jueves, 26 de julio de 2018

El diario de un fracasado 2 (últimos preliminares y primeros tres capítulos)

      



4

Una ambulancia llegó a casa de Ana.
     —¡Rápido! ¡Hagan algo, por Dios! —gritó Mariano a pleno pulmón. Los vecinos se asomaron al escuchar sus gritos y los rotativos de la UVI móvil—. ¡Se me muere!
     —¿Qué le ha pasado a mi Anita? ¡Cristo Santo! —gritó la vecina de enfrente mientras se recolocaba el batín. Tenía el cabello aplastado después de una plácida siesta, pero no importaba. Conocía a Ana y a sus hermanos desde que usaban pañales.
Bajaron del vehículo tres sanitarios equipados con varios maletines y botellas de oxígeno.
     —¿Qué ha ocurrido? —preguntó uno de ellos sin detenerse. Pasó por delante de Mariano como una escopeta; los otros dos, algo más despacio y con un maletín naranja cada uno, lo seguían sin articular palabra.
    —¡Está en el suelo! —gritó Mariano corriendo en dirección hacia donde yacía su novia—. Ha… —Hizo una pausa, extasiado y aturdido al mismo tiempo. Quería decir tanto, y tan deprisa, que su cabeza juntó el cable veinte con el doscientos cuarenta y seis del cerebro, el sesenta con el treinta y cinco y el doce con el ciento veintiocho, de tal forma, que le provocó un severo bloqueo—. Ha empezado a…, a decir que… —Lo recordó. Revivió la angustiosa imagen de Ana mientras ella perdía la conciencia. La sanitaria se agachó para tomarle el pulso a la enferma—. No sé lo que ha ocurrido —continuó Mariano—. Es… es como si estuviera delirando.
    —Tiene pulso —confirmó la chica al hallar pulso radial. Mariano respiró llevándose las manos a la cabeza. Estaba empapado en sudor.
    —Y también respiración —añadió otro de los sanitarios.
    —Menos mal —comentó Mariano—. Joder… Qué susto, coño. Si es que… Ha sido todo muy rápido.
     »Hacía rato que habíamos terminado de comer, y como de costumbre, fui al salón a enfrascarme en una nueva aventura detectivesca. Me encantan las historias de misterio, y estoy coleccionando varias joyas de la literatura por fascículos. Ya me llego por la cuarta entrega, y… —Se detuvo de nuevo, ruborizado. Hablaba y no se daba cuenta que lo que explicaba no venía a cuento—. So…son los nervios —añadió. La sangre, por debajo de la piel, salpicó su rostro como si fuera quimioterapia a 43º. Se le saltaban hasta las lágrimas por culpa de la vergüenza—. Les decía que… —Se enjugó la frente con la manga de la camisa y prosiguió—, estaba leyendo, cuando un estallido de cristales me sacó de la lectura. En un principio no lo di importancia, tan solo pensé: se habrá roto un plato; pero me asomé y vi a Ana de pie, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido para ella. Me acerqué para preguntarle qué le ocurría, de momento tranquilo, sin más. Cuando vi que no reaccionaba a mis preguntas, que se mostraba como abducida, me empecé a asustar. A los pocos segundos dijo que su hijo había muerto, y ahí me asusté del todo.
     —¿Su hijo? —preguntó la sanitaria. Mariano asintió con la cabeza. 
     —Y, ¿está aquí en casa? —preguntó el otro sanitario haciendo ademán de incorporarse para echar un vistazo al cuerpo. Si era verdad, tendrían que explorarlo.
     —No, qué va —respondió Mariano—, eso es lo extraño. —Ambos sanitarios cruzaron miradas—. Ayer marchó al servicio militar y no hemos recibido ningún tipo de llamada que confirme un suceso tan terrible. —Los sanitarios seguían mirándose—. Hoy es su cumpleaños, y que yo sepa, Ana y él nunca se han separado. Tiene que ser que lo echa de menos, no encuentro otra explicación.
     —Pero de echar de menos a sufrir un ataque, además diciendo algo que, según usted, es incierto… —dejó caer el tercer sanitario que, hasta ese instante, no había intervenido en nada, solo miraba con atención tanto a Mariano como a sus compañeros—. No es muy normal comportarse así, ¿no le parece?
     —Pues no —respondió Mariano, más serio de lo normal. No le había gustado la intervención de ese gigante al que el chaleco del uniforme le quedaba pequeño. Si estiraba los brazos lo partiría como un forzudo partiendo la camisa con los pectorales—, pero puedo asegurarle que mi novia está en sus cabales.
     —No dudo de su palabra —continuó—, pero necesitamos llevarla al hospital para que le hagan pruebas.
     —Claro, lo que sea menester —contestó él. Sacó un cigarrillo y, dejándolo colgando sobre la comisura, al darse cuenta de que igual era peligroso encenderlo, preguntó—: Sí puedo fumar, ¿no?
     —Es su casa, o la de su pareja —intervino la chica encogiéndose de hombros.
     —Claro, claro. Lo decía por si…
     —Es un ataque de pánico en toda regla —confirmó a sus compañeros el que tomaba la tensión a Ana, interrumpiendo a Mariano sin miramientos—. 16/9 de tensión, 120 pulsaciones y 95 de saturación. Hay que trasladarla.
     —¿Eso es malo? —preguntó Mariano, muy alarmado. No dejaba de dar caladas.
     —No, es una reacción del corazón ante un excesivo estado de estrés —explicó quien la había atendido—. Los corazones jóvenes reaccionan ante situaciones así igual que una caldera se bloquea por un escape de gas, ¿comprende? —El hombre asintió con la cabeza, calada tras calada—. Tanto el paciente como su alrededor lo sienten como que van a morir, y se asemeja mucho a los síntomas del infarto, pero nada más lejos de la realidad. Solo es una explosión de nervios.
     —Ni que lo diga… —añadió el nervioso novio—. Cada vez que me acuerdo de su cara mientras le daba el ataque… —Se llevó las manos al rostro—. Creí que se quedaba en el sitio.
     »A Iván, su hijo, le dieron muy mala vida en el colegio, por lo poco que me ha llegado a contar —continuó. Dio una nueva calada—. Creo que tiene mucho miedo a que le ocurra algo similar en el cuartel. Es un chico… Especial.
     —Puede que sea por eso, sí —añadió la chica—. De todas formas, ya le informará el médico de urgencias con las pruebas correspondientes. Nosotros le confirmamos lo que vemos en una primera valoración: ataque de ansiedad con pérdida de conciencia, sin herida abierta en la cabeza tras el golpe. La paciente tiene pulso y respira, pero no coopera. Tienen que hacerle pruebas para que vuelva a su estado normal, ¿de acuerdo? —Mariano asintió de nuevo—. Pues, en marcha.
      El que estaba de pie salió en busca del conductor. A los pocos segundos, y teniendo los gritos de la vecina histérica como telón de fondo, entraron con la camilla cuchara.
     —De haber estado aquí Iván, él mismo habría intervenido —dijo Mariano, sonriendo.
     —¿Ah, sí? —preguntó el sanitario que estuvo todo el tiempo de pie, ahora formando un bloque para dar la vuelta a Ana y colocar una pala de la camilla bajo ella—. ¿También es sanitario?
     —Sí, es voluntario de Cruz Roja, y estuvo… no sé el tiempo, pero trabajó en una empresa de ambulancias hasta hace poco. No me hagáis mucho caso porque no estoy muy puesto en el tema, pero vamos, que en Cruz Roja de fijo que sí. He visto las fotos que guarda su madre con el uniforme.
     —Pues no me suena ningún Iván —intervino el conductor, resoplando al encajar las dos palas de la camilla—. Una, dos… ¡Tres!
      Levantaron a Ana y la llevaron en volandas.
     —Haga el favor y tranquilice a la señora pesada que está en la puerta —le indicó uno de los sanitarios a Mariano—, que así no nos va a dejar trabajar. —El aludido se adelantó a ellos y salió a la calle.
     —¡Ay, mi pobre Anita! —gritó la señora, con el típico gesto cómico de toda vecina cotilla: mano en el pecho, párpados entrecerrados y boca arrugada, fingiendo que siente mucho lo que ha ocurrido, pero no es más que la pamema de una de tantas muchas que sobreviven del marujeo—. ¡Qué desgracia más grande! —añadió. Se mordió el labio inferior para sobreactuar.
     —Nada, no es nada —contestó Mariano—. Pronto estará bien. Una simple lipotimia. —Mintió—. Ahora unas cuantas pruebas en el hospi…
     —¡Cuidado, Raquel!
     Tanto Mariano como la vecina miraron en busca de los gritos, y también, del sonoro golpe que los acompañó. La sanitaria quedó eclipsada mirando una de las fotografías que había sobre la mesa del pasillo, lo que hizo que sus brazos perdieran fuerza, flojeara y la camilla resbalara por su lado. Afortunadamente no le ocurrió nada a la paciente porque otro de los compañeros, veloz a pesar de su hipermetropía, pero al parecer, con los reflejos de un lince, echó mano enseguida para nivelar el peso.
     —¡¿Qué demonios te pasa, tía?! —No fue una pregunta, sino que su compañero no entendía qué le había pasado para despreocuparse así de su trabajo y cometer una torpeza tan seria. Ella continuaba mirando la fotografía—. ¿En qué estás pensando? —Mariano entró.
      —E… ¿ese es Iván? —le preguntó la chica al recién llegado, lívida, sin dejar de mirar una fotografía de Iván.
      —Sí, ese es —confirmó Mariano—. ¿Lo conoces?
     La joven asintió con la cabeza, sin recuperar el color. Sus ojos, negros y brillantes como el betún, no se apartaban del retrato.
     —Hi… hizo el curso de primeros auxilios conmigo —terminó por decir.
     —Pues ni que se hubiera muerto de verdad —comentó otro de los sanitarios—. Parece que estuvieras viendo un fantasma. —Ella siguió mirándolo—. Pues fíjate que a mí no me suena de nada.
     —¡Venga, vamos! —gritó el conductor. Levantaron la camilla de nuevo y salieron.
     —Puedo ir con ella, ¿verdad? —preguntó Mariano, momento en que tiraba el cigarrillo al suelo.
     —Sí, por supuesto —respondió el de la vista de lince con cristales 4x4—, pero adelante, junto al conductor.
    —Muy bien.
    —¡Ay, mi Anita! —gritó la dramática vecina haciendo aspavientos—. ¡Pobrecita mía de mi vida!
    —¡Apártese, señora! —vociferó el conductor—. No está muerta, ¡pero pesa como tal!
    —¡Quítese de en medio, señora Rosa! —gritó Mariano, enfurecido—. ¡Joder! —Ella, mirándolo con ojos de loba, de odio profundo, fue reculando sin articular palabra—. Siempre pendiente de todo, coño.
    —Es lo que tienen los pueblos y los barrios —comentó el conductor—. Sube conmigo.
    Subieron a Ana.
    —Estás alelada, Raquel —le dijo el lince mientras daba una palmada cerca de sus ojos—. ¿Qué te pasa? —Ella negó con la cabeza para restar importancia, pero se acordaba de Iván; no solo de él, sino de lo que le había hecho, que no fue nada bonito precisamente.
    —Nos vamos —anunció el conductor.
   Pusieron rumbo al hospital.



