martes, 20 de febrero de 2018

Erótico (versión chico y versión chica)


Soy un chico malo
Pasamos a la habitación. Las persianas están bajadas y el ambiente es silencioso; lo único que se escucha es el sonido de nuestra ajetreada respiración mientras nos adentramos por el habitáculo del placer.

            Ella camina a tientas delante de mí. Mis manos cubren su vista para no estropearle la sorpresa. Noto cómo sus ojos revolotean nerviosos, y eso hace que la suave piel de los párpados se comporte inquieta frente a mis yemas.

            Camino un poco, descalzo, solo con el calzoncillo como única prenda. Mis muslos golpean los cachetes de su trasero en pompa. Lleva una ligera y fina braguita, y eso hace que mis piernas noten cómo su carne se bambolea al movimiento. Mi entrepierna da el aviso. El juguete se cansa de permanecer dormido y pide guerra. Empieza a crecer y elevarse. El capullo abre camino arrastrando la piel que lo estorba. Mi nena se estremece cuando siente que mi miembro obstaculiza su división trasera. Este, entre sacudidas intermitentes, empieza a latir como un corazón.

            Dejando escapar una bocanada de aire incontrolable, susurro en su oído:

            -Aún no abras los ojos.

            Vuelvo a soltar aire demasiado caliente, y mientras beso su hombro desnudo, el miembro me vuelve a protestar. Pide que le quite de una vez la prenda que estorba su función. Quiere entrar de entro de ella, ¡y entrar ya!

            -Quitaré las manos -vuelvo a decir, respirando forzosamente-, pero no abras los ojos hasta que no te lo diga.

            Responde con un "huhúm" al mismo tiempo que retrasa sus manos y las coloca en mis piernas. Las desliza rápido y las vuelve a subir. Está muy nerviosa. También respira con ajetreo, sin dejar de moverse.

            -No te muevas -digo a la vez que aparto mis manos de sus ojos y las llevo hacia su tripa. Vuelve a estremecerse cuando nota el contacto de mis dedos en su barriga, y entonces el ombligo me los golpea como si de pronto hubiese ganado dos kilos más.

            Mis manos notan su piel como si estuviera llena de granitos. Su abdomen copia el movimiento de mi pene al sacudir con fuerza, lo que hace que este se endurezca más y la llamada de alerta me diga que quiere entrar, ¡que vamos!

            ¡Vamos, tío! ¿A qué coño esperas? Y valga la redundancia. ¡¡Déjame entrar ya!!

            Pero es pronto. Toca jugar.

            -Ya puede abrirlos -susurro.

            Me hace caso y recibe al mundo en lo que vuelvo a besar uno de sus hombros desnudos. –Viste una fina camiseta de color blanco. Y ya estás tardando en quitársela, me dice la cabeza. Lo que no tengo muy claro es si me lo dice la de arriba o me lo ordena la de abajo. Las braguitas cubren el objetivo de mi inquietud. ¡Bájaselas ya!

            La habitación está llena de velas rojas. El cabecero de la cama deja de ser madera para mostrar un corazón de luces. Hay pétalos de rosa repartidos por el colchón.

            Busco las manos de mi nena para entrelazar mis dedos con los suyos, y después tiro con suavidad de sus brazos para abrirlos en cruz.

            -Estás crucificada, pecadora –susurro en su oído para acto seguido recorrer a besos el lateral de su cuello.

            Cierra la cruz llevando nuestras manos hacia su sexo, pero me detengo antes de que me haga tocárselo.

            -A-a-a –Se enrabieta al ver que me freno-. No tan deprisa, jovencita. Estoy bastante juguetón.

            Beso su cuello; levanta la cabeza y su melena se apelmaza en mi hombro izquierdo. Veo cómo dobla las piernas; y cuando suelto sus manos y empiezo a subir las mías de la barriga hacia arriba, vuelve a estremecerse mientras sus senos botan como si fueran dos flanes. Sé que quiere que se los toque, pero he dicho que es hora de jugar.

            Mete mano de una vez, palurdo. ¡Mete mano y méteme a mí! Méteme ya, cabronazo. No juegues más. 

            Lleva las manos a mi cabeza, y allí se entretiene a jugar con mi cabello mientras yo juego con su cuerpo. Cuando voy a llegar a sus senos, bajo de nuevo, escapándome hacia más abajo de las caderas.

            Escucho un gemido mientras atrapo la gomita de las bragas; tiro de esta y se las bajo hasta la altura de las rodillas. Subo las manos para alcanzar los senos, pero no los toco, sino que me detengo donde terminan. Vuelve a estremecerse al pensar que voy a acariciárselos. Pero no. He dicho que toca ser un chico malo.

            ¡Me cago en la madre que te parió! -Esta vez me debato entre tres cabezas: la mía de arriba, la mía de abajo y la de mi nena.

