miércoles, 11 de julio de 2018

El diario de un fracasado 2: La maldición del 3 de octubre (primeros preliminares)



Volver a dar vida a Iván no es fácil, pero se lo prometí a mis diez lectores por haberlos hecho sufrir. Odio al personaje tanto como lo quiero, y creo que cada día me decanto más por lo primero que por lo segundo. No soy uno de aquellos que lo insultaron de niño y de mayor, que lo ridiculizaron, marginaron y agredieron sin piedad, no lo soy. Esos lo odiaron desde el principio aunque él no les hizo nada; le odio porque cometí el error de crearlo, porque he provocado que ahora lo adoren cuando él ya no tiene corazón para recibir cariño, palabras bonitas, apoyo y cariño, palabras bonitas, apoyo y, sí, así sucesivamente, no me he confundido. Pensé que escribir la primera parte (novela única hasta septiembre del año pasado, cuando decidí convertir la historia de Iván en trilogía) me ayudaría, y en su día lo hizo medianamente; después, como ya expliqué hace poco, y puede leerse en las notas finales de dicha obra, dudé en si dejar que viera la luz o no, y debí quemarla sin ni siquiera planteármelo. En esas notas puede leerse mi disconformidad con ella. Nunca me gustó por ser lo que es, porque para mí es mi pesadilla y el echar la vista atrás una y mil veces todos los días, con cada tuit publicitario, con cada comentario, con cada “no venta”, porque los que creamos historias nos equivocamos y este es mi error monumental y, además, los 29 ebooks en un año me demuestran que estoy en lo cierto, y que El diario de un fracasado, aparte de ser la obra maldita de su autor (o sea, del meda lerenda) es la verdad verdadera que indica su título: un fracaso.
            Gusta. La han leído pocos pero les gusta. Les parece dura, pero les gusta, y yo se lo agradezco, por ello quiero recompensar esa atención escribiendo el final feliz que prometí para Iván (hay que agradecer y pensar siempre en los lectores, porque sin ellos no seríamos nada. Se necesita que los autores los valoren más y los tengan más presentes. Todos, consagrados y noveles), solo que hasta que eso llegue, hay cerca de quinientas páginas por medio. Esta segunda parte ya está terminada y seguramente pueda leerse en otoño, y aunque odie todas sus páginas desde ese prólogo de la primera parte, debo cumplir mi promesa y terminarlo. He vuelto a dejar atrás a Cáncer para corregir a Iván, lo que un día se metió por medio y lo dejó en el cajón hasta nueva orden. Esa orden ha llegado ahora. Prefiero que sea El diario de un fracasado 2 la novela que vaya antes que Cáncer, porque quiero quitármela del medio, porque quiero saber si me sigo equivocando o esto hace que te entre la curiosidad, leas la primera, te guste y me des en la boca por odiarla. Creo que no será así, y tanto la segunda como la tercera serán el ensayo de un creador de historias novato (porque jamás se pierde el tiempo con lo que se escribe. Nunca. Escribir es aprender constantemente, como un deportista entrenado día a día) en su camino por crear una trilogía diferente, una, tal vez, donde la primera parte no sea una realidad, la segunda un nudo entre lo real y lo ficticio y la tercera el desenlace que hubiera soñado vivir; tal vez una donde a la bruja malvada (el personaje que me costó tiritonas, lágrimas, pesadillas y recuerdos tormentosos) provoque el miedo que quise dar porque me la inventé en parte, y no que sea el bullying el verdadero terror, lo que sí existió de verdad. Una donde mis ganas de escribir asciendan para agradecerte siempre que me leas, que dediques una parte de tu tiempo y de tu dinero en mí, y eso no se paga con monedas o billetes, porque no soy nadie y tú me haces serlo apostando por lo que escribo los quince minutos que te lleve leer estos “preliminares” (como los he llamado en vez de prólogo) en vez de leer a otro (SIEMPRE GRACIAS), o tal vez, una donde aparte de ti, también yo crea en mí mismo y no odie al personaje por tenerlo muy visto durante casi treinta y dos años.
            Espero que te guste este avance, pero si lo lees y no leíste la primera parte, no entenderás nada y te destriparé la historia en caso de querer empezarla algún día. Aun así, hayas leído su antecesora o no, deseo que estas primeras líneas sean de tu agrado, logren convencerte, enfrascarte y tener a El diario de un fracasado 2: La maldición del 3 de octubre como una novela a la que poder dedicar unos días de lectura.
            Gracias por querer a Iván y no odiarlo. Quizá algún día yo también lo quiera. Nunca se sabe.
            Eternas gracias.     









La puerta de los vestuarios se abrió de golpe. Tras empujarla, fusil en mano, como si fuera un cazador a la espera de ver aparecer a un conejo indefenso, Iván apuntaba a los presentes. Estos, tras un respingo, levantaron las manos mientras suplicaban para sus adentros.
            —Ba...ja eso, ¿quieres? —dijo el rubio, lívido, con voz queda y reculando sigilosamente.
            Iván mostraba un rostro nuevo. Sus cejas tiritaban, subiendo y bajando como dos palancas de Pinball en continuos intentos por golpear la bola; los ojos no dejaban de virar, alocados, igual que quien sigue a una mosca aturdida en lo que vuela de un lado a otro. Los pómulos le temblaban al resoplar, moviéndose como un bíceps poco desarrollado después de haberlo trabajado varios minutos. Al mismo tiempo los dientes le castañeteaban, y dado el relieve que se apreciaba en su cuello, parecía tener  dentro una sonda en vez de una vena. Las de los brazos se le marcaron al tensionarse y mover los dedos en busca del gatillo, momento en que crecieron las muecas de terror en el rostro de sus compañeros.
            —No querrás dispararnos, ¿verdad? —preguntó Dani con sonrisa miedosa. Era eso o ponerse a llorar de rodillas—. Es... estás de coña, ¿sí?
            Los veinte hombres se habían estremecido al escuchar el estruendo; ahora miraban como pasmarotes a la espera de que Iván hiciera o dijera algo. Sus piernas tiritaban como si estuviera expuesto a un frío invernan en plena calle. El cañón del arma apuntaba a Dani, pero moviéndose tanto a causa de los nervios, parecía estar recorriéndole el cuerpo con un puntero láser.
            Mátalos a todos. Coge el fúsil, maldito fracasado. Coge el arma, apunta y aprieta sin miramientos. Esa idea regresó a su cabeza mientras un goterón de sudor le bajaba por los pliegues de la frente.
            Venga, chico volvió a decir el rubio. Iván ya no tenía bonitas tetas y no era una putita. Con un arma no. Como el miedo asomaba, era un chico. Deja eso en el suelo, que las armas las carga el diablo.
            Pero el fusil seguía apuntando a Dani, quien no dejaba de tragar saliva al tiempo que movía los ojos arriba y abajo, combinando una mirada aterrante entre el cañón y el furioso rostro de Iván.
            Tienes que matarlos. ¡Quieres hacerlo! Todo el mundo te desprecia, ¡no tienes vida! ¡Mátalos! Parpadeó con fuerza, sudando copiosamente. ¡Sé que ansías hacerlo!
No dejaba de caerle sudor mientras luchaba por frenar esos pensamientos traicioneros.
Es la única forma de que te vengues de la perfección que jamás ni siquiera llegarás a oler. Eres imperfecto, Iván, y solo se referirán a ti a base de insultos, risas y desprecios.
            Temblando cada vez más, con Dani viéndose cosido a balazos por medio cuerpo, Iván recordó alguno de los insultos que le habían destrozado la vida.
            «Los niños normales tenemos la picha grande. Tú no tienes más que una arruga de piel, y jamás podrás estar con una chica». Escuchaba las risas de Grandullón y demás compañeros.
            «Di que tienes tetas, que la tienes pequeña y que no follarás nunca».
Apretó el fusil con fuerza al tiempo que juntaba sus hileras dentales y, como si de un perro rabioso se tratara, se las mostraba a sus aterrados compañeros.
            Tío, me estás acojonando se sinceró Dani.

            Mata, Iván. Mata y quédate tranquilo. Quítate esa espina que no hace más que punzarte por dentro. Olvida eso de no hacer daño y hazlo de una vez. Haz todo el daño que puedas, e incluso más…

Apretó los párpados. Se arrugaban mientras los pómulos los sepultaban sin intención. Un estertor brotó de su pecho como si fuera un asno que acabara de rebuznar; abrió la boca y la rabia que llevaba concentrando a base de saliva le cayó en hilillos silenciosos. Tras un par de segundos de aparente calma, y en lo que todo el vestuario rezaba para que la broma pesada terminase de una vez, cogió aire, su tórax se hinchó y volvió a levantar los párpados. El llanto se esfumó en cuanto sus ojos vieron el rostro del rubio; eso, y que al temblarle el cuerpo volvía a presenciar lo que era un fusil de carne en movimiento.
¿Es que no te da rabia ver cuerpos diferentes al tuyo a cada lugar que vas, eh?
Para ya le suplicó el perfecto. Iván medio bufaba.
¿No te da envidia ver que los demás son normales y tú eres un anormal, eh?
Baja el arma pidió otro. Iván, por el contrario, intentaba fijar el cañón en el pecho de Dani.
¿No te da rabia que los demás puedan relacionarse, tener pareja, utilizar eso que a ti ni siquiera te cuelga y ser felices, EH?
¡Hadle caso! gritó el rubio.
¿¿NO TE DA RABIA??
Iván apuntó lleno de ira. Bufaba con rostro animalado.
¿EH?
¡Baja el arma, coño! suplicó otro, aterrorizado.
¿EH?
Jadeaba mientras el índice de su diestra acariciaba el gatillo.
¿¿¿EH???
¡Ya está bien, hombre!
Los párpados de Iván se levantaron al máximo mientras su tez palidecía. La tensión de los brazos se detuvo y el cañón bajó para apuntar entre las piernas de Dani. La palabra «hombre» los había salvado.
«No eres un hombre con cojones. Eres una niña con tetas y la picha pequeña».
No… Escupió con la calidez de su aliento. Dejó de hablar en lo que levantaba la barbilla y subía el cañón hasta el pecho de su compañero. Este, al ver de nuevo la muerte de cerca, comenzó a hacer muecas como un niño con puchero. No soy… Iván hizo una nueva pausa. Cayó una lágrima, pestañeó y, sosteniendo el fusil con fuerza, añadió: no soy un hombre.
Apretó el gatillo. Una bala atravesó el pecho de Dani y, mientras vomitaba una queja sangrienta, lo arrastró unos dos metros hasta hacerlo caer.
Todos gritaron al unísono. Algunos, emprendiendo una carrera por la supervivencia que los hizo resbalar como si acabaran de dar un frenazo en seco con unos patines, echaron a correr en dirección a las duchas.
¡Me dijisteis que no era un hombre, HIJOS DE PUTAAA! gritó Iván y disparó dos veces. Derribó a sus compañeros como si estos fueran una lata de cerveza agujereada a perdigonazos. ¡Os reísteis de mí! Lo recordaba al mismo tiempo que daba gritos de rabia profunda
«Eh, chicos, ¡la maricona se tapa!/ ¡Así aprenderás a no mirar a los hombres, puta maricona fracasada!»
—SOIS MUY HOMBRES, ¿¿EH?? —vociferó mientras cargaba el fusil.

