lunes, 28 de mayo de 2018

Cáncer: Capítulos 9, 10, 11, 12, 13 y 14



Mientras intento que te rías con parte de estos capítulos, yo, de seguro, estaré llorando cuando llegues al capítulo 12 y leas cómo te cuento lo que hace Toni dentro de la burbuja y su posterior entrevista de trabajo. Lo escribí antes de los capítulos 9, 10, 11, 13 y 14, o mejor dicho, lo escribió el tabaco. Al borde de la locura, El diario de un fracasado, la primera parte de Cáncer, diez novelas guardadas en un cajón y más de doscientos relatos, los escribió el tabaco, no yo, por eso voy a llorar. Los buenos lectores saben apreciar los malos momentos del autor, y hasta un niño de corta edad sabría diferenciar al José de antes con el José de ahora. Creo haber dicho al inicio de los primeros capítulos que el lector notará mis peores momentos cuando la novela flojee, y te aseguro que habrá un antes y un después cuando llegues a esa burbuja del capítulo 12. Como ves, el tabaco hace aparecer al cáncer y desaparecer a los autores...



A E. L. James y Stephenie Meyer, porque ninguna tiene la culpa del pensamiento de Toni. 


9


Después de callejear, Toni encendió un cigarrillo (como de costumbre).
            —Que conste que esta vez no fumo para joderte —le dijo a Patricia—, sino como premio por haberte jodido —Tragó el humo mientras ella le miraba con el ceño fruncido, pero sin tomárselo demasiado a mal.
            —Pero solo uno, ¿eh? —le advirtió—. Hay que comer, y después tengo que leer tu novela.
            —Coño… —Toni se sorprendió. Movió la cabeza en dirección a su chica y vio a una novia sonriente y feliz. Sus ojos brillaban más que nunca.
            —Cari… —dijo ella sin quitarle la vista de encima—. La ceniza, que se te cae —Siguió observándolo. Reprimía la carcajada. A él parecía haberle dado un aire.
            —Joder… Sí que he estado bien, ¿no? —arrancó a decir, con una mano bajo el cigarrillo para evitar que la ceniza cayera al suelo en lo que lo dejaba en el cenicero de la mesilla. Ella rio—. Vaya sorpresa. ¿Me he vuelto a portar de cinco estrellas?
            —Mmm… —Patricia se mordió los labios mientras pensaba—. Has aprobado. Notable alto.
            —¿Cómo que notable alto? —Ahora el ceñudo era él—. ¿Qué significa eso?
            —Significa… —Se hizo la interesante—. … que has estado muy bien.
—No, no-nó —Toni se puso de rodillas encima de la cama—. Bien no es un notable alto, vamos a ser coherentes con lo que decimos ¿eh?
            —¡Pero no te piques! —medió ella, riendo.
            —¡No, eh, no! Escucha.
            —Escucho. —Patricia aguantaba la risa una vez más.
            Toni dio una ansiosa calada antes de proseguir. Lo hacía cuando estaba muy nervioso.
            —Bien es un 5 o un 6, de toda la vida de Dios —empezó a decir.
            —Ajá.
            —Y notable un 7 o un 8.
            —Eso es.
            —¿Qué cojones es notable alto? ¿8,5?
            —Mmm… —Patricia se mordió el labio de nuevo mientras pensaba—: 8,9.
            —¡Anda a la mierda! –gritó él. Su chica reía escandalosamente al verlo afectado—. Me quitas el 10 por un puto punto y una décima. ¿Dónde está el error? Eso no se le hace a un hombre —Negaba con la cabeza—. No me gusta, nena, pero que nada de nada.  
            —Dame el portátil, que leo la historia mientras se calienta la comida, anda.
            —No me cambies de tema, me cago en la madre que te parió… Esto es más sagrado que la escritura —Patricia daba vueltas de un lado a otro de la cama con un ataque de risa—. Pero qué grandísima hija de puta eres… —La chica tosía por culpa de la carcajada—. Ríe, ríe. Cago en la hostia…
            —Pe… —Se detuvo por un nuevo ataque de risa, tan agudo que no podía respirar. Lloraba, pero esta vez al desternillarse—. ¡Idiota! —Le abrazó por detrás, todavía riendo. Toni se había sentado en el borde—. Con lo que yo te quiero, tonto —Le besó en el hombro.
            —Ya, ¡cagao! —protestó—. No estoy para bromas. Siempre doy el todo por el todo, y para según qué cosas, no me gusta bajar el ritmo ni estancarme.
            —No lo has bajado, cariño. Sigues hecho todo un campeón —aseguró—. Así te estás quedando de delgadito.
            —Eso está mucho mejor —Dio una calada, intensa, aunque más tranquilo que antes—. Cuando hago las cosas las hago en serio, muñeca, y en este caso, cuando llega el momento de la verdad, me exprimo como un limón. —Patricia se echó a reír de nuevo antes de decir:    
            —Vamos a ver si has dejado algo que pueda comerse, que con tu patada no sé si habrá sobrevivido algo del tupper. —Se incorporó. Toni la miró. Verla desnuda le agradaba. Pensó que empezaba a comportarse y que ya no parecía una actriz barata, tal y como él decía.
