi inocencia ante la muerte de mi padre, pero Grandullón pensó que lo decía por el animal—. No le hice daño. —Levanté la cabeza, caí una lágrima y, mientras las voces que me reconcomían continuaban con su afán de culpabilizarme, añadí mi famoso “no quiero hacerle daño a nadie”.





—Nosotros sí —contestó Grandullón y, acto seguido, me dio un manotazo en las manos. El pajarito salió disparado igual que si fuera una palomita dentro de un microondas; al instante, cayó al suelo sonando como un hierbajo al ser aplastado. Al no esperarme que Grandullón reaccionara así, perdí el equilibrio por su culpa y caí al suelo. La posición de mis brazos y mi cabeza formaban un triángulo; pero esta última, al rebotar por el impacto, hizo un vaivén dejando una “M” momentánea en mi postura y un crujir de cervicales que aún no he olvidado. Al querer mover rápido el cuello para ver cómo estaba el pájaro, mis tendones sonaron como quien aplasta un nudillo para devolverlo a su lugar. —Todas las tardes se lo veía hacer a mi abuelo. Después de encender el televisor y sentarse en el sofá, ya con el estómago lleno, hacía lo mencionado con ambas manos. Una vez me dijo que a eso se le llama sacar novias. Lo he hecho como doscientas veces a lo largo de mi vida, pero nunca he visto a las novias por ninguna parte.





—Dámelo, Grandullón —dijo uno de sus secuaces.





El aludido levantó al pájaro por una de sus alas. Parecía estar sosteniendo un calcetín con la punta de los dedos. Vi que el animal daba un ligero giro llevado por su peso, sin dejar de piar. Se movía como una figurita de Navidad nada más ser colocada en el árbol.





—¡Todos los sábados me ceno tres como este en el pueblo de mi padre! —gritó Grandullón mientras lo miraba. El pájaro se debatía entre la vida y la muerte.





—¡No le hagas daño al pajarito! —grité intentando incorporarme, pero uno de mis compañeros me volvió a empujar.





—¡Pajarito es lo que a ti nunca se te podrá escapar de la bragueta, pichapequeña! —Todos rieron—. ¡Esto solo es un animal!





—¡Suéltalo! —volví a gritar. Sin darme cuenta, tenía a dos de mis compañeros detrás de mí. Uno de ellos me agarró de los brazos y, bruscamente, me los echó a la espalda mientras el otro me sostenía la cabeza.





—Mira lo que hago con tu asqueroso pajarito —anunció Grandullón al tiempo que tiraba de él por las dos alas.





—¡No! —grité, llorando. Intentaba desaprisionarme, pero me era inútil. Los que me sostenían eran muy fuertes, mucho más que sus carcajadas, a pesar de que al atronar en mis oídos pareciera que mis tímpanos eran una sala vacía donde reverberaba eco—. ¡No le hagas nada! ¡No le hagas daño a…!





¡¡NO LE HAGAS DAÑO A MI MAMÁ!!





Mis palabras me devolvieron a uno de los momentos más terroríficos de toda mi vida. El pajarito estaba igual de indefenso que lo estuvo mi madre mientras era apuñalada. La patada que le di a mi padre en la espinilla evitó su muerte, pero con el animal no pude hacer nada por salvarlo. Apreté los párpados mientras la ira recorría todo mi cuerpo. Los que me sostenían se creían demasiado listos, pero ni consiguieron que lo viera ni tampoco que lo escuchara. Sin darse cuenta, sus risas camuflaron el último sonido del pájaro antes de morir (gracias).





No sé qué le hizo Grandullón porque no lo vi, pero acabó con su vida. Segundos más tarde, me lo tiró a la cara de mala manera.





—¡Toma tu pajarito, pichacorta!





Al levantar los párpados, lo vi hecho una pelota. Mis compañeros me soltaron empujándome hacia su cadáver. Caí de bruces contra él y mi pecho terminó de aplastarlo. Ya estaba muerto, pero me apresuré a levantarme por si sufría por mi culpa.