            Voy bajando. Recorro sus curvas como si mis manos fueran vehículos circulando muy despacio por la carretera. Al llegar a las caderas, me adentro hacia su sexo. Cuando la punta de mis dedos parece resbalar por la humedad que los rodea, los retiro para subir a la frente.

            Agg… ¡Qué grandísimo hijo de puta…!

            Ella se retuerce y protesta, cosa que me encanta. A mí y a mi juguete, quien vuelve a hacerse notar con un impulso en busca del placer.

            Bajo un poco la cabeza de mi nena, retiro la melena a un lado y empiezo a recorrer el cuello desnudo a base de pequeños besos, muy muy suaves. No puede estarse quieta por más que se lo pido. Sus piernas tiemblan de la misma forma que temblarían de estar orinándose. Está muy pero que muy nerviosa, y ese es mi objetivo.

            El mío es tomarme libertad y dejarte en ridículo a la primera. ¡¡Me estás jodiendo a mí, no a ella!!  

            Cuando mis labios llegan a la mitad de su espalda, se tensa como un arco; y entonces sí, sin que lo espere, mis manos atrapan sus senos. ¡¡Bravo!! Por fin, hijo. Se dobla al no esperarlo, y automáticamente se toca su sexo. Masajeo a sus dos amigas a mi antojo. Ella no sabe qué hacer.

            Se muerde los labios mientras mueve la cabeza a un lado y a otro. Sube y baja, indecisa y alocada. Sin darse cuenta, consigue que mi pene se frote con su trasero. Siento cómo se desliza. El capullo es puro fuego y escupe una gotita con intención de refrescar el ambiente, pero es tan cálida como el estado de mi miembro al completo.

            Ella se dobla. Me puede y cedo. La abrazo con pasión y deseo. Mi tiempo de juego se ve interrumpido por la frenética excitación. Mi juguetito ha enmudecido y solo sabe sentir. Aprieto los senos de mi nena mientras mi sexo queda estancado en su trasero. Deseo introducirlo cuanto antes, y sé que ella también quiere sentirlo dentro. Pero no puedo abandonar tan pronto.

            Abandona. ¡¡Ríndete!! Méteme. ¡¡Méteme yaaa!!

            »Tengo poder para que te rindas pronto. ¡¡Date por jodido!!

            Me quita las manos y se da la vuelta con rapidez. Me agarra del cuello y parece querer comerme a besos. Lleva una de sus manos a mi entrepierna y me atrapa el miembro con fuerza. Doy un respingo cuando mi juguete escupe una nueva gotita. Él se siente como si le estuvieran estrangulando, pero a mí me deja petrificado por completo.

            Te lo dije. ¿Quién ríe ahora?

            Yo, porque me encanta.

Me ha dado en mi punto débil. Tiene toda mi hombría en sus manos, y ahí, por mucho que intente defenderme, es imposible.

            -Vamos a ver qué tal se porta esto, chico malo -me dice antes de besarme con ahínco. Es un beso corto pero poderoso. Acto seguido, me baja el calzoncillo. Si con la prenda me sentía aprisionado, cuando me la agarra al desnudo me doy por jodido.

            Vas a sufrir tela marinera, por espabilado.

            Aprieta. Mi pene late abruptamente y parece que va a explotar. Crece unos milímetros más mientras echo la cabeza hacia atrás y miro al techo. Abro la boca como atontado y al mismo tiempo que siento cómo mi juguete se afana en desaprisionarse. Entre la mano de ella parece una pastilla de jabón que resbala al apretar la mitad de su cuerpo.

            Estoy húmedo y derrotado, y lo que parecía una pastilla de jabón empieza a resbalar de verdad arriba y abajo cuando ella mueve su mano.

            Sí, sí, ¡SÍIII!, jajajaja. ¡¡Me está meneando, cara pijo!!

            »Sigue, nena.

            Noto cómo pasa la punta de la lengua por la mitad de mi escroto, acariciando a los acompañantes de mi juguete con su húmeda amiga. La tensión se extingue y siento que voy a desvanecer. Me tiene a su entera disposición.

            Ups… Tengo ganas de vomitar, y lo voy a hacer para joderte.

            Me baja más la piel del pene y este parece señalarla a presión. Repite el mismo movimiento con la lengua, pero esta vez por el frenillo. Siento una especie de cosquilleo ardiente y empieza a picarme. Lo redondea con la lengua. Consigue que me vuelva loco de placer.

            -aaAHp... –Disparo. Me tiritan las piernas cuando se mete mi sexo en la boca. Se me escapa una gotita más de líquido, ¡pero es que me encanta! Vomito. Voy a vomitar-. Pa...ra -digo, con un escalofrío recorriendo mi cuerpo-. Para si no quieres que se acabe la fiesta

            Ella niega con la cabeza.