            —Pero no te vistas, que no hace frío —La chica reía mientras se abrochaba el sujetador—, en serio.
            —Ya… Pero un poco incómodo estar con todo al aire, ¿no crees?
            —En absoluto —Patricia volvió a reír—. Es sanísimo andar por casa con las te…
            —¿Quieres dejar de decir eso y darme la historia? –le interrumpió. Se colocó la camiseta—. He pensado en leer todos los días, y voy a hacerlo por ti. Aunque… como sigas así, no leeré nada.
            —¿Ah, sí? ¿Vas a aficionarte a la lectura solo por mí? –Toni estaba cada vez más sorprendido.
            —Sí, pero tienes que portarte bien.
            —Siempre me porto bien.
            —Depende –aseguró ella—. Solo para lo que quieres –Él apagó el cigarrillo—. Si voy a ser tu lectora cero, necesitaré leer mucho para opinar con criterio, ¿digo bien?
            —Dices bien. Hay que leer mucho, pero que mucho mucho.
            —Y, ¿qué me recomiendas? —Se abotonó el vaquero corto.
            —Todo lo escrito por mí, por supuesto —soltó de golpe, prácticamente sin pensar—. Eso ni se pregunta.
            —Yi-a –contestó ella—, faltaría más, claro, so…
            —Hay infinidad de libros buenos y excelentes escritores –interrumpió Toni—, lo que no tiene nada que ver con las novelas de éxito del momento y los escrito… Ejem, los autores de éxito del momento.
            —No estoy muy puesta en ello, cariño. Lo siento.
            —Me consta que así es —aseguró él—; sin embargo, seguro que estás enterada que, después de millones de años de existencia, hay una saga de novelas que enseña a los humanos a hacer hijos, y estos devoran los libros como si no supieran haberlos hecho nunca —Patricia rio de nuevo—. A mí no me hace ninguna gracia, y no bromeo. —Serió el rostro—. No tengo nada en contra de su autora ni de la literatura erótica, válida como cualquier tipo de narrativa, por supuesto. Lo que me avergüenza es la gente.
            —Mi amor, para gustos están los colores –empezó a decir Patricia mientras se calzaba las babuchas de andar por casa—. No veo nada de malo en que la gente disfrute leyendo novelas así –Toni la miraba sin compartir la misma opinión—. La autora ha inventado una historia, ha gustado, gusta, vende y tiene éxito. Ole por ella, ¿no? ¿Qué pecado ha cometido?
            —Convertir la fantasía en realidad y a los hombres en unos inútiles acomplejados— respondió en tono serio.
            —Cariño, por el amor de Dios. ¡No exageres! —sonrió, irónica—. Creo que lo estás aumentando demasiado, ¿no crees?
            —Pues no –Se pasó la lengua por los labios—. Más bien estoy siendo bastante respetuoso. —Patricia negó con la cabeza—. Ve a las salas de espera de psiquiatría y entrevista a los hombres que estén esperando, verás como muchos de ellos necesitan ayuda por no ser útiles ni atractivos para sus mujeres, por no ser hombres perfectos como los de la novela —Patricia negaba—; ve a la puerta de los institutos, pregunta y observa. Ten cojones y haz entender a las adolescentes de hoy en día que la belleza de un hombre está en el interior. ¡Venga! Hazlo. Mira a ver si lo consigues, y date prisa antes de que aparezca el vampiro diurno a explicárselo por ti.
            —A ver a ver a ver, un momento —respondió ella, alterada. Almacenaba demasiada información de Toni y empezaba a liarse. Su novio no daba puntadas sin hilo. Soltaba indirectas cargadas de envidia insana, propio de un escritor frustrado—. Vamos por partes, que te empiezas a acelerar –Toni volvió a sentarse a la orilla de la cama—. El vampiro diurno, como tú lo llamas, no tiene nada que ver con lo que me estás hablando. –Gesticulaba muy nerviosa, queriendo decirlo todo de golpe, pero como buena mediadora, intentando no apresurarse—. Eso para empezar —Se sentó a su lado—; después, eso de que la otra autora ha convertido las fantasías en realidad y a los hombres en unos inútiles, me parece demasiado, Toni –Volvía a ser Toni, ya no había cariñó. Eso quería decir que estaba enfadada—. Toda mujer, sea adulta o adolescente, tiene derecho a fantasear, y no hay nada de malo en ello, y lo mismo los hombres.
            —¡Venga, por favor! —gritó él—. Millones de ejemplares vendidos como churros para explicar cómo hay que mete…