—Pío, pío —se burló uno de ellos mientras yo seguía llorando.





—Mañana en la piscina nos reiremos de tu pajarito corto y tus tetas de niña, retrasado —me amenazó Grandullón antes de que todos desaparecieran.





Quedé un rato llorando al animal muerto, pidiéndole disculpas por si le había hecho daño.





—No he podido salvarte. —Lloré más. Lo acaricié de nuevo, pero seguía con la sensación de tener algo de plástico en mis manos—. No te has muerto por mi culpa, ¿verdad? —Tal vez mi inocencia me hacía esperar una respuesta por su parte, algo que me quitara un peso de encima y saber que no le había causado daño alguno—. No eres feo —añadí, hipando y sorbiendo la mucosidad que asomaba por mis orificios nasales—. Eres como todos los pajaritos que conozco —seguí acariciándolo—. Tienes patas, alas y pico. El feo soy yo. No soy un niño como los demás. Mi cuerpo es diferente. —Me enjugué las lágrimas con la manga del jersey—. De verdad que er… —Me detuve cuando una bola de papel de plata me raspó el cuello al caer.





—¡Te estamos esperando, pichapequeña! —gritó Grandullón asomado a la ventana, el mismo que me había lanzado la bola desde el aula.





—¿Lo ves? —le dije al pájaro, acariciándolo mientras se me saltaban las lágrimas una vez más—. Soy el diferente, y ellos no me quieren.





Le di un beso en la cabecita antes de enterrarlo rápidamente en el jardín. Me hizo cosquillas en los labios, y fue lo más bonito que sentí aquel día.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Agradecimientos (El diario de un fracasado)



“La casa por el tejado”, así es como podría referirme a esta entrada puesto que voy a empezar por el final.

            Los lectores del blog sabéis que me gusta añadir notas informativas, ya sea antes o después del relato. Con las dos novelas publicadas he hecho exactamente lo mismo. Lo he visto en algún que otro autor de los que leo desde mi infancia y es algo que se me ha pegado. Me encanta explicar y dejarlo todo claro (soy así). Ediciones Atlantis me lo permitió con Al borde de la locura, y con El diario de un fracasado (novela que he querido autopublicar, y la protagonista ahora mismo) he hecho lo mismo.

            Bien, digo lo de “la casa por el tejado” porque para mostrar mi agradecimiento, precisamente necesito ir a esa parte final, en donde mis últimas palabras cobran vida hoy en día.

            En las notas finales de la novela, escribí esto:

            «Quienes me conocen (cuatro personas) saben que imparto clases en un taller online, y que siempre digo que toda persona que escribe necesita un lector cero. Pues bien, yo no lo he tenido para esta obra, y eso quiere decir que la historia llega virgen hasta tus manos. Quería que me la hubieran leído, pero ha sido imposible. No la aguantaron, esa es la respuesta. Hay personas que se han leído versiones anteriores, e incluso algún que otro relato que escribí hace mucho y donde ya daba pinceladas sobre lo que sería esta novela. Gente de mi entorno ha leído la introducción definitiva y los primeros capítulos, pero hasta ahí.

            Soy consciente de lo que escribo (muy consciente), y sé que esta novela es lo siguiente a dura. Lo sé, pero la quería así. Si la has conseguido leer (espero que sí) y te ha parecido una novela dura, donde no cabría un apunte más de maldad, siento decirte que no. Puedo asegurarte que sí, que has leído lo más fuerte, pero también te confesaré que he quitado varias páginas, cerca de unas treinta o cuarenta de Word. ¿La razón? Querer que se lea este libro. Si de por sí cuento con la idea de que es muy duro y a mucha gente le puede herir, si llego a seguir castigando a Iván de seguro no lo leería nadie, y puedo asegurarte que escribirlo me ha costado lo suyo. Lo empecé con doce años y lo he terminado casi con veintiocho.