            -No, no, no...  -dice-. Nada de rendirse tan pronto, chico malo. Tienes que portarte bien.

            -¿Sí?

            Asiente.

            -Entonces, prepárate.

            La cojo sin apenas terminar de hablar y la llevo hasta la cama. Ambos caemos de golpe. Me gustaría ir más despacio, pero no me controlo.

            Bien… ¡¡BIEN!!

            Bajo a su sexo. Me agarra la cabeza y tira del cabello cuando se lo recorro con la lengua. Quiere que pase a mayores, pero me repito que soy un chico malo, muy muy malo.

Me entretengo con su clítoris, moviendo la lengua en círculos. Se la estoy devolviendo.

Está empapada. Comienza a gemir, y eso me hace acelerar los lametones.

            Vuelve a tirar de mi cabello con fuerza. No deja de retorcerse.

Paro. Me acerco a su boca y la beso con pasión; pero no quiere, quiere que siga dándole placer.

            Cambio la lengua por mis dedos. Coloco una mano debajo de su ombligo al mismo tiempo que introduzco dos dedos de la otra por su vagina. Vuelve a gemir, momento que aprovecho para moverlos: círculo círculo tirón hacia mí/ Círculo círculo tirón hacia mí/ Círculo círculo tirón hacia mí. Y así; y luego más, y más, y más…

            Gime tanto que no lo resisto. Mi juguetito dice que no somos dos, que somos tres, y que él también quiere participar.

            Claro que quiero participar. ¡¡Ya estás tardando en meterme!!

            Acerco el glande a los labios de la vagina. Me detengo un instante y miro a mi nena, quien me corresponde de igual forma. Respiro profundamente y empiezo a entrar en ella.

Siento algo parecido a cuando me agarró mi sexo rebelde. Apoyo las manos sobre la cama. Quiero que ella me mire a los ojos, pero no lo hace. Su cabeza se mueve a un lado y a otro, gimiendo como una loca. Yo también deseo hacer lo mismo, pero me contengo.

            Entrecruza las piernas sobre mi espalda y apoya las manos en mi nuca. Cada vez estoy más perdido.

            Muy perdido. Gano yo, colega.

            -Sig... Aah -Empieza a gritar-. Aahh aahh aah.

            Sus gemidos hacen que acelere más. Cuanto más deprisa voy, más lo disfruto, y aunque eso es bueno, también es muy malo.

            Sí porque estás jodido. Voy a vomitar de un momento a otro.

            -Me voy a correr -digo. Algo muy bonito pero difícil de reconocer. Nunca es buen momento para terminar, aunque pasen horas.

            Clavo las uñas en las sábanas. Tenso los dedos al mismo tiempo que empiezo a perder el ritmo.

            Me invade una especie de parálisis. Los huevos se endurecen hasta el punto de hacerme sentir una presión molesta pero placentera. Me cuesta respirar. Algo abrasante va subiendo. Es como que la vista deja de funcionar y se queda con la última imagen que ha visto. Noto un retortijón en la tripa al mismo tiempo que se me taponan los oídos. Mientras escucho como telón de fondo los gemidos de mi nena, el placer se centra en mi pene, donde un calambrazo tibio hace que este se rinda y suelte todo lo que ya no es capaz de contener. Convulsiona y se sacude a su antojo, lo que hace que todo mi cuerpo se vea urgido a seguirlo.

            Canelita en rama, pichafloja.

Veo la gloria; ella continúa gimiendo. Dejo toda mi fuerza en su interior, y entonces mi juguetito parece reírse de mí, regresando a su tamaño habitual, pero satisfecho.

Jijiji. Te dije que iba a joderte. No has durado una mierda.

-He ganado yo –protesto.

Sí, sí… Eso ya me lo dirás dentro de nueve meses.

-¡Hostias!

Soy una buena chica



Pasamos a la habitación. Las persianas están bajadas y el ambiente es silencioso; lo único que se escucha es el sonido de nuestra ajetreada respiración mientras nos adentramos por el habitáculo del placer.

            Camino sin ver nada. Los dedos de mi chico no me dejan levantar los párpados. Intento moverlos, pero lo único que se mueve son mis ojos nerviosos. Mi nene también está inquieto. Noto el temblor a través de sus yemas; pero no digo nada (se cree un chico malo).  Voy delante de él. Sus muslos golpean los cachetes de mi trasero con cada paso, pero lo que más me gusta es que me empuje con su entrepierna. Sí. Mmm… Va creciendo cada vez más. Está muy caliente, y se me hace irresistible al sentir cómo su cabeza pelada se mueve entre las puertas de mi trasero.

            Sí, calvito. Empuja más.