            —Los que no vendes tú, por eso estás así —Lo dejó boquiabierto, mudo completamente. Ambos se miraban con seriedad: Toni la miraba dolido pero al mismo tiempo acobardado; ella a él muy segura de sí misma—. Cariño… —Se acercó más a él. Le colocó una mano en la pierna y empezó a darle golpecitos—. Las críticas destructivas de los escritores las hace la envidia —Le acarició. Cabía la posibilidad de que Toni lo encajara mejor así, y parecía dar resultado—. En Miedo hablas de un suicidio, y no creo que la gente que lea la novela vaya a suicidarse por ello. —Toni agachó la cabeza—. Se suicidará quien se suicide, y por motivos ajenos a tu historia. Pues con esto pasa lo mismo —Le acarició la barbilla—. Yo te tengo a ti, y no te cambio por ninguno, por muy bueno que esté el prota de cualquier novela o película; pero si está bueno lo está, y lo digo —Él levantó la cabeza de mala gana—. No, no. Las cosas como son –siguió Patricia—. Las mujeres también tenemos ojos, ¿eh? Y derecho a soñar, sobre todo esto último. Hace… —Pensó—. No sé cuántos años, pero da igual. Había siete u ocho vigilantes de la playa muy guapas, bonitas y sexys, y desde entonces no creo que sean las únicas mujeres valiosas del universo.
            —¡Eran otros tiempos, cojones! —gritó Toni.
            —¡Vaya! –Patricia se levantó—. Para eso sí, ¿verdad? –Se cruzó de brazos, de nuevo sonriendo con ironía—. Mi hermano tenía posters así de grandes –Extendió los brazos—, de varias de ellas, y soñaba con sus socorristas favoritas. Y seguro que tú también. —Cierto. Lo hizo varias veces con Nicole Eggert y Erika Eleniak, entre otras muchas, pero jamás se lo reconocería a su novia, como tampoco que pirateó la Play Station solo para poder jugar con el videojuego de las Spice Girls y así meter un truco que las dejaba a todas delante del escenario como Dios las trajo al mundo, aunque un poco más creciditas. Cobró 2.500 Ptas a cada amigo por decirles cómo hacerlo.
            —No las recuerdo —mintió.
            —¿Ah, no? –Patricia volvió a cruzarse de brazos. Él negó con la cabeza; acto seguido, encendió otro cigarro—. ¿No te suena Pamela Anderson? Era un trofeo, hijo mío.  
            Toni hizo como que pensaba.
            —Pues ahora no caigo –Dio una calada—. Igual la he visto alguna vez, pero no me acuerdo.
            »¿Un trofeo? ¿Jugaba en algún equipo femenino?
            —Sí, claro que sí —respondió ella, irónica—. De delantera —Se mordió los labios. Junto al cabrón de tu padre, añadió en pensamiento. El hombre no tenía la culpa.   
            —Pues fíjate que no caigo, oye —siguió negando, con cinismo.
            Patricia suspiró y contó hasta diez antes de añadir:
            »Que no seas tan injusto, y que dejes que la gente disfrute del éxito que tú también querrías, escriba lo que escriba –volvió al tema central—. Además… —Carraspeó, se colocó un pendiente cruzando las piernas y, en tono muy bajo, añadió—: He leído parte de las dos sagas.
            —¿¿Quéee?? –Su novio se levantó de golpe.
            —Ss-ss—… —No arrancaba a pronunciar el “sí” definitivo, parecía el siseo de una serpiente—. Bueno, ¿qué pasa? —se quejó—. ¿Qué hay de malo?
            —Jesús, María, José y el Santísimo Virgilario –rezó Toni, persignándose sin siquiera ser creyente ni católico. Se fue hasta el fondo de la habitación, tirándose de los pelos para regresar de igual forma—. ¡¿QUE NO TE GUSTA LA LECTURA Y SÍ TE HAS LEÍDO ESO?! ¡Virgen santísimaaaaa…! –Flexionó las piernas y arqueó la espalda.
            —Sí, ¿y qué? –Patricia volvió a incorporarse—. A ver si voy a tener que pedirte perdón, bonito. Yo leo lo que me da la… —rectificó—. Lo que quiero. —Le dio la espalda, agachó la cabeza y susurró de carrerilla—: Ymegustó.
            —¡¿QUÉEE?! —Toni tiró el cigarrillo—. ¡Encima te gustó!
            —Sí, me gustó, sí –Se dio la vuelta y le miró cara a cara—, y no veo nada malo en ninguna de las dos sagas. Creo que están muy bien, y no me enseñan nada, ya sé yo solita lo que hay que hacer y con qué hombre tengo o no tengo que ir. La cosa no va por ahí, majo.
            —¡Pero si es que no se pue…!
            —Y estate tranquilo —le interrumpió—, que las adolescentes que tú dices, en su momento también entenderán que lo importante es el interior: cuando se enamoren, como me ocurrió a mí contigo. Aunque… —Se acercó a él, muy sensual—. … tu exterior también es muy pero que muy importante, señor Rabal –Le acarició de nuevo.
—Es que uno vale mucho —reconoció.
Creído, capullo y un envidioso que no vende nada, pero le quiero mucho, se dijo Patricia.
—Mientras tanto… deja que las chicas disfruten –Le besó el pecho—. Con mazados, tíos buenos, vampiros o lo que quieran. Que no es ningún pecado, cariño –Le abrazó por detrás, besándole el hombro—. Y menos de las autoras.
»Bueno... –Le soltó, se quitó la horquilla del cabello y se la llevó a la boca mientras se recogía la melena—. A ver, quejica varonil y de vampiros diurnos, ¿qué me recomiendas?
—Puff… —Resopló Toni—. Si Stoker levantara la cabeza… —Caminó hacia la puerta—. Te recomiendo cualquier autor del grupo Almas y letras.
—¿Esos quiénes son? —preguntó ella terminando de sujetarse el cabello.
—Escritores que, como yo, luchan por su sueño: llegar a los lectores y tener el reconocimiento que merecen.