            A todo el que escribe le gusta que lo lean. Quiero lectores, y no para que mi nombre se haga visible, sino porque quiero que esta historia llegue a muchas manos. Deseo en el alma que se conozca a Iván lo máximo posible, y el motivo es muy claro: para que todo sufridor sepa que no es un bicho raro y que hay más gente que, como a él, por desgracia, le hacen la vida imposible.

La vida es dura, y dura para todo el  mundo, aunque de casas para fuera parezca que muchos están felices y sin problemas (de eso nada). Todos debemos luchar. Y reitero que, si alguien ha sufrido y se ha sentido el último mono de esas pandillas de poca monta que se forman en los colegios, que pase, por muy duro que sea, mire para arriba y salga a la calle a comerse el mundo. La palabra “es diferente” no tiene sentido, simplemente porque no hay nadie igual a nadie, ni siquiera dos gemelos.

            Eso por un lado. Por el otro, decir que si quien ha leído mi obra es padre o madre de familia de alguien que ya apunta maneras, que lo ate en corto.

Por desgracia, esas risas de “qué pequeña la tiene”, “qué tetas para ser un chico” o veinte mil veces la palabra “gafotas” “maricona” o un simple “tonto”, termina por hacerte perder la razón y llegar a que pierdas la vida. El colegio es la peor cárcel del mundo, donde se origina todo, y creo que ningún padre de familia, ninguna madre, ningún hermano y nadie en general, quiere sufrirlo en sus propias carnes ni en la de sus seres más próximos. ¿Cierto? Por ello me gustaría que esta historia ablande al corazón más duro, que lo haga recapacitar, y que aunque sé que es una tarea imposible, después de este libro en los colegios se den clases, no palizas. No lo conseguiré porque soy un último mono, como Iván, y mis palabras no valen, pero ojalá. Ese es mi propósito, y si un libro es para siempre, seguiré soñando para que todo cambie. Quién sabe si en un futuro… »

He marcado y subrayado lo más importante, lo que quiero resaltar en este texto explicativo.

Como bien digo ahí, escribir esta novela me ha costado lo suyo (todos los que escribís sabéis lo que cuesta sacar un libro: correcciones, revisiones, lectura más lectura, quitar y poner), pero me ha costado más aún el decidirme a mostrarla. Recibí ayuda y me convencieron para terminar de dar el paso decisivo. Ahora bien, desde el día 4 de junio que salió a la venta, no me he quitado de la cabeza una de esas frases subrayadas: “Soy consciente de lo que escribo (muy consciente) y esta novela es lo siguiente a dura”.

Cuando no eres nadie en este mundo (me refiero al mundo literario) tienes muchos pensamientos, pero por más que delante de ti creas tener lo mejor que has escrito, el compararte con los grandes autores consagrados te quita todo mérito posible. Es un gran error porque ellos un día empezaron desde abajo, pero bueno, es un tema al que no voy a entrar, ya lo sabemos de sobra. Lo que quiero decir es que ese “miedo” al qué dirán, siempre está presente (por lo menos en mí), y el pensar que es una novela dura, comparándome con los autores mencionados, me hacía dudar.

¿Qué ocurre? Que aunque soy un desconocido, una persona como tantas otras a las que le gusta escribir, he tenido diecisiete ventas en Amazon (sí, diecisiete. No se me caen los anillos por decirlo. Para no ser nadie estoy contento), y de esas diecisiete personas, a día de hoy han leído la novela cuatro. Gracias a sus comentarios me han confirmado que sí, que es lo siguiente a dura, y que aquello que dije de que la gente de mi alrededor la dejaba porque no podían con ella, también es cierto.