            Embiste a mi braguita y la tensa. La queda pillada, y sin darse cuenta me da doble placer porque (sigue, nene) acabada de arrastrar los labios de mi sexo (más) y… Quítate el calzoncillo y hazme tuya.  

            Noto el calor de su aliento sacudirme la mejilla. La golpea como si fuera la nube de humo de un cigarrillo mentolado; después, mientras me muerdo los labios y hago que mis rodillas se junten, notando fuego en mi cueva de las maravillas (necesita que un cirio le dé luz; y el tuyo es el idóneo, mi querido y deseado chico malo), siento que el calor de sus letras me dice al oído:

              -Aún no abras los ojos.

            Tras esto, suspira al mismo tiempo que sus labios besan mi hombro desnudo. Su bigote se mueve con suavidad por mi piel como si fuera un cepillo quitapelos, lo que me provoca unas cosquillas irresistibles. Me inquieto.

Aprieto los cachetes del trasero cuando la maquinaria de mi chico se endurece más. Me muerdo el labio inferior en lo que mis manos se abren y cierran en busca de… La quiero toda para mí. La quiero dentro. Enterita, no lo sé. Estoy muy nerviosa. El corazón no se controla; parece que tengo ondas repartiéndose por mi seno izquierdo y que lo hacen vibrar hasta llegar a la cima. ¡Plinnn…! Allí, el pezón –los dos, pero sobre todo el izquierdo- se endurece tanto que hasta siento tirantez.     

-Quitaré las manos –me dice. Respira con dificultad, como todos los duritos falsos cuando sienten el roce de una mujer-, pero no abras los ojos hasta que no te lo diga.

De malo no tienes NADA, pero sí me pones MUCHO, me digo queriendo sonreír. Sin embargo, tengo que controlarme para que él no se venga abajo. Nada mejor que hacerle creer a un hombre que, a pesar de intentar ser malo, es muy bueno en la cama. De esta forma se cree el amo del mundo,  pero gano yo. ¿A que sí, chicas? Su punto débil lo tenemos nosotras entre las piernas, y podemos hacer con ellos lo que queramos. Son como conejos detrás de una zanahoria. Ay, pero esta vez quiero sentir la zanahoria dentro del conejo mío… Ya, por favor.

            -Huhúm –respondo sin abrir la boca. Sé que ese sonido va a excitarlo más, y… ¡Acerté! Se le está poniendo más dura. Tengo una porra en mi parte trasera; la (muévela más) quiero atrapar, apretar con (empuja) fuerza, llevar a mi (sí… Sí, nene) sexo y moverla a mi antojo. Déjamela a mí, chico malo. Quiero jugar con ella.  

            Retraso las manos hacia sus piernas, pero no soy capaz de dejarlas en ellas sin más. Me veo en la necesidad de (venga, nene. Pórtate bien) moverlas arriba y abajo. Estoy muy nerviosa. Se me escapa un (A-huuuum) gemido incontrolable.

            -No te muevas –me dice mientras deja a mis párpados en libertad (pero obedezco y no los levanto) y lleva las manos a mi tripa. No me lo espero y reacciono como si me hubiera colocado cubitos de hielo. Tiene los dedos muy suaves y… Me (sí) gus… (me) ta (gusta) y (mucho) mucho. Reconozco que sí. Esta vez no finjo, ¡me encanta! Se me humedecen los labios del coño cuando el supuesto chico malo juguetea con mi ombligo.

            Entiendo a Eva. Quiero ir al infierno, y si es como el fuego que siento dentro de mí, ¡¡ENTONCES QUIERO IR YA!!

            -Ya puede abrirlos –me susurra y así lo hago.

            Veo que la habitación está llena de velas rojas. El cabecero de la cama deja de ser madera para mostrar un corazón de luces. Hay pétalos de rosa repartidos por el colchón.

            Ay, ¡me lo como!

            ¿Lo veis, chicas? Un blandito.

            Qué rico es…

            Mientras observo la habitación y pienso en comérmelo a besos, entrecruza los dedos de las manos con los míos y después me estira los brazos.

            Solo falta el barco para que parezca que estamos en Titanic. No te congeles, Jack. Solo necesitamos que una parte de ti permanezca dura para siempre.

             -Estás crucificada, pecadora –me susurra al oído para acto seguido recorrerme a besos el lateral del cuello.

            Ay… Esto ya no. ¡¡Es demasiado!!

            De un arrebato, cierro la cruz e intento llevar las manos hacia mi sexo. Mi cueva necesita a un hombre salvaje de las cavernas. Eres tú el elegido. Tócame. Tó…

            -A-a-a –dice al frenarme. ¡¿Por qué no me tocas?!-. No tan deprisa, jovencita. Estoy bastante juguetón.

            ¡¡Yo no!!