10                     


Eran cerca de las 8:00 cuando Patricia entró en el dormitorio para despertar a Toni. Dormía como un tronco, bocarriba, desnudo y rugiendo más que roncando. Le daba pena despertarlo, pero tenía que ir a hablar con el jefe de los seguros de fiambres (como lo llamaba él) e intentar conseguir el empleo.
            —Cari —susurró zarandeándolo suavemente—. Cariño, despierta –Toni seguía roncando. —A Patricia le encantaba verle dormir. Decía que así volvía a ser un bebé al que se le cae la baba, por mucho que no dejara de roncar. Un bebé grande—. Cari —volvió a zarandearlo, algo más fuerte—, ya es la hora. Tienes que levantarte.
            —Solounpoquitoyparo… —dijo en sueños. Patricia apenas le entendió.
            —Despierta, dormilón –le zarandeó un poco más—. Se te va a hacer tarde.
            —Yatermino Rocío…
            —¿Eh? —Patricia se levantó—. ¿Cómo que Rocío? ¡Antonio! —le zarandeó con brusquedad. Se incorporó sobresaltado.
            —¡¿Qué pasa?! –preguntó creyendo que el corazón se le saldría por la boca.
            —Nada, mi amor –sonrió con falsedad—, que ya es la hora, y tienes que ir a ver al que esperemos sea tu nuevo jefe. –Siguió sonriendo de mala gana. ¿Quién será Rocío?
            —Joder… —Se llevó las manos al rostro—. Hostia puta, se me había olvidado. Joder.
            —Si te das prisa podemos desayunar juntos –añadió ella, tirante y seca—. Te espero abajo.
            —Qué puta mierda.
            —¿Quién es Rocío? –le preguntó asiendo el pomo.
            —¿Eh? ¿Rocío? –se extrañó. –Patricia asintió con la cabeza, tomando aire por la nariz—. Rocío… Rocío… —Pensaba—. Pues Rocío… No conoz… ¡Ah, sí, coño, sí! –Lo recordó—. Una pedorra que me tiré un par de veces, pero sin más. Poca cosa. –Encendió un cigarrillo.
            —Pues para ser poca cosa te la sigues tirando en sueños —aseguró muy enfadada. Después se fue.
            Él quedó pensativo.