Fijaos hasta dónde llega mi nivel de sinceridad. Cualquier otro jamás diría esto porque lo que quiere es vender, que le compren el libro y, después, si no lo leen, que no lo lean. Yo no soy así. Tal vez pierda, pero es que no me interesa la fama. No soy famoso ni lo pretendo. Seguiré sacando libros, seguiré publicando. No sé si la siguiente novela me interesará que se venda todo lo posible para que el lector pase miedo, o quizá la próxima quiera que se lea para que se llene de amor… No lo sé, pero sí sé que lo que he querido y quiero con esta es que el sufridor no se sienta solo, que ese niño o niña al que le dan palizas en el colegio y del que se ríen porque lo consideran diferente, vea que hay más en el mundo que sufren y que no son bichos raros; quiero que si el lector tiene que soltar más lágrimas que páginas porque se identifica con el personaje, las suelte por última vez en compañía y después continúe sonriendo para siempre, o que al chico al que le hayan dicho que nunca lo van a querer por tener un cuerpo diferente al resto del mundo, vea que no, que Iván también tiene un cuerpo distinto, y por lo tanto hay más de uno que se aleja de lo que el mundo considera alguien “normal”…

No podía explicar todo esto en las notas finales de una novela porque ningún lector lo quiere, ya que casi daría para un relato. Aquí sí (y no extendiéndome tanto como también me gustaría). No me cansaré de repetirlo: no os riais de la gente. Es frustrante querer remediar el mundo y no poder hacerlo, pero es que aunque me equivoque el 99,9% de veces en mi vida, en esta tengo razón al 100%. Como alguien se ría de un niño en un colegio, terminan con su vida. Puede que me digas: “No, sé de uno del que se rieron y tiene cuarenta años. Está vivo”. Lo ves vivo por fuera, pero por dentro está muerto.

Para un grupo de niños hace mucha gracia ver a uno de ellos con algo diferente, y se ríen. Es muy divertido para ellos, como es divertido reírse de quien está más rellenito, del que apenas tiene carne, del que lleva gafas o del que juega con las muñecas en vez de jugar al fútbol...

Esto no se lo puedo explicar a un niño porque él no sabe el daño que puede llegar a hacer. Sus padres sí, y ahí es donde hay que trabajar. Si un niño va por la calle con sus padres, ve a otro con un defecto, se ríe de él y los padres no le dicen nada, en el colegio seguirá riéndose de otro niño porque piensa que es algo normal; sin embargo, si unos padres como es debido le tapan la boca nada más reírse y le hacen entender que eso está mal y que no tiene que reírse, el niño no se reirá de nadie porque se llevará bronca.

Las cuatro personas que hasta ahora han leído mi novela han sufrido con Iván, y sé que a ellas también les gustaría no tener que vivir algo así, ni en conocidos ni desconocidos. Les ha costado leerla, pero me han dado unos comentarios tan positivos que mi ánimo asciende hasta darme cuenta que, aun no siendo un escritor consagrado, he escrito algo que merece la pena leerse. Quizá a alguien no le guste, pero hasta ahora no me lo han dicho. Sí me han comentado sobre esa dureza, y muchos de ellos tener que parar, salir a despejarse y después, con el paso del tiempo, volver a prestar atención a lo que les contaba Iván. Han llorado, se han muerto de rabia, de impotencia por meterse en el libro y acabar con todo ese dolor… Ahora sé que lo están leyendo dos personas más, y les está ocurriendo lo mismo.

Repito: soy consciente de lo que escribo, y tengo la manía de recalcar cada escena. Es mi forma de escribir para que el lector lo sienta. Esta gente me demuestra que lo he conseguido, y ellos se unen a mí para terminar con una injusticia inalcanzable, pero es un paso para que quien se cree solo, no lo esté.

Si quien me está leyendo ahora mismo se siente solo o diferente, que sepa que un tal Iván se siente igual, y ni está solo ni es diferente.

Si le queréis hacer compañía, la novela está aquí.

Millones de gracias por el apoyo.