5

—¡¿Qué coño pasa con el sargento?! —gritó el teniente coronel en mitad del patio. Había dejado de llover con fuerza, y tan solo un pequeño grupo de gotas, cayendo pausadamente como si pertenecieran a un grifo mal cerrado en mitad de las nubes, no desistía a la hora de refrescar el ambiente—. ¡¿A qué espera para regresar?! —Se quitó la gorra y, rápido como uno de los rayos que había soportado repetidas veces mientras se mantenía a la espera, peinó su acaracolado cabello de un solo movimiento. Sintió aspereza y un ligero tirón cuando los nudillos apelmazaron la mata de pelo en la coronilla, pero culminó la acción sin darlo importancia. Prefería bramar en cólera—. ¡Me cago en su puta madre! —Tiró la gorra al suelo y la pisó. Retorcía el pie con salvajismo, como si se estuviera asegurando de apagar una colilla traicionera. A continuación, y ante la atónita mirada de los presentes, salió en busca del sargento.
            Voy a joderte pero bien, se dijo apretando los puños con furia animal.
            Empujó la doble puerta como si la envistieran las astas de un toro enrabietado. Ambas chocaron contra la pared provocando un sonoro estruendo en el espacioso habitáculo; después, volvieron a cerrarse cuando el teniente ya había entrado.
            —¡Voy a joderle, sargento! ¡Ya lo creo que sí!—vociferó a un paso de la escalera—. ¡Me está haciendo perder el tiempo! —Comenzó a subir. Las botas se arrugaban en la parte del empeine como si fueran el gordo pellejo de un felino sin esterilizar, rechinado con un sonido similar al que pueden provocar los muelles de un viejo sofá soportando peso—. ¡No le va a reconocer ni su Santa madre, sargento! —rugió en mitad del descansillo—. ¡Pienso meterle el cañón del fusil por el culo! Y dispararé… Por mis muertos que dispararé, cabronazo —masculló.
            El aire se le escapaba por la garganta convertido en abrasante vapor. Era como si tuviera gas en vez de oxígeno. Llevaba una cálida ola concentrada entre la boca y el pecho, donde el corazón, omnipresente porque parecía estar por varias partes del cuerpo, bombeaba extasiado. —El teniente era un ser agrio y amargado. Ningún soldado le había visto reír nunca hasta que entró en el cuartel el hombre con tetas. Al verlo rio más que en todos sus años de existencia. Sin embargo, parecía haberle durado poco la guasa—. Terminó de subir, acalorado, con fatiga y los ojos llorosos. Era como si hubiera estado corriendo durante más de diez minutos, sintiera los mofletes como dos piedras bajo las cuencas y los labios secos y agrietados.
            —Te voy a dar pal pelo —se dijo delante de la habitación.
            Quiso entrar disparado. Iba desprotegido. La rabia le había hecho olvidar que, quizá, el sargento hubiera tenido problemas con el militar nuevo, y que tal vez, este último podría haber hecho uso del arma y aniquilar a su oficial. No se dio cuenta hasta frenar en seco después de caminar dos pasos. Con medio pie izquierdo en el umbral y el otro dentro del infierno, se detuvo como si su corazón hubiera dicho «basta» en el momento preciso. El cuerpo muerto del sargento lo dejó petrificado. Los párpados se le elevaron al máximo. El puntiagudo final de sus pobladas cejas acariciaba el flequillo mientras perdía el color. Todo el rubor colérico descendía como si su tez fuera el mercurio de un termómetro a la hora de enfriarse. La pieza inferior de su dentadura postiza parecía pesar quilos, por ello dejó caer la mandíbula en lo que lo observaba todo. Deseaba quedarse ciego, no verlo para no devolver la vida al sargento y después rematarlo a golpes. Lo llamaba estúpido en pensamiento a la vez que sentía miedo por ver peligrar su vida. Estaba muerto, sí, muerto por completo. Los ojos del cadáver no tenían vida, pero no obstante, esa mirada vidriosa era de las más letales y aterradoras que había visto nunca. Se reflejaba su silueta en las pupilas, y al verse temblar era como si estas aún vivieran, solo que en el cuerpo de alguien que se había despedido de la Tierra recientemente.
            —Qué… —escupió. Una opresión le cerró la garganta en mitad del habla. Tragó saliva y continuó—: ¿Qué cojones ha ocurrido? —Las palabras le salieron con silbido. Su voz se antojó como la de un laringomatizado inexperto a la espera de aprender a manejarse para hablar.  
            La fuerza del viento empujó lo poco que quedaba al descubierto de la persiana y la hizo vibrar. Por momentos, le recordó al portón metálico al que siempre veía a la mitad en la panadería de su hermano.
En invierno de 1942, recién cumplidos los ocho años de edad, el teniente —por aquel entonces solo conocido como Adolfito— corrió hacia el establecimiento tras la orden de su madre. «Adolfito, ve en busca de tu hermano y tráelo para la casa. Es hora de cenar». El niño acató la orden (treinta y cinco años antes de darlas él) encontró el portón bajado hasta más de la mitad. Su hermano siempre lo dejaba así mientras recogía todo y hacía cuentas. Esa noche llevaba cerca de dos horas de retraso. Terminaba el trabajo a las siete de la tarde y pasaban las nueve menos cuarto. El viento embestía contra las débiles puertas y ventanucos de madera como si se tratase de olas de mar chocando contra rocas. El portón temblaba, y el pequeño se lo imaginó como si los bordes que lo sujetaban fueran los brazos de dicho hermano cuando lo zarandeaba, y el rectángulo de hierro, su cuerpo aguantando el castigo. Con ocho años hay poca diferencia entre la realidad y la ficción, lo real y lo imaginario. Un portón de hierro tirita porque tiene pupa, y miedo al zarandearlo. Para un niño es así; para Adolfito, era así. Apenas tuvo que agacharse demasiado para poder pasar. Olía a huerta, pero tanto, que entraba por sus fosas nasales y le picaban los ojos. Agustín, madre te llama, comentó, pero ni veía a su hermano ni le respondía. Por el suelo se repartían trozos de verduras y hortalizas, lo que le indicaba que Agustín aún no lo había barrido. Se adentró más en la tienda, con sigilo; al fondo, donde empezaba a verse la trastienda, iluminaba un foco intermitente. Era como ver la claridad del día a través de una ventana por la que no deja de pasar gente y nubla las vistas. ¿Agustín?, preguntó de nuevo y dio unos cuantos pasos más. Una sombra, algo que no sabía identificar, se manifestaba y se escondía; burlona, o así lo creía él. Cuando llegó al umbral, el aire que retenía se le escapó como si su pecho fuera un globo al que fuerzan para extraer el aire. En vez de sonar ronco como en la actualidad, su voz infantil emitió un ligero pitido; sin embargo, la densidad de sus cejas —ya con pocos años de vida— sí se pareció bastante al gesto que acababa de vivir tras ver al sargento muerto. Se elevaron al máximo al levantar los párpados y abrir una boca descomunal. Su hermano mayor pendía del techo a modo de péndulo. Se había atado una soga al cuello no hacía mucho, ya que aún su cuerpo no dejaba de dar vueltas. En cada una de estas, la soga se deslizaba forzosamente por la madera y emitía un irritante sonido, muy parecido al de la piel de sus botas cuando subió los escalones. La de por sí pálida tez de Agustín, había cambiado a un tono un tanto azul, con el rostro abotargado y una mueca de asfixia capturada en el último instante de vida, y donde una lengua que, vista en esas condiciones, daba la sensación de estar inflamada y ser más grande que la boca en la que se había atascado, empujaba a los carrillos dibujando media pelota de tenis en cada uno de ellos. Era como si hubiera querido soltar una pedorreta a modo de despedida macabra y el cuerpo no hubiera querido dar más de sí. Jódete y baila. Balancéate de un lado a otro como si fueras un saco de boxeo recién golpeado. La vida te golpeó duro, ¿eh? Perdedor.  Adolfito vio que tenía los párpados caídos, tan arrugados como la piel entera de la abuela, la misma que ese mismo día no se enteró del suicidio de su nieto porque hacía siete años que su cerebro se había secado; el cuerpo iba por el mismo camino al no ser capaz de dar un solo paso sin ayuda. Sin embargo, el niño los vio abiertos. Primero fueron varios meses seguidos imaginando que Agustín enderezaba el cuello que le había visto colgando como un pollo recién estrangulado, metía la lengua, levantaba los párpados y, mientras sonreía, observándole a contraluz, con unos ojos ansiosos como los de alguien en delirium tremis, le susurraba: eres muy malo, pequeño, y te voy a canear de lo lindo; a continuación, se balanceaba imitando el característico tembleteo que sufría el cuerpo de Adolfito cada vez que este lo zarandeaba… Posteriormente lo imaginó muy de vez en cuando, antes de ser solo de vez en cuando, y así hasta la edad adulta, donde la imagen había desaparecido casi por completo. Delante del cuerpo del sargento, y con el incesante ruido de la persiana, no, ahí regresó como el primer recuerdo que vuelve a la mente de alguien que ha sufrido un largo periodo de amnesia. Su cabeza se llenó de horror y lo repartió en angustia por todo el cuerpo. Había visto como cuatro o cinco cadáveres después del de su hermano, y con ninguno sintió lo que sentía ahora. Temía que el sargento se levantara, que esos ojos en los que veía su reflejo refulgieran como los de Agustín, y que la boca articulara algo, daba igual lo que fuera. Los muertos no pueden hablar, y escucharlos decir algo, aunque solo sea un susurro, ya es para acompañarlos en muerte.
Pendiente de que la boca del cadáver se moviera, escuchó un llanto fugaz. Se irguió de pronto con el alma encogida. Era como si le hubieran agarrado de sus partes desde atrás, y al no esperarlo, diese un ligero saltito. Volvía a ser el llanto de un bebé, y el mismo que había escuchado el sargento antes de morir. Venía del fondo de la habitación, pero para el teniente había salido de la boca del muerto. Sí, lo creía igual que creyó durante años que su difunto hermano le hablaba en sueños. No conocía muchos llantos de recién nacidos. Hacía veinte años que había participado en la creación de un porrero sinvergüenza después de decirle a su esposa que solo metería la puntita, y fue esta quien se encargó de cambiarle los pañales y aguantar sus llantos; él roncaba como un tronco todas las noches, por lo tanto, no era muy digno de cerciorar si había llorado un bebé o qué cosa.
Lo escuchó una vez más. En el cuartel no había más que hombres, y desde hacía un día, uno de ellos con tetas. Niños, ninguno. No entendía qué era eso que lloraba.
—¡¿Estamos de guasa, EH?! —Al terminar los gritos, su nuez subió y bajó como si dentro de la garganta tuviera una pelota. Quería hacerse el duro, pero lo de fingir nunca había sido su fuerte. Por un momento pensó que al ser ridículo que le había vuelto a hacer reír después de muchos años de amargura le había dado por revelarse y pasar al bando de los graciosos. Acababa de matar al sargento y ahora le estaba preparando una encerrona a él—. Así que quieres jugar, ¿eh? —preguntó mientras se arrodillaba para coger el fusil del sargento—. Pues conmigo lo llevas claro, mediomedio. —Agarró el arma con fuerza y lo cargó—. Si se te ocurre hacer alguna tontería, te agujeraré esas tetas de putita hasta que las balas te sepulten las aureolas de los pezones. ¿Me oyes? —No obtuvo respuesta. La habitación quedó en pleno silencio. La lluvia amainó, e incluso el viento había dejado de soplar—. ¡Que si me oyes, hijo de perra! —vociferó. Mantenía su postura de hombre duro, pero el temblor de sus manos no estaba de acuerdo—. Has armado todo este jaleo para que alguien subiera y así cargártelo —miró a ambos lados, muy deprisa—. Porque estás cansado de tu jodida vida, ¿verdad? —Continuaba el silencio—. Pues no te preocupes, porque pronto llegará a su fin. Has asesinado a un sargento, y eso es un pecado de los gordos. Yo mismo voy a darte matarile, cabrón de mierda… —Avanzó dos pasos—. ¡Sal, hijo de puta! —gritó mientras apuntaba con el arma. Sus manos, al igual que sus piernas, temblaban como recién salido de una cámara frigorífica—. ¡Da la cara, cabrón! —Volvió a escuchar el llanto del bebé. Su cuerpo dio un nuevo respingo, como el último que había sufrido. Estuvo a punto de írsele la mano y disparar—. ¡¿PERO A QUÉ COJONES ESTÁS JUGANDO?! —Dio un nuevo paso, y entonces topó con el horror. Su cara se descompuso hasta el punto de parecer haberse cambiado los papeles con el sargento y ser él el nuevo cadáver. Le entró flojera en las manos y el fusil le bailaba sobre ellas como si estuviera sosteniendo un pedazo de cartón afectado por el soplido del viento—. Por los clavos de Cristo —Soltó sin hacer una triste pausa. Veía el cadáver ensangrentado de Iván; y sobre todo, sufría al ver el hueco de un horror profundo, inexplicable para todo aquel consciente de que una de las partes fundamentales de las que se compone el ser humano, es la cabeza. Iván se la había hecho puré visceral, y el ser ridículo, tal y como le ocurrió al sargento, ahora era lo más terrorífico que había visto en su vida.
Delante de él, mientras lo contemplaba con estupor, deseando apartar de él semejante vista, volvió a escuchar el llanto, solo que esta vez, asomando por esos pliegues de piel en colgajo que quedaban de la cabeza. Una bola negra de pelo ascendía sin prisa pero con libertad. El teniente se irguió llevado por el susto. El fusil se le resbaló de las manos mientras ya no solo tiritaba su cuerpo, sino también sus párpados, levantándose y bajándose con rapidez a modo de parabrisas. Esa bola de pelo tenía dos puntos rojos que lo miraban con fijeza.
—Satanás —masculló—. Es… ¡Satanás! —gritó a viva voz.
A los dos puntos enrojecidos se sumaron unos finos y no muy largos colmillos, en una boca no muy ancha pero lo suficiente como para aterrar. Tras la imagen, un bufido; y cuando el teniente quiso darse cuenta, aquello pegó un salto fugaz y salió disparado, haciendo “fu”, como gato que era.
El hombre se mantuvo unos cuantos segundos en silencio, los justos para avergonzarse de haber pasado miedo por un animal indefenso. Después, aún con vergüenza pero consciente de que no había peligro, bajó los párpados, apretó los dientes y, con suavidad, prácticamente para ni siquiera escucharse él, masculló:
—Un minino —apretó los puños—. Un puto minino.
Respiró con resignación, recuperando el color en el rostro.
El viento volvió a soplar con fuerza. La persiana se movió y, por momentos, el recuerdo y terror del suicidio de su hermano se unió a la tensión. Duró décimas de segundo, hasta que, al igual que le ocurrió al sargento, vio volar hojas del manuscrito de Iván.
La noche va a ser movida en el cuartel, pensó mirando los dos cadáveres.