            Me besa en el cuello. Chuperretea, vampiro. Bésame; muérdeme. Híncame el diente o lo que me quieras hincar, ¡pero hazlo ya!

            Echo la cabeza hacia atrás. Mi chico me puede. Noto como babas recorriendo mis (joder, chico malo) muslos. Doblo las piernas llevada por la excitación; él va subiendo las manos. Me roza las (más arriba) costillas, y después sube hasta… (Tócamelas, sí. Vamos. ¡No te pares!). Me preparo para recibir sus palmas en mis senos, por ello me estremezco y estos dan un ligero bote.

            ¡No me ha tocado! Jum. ¡Está guerrero!

            Llevo mis alocadas manos a su cabeza; allí, agarro su cabello y doy suaves tirones.

            Si tiro más te haré daño, mi amor, ¡¡pero es que me estás poniendo perraca!! ¡¡MÉTEMELA YA, POR DIOS!!

            No lo hace. Vuelve a recorrer mi cuerpo mientras me retuerzo con deseo.

            Necesito tu pieza maestra para encajarla dentro de mi rompecabezas, chato. Quiero a tu amigo el calvito muy dentro de mí.  

            Atrapa la gomita de mis bragas, y… ¡Me las baja! Al deslizarlas por mis muslos me sacude algo de frescor en la zona ardiente. Pero quiero que sigas quemando; quiero que tu arma se enfríe dentro de mí. Vamos, juguetón. ¡¡VAMOS!!

            Sube las manos hasta mis senos, pero sé que no me los va a tocar. A ver… Nada, ¡lo sabía! Vuelve a bajar hacia (cómo me estás poniendo, nene) mis caderas, y de ahí (tócame en el centro. ¡Tú también lo deseas!) hacia… ¡Síiii!

            ¡Aggg…! ¡No me toca!

            Pero noto que se excita más. Su miembro parece estar hecho de (hum) piedra, y quiero que me lo… ¿Qué hace ahora?

            Me baja la cabeza, retira mi melena a un lado y… ¡Oh, sí! ¡Me encanta! , me besa, muy despacito. Tengo la piel de gallina y el coño como para pelar pollos.

            Sabes que lo que quiero pelar es tu polla, chico malo. ¡¡No te portes mal!!

            Me tiemblan las (lo quiero ya) piernas. Vamos. No quieras ser más malo… ¡Lo estás medio consiguiendo!

Un beso en la espalda hace que me tense como un arco. Bendito crío. Mis pezones apuntan hacia el infinito, duros como dos piedras. Me los voy a… ¡Me los toca!

Sí-Í-IIIA-áah

Me mueve las (así, así) tetas con masajes circulares, cosa que me (pone) PONE a mil y tres mil.

Me escurro de placer. Me muerdo los labios mientras muevo la cabeza a un lado y a otro. No sé lo que estoy haciendo. ¡¡NO LO SÉ!! Me muero de gusto. ¡Me encanta, nene!

A él se lo pone todavía más dura.

Esta es la mía, guapetón.

Me doblo. Noto cómo su querida (y para mí ansiada) cosita se mueve al abrirme a ella.

Aa-ah HuuuHúMmm.

Él no lo resiste y me abraza descargando un suspiro en mi espalda. Me aprieta los senos, cosa que le excita aún más.

Estás acabado, chico malo.

Le suelto las manos y me doy la vuelta con rapidez. Lo miro con ojos golosos, esos que dicen: cómemelo todo, que yo haré lo mismo contigo. Y mientras él se queda atontado, babeando como un niño de teta, llevo mi diestra a su juguete porque lo quiero todo para mí.

Mmm… Está bien duro y… Sí, me gusta. Vas a portarte bien, campeón. ¿Verdad?

Palpita dentro de mi mano.

Ahora seré yo la mala.

-Vamos a ver qué tal se porta esto, chico malo –le digo al ser petrificado que tengo como novio; después, le doy un besote con malicia. Tengo su hombría en mi poder, y es todo todo mío.

Me agacho y le bajo el calzoncillo. Su miembro vibra unos segundos, igual que si acabara de sacudir el filo de una espada y tardase en regresar a su firme posición.

Vamos a ver si esto te gusta…

Lo subo y bajo, haciendo que la cabecita pelada se escurra entre mis dedos. Él mira al techo sin reconocer que le gusta. Es un chico malo.

Recorro su escroto con mi lengua. Siento que a sus huevos les encanta, por ello los chupo y luego dejo que entren en mi boca con suavidad. Doy un pequeño tirón que a él le deja K.O. Los dejo libres y vuelvo a por su pene erecto: a por la cabecita pelada.

Me la meto en la boca. Subo y bajo los labios al mismo tiempo que hago lo propio con la mano. Él deja escapar un ligero gemido, y entonces aprovecho para que la punta de mi lengua se entretenga con su frenillo Mi nene se está muriendo de gusto, pero es hora de que sufra un poco.  