«Creo que su fusil cuenta con dos pequeñas recámaras llenas de munición/ Sí, y sin estrenar. Un fusil demasiado limpio/ No ha follado en su puta vida. ¡Es un jodido fracasado de nacimiento!».


—¡TOMAD EL FUSIL! —gritó y disparó una vez más. La bala desfiguró el rostro de uno de los muchachos y le hizo caer de rodillas. Su cara reventó como un jarrón de porcelana haciéndose añicos. ¡HIJOS DE PUTAAAA! Disparó a los fluorescentes regalando una lluvia de chispas para aumentar el horror.
Miró al que acababa de matar. No era más que un cuerpo decapitado por un balazo. El plomo le había arrancado la cabeza de un solo disparo, y no pudo por menos de retroceder en el tiempo y ver el cuerpo ensangrentado de su progenitor como regalo por su quinto cumpleaños. No lo rodeaban policías; por el contrario, todos se alejaban de él por si el espanto que transmitía llegaba a repercutirlos.
Jadeaba sin forma de controlar ni su impulso ni su respiración. Tenía delante a un ser humano con una especie de pelota de playa desinflada encima de los hombros; él mismo se había encargado de afearlo, y sin embargo, observando el resto de su cuerpo, seguía viendo algo perfecto. El imperfecto era él.
«¡Qué asco!/ Esto no es una persona/ Es un feto descompuesto entre tetitas y una picha diminuta/ Puto virgen. Jodido fracasado de nacimiento… Fusil pequeño y amariconado».
 El corazón de Iván bombeaba en el pecho pero parecía tenerlo en el cerebro. El cráneo, en unión con ese bulto inquieto, vibraba sin descanso. Rugió como una bestia, cargó el arma y prosiguió su sed de venganza.
¡Para! –suplicó uno, de rodillas y con las manos juntas, rezando en lo que sus ojos delataban el miedo que padecía. ¡No me mat…! Pero Iván no lo dejó terminar, ya que la siguiente bala se encargó de que llevara las últimas palabras a la tumba.
—¡¡OS ODIOOOO!! —vociferó en mitad del vestuario. No tenía nada que ver con el Iván que habían conocido el día anterior. Este era un completo lunático rumiando el dolor que llevaba incrustado en la memoria, y que a pesar de su metro setenta y cinco de altura, no le había dejado crecer como persona. Algunos aprovecharon para salir corriendo. Era uno contra veinte, y ya habían caído seis.
Miró al siguiente, acurrucado contra una de las esquinas.    
Por… favor gritó, temblando como si estuviera apoyado en una pared de hielo. Iván se vio reflejado en él; o quizá, se vio a sí mismo años atrás.
«Jajajaja, ¡el gafotas meón la tiene pequeña!», recordó. El vestuario se convirtió en el aula del centro, y todos los que luchaban por sobrevivir eran sus compañeros de clase.
Miraba al gafitas que se había salvado de las burlas porque ver un chico con tetas era más gracioso. Le escaneó con la vista. No tenía senos y sus genitales eran los de un hombre normal y corriente. Apuntó a la parte baja mientras un cálido aliento se le escapaba por los huecos que dejaban sus apretados dientes. La supuesta víctima chilló más que si el cañón apuntara a su pecho.
¡No! Lloró. ¡No me dispar…!
«¡¡Ellos son hombres de verdad, tú no!! ¡No eres hombre! ¡No tienes polla!»
El de las gafas sí la tenía; por ello, sin piedad, y mientras este se tapaba sus partes con las dos manos, le disparó a la cabeza para terminar con su vida. Los cristales de las gafas se hicieron añicos como las tantas veces que Grandullón le pisó los suyos en el recreo.
Había más de ocho escondidos en las duchas, pero por suerte para Iván y desgracia para el rubio, a este último aún no le había dado tiempo a escapar.


Reculaba sin dejar de mirar a Iván, quien, con los párpados entreabiertos, mostrando ojos de odio profundo, semiencorvado y con respiración jadeante, avanzaba hacia él con parsimonia.
¡Perdóname! suplicó el rubio antes de resbalarse con la sangre de uno de sus compañeros y caer de espaldas. ¡Tienes que perdonarme! Comenzó a llorar, histérico. Iván se detuvo ante él. E…era broma, hombre. Tras la última palabra, varios dientes le salieron despedidos. Iván le propinó un culatazo en plena boca.
AHORA SÍ SOY HOMBRE, ¿VERDAD? volvió a golpearlo. ¡AHORA SÍ, HIJO DE PUTA! Le disparó en una pierna. El afectado profirió un aullido ronco y reverberante; instantes después, Iván se abalanzó contra él y le agarró de la garganta.
 «Zo…zoy niño gueno», recordó al revivir el momento en que a él lo agarraron así y convirtieron su rostro en un ocho. Aquel día su agresor apretó más; él hacía lo mismo.
El rubio se ahogaba. Sus ojos habían cambiado de azul claro a oscuro, y con la esclerótica llena de rojo a rebosar. Parecían los colores de una bandera empobrecida. La cabeza le tiritaba a medida que iba adoptando un rostro cianótico. Iván, a pesar de la rabia, le soltó. Inmediatamente escuchó un abrupto ronquido reverberando en un acceso de tos, como a quien le acaban de extraer una cánula de Guedel tras recuperar la consciencia.
Con una mano en la garganta y la otra en la herida de la pierna, el rubio levantó la cabeza para mirar a Iván, el mismo que cargaba el arma instantes previos a volverlo a apuntar con ella.
Pa… Volvió a sufrir otro acceso de tos. Él mismo se había añusgado con la saliva por culpa de los nervios. …ra. Te lo suplico.
«Escupidle varias veces».
Iván le escupió. Después, cargando el pecho de aire, soltó con brusquedad:
¡ESTÁS MUERTO, CHULO DE MIERDA!
El rubio lloró con más fuerza.
No… ¡Nooo! gritó. ¡No lo hagas! ¡Mamá!
Iván dio un respingo con un sonido similar al hipo. Era como si se hubiera tragado un caramelo sin querer y el susto del momento le dejara lívido como un cadáver.
«Jamás, jamás de los jamases me harás daño; ni a mí ni a nadie. ¿Me has oído? Nunca en la vida. No eres malo, ni lo serás. Serás bueno siempre, cariño. Siempre».
Recordó. Su madre era la pieza fundamental de su vida.
Los… los he matado, mamá se dijo, a punto de sufrir un paro cardiaco de tanto horror—. Los he… ¡LOS HE MATADO!
¡Asesino!
Miró a todos los cadáveres. Al gafitas no le quedaba rostro para distinguirlo; Dani tenía el corazón reventado y el verde de las baldosas se había teñido de rojo con huellas esparcidas.
¡Están muertos por mi culpa! gritó. ¡¡POR MI CULPA!!
Se le cayó el fusil. Se disparó solo y el sonido lo devolvió al mundo real.
Durante minutos se había visto aniquilando a todos sus compañeros como si fuera un auténtico demente.

No… No lo he hecho, ¿no? Se palpó el cuerpo como si estuviera cacheándose. Movió la cabeza en todas las direcciones posibles para asegurarse de que no estaba en los vestuarios. Efectivamente, se hallaba en la habitación. Respiró algo más tranquilo al saber que solo había sido una pesadilla. 


¡No puedo hacerlo! gritó. Su corazón latía desbocado mientras las náuseas se apoderaban de él. Tenía un nudo en el estómago. Le había parecido vivir una realidad atroz. No quiero hacer daño a nadie.
»¡No soy un asesino! Y no lo seré. ¿Verdad, hermana?