6

—I… Iván —balbuceó Ana de camino al hospital. Tenía los labios secos, y articular palabra era para ella como intentar hacerlo nada más salir del dentista arrastrando la anestesia bucal—. SsSSe-e…e-e —añadió. Raquel levantó la cabeza tras escuchar el susurro, y entonces volvió a palidecer. No había logrado recuperar el color del todo desde que supo quién era ese tal Iván tan misterioso—. …ha ma-aa-a…ta…o —concluyó justo antes de volver a perder la consciencia.
            —Está agotada —comentó el de la vista de lince. Raquel y él viajaban atrás, al cuidado de Ana—. Le va a costar mucho volver en sí. —La chica asintió con la vista perdida, rumiando esa clase de recuerdos que aún le pesaban; y de ser verdad que Iván había muerto, tal y como decía su madre, le pesarían mucho más.
            «¿En serio pretendes seducirme? ¿Es que te lo has llegado incluso a plantear? Por favor, que me gustan los hombres, los hombres de verdad. Chaval… El muñeco de prácticas la tiene más grande y dura que tú. Tienes un problema, y yo que tú me lo replantearía. Eres muy tierno y bueno, eso sí, pero cuando una mujer tiene dentro a un hombre, da igual la ternura, el amor y los sentimientos. Una mujer quiere una buena pieza para gozar, grande y hermosa; si hace falta la mueve ella, pero ya sabes: más vale que sobre y no que falte… Lo siento, pero soy muy radical y sincera. Follar contigo sería como hacerlo con mi hermano de diez años. Olvídate», recordó una de otras tantas palabras que tuvo con Iván, alguien a quien cogió cariño después de todo. Terminó diciendo que era la mejor persona que había conocido nunca, pero los chicos con requisitos de bondad, amabilidad y en continuo ascenso a competir por el título al mejor o peor gilipollas, suelen ser siempre las mejores personas del mundo, los que más “te quiero como un amigo” escuchan y a los que recuerdan por ser un buen hombro donde las chicas lloran penas originadas por penes que caducan en una noche, nada más.
            Se acordaba bastante de él, mucho más de lo que se hubiera acordado la anterior “Raquel radical” de no haberlo conocido. No se portó bien con Iván, por ello, a pesar de que hacía dos años que acabaron las prácticas, el peso que soportaba era como seguir llevando la mochila con material de curas a la espalda.
            —Así que el hijo de la paciente hizo el curso contigo, ¿eh? —preguntó el de la vista de lince. Se sostenía agarrado a dos barras del techo, como las de los autobuses pero en tamaño mini (diseñadas para Iván por ser mini, según le dijo Raquel en una guardia nocturna). Los meneos a un lado y a otro por culpa de las curvas, también se asemejaban a los de viajar en un vehículo urbano—. No he coincidido con él en ningún preventivo, a ver si hay suerte algún día.  
            —No creo —respondió ella, sin mirarlo y con un quedo sonido—. Solo hizo las prácticas. —Tenía la vocecilla de una niña entristecida.  
            —¿Ya no volvió? —Raquel negó con la cabeza—. Vaya, otro listillo entonces. En cuanto les dan el uniforme, se largan y si te he visto no me acuerdo. —La ambulancia tomó una curva y su cadera se movió con brusquedad—. ¡Joder! —protestó en mitad de la conversación.
—Sorry —se disculpó el conductor a través del comunicador. Quien iba de pie, más calmado, siguió diciendo:
—Tienen mucha cara, ya me los conozco.
            —No fue por eso —Raquel seguía sin levantar la cabeza. Visualizó el rostro de Iván. Nunca le vio sonreír; en su cabeza había un adolescente solitario, con quizá ochenta años acumulados en un rostro que debería seguir siendo infantil. El Iván que conoció tendría que tener granos, no arrugas. La mezcla andrógina y su carencia de vello fácil le daban cierta beldad, pero por momentos, se le veía envejecido: dobleces en la frente, bolsas en los ojos y líneas muy marcadas al lado de la boca. Era un adolescente marcado por el sufrimiento, y en la memoria de Raquel, lo recordaba apoyado en una esquina del centro de formación, la que dividía el pasillo del aula de cursos para voluntariado con el de la sala de ayuda. Los toxicómanos esperaban  su vasito de metadona mientras a varias prostitutas y enfermas de VIH les facilitaban profilácticos para evitar enfermedades de transmisión sexual. Iván, con la cabeza gacha, se dividía entre lo recién aprendido en el día o en adelantarse y ayudar a esos hombres y mujeres que ya lo necesitaban. —En nueve meses de curso regaló alrededor de doce o quince cigarrillos a aquellos que luchaban por rehabilitarse, los invitó a algún que otro café de la máquina y les dio varios euros. Una prostituta con mallas agujereadas por varias partes y sin ropa interior debajo, y de escote pecoso y descamado, parecido a la psoriasis de alguien con calvicie, extendió sus manos llagadas uno de tantos días que Iván se apoyó en «La esquina del descanso» (como él la llamaba) para agarrarle el rostro. La mujer no tenía nada que envidiarle a la bruja malvada en cuanto a espanto se refería, pero en cambio, algo hizo que el chico tan solo temiera escasos segundos; cuando las manos le atraparon el rostro, dejó de temblar para que fueran ellas quienes lo hicieran. Calculó a ojo que no tendría más de treinta y cinco o cuarenta años, y al igual que a él le había envejecido el calvario, la soledad y el sufrimiento del mártir, a ella, la mala vida que, en la gran mayoría de quienes ejercer tan degradante oficio, el «no» se les prohíbe como si al pronunciarlo cometieran un delito mortal. Todas las mujeres obligadas a aliviar el deseo sexual de los hombres, por desgracia, se consumen y estropean igual de rápido que quien sufre mañana, tarde y noche, sea cual sea el mal que lo hace menguar y verse desaparecido del mundo, aun con vida, voz y voto; por ello, en su historia, Iván dijo que «puta» no es aquella que tiene que acostarse con un hombre por dinero, que el significado de esas cuatro letras está mal empleado. «¿Qué le dice el sufrimiento a la agonía?», le preguntó a Iván, sosteniendo su cara como si fuese un delicado trofeo que no quisiera dañar. Se lo preguntó una boca de piezas amarillentas y con cierto mal olor, pero para él, lo formularon los titilantes ojos donde podía verse brillar y, por momentos, una sensación extraña pero nada desagradable, lo convertía en una estrella. Negó con la cabeza y a ella se le saltaron las lágrimas. «La agonía niega conocer el dolor y el sufrimiento se expresa llorando», vuelve a decirle antes de mirarlo con fijeza, llorar con más fuerza y, segundos después, desaparecer. Iván lo comprendió días después, de nuevo apoyado en la esquina que separaba los dos pasillos, pensando (siempre pensando) en lo que sus compañeros empleaban la media hora de descanso para almorzar—. En el recuerdo de la joven, el chico levantaba la cabeza cuando ella y tres compañeros más pasaban por su lado sin dirigirle la palabra—. Nadie quería hacer guardias con él —continuó, todavía viéndolo con rostro de tristeza, de sentirse bastante pequeño o en un mundo demasiado grande para él. O cara de ver que había más cosas grandes que el mundo.
    —¿Y eso? —El lince la miró, ceñudo. Se movió con violencia por culpa de un frenado—. ¡Cuidado! —protestó mientras chascaba la lengua; a los dos segundos miró a Raquel para seguir diciéndole—: ¿Tan malo era?
      Ella levantó la cabeza. Lo hizo después de rumiar bastante su mal comportamiento con Iván. Levantarla no aliviaba demasiado su conciencia, pero le daba algo de valor para responder.
      —Era el mejor —lo dijo con seriedad, y desde lo más profundo del corazón. Su compañero quedó extrañado. Veía que algo había ocurrido entre ella y el chico de quien hablaban—. Ayudar era su vida entera, y en lo único donde siempre lo vi seguro. Enfermo que tocaba, enfermo que aliviaba.
      —¿Todo bien, Raquel? —preguntó al ver que ella agachaba la cabeza de nuevo.
   —Supongo que sí —respondió desganada, prácticamente con un soplido de su aliento—. Recuerdos, nada más.
      —¿Y no me los vas a contar? —Hizo puchero para animar el ambiente.
      —Por desgracia, los sabes tú y toda la base —afirmó ella.
      —¿En serio? —se sorprendió—. Pero, ¿quién es ese chico?
    Llegaron al hospital. El conductor frenó y las puertas traseras se abrieron mientras Raquel y su compañero de viaje se miraban como si fueran dos tortolitos que no saben qué decir o quién de los dos hablar primero.
    —¿Se ha despertado? —preguntó Mariano asomándose a la puerta; ellos seguían mirándose, más bien, Raquel no dejaba de mirarlo sin atreverse a responder.
    —Sí —Fue una respuesta forzada, de esas que se dicen teniendo en vista y mente algo diferente a lo que te obligas a responder. En el caso del lince, la chica era su campo de visión y Mariano un metepatas surgido en mitad de una importante conversación—, pero ha vuelto a perder el conocimiento —añadió, esta vez, mirándolo—. Ahora te dirá el médico, pero a veces suele ser normal. —Bajó de un salto.
    —Venga, que la bajo —dijo el conductor. Por lo general se encargaba de llevar la ambulancia y subir y bajar la camilla. No era ese exactamente su trabajo, pero lo hacía así por costumbre. Raquel también bajó.
     —Muchas gracias —les dijo Mariano, antes de caminar tras el conductor y el otro sanitario.
     —No hay de qué, y que no sea nada —respondió el lince; luego, miró a Raquel una vez más—. ¿Y bien? —Empezó a quitarse los guantes. Tirar del último de ellos dejó en el ambiente el sonido de un latigazo. Ella ni pestañeó.
     —Pichina —respondió, seria y avergonzada—, era Pichina. —Así era como conocían a Iván por el tamaño de su pene.
    El lince, al tirar del último guante mientras se mordía el labio inferior y bajaba los párpados, dejó en el ambiente el sonido de un nuevo latigazo, muy parecido al que sufrió interiormente al ver desvelado el misterio. No lo conocía, pero sí había oído hablar de él, y siempre como si fuera un chiste que nunca perdía la gracia en boca de nadie que lo contaba. Podían repetirlo una y otra vez, que Iván siempre se antojaba como peli de comedia favorita que no se cansaban de ver. Al ver así a su amiga, esa vez ya no le hizo nada de gracia la historia de Iván. Quizá, ni a él ni a Raquel debería habérsela hecho nunca.
    «Noto algo bonito cuando te veo, y cuando no estás, lo noto feo», recordó ella en boca de Iván y rompió a llorar. Su compañero la abrazó.


 7



El teniente coronel llegaba al patio. Llevaba la intranquilidad consigo, reflejada en un rostro compungido, lívido y con tan solo algún colorete justificando que, lo que caminaba, no era un cadáver andante. Sus piernas parecían las de alguien que vuelve a caminar después de retirarle la escayola que le ha estado inmovilizando las extremidades  inferiores durante meses: pasos cortos e inseguros, con la tibia y el peroné urgiendo a las rótulas a hacer lo que ellos quisieran; era como si hiciera la mención de una sentadilla con cada paso, pero un ápice de autocontrol le dijera: firme, muestra dureza delante de los que deben cuadrarse ante ti. No nos jodas, teniente.  Levantó la vista y vio al expectante grupo de militares con sus novias a la espera de recibir noticias, y nadie más que él se las iba a dar.

            Me cago en la hostia divina, Adolfo. Dureza, coño. ¡Dureza!

            Sacó un pañuelo de tela del bolsillo, lo utilizó para enjugarse los labios y, tras un carraspeo, se detuvo y gritó:

            —¡Firmes! —Los presentes dieron un respingo antes de cuadrarse—. Se acabó la fiesta; las mujeres a su puta casa. ¡Ya!  —Unas cuantas salieron escopetadas, excepto Esther y alguna otra—. ¿Tú no oyes? —Se dirigió hacia Esther. La miró con odio, totalmente enfurecido—. Lárgate cuanto antes —añadió con voz lenta, pero mientras le temblaba la mandíbula.

            —No somos ganado —respondió la chica. Su novio (o al menos lo era hasta la discusión) la miró copiando la lividez con la que se había presentado el teniente. Este último miró al aludido antes de que agachara la cabeza como si no la conociera de nada y no fuera con él.

            El teniente, tras varios segundos mirándola con ojos refulgentes en ira, esbozó una falsa sonrisa que, instantes después, dio origen a una leve carcajada.

            —Nos ha salido con cojones la muchacha, ¿eh? —La pregunta fue cachonda, sacudiendo el cuerpo al retener la rabia, mirando en derredor a todo el cuartel. Al finalizar, volvió a mirarla sin borrar la sonrisa—. Eres la novia de este, ¿no? —Ladeó la cabeza a modo de tic nervioso para señalar al rubio.

            —Lo era —espetó muy directa y segura de sí misma. El chico se ruborizó mientras sus compañeros le miraban con el rabillo del ojo—. No puedo seguir queriendo a alguien que se ha reído de un chico indefenso. Eso demuestra que no tiene corazón, y por lo tanto, nada para poder amarlo.

            Julián seguía con la cabeza gacha y picor en los ojos por el sofoco que sufría. El teniente serió el rostro y giró la cabeza para mirarlo.