-aaAHp... –Dispara mientras sonrío-. Pa...ra –añade con voz tomada por un escalofrío-. Para si no quieres que se acabe la fiesta

            Niego con la cabeza.

            -No, no, no...  –le digo-. Nada de rendirse tan pronto, chico malo. Tienes que portarte bien.

            -¿Sí?

            Asiento.

            -Entonces, prepárate –me dice, me coge y me lleva hasta la cama. Ambos caemos de golpe.

            Boto sobre el colchón, pero cuando quiero darme cuenta tengo a la lengua de mi chico jugando con mi sexo. Recorre (ah) las paredes (aah) a lametones. La mueve como…

            Tengo una culebrilla dentro de mí; pero quiero una serpiente. Una pitón. ¡Una anaconda!

            Me desespero. Hago fuerza con los pies y me impulso; tengo las piernas en tensión y me parece estar haciendo el pino puente sin utilizar las manos, y todo porque este chi…

            No pares. Ahora no. Da... (aá-ah) me.

            Me chupa la bolita. No sé si ahí tengo el punto G entre paréntesis, ¡¡PERO ME VUELVE LOCA!!

            Le agarro del cabello y aprieto bien fuerte. Emito gemidos incontrolables mientras mis ojos se esconden dentro de los párpados superiores. Veo bla (Aaáh) nco; veo el cielo.

            No pares. ¡No te apartes!

            Apoya una mano debajo de mi ombligo. ¿Qué haces ahora? Y al instante cambia la lengua por sus dedos anular y medio.

            El medio, sobre todo ese. ¡¡Sé bueno!!

            Los introduce muy despacio, ¡pero estoy tan caliente que saltan chispas!

            -¡Aaah!

            Gimo. Tengo el clítoris hinchado por dentro, y los de… (no) dos de mi (pares) chico lo (¡No pares!) acarician.

            Aho…ra los está dan…do vueltas, y…

            -Aaah-hi

            Circulo círculo y tira.

            -Aaah-hi…hii-Aaah

            Circulo círculo y tira más.

            -Aaáh…Hi-hii… -Me agarro a las sábanas; ladeo la cabeza bruscamente. Los muslos me tiemblan como si tuviese ligeras descargas en su interior, y van subiendo. Suben… Suben más-. AAAhh

            ¡CÍRCULO CÍRCULO Y TIRA OTRA VEZ MÁS!

            -A__-Me incorporo como haciendo una brusca abdominal, sin respiración. Es como si se me escapara toda la orina de golpe pero mientras las piernas sufren una especie de epilepsia. Sé que mis labios tiritan alrededor de una “O” que babea mientras mis ojos en blanco destacan por ser lo único incoloro dentro de un rostro acalorado. Me quedo apretando el cabello de mi chico, en tensión, deseosa de que el interior de mi pecho vuelva a servir para respirar, y entonces…-. ¡BRUU-ÚUU…! (Descanso) ¡AAÁAAAHH!

            Me dejo caer de golpe, rendida. Mis brazos vuelven a ponerse en cruz, pero mi nene no me da descanso.

            Acerca la cabecita pelada para rozar la entrada de mi placer extremo; se detiene y me mira. Algo rendida pero aún ansiosa, le correspondo para que termine con lo que ha empezado.  Cuando la mete lo siento aún mejor que con los dos dedos; es más gordo y me llena más.

            No pue…do. Muevo la cabeza a un lado y a otro, ¡sin parar de gemir!

            Entrecruzo las piernas sobre su espalda y apoyo las manos en su nuca.

            -Sig... Aah -Empiezo a gritar-. Aahh aahh aah.

            Va más deprisa.

            -Me voy a correr –me dice. No quiero escuchar eso, pero me lo imaginaba.

            Apoya las manos sobre la cama y se olvida de mí. Se centra en el aparatito que vuelve a portarse como una culebrilla dentro de mí; y al instante…

            U-u-ú… Sí que tenías ganas, sí. ¡Hala, no para!

            »Oh, qué pena. El calvito se achica y se aleja de mí. Jum.

-He ganado yo –le siento decir.

Ni de coña, pero te lo haré creer. Guardadme el secreto, chicas. Digamos por siempre que todos son válidos.

-¡Hostias!

Y que sigan creyendo que la pastilla de antes de dormir es para pegar ojo.

Jajajajaja.



viernes, 1 de septiembre de 2017

Agradecimientos (El diario de un fracasado)



“La casa por el tejado”, así es como podría referirme a esta entrada puesto que voy a empezar por el final.