Preliminares







1

—Te voy a echar mucho de menos, mucho —le dijo Esther a su novio, y luego se abrazó a él con todas sus fuerzas. Le rodeó el cuello con los brazos y se arrimó más.
—Vale, muñeca, que me vas a desarmar —protestó el chico. Lo veía excesivo; sobre todo porque la chica estaba enamorada hasta los huesos y, para él, solo era una putita (como la llamaba en pensamiento) más. Una de tantas.
—No voy a poder aguantar tanto tiempo sin ti —insistió ella—. Será... —Se retiró y empezó a llorar. Sus labios tiritaban como si estuviera parada en plena calle a unos cuantos grados bajo cero. A él no le preocupaba el llanto; por el contrario, disfrutaba de la vista al ver cómo los senos botaban ligeramente gracias al angustioso ajetreo. Para Esther resultaba un suplicio poder hablar. Jugueteaba con los dedos, manteniendo la cabeza gacha para que no la viera llorar—. Voy a estar muy sola. —Levantó la vista. Una lágrima se desprendió de cada ojo después de parpadear, momento en que volvió a agachar la cabeza, hipando.
            Sigue así, nena. Me guardaré de recuerdo tu movimiento sexy.
            —Yo también te echaré de menos —respondió el chico con falsedad. —El día anterior, tanto él como varios de sus compañeros habían pasado un muy buen rato hojeando los desnudos integrales de su querida Penehouse, como se había referido a ella en tono burlón. Encontraron a una “diosa” (según dijeron) en la página 120, como su medida de pecho calculado a ojo. En aquellos instantes eran los senos de esta los que importaban, no los de sus chicas (de las que ni se acordaban). Enseguida se convirtió en la reina de la fiesta, y entre ocho o diez tíos se desahogaron ante los posteriores dieciocho meses de abstinencia sexual. Los rumores de toda la vida les hacían saber que, en la mili, a los hombres no les funciona el fusil de carne. Cierta sustancia se encarga de dejarlo en relax, en tiempo muerto hasta nueva orden, por ello la visita de sus novias hacía olvidar a la reina de la fiesta. Sus queridas niñas volvían a cobrar protagonismo en sus vidas (y sus senos bailones). «Con la recámara vacía se vuelve a pensar» proverbio de la universidad de la vida—, pero te prometo que seré fuerte. Cerraré los ojos, y cuando vuelva a abrirlos, estaremos juntos de nuevo.
            —Pero para mí va a ser...
«¡No! ¡No lo haré, cabrón! ¡No lo haré, hijo de la grandísima puta!¿¿CONTENTO??»
            Esther enmudeció, los gritos la asustaron. Su chico miró a uno de los compañeros más cercanos, quien se encogió de hombros. Varios de los demás presentes, en compañía de sus respectivas parejas, llevaron la vista hacia la ventana por la que habían salido los insultos.
            —¿Y eso? —preguntó Esther, intimidada.
            —Nada, un zumbao —afirmó él—. Nada importante. Dame un beso, anda.
            ¡¡OS ODIOOOO!! ¡¡ODIO A TODOS LOS HOMBRES!!
            —Además de deforme está loco perdido.
            —Tú lo has dicho, Dani —respondió el novio de Esther, el famoso militar rubio. A su chica ya se le habían empezado a saltar las lágrimas al haberlo visto con el cabello al cero; aun así, esa fina capa seguía manteniendo un precioso tono dorado. Era su Rizitos de oro versión masculina. Las nuevas lágrimas llegaron por la tristeza de no poder verlo en más de dieciocho meses—. Como una puta cabra. —Miró hacia la ventana—. El jodido virgen con tetas acaba de darse cuenta de lo solo que está —añadió, casi susurró sin apartar la vista—. Púdrete, fracasado.
            El Sol empezó a ocultarse como si su brillo natural poseyera en verdad el don de la clarividencia, acabara de presagiar una tragedia y hubiera decidido apartarse. Este, como la mente humana, no deja de ser una fuente de energía de la que aún no se conoce ni la mitad de su poder; las nubes, poco a poco, se adueñaron de la escena dejando una malsana esponjosidad en lo alto del firmamento. Varias cabezas presentes miraron hacia el cielo con la sensación de estar a un solo palmo de distancia respecto a ellas.
            —Se va a preparar una fuerte tormenta –comentó una chica.
            —Uff… Y yo tan a cuerpo –añadió otra sacudiendo sus hombros desnudos.
            ¡A LA MIERDA EL MUNDO! ¡A LA MIERDA LOS HOMBRES! ¡¡¡A LA MIERDA YOOOOO!!!
            —¡La que está armando ese subnormal! —gritó otro. Soltó a su chica y se dirigió hacia Dani y el rubio mandamás—. ¡Vaya gritos!
            —Pillársela, seguro que no se la ha pillado.
            —Muy bueno, Dani. Sí señor —comentó el rubio, riendo.
            —¿Qué pasa? —preguntó Esther—. ¿Es un compañero vuestro?
            —Bueno… —respondió su chico, pero sin mirarla—, algo así.
            —¿Algo así? —se sorprendió. Miró a los demás, quienes reían a placer.
            —Es... —Hizo una pausa. No sabía cómo explicárselo—. Digamos que...
            —Tiene un buen par de tetas y una especie de gusanito de piel como rabo. —La respuesta de Dani provocó risas en los presentes, excepto en Esther y las demás chicas.
            —Y un huevo en la cabeza —añadió otro—. Es... ¡Da un puto asco que lo flipas! —Su cara así lo indicaba. Pensó en Iván al nombrarlo y le entraron náuseas. Sus muecas faciales eran las mismas que puede mostrar alguien tras probar algo amargo.
            —¿Y eso os hace gracia? Esther no daba crédito. Su novio giró la cabeza para mirarla; tenía el rostro serio, igual que cuando él no hacía las cosas bien y se disgustaba—. Está mal, está sufriendo. ¿No lo escucháis? Ese chico seguramen...
            —No es un chico —interrumpió Dani—, es una mezcla entre un niño con micropene infantil y una adolescente de 2 de E.S.O.
            Los demás contenían la risa.
            ¡¡GRACIAS POR JODERME LA VIDA, MUNDO!!
            —¿Lo habéis escuchado? —preguntó Esther—. Con dos minutos lo he comprendido todo, pero veo que vosotros no entendéis una mierda de nada.
            —Opino lo mismo dijo la novia de Dani, una muchacha bastante alta y con el cabello ondulado. Su abundante melena color caoba le caía en cascada por los hombros—. Os estáis pasando.
            —¡Venga! protestó el rubio—. Si no es más que cachondeo —Hizo ademán de agarrarle las manos a su chica, pero ella se apartó. El rechazo lo dejó frío y cortado.
            Escucharon un trueno. Sonó como el inicio de una fuerte detonación, reverberando durante segundos de apariencia infinita. Era como si el cielo estuviera a punto de reventar, que las nubes estallaran repartiendo partículas de algodón ennegrecido por el aire.
            —Dios… —rezongó uno, con un párpado cerrado y apretando los dientes—. Qué pinchazo en el oído. ¡Vaya puto trueno!
            —No te reconozco, Julián. —El rubio también tenía nombre. Al igual que detrás de ese "pichapequeña" había un chico llamado Iván, detrás de "mandamás" había uno con nombre de Julián—. Tú no eres así.
            —Pues entonces lo disimula muy mal —intervino Dani, riendo; Julián le atravesó con los ojos.
            —Sois una panda de sinvergüenzas dijo otra de las chicas.
            —Exacto corroboró Esther—: sinvergüenzas y miserables. 
            —Bueno, vamos a ver. —Julián se enfureció. Elevó el tono de voz y recuperó el color en el rostro—. No me vengas ahora con idioteces ni quieras ser la Madre Teresa, ¿ok, bonita? —Esther se cruzó de brazos mientras le echaba una mirada penetrante—. Es un mierda que está deforme, y me río porque me sale de la polla. —Se envalentonó, chulesco—. De esta. —Agarró sus partes y movió las manos unas cuantas veces—. La mía es bien grande y gruesa, no como la de ese puto virgen. Me río por eso, y punto. Tú chitón.
            ¡¡PERDÓNAMEEEEE!!
            —Grande y gruesa, sí —reconoció su novia—, pero no la sabes utilizar.
            —¡¡Tomaaa!! —comentó Dani. Todos los de alrededor rieron, incluso las chicas.
            Julián se mordió el labio inferior mientras apretaba los puños. Le temblaban las piernas de pura rabia. Quería que su chica se tragara lo que acababa de decir. Le había ridiculizado en público.
            —Esta te la guardo —respondió, en tono bajo pero con voz gruesa (y esa sí la sabía utilizar bien, sobre todo para insultar)—. De mí no se ríe nadie, y menos una mujer.
            —Así que de fusil de rápido disparo, ¿no, compi? —le preguntó Dani, encorvándose de tanto reír. Esther también rio, lo que le hizo a Julián golpear a su compañero con el codo. Dani recibió un codazo seco en el mentón; le cortó la risa y trastabilló antes de caer al suelo.
            —¡Como vuelvas a reírte de mí te arranco las pelotas! —gritó Julián. Se hizo un silencio. Dieciocho chicos y dieciocho chicas, todos en corro en la entrada, le miraban con atención.
            Un mayor tronido al anterior atemorizó a medio cuartel. El cielo parecía cada vez más bajo. Eran las 17:05 del 3 de octubre del 2000. Para todos los presentes no era más que un simple 3 de octubre, una fecha que a priori no les decía nada, tan solo que el día anterior habían llegado al cuartel para empezar la mili, y que ahora se despedían de sus novias mientras veían cómo la montaban dos cafres a los que tenían por compañeros. No obstante, un 3 de octubre, Edgar Allan Poe —el escritor favorito del protagonista de esta historia, gracias a la compañía que le ofrecieron sus relatos durante tantos años de soledad—  fue encontrado delirando en una taberna. Siglos después, el 3 de octubre de 1982, Iván, un niño con medio cuerpo de chico y medio de chica, llegaba al mundo para sufrir un calvario; ese mismo día pero en 1987, su padre se despidió del planeta Tierra después de perder la cabeza que jamás utilizó en sus veinticinco años de existencia. Ahora, otro 3 de octubre, Iván —al igual que su escritor favorito, pidiendo a gritos el «nunca más» de El cuervo— deliraba a voz de cuello mientras el cielo iba preparándose para recibirlo. Eran los truenos de la muerte, los cuartos en forma de aviso antes de la campanada final. En vez de «clon» sería «pum». 
            Pasaría a los anales de la historia como una fecha crítica. Al lado de los martes y viernes 13, el 3 de octubre se abriría un hueco como día de mala suerte.
             —No me busques cuando salgas de aquí, Julián —dijo Esther—. Hemos terminado.
            —¡Pues muy bien! —vociferó él, lleno de ira—. ¡Me es indiferente! ¡Por mí como si subes a mamar las canicas de ese jodi...!
            ¡¡Pumm!!
            Un estruendo dejó que la amenaza de Julián se ahogara en su garganta. Los presentes (Dani y el mandamás inclusive) se sobresaltaron. Elevaron y contrajeron los hombros como si les hubiera dado un espasmo global. Se lo había provocado un disparo, estaban seguros.
            —No..., no ha sido un trueno, ¿no? —preguntó una chica. Acto seguido, el chillido de otra de ellas demostró que no. Gritaba escandalosamente y con el índice de su diestra señalando la ventana, por la cual, unos cuantos goterones se escurrían de una considerable mancha sangrienta. Un grupo de chicas se unió al grito.
            —¡¿Qué pasa aquí?! —preguntó el sargento llegando a toda prisa. Las miradas le dieron la respuesta. Todos observaban cómo la mancha de sangre seguía escurriendo por la hoja abierta de la ventana.
            Comenzó a llover. Las gotas de lluvia caían finas y en aparente silencio. Representaban tristeza, muy escasas en fuerza para hacerse notar. La congregación de soldados, al igual que sus novias, se dio cuenta de que llovía al sentir humedad, no ruido. El verdadero ruido importante había sonado una sola vez, suficiente como para dejar a todos atemorizados. 
            —¡¡Alguien ha disparado, mi teniente!! —gritó. El teniente coronel, caminando con medio cuerpo adelantado, miró el cristal. La escandalosa mancha de sangre, en unión al silencio que reinaba en el interior del habitáculo desde el que se había efectuado el disparo, hizo de sus ojos dos esferas inquietas. Le titilaban las pupilas como si dentro de ellas la llama de una vela luchase contra la fuerza de un soplido que quisiera apagarla. Tragó saliva, aunque le pareció que un par de alfileres le atravesaban las amígdalas. Se tambaleó, bajando los párpados un segundo antes de decir:
            —Su...Suban. —Nadie movió un músculo tras la orden. Era la típica situación donde, cuanto más lejos, mejor, igual que los urólogos ante una prostatitis crónica.
            ¿Cuál es el mejor tratamiento para la prostatitis crónica? Que lo mire otro urólogo, esa es el mejor. Ven a mi consulta con una epididimitis aguda en la que parezca que uno de tus testículos es una berenjena, incluso con una torsión que te lo esté retorciendo como si fuera una ubre a la que escurrir. Puedes venir con la vejiga a punto de reventar, pero si tienes prostatitis crónica, que te vea otro, a mí déjame de líos.
            Se lavaban las manos. El teniente coronel tenía las mismas ganas de subir y ver un cadáver como de morirse él mismo: cero.
            Que vaya el sargento, se dijo.
            —Se..., se ha matado —balbuceó Dani desde el suelo, sin fuerzas.
            De nuevo un silencio incómodo, tan incómodo que el teniente se veía en la palestra. Los presentes dejaron de mirar la sangre para mirarlo a él y, con ojos expectantes, decirle que venga, que subiera y les informase de lo sucedido.
            —¡Suba a ver qué cojones ha ocurrido, sargento! —gritó, presionado.
            —Ss...Si... ¡Sí, mi señor! —El aludido se cuadró ante su superior: juntó las piernas, saludó y, al momento, corrió hacia el interior. 
            Por culpa de la lluvia, la mancha de la ventana se antojó como si fuera acuarela roja, no sangre. Todos miraban cómo perdía color al mezclarse con el agua; sin embargo, nadie supo observar que el destino había formado un dibujo macabro.