            —¡Firme, cabrón! —Le dio un manotazo en el pecho mientras con la otra mano le tiraba de la camisa a la altura de los costados. El chico se irguió en el acto, pero temblaba igual que había temblado el teniente, el mismo que, después de dejarlo atemorizado, lo miró de frente. Le salía aire rabioso por el hueco de sus desalineados dientes—. Qué le hiciste a ese chico. —No fue ni siquiera una pregunta; las palabras salieron lentas y en un tono bajo, pero agudo. Julián no respondía—. ¡¿QUÉ LE HICISTE A ESE CHICO, HIJO DE PERRA?! —vociferó delante de sus narices. La saliva le salió disparada como perdigones de escopeta. Jadeaba con el rostro amoratado, dejando un pitido en el pecho al igual que el silbido de un bronquítico. En un rápido movimiento, le clavó el pulgar y el índice de la diestra al final del cuello, apretando con salvajismo mientras le decía—: escúchame bien, maldito cabrón de mierda —El joven tiritaba—: ¡Se ha matado! ¿Me escuchas? —Apretaba más—. ¡¡SE HA DEJADO LA CABEZA HECHA PURÉ!! —Esther se llevó las manos a la boca, horrorizada. Julián lloriqueaba como un niño de cinco años—. ¿Y sabes qué más, eh? —Seguía apretando. Le hundía las uñas en el cuello—. ¡El sargento ha muerto al verlo! —Los presentes saltaron del asombro—. ¡¡Y YO TAMBIÉN HE TENIDO QUE TRAGÁRMELO, PEDAZO DE MIERDA!! —Se le salían los ojos a causa de la ira. Eran como dos balas directas a impactar contra Julián—. Te voy a llevar arrastras arriba para que recojas los dos cadáveres, ¡¿ESCUCHAS?! —Apretaba más.
            —To…todos nos reímos de él, mi teniente. —Fue la voz de Dani. El teniente redujo la fuerza en lo que se giraba para mirar al dueño de las últimas palabras.
            —¡Y yo, maldita sea! —reconoció el superior—. ¡Pero una vez! —Se acercó a él—. ¿Qué cojones le hicisteis? ¡Nadie se mata por una burla! —Dani agachó la cabeza; el teniente le propinó un rodillazo en el estómago—. ¡Habla! ¡Habla o te quito la vida aquí mismo, desgraciado!
            —¡Le agredimos, teniente! —gritó Julián, llorando—. ¡Le agredimos mientras nos reíamos de él! —Volvió a bajar la cabeza para seguir llorando.
            —E… —Empezó a decir Dani, retorciéndose en el suelo—, el sargen… to también —Le dio un acceso de tos.
            El teniente miraba a Julián intentando serenarse.
            —Si él también lo hizo —añadió, con voz suave y más calmada—, acaba de pagar su culpa. —Respiró—. Ahora la pagarés vosotros—. Tú, llorica. —Empujó a Julián—. Sube arriba. ¡Vamos! —El chico obedeció y salió disparado—. Y tú lo mismo —le dijo a Dani. Obedeció igual, pero caminando encorvado. Esther los miraba. Rompió a llorar antes de esfumarse del cuartel y de la vida de Julián. Las demás la siguieron.
            Panda de hijos de puta, pensó el teniente mientras caminaba.   


*****

El teniente metió a Julián y a Dani arrastras en la habitación.
            —Entrad, hijos de perra —dijo mientras empujaba al rubio del cuello. Lo tenía agarrado con fuerza, y nada más pisar el cuarto, lo empujó como si fuera un saco de boxeo al que mover contra el frente. El muchacho trastabilló unos tres pasos hasta recuperar el control. Lloraba como un niño, y en cuanto vio el cuerpo muerto del sargento, no quiso levantar la mirada—. ¡Levanta la vista, cabrón! —Le dio un revés en la boca con la fuerza de sus nudillos; acto seguido, empujó a Dani, quien se acercó más y fue el primero en ver lo que quedaba de Iván. Este, al contrario que su compañero, en vez de bajar la cabeza la mantuvo fija en la escena, en estado de shock. El teniente se acercó apretando los puños—. Lo ves, ¿eh? —Tras varios segundos sin pestañear, el joven asintió con la cabeza mientras tragaba saliva—. Se ha volado la cabeza —le susurró al oído—. ¡Y la culpa la tienes tú! —le vociferó. Dani se echó para atrás—. ¡Tú y este! —Empujó al rubio hasta hacerlo caer de bruces delante del cuerpo de Iván. Se le cortó el llanto en cuanto lo vio de frente. Enseguida le vino a la memoria el haberlo visto en el vestuario mientras todos se reían de él; y el después, pasando lista con todos desnudos, siendo el sargento el cabecilla de una serie de insultos que los demás secundaron para crecerse delante del débil. El teniente se agachó con rapidez, atrapó la cabeza de Julián y se la sostuvo a la fuerza, con el fin de que mirara fijamente lo que había conseguido—. Míralo, desgraciado. ¡Míralo, hijo de puta! —Le apretaba en lo que él volvía a llorar—. Lo estás viendo, ¿EH? —Le zarandeó la cabeza—. ¡CONTESTA , MALDITO CABRÓN!
            —¡SIIIII! —afirmó, llorando a lágrima viva—. Lo ve...o —Se le atragantó la última sílaba. Quedó derrumbado emocionalmente.
            —Ahora a llorar, ¿verdad? —Volvió a zarandearlo—. ¡Ahora ten huevos, cabrón de mierda! —Le zarandeó más—. Escúchame bien, caracabrón, porque tienes una cara de cabrón que no puedes con ella —El chico seguía llorando—. Voy a hacerte la vida imposible mientras estés aquí. ¡Te lo juro por mi Santa madre! —Lloraba más—. Y ahí sí que vas a caer lágrimas, sudor y sangre. Si de verdad tienes valor, métete un tiro en la cabeza como ha hecho ese al que te oí decir que no tenía cojones. Si no lo haces —Le apretó más—, vivirás una tortura para toda tu vida... ¡Jodio mierda! —Le soltó con brusquedad.
            »Y tú —le dijo a Dani—. Te digo lo mismo. —Se acercó a él—. Aquí se insulta con mi permiso, se ríe con mi permiso y se caga con mi permiso. —El muchacho agachó la cabeza—. Lo habéis hecho todo sin mi consentimiento. Y ahora, con mi permiso, voy a joderos pero bien. ¡A los dos! —Dani se echó para atrás, estremecido—. No os vais a mover de aquí hasta que levanten los cadáveres. Comienza vuestra tortura.
            El teniente cerró con llave y se fue. Dani no articulaba palabra y Julián no dejaba de llorar.

8

Los párpados de Ana dieron repetidas y fugaces sacudidas antes de empezar a levantarse. Los ojos, protegidos por estos, habían dado vueltas alocadamente, como la luz de una linterna al moverla de un lado a otro sin rumbo fijo. El doctor de urgencias que llevaba su caso los vio vibran, momento en que dejó de rellenar el informe para dar la bienvenida a su paciente. Solo sabía lo que le habían comentado los de la ambulancia (con Raquel como una estatua de sal durante el camino, en el hospital y, seguramente, varios días más. Iván también fue el de la picha pequeña en el curso de primeros auxilios, y Raquel, un calco a la niña que se rio de él cuando enseñó el pene por primera vez, solo que un calco de diecisiete años por aquel entonces, casi dos más de los que tenía Iván. Primero llegaron las risas y más tarde los lloros. Ella no lo olvidaría nunca). Ana tenía las escleróticas enrojecidas, y al contacto con la luz, su rostro emitió una mueca de desagrado. Sintió un agudo dolor de cabeza, como si los pliegues de su frente sostuvieran un rectángulo entre las cejas y estas mismas.