*****  


Toni salía del cuarto de baño con cara de dolor. Patricia calentaba la leche muy enfadada. Estaba mohína, como le decía su madre cuando se cabreaba de pequeña. Observaba a su chico acercarse, y al mirarle el rostro, le vio envejecer veinte años de repente.
            —¿Qué te pasa? –A ella no se le daba bien hacerse la dura. Lo preguntó como con desinterés, disimulando la preocupación.
            —¡Nada me pasa! –gritó él al tiempo que llevaba las manos a los riñones, como si padeciera de lumbalgia. Con la otra mano se agarró el pene y lo estiró, con calzoncillo incluido. Tenía mucha manía de hacerlo varias veces al día (como casi todos los hombres) pero no con tanto descaro.  
            —¿Y esa cara es normal en ti? Porque entonces tengo novio nuevo.
            —¡Que no me pasa nada, joder! –vociferó llevando de nuevo la mano a los genitales. Su novia le miró—. Me escuece, ya está —admitió—. ¿Contenta?
            —¿Te escuece qué? –Una mano sostenía el riñón y la otra el pene; todo apuntaba a que era esto último, pero Patricia no lo tenía del todo claro.
            —La polla, joder. ¡Me escuece la polla! –gritó de nuevo—. Me ha dado un dolor jodido. Tengo como… —Se detuvo—. No sé, es como si se acercara una gota de algo continuamente a la punta y saliera sola –Volvió a estirarse el pene.
            —Vale, pero déjalo quieto –le aconsejó ella.
            —¡¿Cómo voy a estar quieto si me está escociendo, cojones?! Cómo se nota que tú no lo tienes.
            —Sé lo que es un escozor por la ori…
            —Dame un puto café —ordenó, dejándola con la palabra en la boca—. Haz algo y cállate ya la puta boca, que me rallas, ¡coño! –Patricia se dio la vuelta para preparar el café—. Todo el día venga a hablar y hablar. Aún no están puestas ni las calles y tú dale que dale al pico. ¡Me levantas dolor de cabeza! –Golpeó la mesa. Ella, de espaldas, se estremeció al no esperarlo. Toni volvió a tirarse del pene con cara de molestia—. Me cago en la madre que lo parió, coño. –Tiró de la gomilla del calzoncillo para verlo—. Tengo la sensación de escurrirme cada cinco segundos.
            —Tu café –Ahora fue ella quien golpeó la mesa con el vaso y le hizo dar un respingo. Después, subió las escaleras.
            —¿No ibas a desayu…?
            —No tengo apetito —le interrumpió sin dejar de subir.
            —Mujeres… —masculló Toni. Volvió a mirarse la zona afectada. Tenía una gota de orina en el calzoncillo—. Dios… Tengo un alfiler dentro del capullo. –Bebió un sorbo de café, pero se lo quitó enseguida de la boca al quemarse—. ¡Me cago en la Virgen, que me he quemao!
            Cambió un dolor por otro.
      