2

La taza de café se escurrió entre sus manos cuando el corazón actuó como alarma. Los párpados de Ana se petrificaron después de elevarse al máximo; era como si le hubieran anestesiado los ojos y no fuera capaz de parpadear por más que quisiera.
            —Iván— susurró con angustia. Tenía el rostro desencajado; las líneas faciales  marcaron su cara como si la desgracia que sentía las hubiera esculpido a traición.
            —¿Qué ocurre? preguntó Mariano, quien acudió al escuchar el sonido de la porcelana al estallar contra el suelo. Su novia no respondía, había quedado de pie, ausente, con la boca entreabierta y la sensación de poseer una bomba dentro del seno izquierdo. Su corazón latía aceleradamente. Una gotita de sangre se deslizaba por su empeine derecho tras haberse cortado con un pedazo de taza al rebotar—. Cariño, ¿estás bien? insistió. Ella hacía caso omiso. En sus ojos se reflejaba el gris del cielo que entraba por la ventana del patio, pero no era más que el tono del sufrimiento. El motor de su cuerpo parecía repiquetear, añadiendo punzadas dolorosas como si en vez de un órgano bombeando tuviera un cuchillo asestándole puñalada tras puñalada. Eran más dañinas que las verdaderas que sufrió en el pasado.
            —Iván repitió. Sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que esponjas a las que hubiera apretado con suavidad y empezaran a soltar agua. Titilaban como si las dos escleróticas estuvieran envueltas entre plástico duro, irrompible a la vista. Los párpados no resistieron más tiempo y parpadeó una vez, un visto y no visto; y entonces, el sufrimiento rompió esa especie de barrera invisible que lo retenía, brotando dolor de la misma forma que seguía manando la sangre de su pierna.
            —¿Por qué lloras? ¿Qué le ocurre a Iván? –Mariano no sabía a cuál de las dos preguntas quería que le respondiera primero, pero después de formularlas, dedujo que con conocer la respuesta de la segunda, entendería la primera. —Iván se despidió de ellos un día antes para ir al servicio militar, y fue este quien lloró mientras Mariano le recordaba aquello de que los hombres no lloran. Ana se hizo la fuerte todo lo que pudo, pero terminó por encerrarse en la habitación de su hijo y echarse a llorar. Cuando Mariano entró, la pilló colocando ropa de Iván, y su abrazo sentido calmó las lágrimas. Su niño se había ido, pero además justo un día antes de su cumpleaños. El 3 de octubre de 1982 Ana recuperó la sonrisa; desde 1987, los 3 de octubre ya no eran el día en que había traído a su hijo al mundo, sino la fecha donde ella volvió a nacer después de estar con medio pie en la tumba. Por ello, cada año celebraba dos cumpleaños: el 24 de agosto (el verdadero) y el mencionado 3 de octubre. Prefirió olvidar que esta última fecha también marcaba algo terrorífico. Su marido había muerto mucho antes de suicidarse, por ello no fue muy difícil enterrarlo para siempre. Le costó pegar ojo, y había amanecido con tristeza—. Le echas de menos, ¿es eso? –La agarró de los hombros. Nada más tocar su piel se le helaron las manos—. Cariño, ¡estás helada! –gritó asustado—. ¿Puedes decirme qué te ocurre?
            Ana perdió el color. Las manos empezaron a tiritarle, tan blancas como su tez, a excepción de los nudillos, en donde un abultado color se resistía a palidecer. Los pliegues del rostro descendieron al comenzar a abrir más la boca; era como si la piel se estuviera derritiendo por momentos, algo semejante a llevar una mascarilla que empezara a agrietarse por no respetar su tiempo de uso. Abrió más la boca; su lengua seca y pastosa— se encogió hasta rozar la campanilla. Formó una “S” horizontal, como un pergamino enrollado. El extremo comenzó a elevarse mientras un caldeado suspiro se escapaba por la escasez de huecos que dejaba la boca. Los pómulos se comían a los ojos, hundiéndolos dentro de lo que antes habían sido dos párpados firmes. Emitía sonidos guturales en lo que sus órganos de visión, atrapados entre dos paredes de carne, se antojaban como dos perlas vidriosas en el interior de una ostra.
               «Te quiero mucho, mamá. Quiero que sonrías siempre, que estés alegre y que yo lo sienta desde…
… que yo lo sienta desde…
…desde…»
Recordaba las últimas palabras de su hijo mientras luchaba por recuperar el oxígeno. Sería fácil poder hacerlo al poseer una especie de ventanilla de emergencia en caso de disgustos, pero el ser humano no cuenta con ninguna, y cuando no se puede respirar, el cerebro exige oxígeno mientras una rebelde, llamada adrenalina, se dispara alocadamente.  En el caso de Ana, recordar lo último que dijo Iván no hacía sino empeorar la situación.
Mariano tenía frente a él al vivo rostro del horror. Su novia, esa mujer de treinta y seis años recién cumplidos y con especial hermosura gracias a sus rechonchos carrillos — los cuales realzaban su beldad— se había convertido en una especie de cadáver firme, como si sus pies se hubieran fundido con las baldosas del piso. Su cara ya no poseía los orondos mofletes que le daban ese toque sexy, sino unos hoyuelos remarcados, como si su propia carne se los acabara de succionar. Era una calavera forrada en una fina capa de piel, con las venas de la frente en relieve, latentes y en forma del mismo relámpago que paralizó a Mariano al verlo manifestarse en el patio a modo de luminoso fogonazo. Se estremeció instantes previos a zarandear a su chica y decirle:
—¡¿Qué te ocurre, Ana?! ¡Reacciona, por el amor de Dios!
Pero le era imposible reaccionar. Mantenía una beligerante batalla entre los recuerdos y la sensación de acabar de entender las últimas palabras de su hijo. Sabía que desde pequeño había sido alguien especial, un niño sensible pero con el don o la desgracia de ver las cosas antes de que estas ocurrieran. Iván se había despedido de ella; la corazonada se lo acababa de dejar en bandeja, y solo tuvo que revivir su voz para darse cuenta de que no volvería a escucharlo ni a verlo vivo nunca más.
«Desde allí… Desde allí… Que yo lo sienta desde allí».
La lengua de Ana se sacudió con un ligero espasmo. Su garganta marcó el movimiento al tragar por instinto y al tiempo que abría y cerraba las manos.
“Allí” no era la mili, “allí” era el cielo.
Profirió un ahogado ronquido. Atronó en su pecho como si se lo hubiera partido antes de llegar al exterior. Vomitó el sufrimiento que se estaba ensañando con ella, con tanta dureza que la dejó encorvada.
—¡¡SE HA MATADOOOO!! aulló, enloquecida—. ¡¡MI HIJO SE HA MATADO!!
Agarró un brazo de su chico con la diestra, apretándolo tan fuerte que al movimiento parecía que acabara de agarrar un cable de alta tensión.
—Qué… —Mariano hizo una pausa. Sus palabras salieron a modo de quedos balbuceos; después, digiriendo lo que acababa de escuchar, reaccionó gritando—: ¡¿Qué dices?!
—SehamatadoSehamatado… —repetía, atropellándose a sí misma—. Mi ni… Mi niño se ha matado. ¡¡SE HA MATADO!! –Sacudía el brazo de su novio con cada grito—. ¡¡SE HA MATADOOO!!
»¡¡IVÁAAAN!!
Se dejó caer. Las rótulas golpearon las baldosas con un sonido similar al de una bola de petanca al chocar contra otra; acto seguido los puños hicieron lo mismo, solo que, insatisfechos, repitieron el proceso una y otra vez, y a gritos de: “Iván, Iván”.
—¡Tranquilízate! –Se agachó para abrazarla.
—¡¡MI NIÑO ESTÁ MUERTO!! –Daba puñetazos al suelo, igual que Iván los dio antes de morir—. ¡¡ESTÁ MUERTOOOO!! 
—¡¿PERO POR QUÉ LO SABES?! –Mariano también estaba histérico. No entendía nada.
—Mi ni… —Se detuvo. El corazón volvió a sacudirle el pecho con fuerza. La boca que antes había estado tan abierta se fue cerrando al tiempo que la piel se destensaba para que las arrugas regresaran a su posición habitual.
—Ana –Mariano se preocupó—. ¡¡Anaaa!!
Ella soltó una serie de estertores, rígida y con la vista perdida. Sus ojos miraban pero no veían; era su cerebro quien terminaba de revivir las últimas palabras de Iván.
«Saber que estás feliz y contenta, todos los días de tu vida. Hazlo».
Una lágrima brotó de su ojo derecho. En vez de agua parecía ser de plomo, ya que mientras se deslizaba por su rostro, Ana perdió el equilibrio hasta caer de bruces.