            —¿Cómo te encuentras, Ana? —Una pregunta estúpida que, en sus veinte años de carrera, no había dejado de formular, por mucho que la primera vez le costara vergüenza. Cuando empezó, no siendo más que un simple residente de primer año, le preguntó lo mismo a un señor con fractura abierta de fémur. Podía verse perfectamente un astillado hueso sobresaliendo entre la rótula y el recto femoral, al que había atravesado como si una máquina de hacer agujeros hubiera agujereado algo de látex. Los gritos (berridos) tenían nombre y apellidos. El Dr. Jiménez (que así se llamaba) tuvo la mala suerte de preguntarle que cómo se encontraba delante de su adjunto.
 «Está en el hospital, lo que indica que bien no se encuentra, palurdo», le dijo fuera de la consulta. «¿Es que no ves los gritos? ¡Está a punto de desmayarse! Cambia tu pregunta por un: ¿Qué le ocurre?»
            El Dr. Jiménez se calló el devolverle ese “palurdo” a su superior, pensando que quizá, algún paciente desvergonzado, llegara a decirle algún día: “¿Que qué me ocurre? Dígamelo usted, que para eso es el médico”. Por lo tanto, siguió con la pregunta que él quería hacer.
            Adormilada, con la sensación de ser una de esas muñecas con la cabeza de porcelana y el resto del cuerpo de trapo, ligero y sin vida, Ana giró el cuello despaciosamente. A un lado vio los frascos de suero y una careta de oxígeno. Por momentos la imaginó burbujeante, como cuando su padre la tenía en el rostro y el aerosol pompeaba como el ácido de una pastilla efervescente. Su mente retrocedió tres años, la ambientó en un segundo a ese día recordado y creyó ser la familiar visitante que atendía a su progenitor enfermo. Desechando la idea tras un parpadeo, miró hacia el otro lado, donde el doctor, con tal vez diez o quince años más que el que atendió a su padre en sus últimos días, le demostró que no, que el pasado no era más que eso, y que el presente desencadenaba un nuevo desenlace.
            La flojera de los párpados se esfumó radicalmente. Atrás quedaron dos pesadas telillas de carne cuando los ojos las enterraron. Las pupilas se contrajeron, quedando como meros puntitos abatidos por dos arandelas color miel. En la blancura que llenaba el resto del globo ocular aparecieron  finas venillas de color rojo. Se ramificaban como las líneas que rompen las palmas de una mano y, según quienes saben leerlas, dicen que representan la vida. La de Ana se vio truncada por un repentino ataque de lucidez, de esos donde el corazón, latiendo precipitadamente como una bomba de relojería, parece ser el encargado de dar la orden, y no el cerebro. Se incorporó sobresaltada. Apenas movió las piernas, lo que jamás consiguió nunca en sus frustrados intentos por hacer una abdominal como era debido. Copió el mismo movimiento que, trece años atrás, dio sin remedio cuando su marido la estaba apuñalando.
            —¡Iván! —Esta vez no lo gritó por miedo a perder la vida delante de su pequeño, sino por temor a que él la hubiera perdido—. ¡Iván! —repitió, volviendo a girar el cuello de un lado a otro, con los ojos sin mirar hacia ninguna parte. Era como si de pronto se hubiera quedado sin vista.
            —Ana, ¡tranquilízate! —gritó el doctor, colocándole las manos en los antebrazos, pero ella se las apartó de una sonora palmada, como quien juega con otro en un calientamanos.
            —¡Mi hijo se ha matado! —Salió de entre las sábanas de un solo movimiento. La ropa cubrió al doctor, quien respiró hondo como si fuera a prepararse para que una pesada ola lo sepultara—. ¡Lo ha hecho! —Continuó gritando mientras se arrancaba la vía. El esparadrapo se había adherido a la muñeca igual que unos labios atrapados por los de la persona amada. Cuando se deja de besar, el goce de la pasión se esfuma como si jamás hubiera existido, como una parte de un sueño camuflado por otra de mayor intensidad; ese cosquilleo instantáneo que la invadió en décimas de segundo cuando tiraba, se cambió por dolor, y lo bueno desapareció de su memoria (como esos labios que dejan de besar). El canutillo de plástico salió disparado por la presión de la sangre, igual que un supositorio a la inversa, y la vena escupió un ligero chorro escarlata antes de que la mujer saltara de la cama.
            El doctor peleaba por quitarse las sábanas de encima. Hasta liberarse, se sacudió de un lado a otro de la misma forma que quien intenta quitarse una camiseta demasiado ajustada. En el cuello siempre hace tope; la mandíbula parece ensancharse y las orejas se antojan como dos estorbos. La cabeza al completo es un estorbo, y por momentos, se desearía no tenerla.
            Ella no la tiene. ¡La ha perdido!, pensó llamándole loca. Cabía la posibilidad de que se creyera una falsa vidente, alguien con el don de predecir el futuro o percibir algo antes de que ocurriera. Según afirmaba su pareja, no habían tenido noticias de Iván desde el día anterior. Estaría empezando el servicio militar, y nada más. Pero… Si su hijo tuvo premoniciones toda su vida, ¿por qué ella no podía tenerlas?
            —¡Detente! —gritó el doctor, tirando la ropa al suelo con rabia. La paciente salió disparada hacia la puerta. Asió el pesado picaporte y tiró hacia ella. No obstante, cuando la madera se separó del marco, la mano del doctor la empujó para cerrarla.
            —¡Quite! —vociferó Ana, histérica—. ¡Tengo que irme! —Ambos forcejeaban.
            —¡No puedes ir a ninguna parte aún! —gritó el doctor. El forcejeo hacía que la puerta se abriera y cerrara—. ¡No tienes el alta!
Ni te lo pienso dar, se dijo. Vas a dormir en psiquiatría.
Al sentir el jaleo, una enfermera de estatura baja y con una montura dorada que encristalaba las perlas verdosas que tenía como ojos, acudió sin prisa pero sin pausa. Era muy conocida en el hospital precisamente por las gafas, ya que le daban un aire de maestra a la antigua usanza. Verla en la sala de reuniones era como revivir la niñez, colocarse todos rectos en los pupitres y no rechistar.
Ella sí rechistó: profirió un gruñido mientras le temblaba el pellejo abolsado que caía por su papada a modo de iguana.
—¡Qué ocurre, doctor! —Más bien salió como una pregunta alarmante y de tono elevado. Al terminarla, su palma izquierda golpeó la puerta. Sintió picor en ella por la brusquedad del golpe.
—(Haloperidol) ¡Rápido!
La enfermera salió apresurada en busca del inyectable.
—¡Tiene que creerme! —gritó Ana—. ¡Sé que mi hijo se ha matado!
—¡Es solo tu miedo como madre! —aseguró el doctor—. ¡Es tu conciencia!
—¡Sé lo que estoy diciendo!
En uno de los forcejeos, el doctor vio que la enfermera ya estaba al otro lado de la puerta. Dejó que Ana la abriera y, audaz, le quitó a su compañera la jeringa de las manos. Con agilidad, y mientras Ana se preparaba para salir corriendo, le clavó la aguja en el hombro y empujó el émbolo con rapidez para inyectarle el relajante. Su histeria se fue reduciendo y sus quejidos salieron roncos y débiles, como la voz de un magnetófono que va perdiendo pilas. A los pocos instantes, un irremediable cansancio se apoderó de ella. Las rodillas le pesaban una tonelada cada una, y se flexionaron por debilidad, perdiendo la estabilidad del cuerpo como si fuera un crucificado al que acabaran de romper las rótulas para que el peso del cuerpo penda y los pulmones no resistan el ahogo. El doctor la sujetó antes de que se desvaneciera.
—¿Qué le ocurre a esta mujer? —preguntó la enfermera.
El doctor no quiso responder, ansiaba recibir ayuda cuanto antes para que se la llevaran. 