            Los lectores del blog sabéis que me gusta añadir notas informativas, ya sea antes o después del relato. Con las dos novelas publicadas he hecho exactamente lo mismo. Lo he visto en algún que otro autor de los que leo desde mi infancia y es algo que se me ha pegado. Me encanta explicar y dejarlo todo claro (soy así). Ediciones Atlantis me lo permitió con Al borde de la locura, y con El diario de un fracasado (novela que he querido autopublicar, y la protagonista ahora mismo) he hecho lo mismo.

            Bien, digo lo de “la casa por el tejado” porque para mostrar mi agradecimiento, precisamente necesito ir a esa parte final, en donde mis últimas palabras cobran vida hoy en día.

            En las notas finales de la novela, escribí esto:

            «Quienes me conocen (cuatro personas) saben que imparto clases en un taller online, y que siempre digo que toda persona que escribe necesita un lector cero. Pues bien, yo no lo he tenido para esta obra, y eso quiere decir que la historia llega virgen hasta tus manos. Quería que me la hubieran leído, pero ha sido imposible. No la aguantaron, esa es la respuesta. Hay personas que se han leído versiones anteriores, e incluso algún que otro relato que escribí hace mucho y donde ya daba pinceladas sobre lo que sería esta novela. Gente de mi entorno ha leído la introducción definitiva y los primeros capítulos, pero hasta ahí.

            Soy consciente de lo que escribo (muy consciente), y sé que esta novela es lo siguiente a dura. Lo sé, pero la quería así. Si la has conseguido leer (espero que sí) y te ha parecido una novela dura, donde no cabría un apunte más de maldad, siento decirte que no. Puedo asegurarte que sí, que has leído lo más fuerte, pero también te confesaré que he quitado varias páginas, cerca de unas treinta o cuarenta de Word. ¿La razón? Querer que se lea este libro. Si de por sí cuento con la idea de que es muy duro y a mucha gente le puede herir, si llego a seguir castigando a Iván de seguro no lo leería nadie, y puedo asegurarte que escribirlo me ha costado lo suyo. Lo empecé con doce años y lo he terminado casi con veintiocho.

            A todo el que escribe le gusta que lo lean. Quiero lectores, y no para que mi nombre se haga visible, sino porque quiero que esta historia llegue a muchas manos. Deseo en el alma que se conozca a Iván lo máximo posible, y el motivo es muy claro: para que todo sufridor sepa que no es un bicho raro y que hay más gente que, como a él, por desgracia, le hacen la vida imposible.

La vida es dura, y dura para todo el  mundo, aunque de casas para fuera parezca que muchos están felices y sin problemas (de eso nada). Todos debemos luchar. Y reitero que, si alguien ha sufrido y se ha sentido el último mono de esas pandillas de poca monta que se forman en los colegios, que pase, por muy duro que sea, mire para arriba y salga a la calle a comerse el mundo. La palabra “es diferente” no tiene sentido, simplemente porque no hay nadie igual a nadie, ni siquiera dos gemelos.

            Eso por un lado. Por el otro, decir que si quien ha leído mi obra es padre o madre de familia de alguien que ya apunta maneras, que lo ate en corto.

Por desgracia, esas risas de “qué pequeña la tiene”, “qué tetas para ser un chico” o veinte mil veces la palabra “gafotas” “maricona” o un simple “tonto”, termina por hacerte perder la razón y llegar a que pierdas la vida. El colegio es la peor cárcel del mundo, donde se origina todo, y creo que ningún padre de familia, ninguna madre, ningún hermano y nadie en general, quiere sufrirlo en sus propias carnes ni en la de sus seres más próximos. ¿Cierto? Por ello me gustaría que esta historia ablande al corazón más duro, que lo haga recapacitar, y que aunque sé que es una tarea imposible, después de este libro en los colegios se den clases, no palizas. No lo conseguiré porque soy un último mono, como Iván, y mis palabras no valen, pero ojalá. Ese es mi propósito, y si un libro es para siempre, seguiré soñando para que todo cambie. Quién sabe si en un futuro… »

He marcado y subrayado lo más importante, lo que quiero resaltar en este texto explicativo.

Como bien digo ahí, escribir esta novela me ha costado lo suyo (todos los que escribís sabéis lo que cuesta sacar un libro: correcciones, revisiones, lectura más lectura, quitar y poner), pero me ha costado más aún el decidirme a mostrarla. Recibí ayuda y me convencieron para terminar de dar el paso decisivo. Ahora bien, desde el día 4 de junio que salió a la venta, no me he quitado de la cabeza una de esas frases subrayadas: “Soy consciente de lo que escribo (muy consciente) y esta novela es lo siguiente a dura”.

Cuando no eres nadie en este mundo (me refiero al mundo literario) tienes muchos pensamientos, pero por más que delante de ti creas tener lo mejor que has escrito, el compararte con los grandes autores consagrados te quita todo mérito posible. Es un gran error porque ellos un día empezaron desde abajo, pero bueno, es un tema al que no voy a entrar, ya lo sabemos de sobra. Lo que quiero decir es que ese “miedo” al qué dirán, siempre está presente (por lo menos en mí), y el pensar que es una novela dura, comparándome con los autores mencionados, me hacía dudar.