3


El sargento llegó hasta la habitación desde donde se había escuchado el disparo. Tenía la puerta entreabierta, y con tan solo un empujón con la culata del arma, un triste toque, la madera le haría un hueco lo suficientemente amplio como para que entrase a desvelar el misterio.
No era la primera vez que se veía en una como esa. Diez años atrás, mientras hacía las prácticas para entrar en el cuerpo de policía, un aviso a las cinco de la madrugada le dejó frente a una vivienda que se repitió en su subconsciente noche tras noche como una maldita digestión pesada.
«C/Avoceta 26  3ºC». Ahora la dirección afloró en su mente sin previo aviso, empujando al resto de pensamientos para ser la única protagonista. El sargento Redondo necesitaba empujar de esa manera: sin avisar. Aquí estoy yo porque he venido, y no hay más cojones que los míos.
No los tenía. Ante débiles, cabos y demás militares desarmados sí, pero después no.
La puerta que tenía delante no era más que un deteriorado rectángulo de madera, fino y abombado como un pedazo de cartón humedecido; sin embargo, el terror le hacía verla tal y como vio la de aquella casa medio destruida: de aluminio agujereado, igual que si la hubieran llenado de perdigones; con varias abolladuras en la parte baja –seguramente de la gente que la había pataleado por comodidad al no tener timbre— con un agujero del tamaño de una galleta María en la parte superior, carente de mirilla y, la “C” del 3ºC, bocabajo, pendiendo de su parte inferior. Verla así era como estar delante del 3º S. Quedó en la pared una marca empobrecida, igual que si alguien hubiera repasado su contorno con un lápiz 2H y apenas se viera. La pieza medio suelta y de color plateado, terminaba en un finísimo extremo que le daba aire de guadaña.
Ese día fue su compañero quien empujó la puerta. Lo hizo con la puntera, y acto seguido apuntó con el arma reglamentaria.
«¡Policía!», gritó, y él lo siguió.
No tenía miedo. Iba acompañado; de ocurrir algo, al primero que se llevarían por delante sería a su tripudo compañero, no a él. Para entonces ya habría disparado a matar.
No hubo disparos, y no encontraron sangre, asesinos ni cadáveres. No obstante, con lo que vieron hubo un antes y un después en la vida del sargento Redondo. Desde ese día dividió sus primeros veinticinco años en un bloque, y los quince restantes –hasta la fecha— en otro.
Una mujer baja y rechoncha, con el cabello rubio, y que con el ajetreo de sus movimientos lo hacía parecer las tiras de trapo de una fregona vista de espaldas, subía y bajaba el brazo izquierdo en continuas repeticiones. Lo alzaba, esperaba unos segundos y volvía a bajarlo. Parecía el brazo del muñeco Chucky apuñalando a sus víctimas; de hecho, la señora también asestaba puñaladas, solo que a algo tan inofensivo como…
Iván, el enclenque con los huevos del mismo tamaño que los de tu hijo recién nacido, y que ahora se ha volado los sesos para que seas el primero en ver el cráter de su melón reventado, se le cruzó por la mente y lo desechó sacudiendo la cabeza.
… una almohada. La había rajado de arriba abajo infinidad de veces, y continuaba haciéndolo una y otra vez. Con cada puñalada, volaban pedazos de algodón como si fueran plumas. Cuando la señora se dio la vuelta, los agentes apreciaron un rostro sonriente y feliz, de gruesos y anchos labios marcando un esbozo desdentado, pero tan amplio en su reducida cabeza y de cuello prácticamente inexistente, que daba la sensación de ser solo una ennegrecida boca con dos lupas tan gordas en los ojos como el culo de dos botellines de Coca-Cola.  El filo del cuchillo, al que sostenía y ofrecía a los dos hombres como si acabara de sacar a un conejo de una chistera, se curvaba hacia arriba a modo de calzador.
«Mi pobre marido lleva días sin quejarse, y quiero que se queje, agentes, vaya que sí». Rio, y lo hizo como las típicas brujas de cuento, esas que ríen a carcajadas en lo que remueven la pócima en un caldero gigante.
Se trataba de una señora que llevaba ocho años viuda y que había soportado la agonía de su marido con tanta intensidad, que aun cerca de una década sin él, todavía revivía sus quejidos como si siguiera a su lado. Al no escucharlo, acuchilló la almohada en la que él apoyaba la cabeza pensando que así lo volvería a sentir gritar…
El sargento Redondo se pasó más de tres meses durmiendo a deshoras y sufriendo pesadillas cada vez que el sueño lo vencía. Veía sus pies caminando largos minutos por un pasillo, y así hasta que topaba con un habitáculo donde una señora apuñalaba algo que emitía quejidos ahogados. Cuando esta se daba la vuelta, el arma que portaba en la mano era en realidad una avoceta (como la calle) con el pico curvo y manchado de rojo. En la cama, un esquelético anciano yacía abierto en canal, solo que en vez de escurrirle sangre por el tórax, le salían plumas. Sus escleróticas eran de color marfil, pero también con plumas rojas encristaladas en vez de iris, igual que si fueran la decoración de una canica.
«He desplumado al gallito porque no dejaba de cacarear, madero. ¿Quí-quiriquí eres que haga lo mismo contigo?». Después de hablar, la señora reía mostrando una amplia hilera de plumas rojas.
Cada vez que despertaba de la pesadilla lo hacía empapado en sudor y con miedo de mirar al lado vacío de la cama por si encontraba allí a un anciano amortajado con plumas rojas. A veces llegó a tener la ligera sensación de que alguien le observaba en la noche, de que ese espacio derecho —ausente de mujer por aquel entonces— se hacía notar con una respiración entrecortada y quejumbrosa. Apretaba los párpados al máximo y volvía a recostarse, tiritando como tiritaba cuando de pequeño pasaba largas horas leyendo novelas de terror adolescente bajo la cama, con tan solo el tenue foco azulado de la linterna que su padre guardaba en la mesilla para casos de emergencia. Ya por aquel entonces le costaba pegar ojo sin antes temer la aparición de algún fantasma o monstruo. Al esconder los ojos entre las persianas de carne, emergía en su mente la imagen de la vieja asesina empuñando el cuchillo.
«¿Quí-quiriquíeres que perfore tus cuadradas abdominales, señor Redondo?», y la imaginaba cortando esa tableta de chocolate trabajada en duras horas de gimnasio. La vieja reía mientras él sufría ataques de pánico.
Después de más de seis semanas así, decidió abandonar el cuerpo de policía sin apenas haber entrado. Para dárselas de chulo, pensó que era mejor hacerse creer que necesitaba un arma más grande, que una pipa le sabía a poco, vestir de verde en vez de azul y sostener un fusil con las dos manos, en las mismas que, ahora, no lograba templar los nervios. Llevaba el miedo consigo, acompañándolo a cada paso que daba como si fuera una sombra traicionera. Ese temor le resultaba curioso sabiendo que dentro encontraría al ser más ridículo que había conocido en su vida, por ello no entendía cómo era posible que, rondando la cuarentena, sus manos temblaran como si en verdad fueran las de un viejo de ochenta años.
Lo de la «vieja pollera» (como la terminó llamando para normalizar el problema)  fue lo más duro que había vivido en sus años de existencia; por ello, que ahora se viera temiendo por un ser que, según él, lo que daba era risa y no miedo, le intranquilizaba sobremanera, y hasta golpeaba en su orgullo. Se sentía como un niño que teme al hombre del saco.
            Es la puta risión del cuartel, joder, pensó intentando envalentonarse para entrar en la habitación. Sudaba copiosamente. El arma no dejaba de moverse a causa de los nervios, sonando como si el hierro copiase el sonido de un castañeteo de piezas dentales.
            ¡Tranquilízate, hostias!, se dijo, con la frente empapada entre gotas de lluvia y sudor frío (muchas más de este último).  Solo es un niño con tetas y largo de huesos, nada más. —En menos de veinticuatro horas Iván se había convertido en la comidilla del cuartel. La llegada de un chico con tetas rompía todos los esquemas. Atrás quedaría el salir de la mili con quinientos gramos más en cada testículo: los militares se excitarían al compartir habitación con alguien que de cintura para arriba tenía lo que tanto les gustaba acariciar en sus parejas. Cuando el sargento hizo la mili, tanto él como sus compañeros aguantaron dieciocho meses sin haberse tocado el miembro más que para orinar, ni siquiera habían sentido la necesidad de tener que aliviarse. No había nada femenino que despertara su más que muerta testosterona; sin embargo, cada vez que Iván se cambiara delante de ellos, varios mástiles alzarían la bandera. A más de uno le provocaría excitación y, posteriormente, estrés postraumático por habérsele levantado mirando las tetas de uno con un colgajo entre las piernas (terrible trauma para los puros machos)—. Recordó lo que le había comentado al teniente sobre Iván, y la reacción de este último, ahora le arrancó una sonrisa, como en su momento. Ambos habían reído largo y tendido.
            «—¿Un hombre con pechos? –El teniente se incorporó, lívido y apretando los dientes—. ¿Está usted de guasa, sargento?
            —En absoluto, mi teniente –Tragó saliva, cuadrado ante la imponente figura de su superior. No había sido fácil decirle lo que acababa de llegarles, pero no tenía otra opción—. Y… —Volvió a tragar saliva—. No es un hombre, señor.
            El teniente se acercó hasta él. Los cuatro pelos canosos que le quedaban bajo las sienes se movían al emitir muecas como si fueran mofletes al masticar. El sargento, todavía cuadrado y con la vista al frente, pero con un continuo sube y baja de su nuez de Adán, contuvo la respiración.   
            —¿Me está diciendo que se ha colado una mujer? –preguntó con voz calmada, lenta—. ¿Una mujer en un grupo de veinte hombres? ¡¿ME ESTÁ DICIENDO ESO?! –le vociferó al oído.
            —No…no, señor –Se atropelló al responder—. Ti…tiene… —No sabía cómo llamar al sexo de Iván—. Parece un hombre, pero es… —Volvió a tragar saliva—. No sé lo que es, mi señor, pero de hombre tiene poco.
            El teniente levantó más los párpados. Sus pobladas cejas–prácticamente una sola unida en dos— se elevaron hasta hacer desaparecer los pliegues de su frente. Fue como si estos tuvieran vida propia, vieran algo superior y dijeran: aquí viene la grande, y enfadada. Hay que esconderse. Miró al sargento apretando los puños, rugiendo como un molesto ronroneo.
            —¿Dónde está ese ser? –Las palabras salieron por los huecos de sus dientes sellados, apenas sin mover los labios.
            —E…en el baño, mi teniente –Su nuez volvió a subir y bajar, con un ruido similar al de la propia garganta al tragar líquido a la fuerza.  
            El teniente, después de observarlo unos ocho o diez segundos más, se dirigió a los vestuarios. El sargento apretó los párpados, murmurando entre súplicas de: la que se va a armar. No quiero saber nada, y menos comerme el marrón. Pero apenas un minuto más tarde, una carcajada del teniente y, la de los restantes diecinueve hombres acompañándola, le hicieron respirar aliviado».
            Borró el recuerdo al empezar a entrar en la habitación; nada seguro, pero sin otro remedio. Había salido impune al haber ridiculizado a Iván delante de todos sus compañeros, aunque si no entraba a ver su supuesto cadáver (todo le indicaba a que así sería) iba a ganarse varios días de arresto, e incluso podía que hasta compartir castigo con alguno de los novatos, y ello volvería a herirle el orgullo. La sonrisa también se le borró.
            Se adentró en la habitación. Desde el umbral golpeó la puerta con la puntera de la bota, torpemente, lo que hizo que saliera disparada contra la pared, el pomo chocara contra ella y, este, como si tuviera vida propia para atolondrarse, regresara para impactar contra el antebrazo del sargento. Con el alma encogida y el corazón desbocado, como si en el pecho tuviera el cañón de una ametralladora disparando contra una pared acolchada, dio un leve respingo, lo justo para que las cervicales protestaran con un sonido muy parecido al que deja una fina capa de hielo en la nevera después de presionarla por varias partes. Expiró, pero la respiración se le cortó igual que un amago de estornudo.