A toda madre que haya perdido a uno o más hijos, porque solo ellas pueden explicar que, aparte del dolor físico y el dolor psicológico, existe el dolor de madre, y para ese no hay pastillas curativas, solo heroínas sin más remedio que levantarse y seguir caminando.
            Mi cariño para todas ellas.  


                             PRIMERA PARTE
                     Mi hijo se ha matado


Capítulo 1: Paz


Por primera vez en dieciocho años, Iván sentía paz (demasiada paz). Era triste que tuviera que haber muerto para sentirse a gusto, respirar tranquilo y tener la sensación de ser el rey del mundo. Por una parte, es una pena que una persona tenga que renunciar a vivir para encontrar el equilibrio, que no le quede más remedio que decir: adiós, hasta siempre, mundo, para empezar a vivir de verdad; por la otra, una inmensa alegría. Cruzar las puertas del cielo era para él como volver a nacer, solo que sin una mente que lo hubiera torturado antes ni después.  
            Tras pasarlas sin ser consciente de dónde se encontraba, comenzó a adentrarse por una pasarela esponjosa. Levitaba como urgido a un destino inconcluso, pero sin miedo, descartando la preocupación de que fuera a ocurrirle algo malo al llegar al final. Su mente al fin se había despejado, los recuerdos trágicos no le dolían porque ni siquiera tenía tiempo para centrarse en lo malo: estaba exento de dolor. Su cerebro parecía haberse aplanado de repente, como si lo hubieran estrujado y, vomitando todo el daño que contenía, ahora no fuera más que una herida sanada.
            —Es… ¡Es increíble! —gritó. Esbozó una amplia sonrisa; y lo mejor de todo es que no tuvo que forzarla, le salió del alma (y nunca mejor dicho).
            Una fuerza invisible lo arrastraba hacia allí, con ternura y mostrándole afecto a la vez. Se sentía querido (dieciocho años después de burlas, insultos, palizas y desprecios, Iván se sentía querido). El camino se componía de nubes parecidas a pedazos de algodón. Antes, solo lo había sentido cuando se daba golpecitos con él para curarse las heridas, ni siquiera el algodón de azúcar que tanto Grandullón como demás compañeros comían en los recreos. Sus padres los llevaban a la feria para que montaran en los coches de choque, el tren de la bruja o la noria. Iván solo había conocido los choques a la fuerza mientras lo empotraban contra las paredes, los postes de la portería o hacían de él un sándwich humano; no sabía de otras brujas que no fueran la de Blancanieves y aquella que le aterró tantos años: la malvada. Y por supuesto, jamás había subido a la noria; sin embargo, ahora alcanzaba una altura mayor. Estaba por encima del mundo entero, y aunque el egoísmo jamás penetró en él, estar tan arriba le hacía más importante.
            Las nubes le rodeaban. Era mágico para él sentirse rodeado sin terminar por el suelo o con el cuerpo dolorido. «Sentir el abrazo de un amigo». Lo quiso pero jamás lo sintió. Ahora sentía algo similar.
            —¡Me abrazan! —gritó, entusiasmado—. Y están suaves.
»¿Así se siente el abrazo de un amigo?
Rodeaban su cuerpo transparente con ademán cariñoso, le hacían cosquillas agradables y hasta le abrían paso como si se tratara de alguien a quien mostrar excesivo respeto.
—¿Por qué os apartáis? —Ello le confundía, sí, pero solo con verlas, sabía que no se alejaban porque fuera un bicho raro. No tenía nada que ver con lo que había sufrido en el colegio cada vez que lo abandonaban (nada que ver). Se retiraban para hacerle un hueco, para que su camino estuviera libre de obstáculos, por mucho que los deseara porque era agradable sentirlo. Iván no era ningún ídolo, ningún héroe, y no tenía mayor importancia que la que tenían las demás almas en el cielo. Simplemente, era uno más.
Por fin era uno más, no uno menos.
—Me siento alegre —anunció, con la cabeza bien alta. Anteriormente, su habitual postura era mantenerla gacha sin decir cómo estaba, tan solo la tristeza se reflejaba por sí sola—. ¿Esto es ser feliz? ¿Se siente así la felicidad?
Llegó hasta un arco luminoso. Era, sin duda, el pase al nuevo mundo.
Lo observaba anonadado. La paz que llevaba sintiendo se intensificó, como si todos los litros de sangre que tuvo en el cuerpo mientras vivía se hubieran cambiado por esa luminosidad y fuera la sustancia que lo mantenía activo. Era capaz de apreciar en su interior la fuerza que transmitía ese hueco.
—Estoy en la gloria —anunció de nuevo, como un niño entusiasmado con su nuevo juguete.

Cuando quiso darse cuenta, lo había traspasado.