11


            La puerta de la juguetería se cerró de golpe; a continuación, un “buenos días” agresivo, proveniente de Patricia, hizo que Almudena diera un respingo y la mirase acordándose de toda su familia.
            —¡Qué susto me has dado! –Las tres cajas que sostenía con miniaturas de La Liga de la justicia temblaban entre sus brazos. Tenía el corazón desbocado y unas ganas inmensas de aniquilar a su compañera. Patricia tiró el bolso de golpe, sin decir nada más—. Joder, tía. ¡Por poco me muero! –Las palabras de Almudena vibraban dentro de su garganta, el mismo lugar donde parecía haberse estancado el corazón.
            —No me hables, que vengo calentita –confesó Patricia.
            —Ya te veo, ya… Aunque es normal –Dejó una de las cajas en la balda—. Si tu novio te niega tanto no me extraña. –Patricia se giró para atravesarla con la mirada—. Vas a ovular una bola de fuego… —La pelirroja la seguía mirando mientras ella colocaba juguetes.
            —No me ha negado, listilla, que siempre crees saberlo todo –contestó de mala gana.
            —Ah, ya. No te ha negado –Almudena seguía dada la vuelta.
            —Pues no, no me ha negado –recalcó Patricia.
            —Entonces, ¿ese cabreo? –Durante unos instantes, mientras Patricia se debatía entre contárselo o no, se escuchó el mascar de Almudena. Cada día mascaba un chicle de fresa ácida. No verla un pegote rosáceo dando vueltas por su boca sería igual de raro que ver a Patricia sin celos. Podría acabarse el mundo de ocurrir una cosa u otra.
            —Pues que… —Se detuvo, en vez de alterada, algo tristona—. He ido de buen rollo a despertarlo. Claro, que no te he contado que hoy tiene una entrevista de trabajo.
            —¿Qué me dices? –se alegró Almudena—. ¡Pero eso es genial!
            —Sí, muy bien, sí, y todo lo que tú quieras –Cuando se trataba de celos, no había nada más importante, ni siquiera el trabajo que tanto le tiraba en cara.
            —Buenooo…
            —El caso es que he ido toda cariñosa a despertarlo y… ¡Que le veo soñar con otra, tía! –Almudena se detuvo—. ¡Es que es muy fuerte! –Patricia se sentó, cabreada y cruzándose de brazos.
            —¿Cómo que soñando con otra? –Pronunció mal porque el chicle entorpecía su habla tras dejarlo en un punto muerto de la boca. Se cayó un Batman que acababa de colocar
            —Que sí, tía. Que estaba soñando con otra, con una tal Rocío –insistió Patricia—. ¡Si hasta se le caía la baba!
            —Y… —Mascó unas cuantas veces antes de añadir—. ¿Le has preguntado quién es?
            —Pues claro, ¿qué te crees?
            —Hermana, prima, abuela… ¿Cuál ha sido su respuesta?
            —Una a la que se tiró un par de veces, según él.
            —Ya…
            —¿Ya qué? –Patricia volvió a mirarla mal. Almudena no se giraba, seguía a lo suyo pero muy pendiente de la conversación.
            —Que vaya novio tienes.
            —Ya lo sé, ya. Ya te dije que se cayó en la marmita de la testosterona.
            —Y la de la pichona —masculló.
            —¿Eh?
            —Nada, que ya, que sí me lo dijiste, sí –Volvió a mascar.
            —¿Qué hago, tía? –Patricia no sabía qué hacer.
            —Yo se la cortaba de cuajo –respondió, del tirón y con la cabeza gacha.
            —Te estoy hablando en serio, Almudena.
            —Y yo –respondió prácticamente antes de que Patricia terminara—. Me parece que tu novio nos ha salido un poco listo, y ya me hace sospechar –Se cambió de balda.
            —¿El qué? –Patricia livideció—. ¡No me asustes, tía!
            —Negarte, soñar con otra… ¿Te hago un croquis? –La miró, esta vez sí—. Abre los ojos. Eres muy mona y muy válida como para aguantar cierto tipo de cosas, o acierto tipo. Lo dejo ahí.
            —No creo que Toni me esté engañando –aseguró—. Será todo lo que sea, pe…
            —¿Lo has pensado? –interrumpió Almudena.
            —¿Eh? –Patricia preguntó con miedo.
            —¿Lo has pensado alguna vez? –insistió.
            —Pues… sí.
            —Entonces ya está, Si confiaras en él del todo nunca pondrías en duda su infidelidad. –La pelirroja pensaba—. Es que… Joder, Patri. –Almudena levantó la voz—. Te niega, le escuchas nombrar a otra en sueños, te contesta mal, porque me lo has dicho alguna vez… Ya solo le falta llegar un día con dolor de huevos o de rabo, y entonces ya sí que sí da…
            —¡Espera! –volvió a palidecer.
            —¿Qué? ¡Joder, otro susto! –se quejó Almudena—. ¡Qué día tienes! ¿Qué pasa?
Patricia, lívida, añadió:
            —Esta mañana se ha quejado de escozor ahí. –Señaló la zona baja.
            —En la… ¿Ahí? –Almudena también señaló.
            Patricia asintió en lo que su compañera resoplaba.