            —Me cago en la ma… —masculló. –Cuando tenía cerca de nueve años, una vez, durante un berrinche en casa de papá, y en presencia de su querida (no la novia, sino la otra de después), golpeó la puerta de la habitación con una fortísima patada. La querida de papá se enfadó y le dijo: «No quieras hacerte tan duro y deja de maltratar la puerta. Las puertas no devuelven los golpes».
            Debías de chuparla muy bien para que mi padre te aguantase tanto, porque lo que es razón, no has tenido nunca en tu puta vida, pensó.
            La puerta le había devuelto el golpe, pero también sabía de sobra que, a veces, cierto tipo de golpes resultan ser más duros que los físicos. Ver a Iván sin vida, tal vez despatarrado y bañado en sangre, iba a ser un duro golpe para él.
            —No quiero verlo –dijo, con algo más de firmeza en el pulso, pero flaqueándole las piernas.
            Claro que no quería verlo así. Lo quería vivo, verlo llorar con la cabeza gacha mientras se reía de él delante de sus compañeros. Ver cómo le bailaban los senos con el ajetreo del pecho al hipar mientras se cubría sus partes con las dos manos, pudiendo prescindir de una de ellas.
            «—¿Tu novia de donde te ordeña?
            —¿Algo así cree que tiene novia, mi sargento? –respondió Julián con una pregunta—. ¡¡Le daba la teta a su madre en vez de ella a él!!»
            Quería seguir viviendo escenas así, esas que resultaban desagradables para Iván, no para él.
            Avanzó dos pasos más. Los pies le temblaban como si estuviera pisando por un campo minado. La habitación se repartía en literas: cinco a un lado y cinco a otro, y al fondo derecho, medio oculto por la última litera, un triste ventanuco abierto con las hojas de aluminio. Allí estaba la prueba: las gotas de sangre escurriendo por el cristal dejaban claro que el chico se había suicidado.
            —Tiene que estar bajo la ventana –se dijo, de nuevo inmóvil.
La cama superior más cercana del lado izquierdo tenía la sábana colgando y prácticamente tapaba la de abajo. Si no fuera por la sangre de la ventana, el sargento habría pensado que Iván se escondía allí.
Siguió avanzando. Al aproximarse sintió una opresión en el pecho que iba ascendiendo. Para él era como vivir la extracción de un endoscopio sin anestesia, la sensación de querer vomitar algo sólido pero estancando en la garganta. ¡Ese puto medio medio está cadáver y me toca verlo a mí!, pensó con terror nauseabundo. El atranque de los nervios se convirtió en arcadas. El estómago le rugió con violencia, pareció hacerse un nudo y le obligó a sacar pecho mientras abría la boca. Tenía a un muerto a escasos cinco pasos de distancia, y no a uno cualquiera, sino a “el muerto”: un tío con tetas naturales y  con el vello público tan poblado que le ocultaba la mitad de su micropene. Para el sargento Redondo era como ver un clítoris rodeado de dos quistes epidérmicos. Y después estaba ese medio balón de rugby en el coco, latente y con venas tan gordas como tallos. Lo había visto latir con sus propios ojos, y era lo que ahora imaginaba muerto.
«Pero, ¿qué cojones se supone que eres?», le había preguntado al vérselo, llegando a pensar que una persona así podía tener el corazón en la cabeza. Pensaba de Iván lo mismo que pensaron de él sus compañeros de colegio: un mal polvo en una noche de borrachera.
«—A tu madre la debieron de joder en una postura aún por descubrir, pero de seguro que con más trajín que el de una montaña Rusa.
—Me gustaría saber cómo es la madre, sargento –dijo Dani.
—A mí me gustaría más saber cómo es su padre –respondió el sargento—, y darle dos hostias por no saber meterla bien. –Se quedó mirando a Iván con seriedad mientras los demás reían.
—Es… está muerto –respondió Iván, reprimiendo las lágrimas, con la cabeza gacha y las manos cubriendo sus partes.
—Mejor –respondió el sargento—, porque si no lo mataría yo mismo por tener que aguantar ahora a su fruto podrido. –Iván empezó a llorar—. No llevas su recuerdo en el pecho, ¡llevas el requesón que un día necesitó ser leche para preñar en condiciones a tu puta madre! –Todos reían—. Eres un rompecabezas humano, con los pectorales abolsados y el nabo encogido de por vida. Y… —Apiñó los párpados para observar el bulto de Iván con atención—. Pero… —Palideció al verlo palpitar. Se movía como si alguien lo empujara desde dentro. El sargento puso una cara ignota para él mismo. De haberse visto en el espejo en ese instante, se le habría detenido el corazón—. Qué… ¿Qué coño tienes ahí?».
Se lo seguía preguntando. Recordándolo, volvió a sufrir una arcada.
Si te has volado los sesos, ese bulto…
No le quedaba más remedio que comprobarlo.
Apretó los párpados con renuencia antes de dar un nuevo paso, y después otro. Sabía que al abrirlos encontraría el cadáver, a no ser que, además de mal hecho, también contara con una vida extra y estuviera vivito y coleando.
Exudó de nuevo. Por la frente le corrían gotas frías, igual que si estuviera a cuarenta grados a pleno sol. No parecía llevar un fusil, sino un cencerro de metro veinte. Las manos se aferraban a él con tanta fuerza que las venas copiaban el grosor de las de…
el puto bulto, pensó mientras le tiritaban sin manera de calmar el pulso.
Avanzó otro paso más. Juntó las piernas de la mima forma que las unía para cuadrarse ante el teniente, solo que esta vez, le temblaban tanto que hacían sonar lo que llevaba en los bolsillos bajeros del pantalón. Apretó los dientes. Una gota de sudor empezó a deslizarse por su párpado izquierdo, y al notar el contacto, se estremeció. Había sido una simple gota de sudor; cuando mirase a Iván, vería cientos de ellas repartidas en, seguramente, más de un sanguinolento charco.
El cielo atronó en compañía de un resplandor mortífero, tan repentino e inesperado, que el sargento se vio en la misma situación en que se había visto Iván durante toda su vida y, sin ir más lejos, delante de él. Se orinó en los calzoncillos. Él si los llenaba, bien ajustados a sus partes, pero a la hora de la verdad, la orina era exacta a la de Iván; el miedo también. Acababa de orinarse delante de la persona a la que agredió por haberlo hecho en su presencia.
«Los hombres no se mean encima, miedica».
Apretó más los párpados, con ganas incluso hasta de llorar, y llorar de miedo. Si sus palabras de verdad eran ciertas, él tampoco era un hombre.
Joder… ¡Joder!
El agobio, la desesperación, quizá el terror o una mezcla de todo lo descrito, le hizo levantar los párpados. Desde el inicio tenía pensado hacerlo poco a poco, pero lo culminó de un rápido movimiento. Al levantarlos, las elucubraciones de todo el camino dieron a luz a la pesadilla. En lo de que los hombres no se mean encima no tenía razón, ni tampoco al haber afirmado que el cuerpo de Iván había venido al mundo para provocar risas y no miedo, ya que nada más mirarlo, se aterró por completo.  
La hilera de dientes de abajo fue apartándose de sus compañeros superiores, cayendo la mandíbula con tanta lentitud que parecía un grito en slow. Cuando los labios terminaron de separarse, le dejaron el rostro petrificado. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el sargento fuera un mimo aguantando las ganas de moverse a propia voluntad, ya que el terror interno le hacía tiritar igual que un espantapájaros ante una ráfaga de viento.
—Qué…—Se le cortó la voz. Tanto horror contenido, tantos nervios soportados durante el trayecto, terminaron por agarrotar sus manos. Quedaron dos rígidas y heladas garras incapaces de sostener el fusil por más tiempo. El arma, por culpa de la tiritona, cayó al suelo para dejar al hombre (desde hacía segundos como nuevo miembro del club de los hombres meones) indefenso a la par de acongojado. Intentó decir: “¿Qué demonios te has hecho?”, pero ese “qué” fue lo único que arrancó a pronunciar. Quería gritar, llorar, despegar las suelas que parecían haberse fundido con la tarima del piso y echar a correr. Correr sin mirar atrás ni volver a pisar nunca la habitación.
Bajo el pequeño ventanuco, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en la pared, sosteniendo el arma que había acabado con su vida, Iván yacía ensangrentado. Era él, el sargento no tenía la menor duda. Quería mirar alrededor y visualizarlo todo, pero le era imposible. Sus ojos sí tenían intención de responder, pero su cuello no. La cabeza entera le vibraba, haciéndole pensar que el cerebro navegaba por libre dentro del cráneo. Lo sentía moverse como un fruto dentro de un tarro de almíbar; y es que con el continuo tembleteo, la calavera se antojó suelta. Era como si de pronto la capa de carne que la mantenía sujeta acabara de hincharse y el conjunto de huesos hubiera quedado suelto, golpeándose de un lado a otro como el compartimento secreto de una caja con doble fondo en movimiento. Contemplaba algo tan aterrador que el miedo le invadía por dentro y por fuera.
Es… es…, balbució entre dientes.
Los ojos se desplazaron al lado derecho. Solo los ojos, sin giro de cuello. Sentía tirantez, frío en la esclerótica y dolor en la mitad del globo. Forzar la vista así no era nada bueno, pero mucho peor era que el flexo con el que se había ayudado Iván para escribir su historia, enfocara directamente hacia la parte que, o bien tendría que imaginar el sargento, o bien recordarla. No tenía intención de cumplir ninguna de las dos opciones, solo apretar los párpados con fuerza y desaparecer. Esa sí. Lo firmaría sin dudarlo. Lo que restaba de ese cilíndrico foco de luz alumbraba la mancha de sangre que el cadáver tenía encima de los hombros, repartida por la pared. Al haber oscurecido a causa de la tormenta, al contraste del tenue haz de luz se antojaba como una sombra color magenta. El sargento no quería mirar más a Iván, o mejor dicho, a lo que quedaba de él…
Después de haber visto lo que intentaba borrar de su mente, vio de refilón cómo la culata del fusil, apoyada entre el hueco de las piernas abiertas, ocultaba los genitales, y cualquiera que no conociera a Iván podría llegar a pensar que se trataba del cuerpo de una mujer algo ancha de espaldas. Tres cuartas partes del fusil descansaban entre ese canalillo que nunca debería haber tenido; los antebrazos elevaban los senos y la sangre escurría por ellos con la misma velocidad con que un puré se desliza por el recipiente al que vuelcan para servirlo. El sargento jamás había visto una sangre tan espesa.
Ahora, minutos después de haberlo visto, mientras seguía mirando al flexo de la mesilla, el cielo volvió a hacerse notar. Un trueno estalló en sus aguzados oídos, el terror le invadió del todo y comenzó a llorar. Lloraba con vergüenza, sufriendo como ni siquiera había sufrido de niño.
Por primera vez en su vida se lamentaba de haber tomado la errónea (ahora era errónea) decisión de abandonar el cuerpo de policía. Bienvenida fuera por siempre la vieja descuartizadora de almohadas. Sí, vuelve tú y raja lo que quieras. Vuelve a mi recuerdo. A ti te pude olvidar, pero lo que acabo de ver y estoy viendo, no lo olvidaré mientras viva. Regresa y llévatelo. Prefería volver a tener pesadillas con ella que tenerlas con Iván. Barruntaba que así sería, por ello no dejaba de llorar como si fuera un crío de no más de cinco años, un niño que, por ejemplo, acababa de ver cómo su padre era un cuerpo sin vida, pero que lo que le había aterrado horas antes estuviera separado de su cuerpo y rodeado por dos agentes de policía; llorando como un niño que no entendía por qué su papá ya no tenía cabeza, y a esta, le escurría un charco de sangre bajo la nuez del poco cuello que le quedaba.
«La bruja malvada se llevó la cabeza de mi papá». Así lo arregló Iván antes de empezar a sentirse culpable del suicidio y ver al fantasma de su progenitor llamándole asesino, y hasta ofreciéndole los besos que nunca antes le quiso dar.
Iván lo logró en parte durante su infancia, pero…
¿Cómo lo vas a hacer tú, presidente del club de los hombres meones?