Capítulo 2: Un Iván nuevo


Algo lo había arrastrado hasta allí; fue como si el claror que sobresalía por el hueco actuase a modo de imán. “VENTE CONMIGO”, le había dado a entender sin necesidad de palabras, y era la primera vez que veía cómo algo tiraba de su cuerpo sin intención de dañarlo. Se dejó. Respondió a esa fuerza con un gesto de: “Haz conmigo lo que quieras. Soy todo tuyo”. Se había entregado porque, una vez más, no hallaba ningún tipo de peligro. Seguía feliz (era feliz).
            Traspasarlo fue para su cuerpo como despegar una deportiva después de haber pisado una parte pegajosa del suelo. Durante la infancia le había ocurrido muy a menudo por culpa de pisar antes de que su abuela protegiera el hule con papel de periódico. Iván lo pisaba y, tras ello, escuchaba un “friík” que intentaba resistirse. Ahora lo había sentido en su contorno.
            Nada más cruzar, se miró las manos: tan trasparentes como la carcasa que envolvía los órganos del muñeco con el que aprendió más sobre el cuerpo humano en su cursillo como Técnico sanitario. Era un varón de juguete de unos 30cm, y el mismo que parecía estar forrado con un fino papel de liar cigarrillos. En verdad, la carcasa era dura y resistente, pero dejaba a la vista todo su interior. A Iván le encantaba mirar cómo se le transparentaban los pulmones, el corazón (al mismo que imaginaba en funcionamiento) y los intestinos. Sin darse cuenta, cada vez que lo miraba se estaba diciendo que no importaba ese plástico que los protegía, sino lo que este guardaba. Lo importante era el interior, y sin embargo, no tenía ni idea de ello.
            «En el corazón sales ganando, mi amor. Ahí sales ganando en tamaño».
            Fue lo que le dijo su madre, y llevaba razón. Iván tenía un corazón enorme. Daba igual el resto de su cuerpo, que fuera de chico a la mitad o con partes de chica. Tal vez las leyes del cuerpo humano dicen que el pecho de las mujeres tiene que desarrollarse, no el de los hombres. No obstante, por más anomalías que experimenten ambos sexos, corazón tienen que tener los dos para poder vivir. Se puede vivir sin senos; se puede seguir en la Tierra teniendo un pene de 3cm, pero nadie vive sin corazón.
            Iván poseyó el corazón más grande que jamás ha existido, y de esos que no dejan de latir nunca aunque certifiquen su muerte.
            A través de sus manos, su vista se deleitaba con la resplandeciente blancura de la habitación. No tenía cuatro paredes, sino neblina agradable; le era imposible apreciar su final, pero nada que ver con el infinito pasillo de “la casa de los gritos”. La parte esponjosa que le rodeaba era un lugar acto para pasar allí el resto de la eternidad.
            Soy como Casper, pensó al ver que era un fantasma. No tenía capacidad para pensar en otro tipo de espectro (allí no) por muy mucho que los últimos años de su vida los hubiera pasado viendo películas de terror. Ahora había llegado a un lugar nuevo, un lugar donde no existía más estancia que la agradable, y en donde los únicos fantasmas que lo habitaban, eran buenos.
            Sonreía al ver que sus dedos no eran lánguidos y alargados. Sus metacarpianos ya no tenían ningún tipo de deformidad. Anteriormente, mirárselos (las muchas veces que él mismo se hacía un gesto obsceno con el dedo medio delante del espejo) era verlos con forma de cono, y acordarse automáticamente de las peonzas que jamás llegó a bailar nunca, aunque sus dedos fueran más delgados que el juguete. Había llevado el pico de una de ellas en la nariz, desde los siete años a los dieciocho; pero no le dolía ahí, sino cada vez que se había mirado las manos. Ahora ya no tenía nada más ancho ni más delgado, era todo por igual.
            —No son deformes —se dijo, excitado—. ¡No son deformes!
            Mientras seguía contemplándolas, un fogonazo le sacó de su ensimismamiento. Pasó volando, como si la hoja de una espada acabara de asestarle un estoque con su reluciente filo. Se giró sobresaltado, y entonces toda la felicidad que lo había acompañado hasta ese instante se borró de inmediato. No tenía ningún cristal delante de él que le dijera que aquello se trataba de un espejo; sin embargo, enfrente de su atónita mirada se había formado una silueta. Tras dar el respingo llevado por el susto, la imagen se movió tal y como se había movido él.
            Veía un cuerpo traslúcido, un contorno como dibujado a modo de boceto, apenas apreciable pero existente. Era como si un pintor hubiera repasado con carboncillo una parte de la nubosa habitación, pero sin apretar, tal vez con miedo hacia su creación, con ese mismo temor con que se miraba Iván al verse diferente, pero diferente en otro sentido. Ansiarlo, y al mismo tiempo temerlo, era lo que le hacía buscar el origen de su figura, quizá esperanzado de poder borrarlo con una goma (con su material de dibujo: su compañía durante tantos años) en caso de tampoco gustarse así y evitar que se rieran de él.
            Ahora no se estaba mirando a propósito para peinarse la raya a un lado con el fin de ocultar el bulto de su cabeza, ni tampoco tenía delante a su espectro futuro, caracterizado por la belleza que jamás consiguió ver en sí mismo. Aquellas veces se vio guapo de chica porque le habían hecho odiarse, ser un monstruo físicamente.
«—Se mató para no verte, porque te odiaba. Vio que eras un monstruo.
—No. No lo soy. Soy como to…
—¡Estás mal hecho! Eres mitad niño mitad niña. ¡Tendrías que estar muerto tú, y no tu padre!».
Su cara de chico fue idéntica a la que vio en versión femenina, pero por más que hubiera asegurado en otro momento el calco exacto de dos gotas de agua, dos gotas gemelas, según Iván, él siempre fue inferior a la beldad  que compartía con su hermana. No, imposible ser guapo. ¿Con senos y su sexo estancado durante el tiempo de gestación? Para él, por supuesto que no…
Resulta increíble cómo la sociedad es capaz de destruir por completo el ánimo y tanto el interior como el exterior de una criatura. Los años que fue cumpliendo Iván no los celebraba con alegría, sino que más bien, fueron los aniversarios de su muerte.
Ahora ya estaba muerto como quería Grandullón. No tenía belleza; de hecho, no era nada, y sin embargo, había quedado impactado como si lo fuera todo. Era un fantasma, transparente como el muñeco anatómico. No se veía su interior porque no tenía. Todo lo que llenaba a ese contorno era la esponjosidad de la habitación.
—So… soy yo.
Claro que era él; era su alma, el interior que había imaginado infinidad de veces, rajado de la misma forma que se rajó el espejo del armario de su madre con la premonición del atropello. Cada vez que sufría una burla, un desprecio o una paliza, le provocaba tanto dolor en el alma que, si lo que tenía delante en verdad era real, entonces todo lo vivido no había sido más que un cuento, quizá la imaginación de un escritor frustrado con deseos de hacerse un hueco en el mundo. Un: estoy aquí, no me ignores que también existo. Pero no: pasado y presente habían sido y eran reales. Iván fue una persona defectuosa y lo que veía ahora era su alma.
Se miraba con atención, extrañado. Giró su cuerpo abstracto todo lo que le era permitido. Parecía una muchachita analizando con detalle el cómo le queda la ropa delante del espejo, el si está más o menos mona o si la falda nueva le hace demasiado culo. Era un nuevo Iván.
Haberse visto los dedos sin defectos le había alegrado, quizá restándolos importancia por ser aquello que no les importó demasiado a quienes toda su vida se creyeron perfectos e importantes. Un par de insultos por tener más grande los componentes del miembro equivocado. Unos cuantos: “E. T, teléfono, mi casa”. Fin. Lo demasiado largo en Iván jamás llamó la atención a su alrededor, ellos eran de hacer crecer el problema que, por causas de la naturaleza, no habría crecido nunca. Pero tenían que machacarlo. Para ellos, hacerlo era más importante que el comer para poder vivir.
Enmudeció. Quiso ser hombre desde bien niño, en la adolescencia llegó a sentirse chica (en parte, dada su ginecomastia y su cara bonita) y ahora no se sentía ni lo uno ni lo otro. Era algo con vida después de muerto, pero solo “algo”, eso era todo. ¿Dónde estaban sus senos? ¿Dónde estaba el micropene y los testículos infantiles? Habían desaparecido por arte de magia. Nada por aquí, nada por allá. ¡Sorpresa! Y en verdad nada por arriba y nada por abajo.
—No ten…go nada —pensó, incapaz de decirlo en voz alta. Estaba plano (genial. Dieciocho años después lo había conseguido) y asexuado.
«Jamás, jamás de los jamases, me harás daño; ni a mí ni a nadie. ¿Me has oído? Nunca en la vida. No eres malo, ni lo serás. Serás bueno siempre, cariño. Siempre».
En una de sus tantas pesadillas con la cabeza decapitada de su padre y la bruja malvada, Ana (su madre) le dijo que era como un ángel, porque estos son buenos y no le hacen daño a nadie. Años después, una vez más en clase de anatomía, la profesora comentó algo referido a la sexualidad:
«Ahora veremos la diferencia entre el cuerpo masculino y el femenino. Porque aunque parezca igual, no es lo mismo atender a un hombre que  una mujer dependiendo de lo que le ocurra, como podéis imaginar. Atenderéis a personas, no a ángeles sin sexo”.
Iván, ese día, uniendo lo que le había dicho su madre con lo que acababa de escuchar en boca de la profesora, volvió a hacerse un lío sobre lo que era, porque si se trataba de un ángel, con lo que había comentado la profe no podía ser una persona. El “¿qué soy?” siguió en su mente mucho más tiempo, sobre todo al escuchar la diferencia entre el cuerpo masculino y el femenino.
Quiso tocarse lo que una vez fueron sus odiadas partes, pero no pudo, pues lo que tenía por manos atravesaron la zona de un solo movimiento, igual que si la hubiera pasado por una nube de humo. Dentro de sí mismo movió la mano como si estuviera removiendo las bolas de un sorteo, y allí no estaba ni su pequeña cosita ni las dos bolitas con defecto de fábrica, marginadas del bombo al no estar rodeadas por el premio gordo… Reaccionando por instinto, toqueteándose apresuradamente como si él mismo se estuviera cacheando, llevó las manos al pecho. Siempre que lo había hecho para tomarse las pulsaciones de su acelerado corazón, el seno izquierdo le estorbaba. A veces se lo bordeaba y tocaba suavemente con las yemas, y otras lo estrujaba con rabia. Ahora no podía hacer ninguna de las dos cosas, ni tampoco mirarse las pulsaciones porque lo más grande de su cuerpo en cuanto a valor se refería, tampoco estaba allí.
—Dios mío —exclamó, por vez primera desde que había llegado al cielo, aterrorizado—, ¡¿en qué me he convertido?!
No solo no tenía sexo ni senos —aunque era lo que más le preocupaba— sino que tampoco contaba con ojos, nariz ni boca. Todo su rostro era un borrón difuminado, y al darse cuenta, su ser se encogió para volver a sentirse inferior al mundo, tanto al de los vivos como al de los muertos.
—¡No tengo ojos pero lo veo todo! —gritó a la vez que se masajeaba la cara—. Tampoco nariz pero no me falta el aire… ¡Carezco de boca pero puedo hablar y gritar! ¡¿QUÉ ES ESTO?! ¡¡¿DÓNDE ESTÁ MI CUERPO?! —Quería moverse con rapidez a un lado y a otro llevado por el nerviosismo, pero no lo conseguía. Luchaba contra la fuerza de la gravedad—. Mi cuerpo es ridículo y tiene que estar «Él fue quien se encargó de hacerle saber a todo el mundo que tu cuerpo es ridículo, que tienes tetas siendo un chico y un cacho de piel fofa entre las piernas» —Volvió a observarse, pero no había nada de lo que tanto le habían hecho creer—. Qué soy… —comentó, sin fuerzas—. Si no soy ridículo, ¡¡QUÉ SOY!! «Un fracasado. Un fracaso de no hombre, un fracaso de cuerpo y un fracaso de hijo». Por eso me maté —recordó—. Estoy aquí por ser diferente, pero… —Volvió a cachearse—. Me maté porque no soy un hombre como los de…
Escuchó un sonido plomizo en mitad de la beligerante lucha que mantenía por hacerse ver la realidad, una especie de portazo. Su primer pensamiento fue creer que todo volvía a ser difícil y aterrador, que no era más que un pájaro atrapado en una jaula. Tal vez reviviría el que lo encerraran dentro de un armario en clase de religión.
«—¡ABRID, ABRIDME LA PUERTAAAA!
—¡Te quedarás ahí para siempre, meón!
—¡¡QUIERO SALIR, QUIERO SALIR!!», recordó mientras un severo escalofrío hacía acto de presencia. Había olvidado lo que era convivir con el miedo, la angustia y esa gélida sensación que aflora por la espalda hasta erizar los pelillos de la nuca mientras el cuerpo tirita. No tenía vello, pero sí miedo. Antes quiso moverse rápido y su abstracta composición retardó la velocidad; ahora quería girarse con lentitud y, sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Con tan solo media vuelta vio lo que había causado el golpe.
—¿Y esto? 