¿Qué ocurre? Que aunque soy un desconocido, una persona como tantas otras a las que le gusta escribir, he tenido diecisiete ventas en Amazon (sí, diecisiete. No se me caen los anillos por decirlo. Para no ser nadie estoy contento), y de esas diecisiete personas, a día de hoy han leído la novela cuatro. Gracias a sus comentarios me han confirmado que sí, que es lo siguiente a dura, y que aquello que dije de que la gente de mi alrededor la dejaba porque no podían con ella, también es cierto.

Fijaos hasta dónde llega mi nivel de sinceridad. Cualquier otro jamás diría esto porque lo que quiere es vender, que le compren el libro y, después, si no lo leen, que no lo lean. Yo no soy así. Tal vez pierda, pero es que no me interesa la fama. No soy famoso ni lo pretendo. Seguiré sacando libros, seguiré publicando. No sé si la siguiente novela me interesará que se venda todo lo posible para que el lector pase miedo, o quizá la próxima quiera que se lea para que se llene de amor… No lo sé, pero sí sé que lo que he querido y quiero con esta es que el sufridor no se sienta solo, que ese niño o niña al que le dan palizas en el colegio y del que se ríen porque lo consideran diferente, vea que hay más en el mundo que sufren y que no son bichos raros; quiero que si el lector tiene que soltar más lágrimas que páginas porque se identifica con el personaje, las suelte por última vez en compañía y después continúe sonriendo para siempre, o que al chico al que le hayan dicho que nunca lo van a querer por tener un cuerpo diferente al resto del mundo, vea que no, que Iván también tiene un cuerpo distinto, y por lo tanto hay más de uno que se aleja de lo que el mundo considera alguien “normal”…

No podía explicar todo esto en las notas finales de una novela porque ningún lector lo quiere, ya que casi daría para un relato. Aquí sí (y no extendiéndome tanto como también me gustaría). No me cansaré de repetirlo: no os riais de la gente. Es frustrante querer remediar el mundo y no poder hacerlo, pero es que aunque me equivoque el 99,9% de veces en mi vida, en esta tengo razón al 100%. Como alguien se ría de un niño en un colegio, terminan con su vida. Puede que me digas: “No, sé de uno del que se rieron y tiene cuarenta años. Está vivo”. Lo ves vivo por fuera, pero por dentro está muerto.

Para un grupo de niños hace mucha gracia ver a uno de ellos con algo diferente, y se ríen. Es muy divertido para ellos, como es divertido reírse de quien está más rellenito, del que apenas tiene carne, del que lleva gafas o del que juega con las muñecas en vez de jugar al fútbol...

Esto no se lo puedo explicar a un niño porque él no sabe el daño que puede llegar a hacer. Sus padres sí, y ahí es donde hay que trabajar. Si un niño va por la calle con sus padres, ve a otro con un defecto, se ríe de él y los padres no le dicen nada, en el colegio seguirá riéndose de otro niño porque piensa que es algo normal; sin embargo, si unos padres como es debido le tapan la boca nada más reírse y le hacen entender que eso está mal y que no tiene que reírse, el niño no se reirá de nadie porque se llevará bronca.

Las cuatro personas que hasta ahora han leído mi novela han sufrido con Iván, y sé que a ellas también les gustaría no tener que vivir algo así, ni en conocidos ni desconocidos. Les ha costado leerla, pero me han dado unos comentarios tan positivos que mi ánimo asciende hasta darme cuenta que, aun no siendo un escritor consagrado, he escrito algo que merece la pena leerse. Quizá a alguien no le guste, pero hasta ahora no me lo han dicho. Sí me han comentado sobre esa dureza, y muchos de ellos tener que parar, salir a despejarse y después, con el paso del tiempo, volver a prestar atención a lo que les contaba Iván. Han llorado, se han muerto de rabia, de impotencia por meterse en el libro y acabar con todo ese dolor… Ahora sé que lo están leyendo dos personas más, y les está ocurriendo lo mismo.

Repito: soy consciente de lo que escribo, y tengo la manía de recalcar cada escena. Es mi forma de escribir para que el lector lo sienta. Esta gente me demuestra que lo he conseguido, y ellos se unen a mí para terminar con una injusticia inalcanzable, pero es un paso para que quien se cree solo, no lo esté.

Si quien me está leyendo ahora mismo se siente solo o diferente, que sepa que un tal Iván se siente igual, y ni está solo ni es diferente.

Si le queréis hacer compañía, la novela está aquí.

Millones de gracias por el apoyo.