Era como si se lo preguntara su propia y remordida conciencia.
¿Cómo me vas a decir a mí, a tu querida mente, que borre esta imagen?
—No le que… —Quiso decirlo del tirón —Sabía que lo mejor ante situaciones tan duras era hablarlo. El ser humano tiende a ocultar, a callarse todo, pero la mejor cura no es cebarse a antidepresivos de la felicidad y ansiolíticos que te dejen como una malva, sino hablar y hablar. Esa es la mejor medicina—; quiso, esperanzado de abrir paso a lo que podría ser una nueva temporada de insomnio y delirios del subconsciente, pero no pudo. Dentro del vibrante cráneo sí; los pensamientos son la respuesta al temor: una especie de desahogo enmudecido que se manifiesta sin previo aviso, aflora en la mente y toma el control del individuo. Intenta hacer algo sin contar conmigo, que jamás podrás. Nadie es capaz de hacer callar a su cabeza.
Eso no es cierto, y el sargento sabía que no lo era. El ridículo sin cojones le acababa de demostrar que tenía más que todo el cuartel al completo. Encogidos, apenas apreciables, pero bien gordos en cuanto a simbolismo y valentía. Toda su vida fue un gallina para sus compañeros de colegio, para su abuelo, para su padre. Dicen que suicidarse es de cobardes, pero las agallas de quien lo hace no pueden discutirse. ¿Pensarlo? Muchos, prácticamente todo el mundo en algún momento, ya sea en un mal día, en una época de subidas y bajadas, con abundancia de estas últimas hasta ansiar desaparecer. ¿Hacerlo? Muy pocos, pero llegar a ese punto y solo imaginarlo, provoca más escalofríos que cualquier escena terrorífica.
No le queda cabeza, se dijo el sargento para sí mismo, con miedo de escuchárselo en voz alta. Era tan terrible que no sentía fuerzas para articular palabra. Tenía delante la prueba de que sí hay gente capaz de callar a su cabeza. Iván lo había hecho, y con tantas ganas, que la redujo a polvo.
El sargento no lo quería mirar porque Iván se había asignado un final muy parecido al que tuvo su progenitor. Trece años más tarde (aliándose el tan temido trece al 3 de octubre, el nuevo número de la mala suerte) una bala finalizó sus quebraderos de cabeza.
«Métetelo en la cabeza», y se lo metió. Necesitaba meterse una bala, perforarse la sesera y desaprisionar los recuerdos que no habían hecho sino martirizarlo. Dieciocho años enjaulados como un pájaro sin libertad, de un lado a otro, golpeando las paredes del cráneo y provocándole un gravísimo dolor emocional. Mientras crecía el orgullo de las personas que lo despreciaban, las burlas y los insultos iban alimentándose de la debilidad de Iván, creciendo ellos hasta inflamarse y, resignados, dar la sensación de explotar. Un cúmulo de recuerdos es peor que mil bacterias concentradas en una parte del cuerpo. No descansa hasta que se abre una herida, sangra, duele un tiempo y luego sana, forjando una cicatriz que preside el momento de la intervención. Me acuerdo de ti porque eres un signo y te veo, no un síntoma que llevo por dentro. Eso se dice la mayoría de personas cuando, años después de sufrirlo, recuerdan un golpe al caer de un columpio, los siete puntos en la frente por jugar a tirarse piedras o los tres implantes que sustituyen a las piezas que se dejó en un banco de piedra por hacerse el duro delante de las chicas… Los recuerdos no se borran a no ser que, la tan temida amnesia, aparezca cuando más la deseas y te borre el disco duro. De otra forma, es imposible formatear la memoria si no le dices adiós al mundo.
Tras el disparo, los exasperantes recuerdos salieron a presión igual que pus después de haber reventado un doloroso y molesto absceso. Los “pichapequeña, el que no era un hombre, que no servía para más que llorar y mearse, que la tenía pequeña y que no follaría nunca, chocaron contra la pared como si fueran pintura roja tras reventar una bola en una batalla a disparos de Pinball.
Iván se había encañonado a sí mismo metiéndose el arma en la boca. Sus dientes, castañeteando de puro nerviosismo, estuvieron golpeando el cañón mientras sufrían dentera. Parecían una máquina de coser en pleno funcionamiento, solo que reproduciendo un sonido idéntico al de una uña golpeando una pieza de porcelana sin descanso: “KikKikKik”. Tragó varias veces sin mover la boca (lo había hecho siempre que le lavaban el cabello en la peluquería, y ello le irritaba porque cada vez que apoyaba el cuello en el reposacabezas, tenía la sensación de que se le iba a partir la garganta. La boca se le abría sola como si fuera uno de esos muñecos de juguete a los que se les bajan los párpados cuando los tumban, y tenía que ingeniárselas para tragar), provocando un ronco sonido gutural mientras sus párpados subían y bajaban una y otra vez. Las lágrimas le quemaban los ojos; le lloraban solos como si se los hubiera frotado con las manos sucias y estos respondieran con escozor.  Los dos pulgares de cada mano –ambos acariciando el gatillo como quien acaricia con ligereza la rueda de un mechero pero asegurándose de que no se encienda— tiritaron descompasadamente. Iván sabía que ellos eran el cerebro de su final, los encargados de poner el último punto a su historia. Solo tenía que apretar y dejaría de existir.
Apretó, después de maldiciones, insultos a la humanidad y a sí mismo. Sonó el disparo, la bala golpeó la campanilla como si fuera la trampilla baja de una puerta por donde los perros de las películas americanas entran a toda velocidad y, adentrándose entre carne, músculo y hueso siguiendo un camino en diagonal, lo perforó todo hasta agujerear la parte pariental. Desarmó la cabeza igual que si fuera un pollito empujando el cascarón que lo aprisiona de la libertad, y lo redujo a polvo. En la pared, el sargento no veía los sesos ni fragmentos de hueso, solo espesor rojizo. Era imposible diferenciarlo porque estaba hecho papilla. Lo único que tenía claro es que la pared no era un croma ni Iván ningún actor de cine; por lo tanto, el que de labios para arriba el cadáver no tuviera más que sangre, y que lo que le quedaba de piel y músculo pendiera en colgajo como la cáscara de un plátano una vez pelado, no era ningún efecto visual ni truco de cámara, sino la cruda realidad.
El sargento Redondo vomitó tras forzarse a volver a verlo.
¿Tiene o no tiene cojones, eh?, pareció decirle la mente en lo que expulsaba todo su malestar.
Ha callado a su cabeza con un par, y a ti te ha dejado mudo para siempre.
Encorvado y con los brazos en jarras, intentaba controlar los abruptos movimientos de su estómago. El órgano, hecho un nudo, se retorcía con saña. Lo sentía como una especie de bayeta exprimiendo todo el jugo gástrico, pero ya no eran más que amagos que le hacían pitar los oídos y le formaban una bola en la garganta; después, comenzó a sufrir un severo ataque de tos.
—Est… (cahúm) –Tosía—. Jo… (Cu-Úm) der.
Un relámpago sacudió la atmósfera. El crepúsculo se vio tocado por un chispazo de luz y la claridad iluminó momentáneamente la trágica escena que vivía el sargento. Preocupado por calmarse, pasó por alto aquello de que a quien debe temerse es a los vivos, que los muertos, muertos son. Son muchos quienes lo afirman, pero pocos los valientes que no sienten temor al mirar un cadáver. El sargento había dejado de pensar que el cuerpo de Iván era algo que provocaba risas para bautizarlo como lo más terrorífico que había presenciado nunca. Sin embargo, seguía sin tenerle miedo. Temía a su deformado cuerpo y ahora también temía al deshecho de su cabeza, pero no a él.
Un quejido fugaz, algo así como un llanto de un microsegundo, le hizo levantar la cabeza en lo que su corazón volvía a desbocarse.
—¿Qué ha sido eso? –preguntó alarmado. Movió el cuello en todas las direcciones posibles en busca del culpable, pero no vio a nadie. Creía estar volviéndose loco. En la habitación no estaban más que el cadáver y él, aunque si seguía en plena cordura, juraría que quien acababa de llorar era un niño.
Lo escuchó de nuevo. Sus oídos agudizaron y supo que lo había captado en la dirección en que se hallaba el cadáver; de hecho, pensaba que era este quien había llorado.
Negó con la cabeza. Primero muy despacio, pero después agilizando el proceso  hasta contradecirse con bruscos movimientos de un lado a otro. El llanto emergió de nuevo, y esta vez lo escuchó con claridad. Atronó como lo que llevaba rato quejándose en el cielo, pero reverberando entre el hueco de lo que ya no existía. Lloraba un bebé. ¡¡Lo tenía clarísimo!! Así lo había hecho su pequeño seis meses antes nada más llegar al mundo.
El viento sopló con fuerza. La hoja de la ventana chocó contra el respaldo de la pared, momento en que el sargento, con la sangre helada, se irguió del susto emitiendo un respingo. Quedó firme, de nuevo como una de las tantas veces que se había cuadrado ante su teniente. Con el característico vaivén de una pluma, varios folios del manuscrito que Iván tenía encima de la mesilla volaron por la habitación. El sargento, mudo, los miraba con la sensación de que se estaban burlando de él. Era como tener delante algo que lo toreaba. Adelante, atrás; adelante, atrás. Ahora sí, ahora no. Me río de ti porque Iván no es el único imbécil que hay en el mundo, y tú le ganas con creces.
Uno de los papeles aterrizó sobre su bota derecha. Con demasiado temor, como si lo que acabara de posarse encima de su pie fuera una araña, tarántula o cualquier insecto de muchas patas a los que tenía fobia, fue bajando la vista lentamente. Las mejillas le vibraban al negar repetidas veces por medio de un tic nervioso. En letras bastantes gruesas y algo torcidas.
A pesar de echarlo un primer vistazo con aparente calma por culpa del miedo, se agachó a por ello a la velocidad del rayo. Tras apoderarse del papel y medio estrujarlo con la brusquedad con la que lo había atrapado, volvió a erguirse. Lo cogió como quien con nervios, recoge algo con rapidez antes de que quien le da la espalda se gire y le pille con las manos en la masa. Tenía miedo, mucho, y seguía sin saber por qué.
Los muertos no hacen nada, se dijo. No se comen a nadie; no muerden, no respiran.
—No lloran –susurró.
Empezó a leer.
«—Sabes que mamá sufrió dos principios de aborto, ¿no es cierto?
Tardé en responder. A pesar de saber que no soñaba, me era difícil aceptar la realidad, y además tan de repente.
—¿Eh? —pregunté, aturdido y como si no prestase mucha atención a lo que me decía—. Sí, sí. Lo sé. —Volví a llevarme las manos a aquello que me hablaba. Desprendía mucho calor
            —En el primero de ellos, uno de los gemelos, que era yo —siguió diciéndome—, quedó para siempre como un feto. —No podía creérmelo. Seguía contradiciéndome en que no era más que un sueño, una de tantas pesadillas vividas; sin embargo, era cierto (lo es, lector)—. Tú seguiste creciendo a pesar de las palizas de papá a mamá, y de los disgustos —Escuchaba con atención—; te llevaste muchos golpes estando en el vientre de mamá, muchos golpes. Creciste a base de lágrimas por su parte, llantos y maldiciones. Que una criatura soporte eso mucho antes de nacer, es de valientes y fuertes. No eres débil, Iván.
            —¡Esto es una pesadilla! —Me llevé las manos a la cabeza, desesperado y al mismo tiempo aturdido. Los gritos me seguían doliendo, y mucho más el que me dijera que yo era una persona fuerte—. ¡Deja de decir mentiras!
            —No son mentiras. Te lo digo de verdad. Hazle caso a tu hermana».
            Dio la vuelta a la hoja y siguió leyendo.
            «—¿Her…mana? —No podía creérmelo. Debí de quedarme tan blanco como la leche—. ¿Cómo que hermana?— pregunté en un mar de dudas repentinas.
            —La que perdí fui yo: tu hermana —insistió—.Que tú nacieras no significa que no hayas tenido que pelear por hacerlo, y lo conseguiste, por eso te digo que eres fuerte. Ahora bien, ¿en qué condiciones? Piénsalo. Hazlo, y lo sabrás.
            —No puedo. ¡No soy capaz de pensar en estos instantes!—Enloquecí—.¡No me vengas con estupideces de que si soy fuerte! ¡Te vas a reír de mí, como todos!
            —No. Jamás.
—¡No puedo más! ¡Mi cabeza me pide acabar con todo el puto mundo que me ha hecho llegar a ser un jodido fracasado!