Capítulo 3: El guardián de almas

1

A pesar de no poseer pulmones que controlaran su respiración, Iván tuvo la sensación de respirar aliviado. Su alma regresó a la comodidad tras ver que aquello tan sonoro y estremecedor no era más que un libro; grande y pesado, pero solo un libro. Desde lejos, y al haber quedado abierto al caer, esa especie de “M” aplanada le hacía parecer las alas de una gaviota descansando entre la esponjosidad del cielo. Era como si el libro se mantuviera a la espera para echar a volar de un momento a otro. Tenía los bordes dorados, del mismo color con que Iván, en sus mayores momentos de soledad durante la infancia, había dibujado cofres que resguardaban un importante tesoro. Dentro de uno de ellos, cuando tenía tan solo seis años, dibujó a su madre y a sus abuelos «Aquí la bruja malvada no os encontrará nunca», pensó en su día. Los dibujó abrazados, con miedo, igual que cuando se abrazaba a su madre porque sonaba el teléfono verde. Los coloreó con lápices de madera; sin embargo, para las cabezas utilizó rotuladores. No tenía ni idea, pero algo le dijo que, al usar algo más fuerte y grueso, las estaba protegiendo, y nunca, jamás, las vería separadas del cuerpo. «La bruja no os las quitará». En el interior de otro, dibujó un balón de reglamento, y en otro, muchos niños y niñas. Lo llenó de amigos, con color diferente de piel, rellenos y flacos. En el último cofre dibujó unos labios, casi idénticos a los de su madre, pero imaginándolos como los de una chica. Su abuela le había dicho que los hombres, cuando crecen, se casan con una mujer, los besan y tienen hijos. Fue la misma mentira que cuando le aseguró que el pene sirve para hacer pis. Olvidó decirle que, ni el sexo masculino sirve solo para orinar, ni que los hombres solo se casan con mujeres en la edad adulta. Para gustos los colores, y al igual que él elegía el dorado para dibujar cofres, en ese instante, mientras lo hacía, en otros lugares de cualquier parte del planeta, niños y adolescentes guardaban sus deseos en otros cofres, tal vez mentales por miedo a lo que dijera el mundo al desear besarse y casarse con alguien de su mismo sexo, y a los que después, en sus colegios e institutos, hacían la vida imposible por, según la sociedad, ser diferentes.
            Ni Iván ni ellos, seguramente, pudieron abrir los cofres y disfrutar del deseo. Desde luego él no. Sus dibujos fueron destrozados por un hombre de verdad llamado Grandullón, quien ya desde niño jugaba a los deportes de hombres, tenía los genitales del tamaño indicado y una boca como el vagón del metro, donde podía leerse «machista bocazas». Pero desde pequeño todo le fue bien, y a Iván no.
            Vio el libro abierto y recordó los deseos que guardó en los cofres. —Desde su llegada al cielo había pasado de no recordar nada a hacerlo con momentos que creía olvidados. Con cuatro años fue capaz de recordar su nacimiento, y sin embargo, más adelante olvidó todo lo que había deseado. Fue como lo que puede ocurrirle a una chica enamorada: recuerda todas las conversaciones que tiene con su amor platónico, pero a veces, es incapaz de acordarse de lo que ha comido el día anterior. El proteger a su madre y sus abuelos se esfumó con el paso de los años. La bruja malvada dejó de ser tan peligrosa para ponerse él como mayor criminal de la historia. El temor y las visiones le habían hecho creer que era un auténtico asesino, y que ese espectro encapuchado poco tenía que ver con haber decapitado a su padre… Querer un balón de verdad pasó a la historia por estar más pendiente de que su micropene diera el estirón sin que se lo retorcieran, y el tener amigos le quedó bastante claro —y demasiado pronto— que era imposible. «Es que sé que se van a reír de mí, mamá. Vaya donde vaya, me pasará, y ya no lo puedo soportar más». Lo dijo con casi dieciocho años, pero lo sabía desde los seis, desde el primer aviso de su enuresis sobre los coches teledirigidos. Ahí lo bautizaron de por vida.
            Se dirigió hacia el libro, optimista. El haber recordado lo de los cofres le dejaba la esperanza de, tal vez, encontrar allí sus anteriores deseos. Poco o nada importaban ya porque estaba muerto, y eso —a pesar de que en el cielo se sintiera más vivo que nunca— relega cualquier tipo de ilusión en vida.
            No solo relucía el borde de la tapa: dura, como un ejemplar escrito por un autor consagrado y, de cuyo alto precio, en un escritorcillo como Iván, es difícil de oler por más que escriba. Las memorias de un fracasado no le interesan a nadie, quizá por ello, medio manuscrito terminó en una de las papeleras del cuartel. También relucían sus páginas, y ello, le hizo por momentos volver a ansiar el ser escritor, como en los viejos tiempos. —A los doce años, mientras cogía fuerzas para regresar al colegio después de que Grandullón le hubiera deseado un nuevo abuso sexual, escribió su primer manuscrito: «El libro que enseñaré a mi hijo». Había deseado tener uno desde temprana edad, antes de que ese globo de agua estampado en la cabeza le robara la ilusión, antes de que los “pichapequeña” y “jamás podrás estar con una chica” le calaran tan hondo que no hubiera vuelta atrás. De pequeño los insultos le dolían, pero siempre había un pequeño foco  —aunque tenue— al final del túnel. Era una especie de saber pero no querer creer, de tal vez sí lo consiga, de que tener menos que los demás no es no poder… Atender a niños con un pene tres veces mayor al suyo y no dejar de ver a parejas por la calle besándose y abrazándose con su misma edad, pero unidos mientras él no dejaba de estar solo, le avisó de ese “pum” que terminó con su vida un año después—. Recordó su borrador, guardado en un cajón del escritorio junto a «El día a día de una vida». Dos historias que para él lo eran todo, pero que para el mundo jamás valdrían nada.
            RANKING DE NOVELAS SIN VER LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL (ni ninguna luz):
1-«El libro que enseñaré a mi hijo», escrito por un descendiente del espíritu Santo, porque meterla, no la metió en su vida. Demasiado arroz en el mundo para tan poca polla... Narra la historia de un padre protector, un ser frustrado y con el único fin de dar a su hijo todo lo que él no tuvo, cuidarlo y amarlo sin que nadie lo toque.
            2-«El día a día de una vida», de la pluma del mismo autor que quería hacer hijos antes de practicarlos. Cuenta la vida de un muchacho ridiculizado desde que pisó un aula por vez primera (desde los cuatro a los diez años).
            3-«El diario de un fracasado», del sudor y la sangre de Iván, autor de las descansadas novelas anteriores, cuyo cajón donde reposan, les da un comentario de una estrella: Están llenas de polvo, por si te quieres estrenar.
            —Me acompañaron mientras las escribía, y nunca me devolvieron los insultos —se dijo.
            De todas ellas, la más extensa, y donde más contaba su vida, era sin duda «El diario de un fracasado».
            ¿Qué harán con ella?, pensó mientras las páginas del libro gigante subían y bajaban como la luz de una fotocopiadora.  ¿Le prestarán atención? ¿La leerán? ¿Llegará a alguna parte?
            —Todo a su debido tiempo —Escuchó a su espalda.
            Se giró todo lo rápido que pudo, a la velocidad que le permitió el haber pasado a ser de una nueva composición, más ligera a la vista que un cuerpo humano, pero más pesada. Igual de engañosa que las apariencias.
            Observó a un ser vestido de oscuro, pero protegido por una especie de cúpula luminosa. En las películas, había visto a Dios representado con blancura, con ese toque inmaculado, igual que el manto de la Virgen. No podía ser él; sin embargo, verlo tan ennegrecido, como la penumbra que rodeaba al dormitorio donde habían nacido sus mayores temores, le recordó a…
            —Dime que no eres tú —suplicó, ya sin poder tragar saliva como hizo en tantas ocasiones cuando estuvo vivo.  —Solo podía tratarse de alguien, y si así era, significaba que las pesadillas no habían acabado, y que todo, absolutamente todo, era una gran mentira—. Dime que no eres la bruja malvada.

(PODRÁS LEER TODA LA NOVELA ESTE OTOÑO, SOLO EN AMAZON)