            —No eres un fracasado —volvió a decirme ella (sí, ya no la llamo “bulto”) —. Eres la mezcla de dos personas: de chico y chica. Tus malformaciones no son más que la unión entre tú y yo, el acercamiento entre dos cigotos sufridores —¡Era eso! ¡Por ello me veía como una chica delante del espejo. Increíble—. Ambos nos alimentamos de la desgracia de mamá. Yo no pude nacer a pesar de quedarme con un hilo de vida en el interior, y tú, tú sacaste al exterior partes de mí que jamás debieron nacer.
            —¿Me estás diciendo que llevo toda mi puta vida sufriendo por tener el pecho que te correspondía a ti? ¿Eso intentas decirme? ¡¡Júralo!! —vociferé, rabioso».
            —¡¿QUÉ COÑO ES ESTO?! –gritó, con los brazos en tensión—. ¡Es el testimonio de alguien al borde de la locura! ¡El delirio de un…! –Se detuvo al observar el cadáver. Seguía en la misma posición. Era un muerto, y como tal, el sargento sabía que no se movería. Lo veía como uno de esos maniquíes decapitados, pero repleto de sangre; sin embargo, utilizó su memoria visual para completar lo que le faltaba. Le colocó la cabeza, gacha, incluso llorando. Nada en él era normal: sus pechos, sus genitales sin desarrollar, pero sobre todo…—. El bulto de la cabeza –escupió de carrerilla y en un tono empobrecido, afónico. Se lo había visto, él y todo el cuartel. Era posible que lo que acababa de leer no fuera ninguna mentira—. E…e… —Volvió a detenerse. El folio se escapó de sus manos de la misma forma que se escapó el fusil nada más ver el cadáver. Observó de nuevo los restos del cuello y cómo estos pendían por él como tiras de tela con cascabeles en el gorro de un bufón. Si lo que decía ese testimonio era cierto, allí, entre el puré de cerebral, habría reventado el pequeño cuerpecito de una niña que no pasó de ser un feto. Pero el sargento no veía nada más que pedazos de órganos descompuestos.
            Es… Esto es absurdo.
            —So… solo eres un cadáver –dijo en voz alta—. Un cadáver deforme. –Se serenó. Recordó una vez más al Iván vivo y su cuerpo ridículo. Volvía a ser el ser que no daba más que risa—. ¡Un cadáver ridículo! –Comenzó a reír. Reía sin apartar la vista de lo que le había hecho orinarse encima—. ¡Solo el cadáver de un majara desproporcionado! Feto… —Comentó con ironía—. ¡Tú sí que eres un feto! –Rio más—. ¡Vete a tomar por culo! –Flexionó las piernas para desternillarse a gusto. Su carcajada sí que daba miedo. Reía como un auténtico demente que no sabe si ríe o llora, ruborizado, con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello y de las sienes en tensión—. ¡Pero qué puto desgraciado! –Reía sin voz. Lloraba de risa, dándose manotazos en los muslos involuntariamente. Era como quien se defiende de unas cosquillas en los pies cuando en verdad le gusta y no sabe por qué desea que paren de hacérselas. Vomitó aire con brusquedad en lo que su torso se tensaba. Sonó como un burro que comienza a rebuznar; tras ello, la risa fue escapándose a intervalos mientras se sostenía los costados doloridos—. Ahí te quedas, cosa boba. –Y se despidió con un manotazo al aire.
            Dio medio vuelta sin dejar de reír. Quería abandonar la habitación y contarle al teniente que sí, que lo que había sonado era un disparo y la sangre de la ventana pertenecía a un monstruo gracioso que vivía en un mundo imaginario, donde los fetos nacen y mueren en la cabeza, se quedan en ella y se los conoce como “hermana”.
            Quiso volver a llamarle “ridículo”, ya de espaldas a él. Quiso, pero no pudo. Una figura enlutada se cruzó en su camino. Pasó por su vista con la rapidez de un relámpago, y se detuvo para cortarle más que el paso: la risa también, y de forma radical. El rostro del sargento comenzó a perder el color mientras sentía aspereza en la piel. Se le erizó el vello de los brazos. «¿Quí-quiriquíeres que haga lo mismo contigo?». Así: la piel de gallina. Pero no se trataba de la asesina de almohadas, sino aquello a lo que durante tantos años, Iván llamó «bruja malvada». El sargento no la conocía, pero había vuelto.
            Tenía delante una túnica tan negra como el carbón, pero con un resplandeciente óvalo en la abertura de su capucha; la luz artificial del exterior le daba ese toque luminoso. Llevaba la cabeza gacha, como el propio Iván la llevó toda la vida. La bruja malvada no era más que la mezcla andrógina de ese cuerpo que provocó tantas risas, aunque eso pasó a la historia. Ahora provocaba terror.
            —Qui qui –Podía cacarear perfectamente, y hasta ni él mismo se creía que fuera capaz de pronunciar las palabras que tantas veces le habían aterrado; sin embargo, le salió al atropellarse. Eran ese tipo de palabras que no salen más que una vez en la vida, como las que pueda ofrecer un escritor en su más preciada novela. Un creador de historias cambia y suple cientos de palabras en los retoques del borrador, pero alguna de ellas aparece para no morir nunca, y son insustituibles porque nacen del alma. Iván era insustituible e imprescindible. Toda la vida le tuvieron como el bicho raro, como el patito feo, pero fue tan bello como el cisne del cuento. Tuvo los rasgos afeminados de su hermana circulando por su pálido rostro; los labios más coloridos de lo normal, tirando a rosa fuerte y algo pronunciados. Los ojos bien redondos, aunque de mirada triste; no obstante, siempre  tuvo un brillo que le perlaba las pupilas. La melena, lacea, le ocultó en la adolescencia parte de sus pómulos, lo que hizo que, al contraste del castaño rojizo, su rostro pareciera aún más lívido y bonito. No tenía ningún fallo en la cara: fue muy guapo, por mucho que el mundo que le rodeaba le hiciera creer lo contrario. Tal vez de no haberse quitado la vida, alguna mujer, muy lejos de toda esa calaña que se ensañó con él, quisiera al Iván externo e interno. Fue el diferente. ¿Lo fue? Sí, lo fue, solo que no para mal. Fue especial, con la cara linda y unos pechos igual de bonitos que los de una mujer. Los tenía en un cuerpo de hombre, claro que sí, pero si en vez de habérselos mirado para burlarse los hubieran prestado la debida atención que merecían, habrían visto que eran preciosos. El pene y los testículos de un bebé… ¿Las personas no lloran de emoción cuando ven un niño recién nacido? ¿No les da ternura observar una cosita tan pequeña entre sus brazos? Lo mismo que con los senos: les faltó prestarles la debida atención.
            ¿Fue un chico? ¿Tal vez una chica? ¿Las dos cosas? Fue algo: una persona, única e irrepetible. Ahora, su mezcla fantasmagórica de bruja malvada seguía siendo bella. Levantó la cabeza. El sargento, de nuevo entre ligeras sacudidas, fruto de los nervios, apreció los labios rosáceos que he detallado anteriormente. Parecían pintados, como si un carmín con brillantina recreara su sensualidad. A ojos de cualquier espectador –en otra escena ajena a lo terrorífico— serían labios femeninos. Eran los de Iván: una mezcla no ridícula.
            Podía intuirse la nariz, no apreciarse. El borde de la capucha provocaba una sombra difusa, y ello hacía que de la nariz a los ojos no fuera más que un negruzco borrón a imaginar. El sargento lo imaginaba. En su mente apartaba la prenda como si quitase el velo a una novia antes de besarla, y ahí veía a Iván, con el rostro compungido y los ojos llenos de lágrimas…
            Deseaba que fuera así, tener delante de él a ese ser mal rematado y reírse, desternillarse de risa hasta el día del juicio final. Pero si en verdad era cierto, tendría delante a un fantasma. Nunca había creído en ellos, pero tampoco creyó nunca que fuera a orinarse en los pantalones con cuarenta años, y lo había hecho.
Es una pesadilla, se dijo con la esperanza de despertar de un momento a otro.
            No estaba en su habitación, ni en la cama; lo que tenía delante no se esfumaría porque bajara los párpados, los apretara con fuerza y pidiese el deseo de que desapareciera, como un niño antes de soplar la vela de una tarta de cumpleaños. Le funcionó cuando quiso apartar de la imaginación el llegar a encontrarse a un viejo amortajado con plumas rojas; en el pasado sí, pero aquí, por más que intentó alejarse de la escena, desear su exterminio con los párpados sellados y regresar al mundo al levantarlos, la bruja malvada seguía presente.
—¿Qui-quién eres? –volvió a atropellarse.  
La túnica fue encogiendo desde el suelo. Era como ver a una mujer sostener la falda antes de inclinarse, solo que sin manos. Al sargento le parecía estar delante de un macabro número de ilusionismo, pero a la inversa: en vez de bajarse la lona negra, se subía.
Los párpados, entreabiertos después de haber deseado con todas sus fuerzas que no fuera más que una pesadilla, se elevaban al compás de la túnica: cuanto más se recogía esta, más se veían los aterrados ojos del sargento. El aire del ambiente parecía sacudírselos a latigazos. Un gélido soplo los azotó antes de pasar directamente a un calor abrasante. No era capaz de bajar los párpados, ya que los sentía como si los tuviera anestesiados y, algo, a saber el qué, le obligaba a ver lo que iba descubriéndose.
Nunca le había hecho gracia castigarse en gimnasios con cristalera porque todo el mundo veía lo que estaba haciendo. Detrás del espíritu se hallaba la pared, y el sargento la veía porque la túnica, enrollándose como si fuera un pergamino de tela, no tenía cuerpo. Era tan transparente como uno de aquellos cristales que tanto le irritaban y a los que no encontraba el sentido. Sus párpados se elevaron más. Las pestañas se doblaban con los pliegues de su frente.
—¡No puede ser! –vociferó, taquicárdico y con tanto temblor que parecía un terremoto humano.
La túnica llegó a su tope. Quedó enrollada a ras del cuello, pero como si fuera una persiana de lona. Si el sargento pasaba la mano debajo de esos labios carnosos, tocaría el vacío de la habitación.
Le flaqueaban las piernas; de repente las sentía como si fueran las cartas inferiores de una torre de naipes. Al menor soplo, se desvanecería.
No fue aire lo que consiguió tumbarlo, sino ver la realidad. Se convenció de que aquello era real, y de que delante de él tenía un fantasma. No obstante, no era un fantasma cualquiera; llevaba túnica y no sábana, no arrastraba una bola pesada con una cadena ni tenía los ojos vacíos. No era más que una cabeza, tan solo eso, y oculta hasta el momento por esa capucha traicionera.
Cuando se retiró, cayendo al suelo como un peso muerto, igual que quien se quita de golpe un albornoz, quedó al descubierto la cabeza decapitada de Iván. En ese instante el sargento cayó de rodillas. La mano derecha oprimía su pectoral izquierdo. Se le escapó un quejido airoso, como quien sopla el cristal de una gafa para empañarlo.
Al rostro del fantasma no le ocurría nada, sin embargo, tenía el cráneo a la mitad. Mirarlo era como ver un ángulo de 180º con 90ª inexistentes, igual que si le hubieran arrancado a mordiscos el pedazo que le faltaba. Lo poco que tenía de cuello se giró, dejando el interior del agujero a la vista del sargento. Dentro, acurrucado como si se resguardara del frío, un bebé de unos 16cm se quejaba. Levantó los párpados, algo que el sargento copió; sin embargo, mientras los suyos dejaban ver unos ojos vidriosos, apenas sin vida, los del feto se antojaron amarillentos, como los de su padre antes de quitarse la vida.
El sargento profirió un último suspiro. En su pecho, quejumbroso y agitado, el corazón se jubiló prematuramente. Cuarenta y dos años. No tengo cuerda para más.
Hasta el último instante, antes de que su tabique nasal se adentrara en el cerebro a casusa del golpe al caer de bruces, contempló el amarillo resplandeciente que, como no podía ser de otra manera, ese ser deforme tenía en el interior de su cabeza.
Un chico con tetas, con genitales de bebé y con un feto metido en el cráneo.
Único e irrepetible.
El viento volvió a soplar con fuerza. Varias hojas del manuscrito volaron, una vez más, indecisas. Una de ellas aterrizó en la espalda del sargento. Decía así:
(MUERTE DE UN JODIDO FRACASADO).