12

Me imaginaba algo más grande, la verdad, se dijo Toni delante de algo así como una fábrica, y no muy amplia. Le recordaba al garaje mecánico de su barrio, donde no entraban más de dos coches en fila india; en horizontal imposible, tan solo el mecánico y algunas piezas.
            —Vaya puta mierda –protestó adentrándose en la fábrica-garaje—. Puertas, sillas… –observó de mala gana—. Una burbuja donde el jefazo gordo (lo sea literal o no) pasa menos tiempo currando que lo que tarda en terminar una partida de dominó, y una tía buena, despampanante y de lo más atractivo y sensual que he visto en mis treinta y un años de vida. Ole tus ovarios, nena. Pero qué buena que estás, cabrona.  –Era Beatriz. Bajaba los escalones contoneando su figura. Toni la observa de la cabeza a los pies. Bueno, la observaba de cuello para abajo y de muslos para arriba. Eso era como lo más a destacar en un retrato; el resto, el marco que nadie presta atención a no ser que sea un coleccionista tacaño.
            —¡Eyyy! –Saludó ella moviendo la mano de un lado a otro, tan nerviosa como contenta—. ¡Has venido! –Bajó corriendo mientras Toni la seguía observando.
            —¿Lo dudabas? –dijo él—. Yo siempre cumplo mis promesas, guapetona.
            —Qué majo –añadió saludándolo con dos besos—. Uy… Qué distinto estás –Sonrió, vergonzosa.
            —¿Verdad? Las tías siempre me han dicho que gano bastante en calzoncillos, o desnudo. Me ven muy sexy, y con razón –Beatriz veía a un auténtico creído—. Pero porque hoy me veas vestido no sufras, que de seguro, la imagen de ayer no quedará en el olvido. Vas a soñar conmigo en varias ocasiones. –Se acercó a ella. Era de los que decía que arrimar cebolleta puede hacerse a cualquier hora del día, donde sea y con la mujer que se quiera. Podría hacerlo con Beatriz, pero no le apetecía demasiado. Con hacerse un poco el chulito, bastaba.
            —Oye, pues nunca se sabe –Sonrió ella—. Pero, me vas a hacer el favor, ¿verdad?
            —Sí, sí. Sí si sí –respondió Toni—. Pues claro. ¿Cómo no voy a hacerlo con todo lo que tengo que agradecerte? Si estoy aquí es por ti.
            —Ainss… —Juntó las manos, cada vez más nerviosa—. Ayer pensé que no lo harías, de verdad. Pero ya veo que eres muy majo. Muchas gracias.
            —Las que tú tienes, hija de puta –masculló, mirándola con deseo salvaje.
            —¿Perdón?
            —Nada, que nada que agradecer. Soy yo quien debo darte las gracias, princesa.
            —Pues… —Beatriz miró hacia todas las direcciones posibles en busca del jefe—. No veo al jefe por ninguna parte, pero espérale en el despacho. Es ahí –Le señaló la burbuja—. ¿Llamaste para decir que venías?
            —Por supuesto –contestó.
            —Yo creo que te cogerá.
            Yo te cogería a ti y no sé ni lo que te haría Bueno, sí lo sé, pero si me lo imagino dejo de imaginarlo para hacerlo, pensó, sudando.
            —Yo también lo creo. A mí no se me resiste nada.
            —¡Síiii! –Aplaudió como una quinceañera—. Espero que sí, y así te veré por aquí.
            »Ahora tengo que irme, que hoy me toca otro barrio diferente. Ojalá mañana te vea por aquí.
            —Ojalá, sí.
            —Adiós —Le lanzó un besito doble, un “mua, mua” rápido, y se fue.
            Toni por fin podía observar su parte trasera, que el día anterior le fue imposible.
            —Definitivamente eres del Olimpo, hija.
            Beatriz se dio la vuelta de repente.
            —No te olvides de decir que te lo dijo Beatriz, que soy yo. ¿Vale? –sonrió.
            —Descuida. Confía en mí, que así será.
            La chica se marchó sonriendo y contenta mientras Toni entraba en la burbuja. Nada más quitarse las gafas de sol, la luz del techo penetró en sus ojos con brusquedad, igual que si en vez de entrar de la calle, saliera a ella en una tarde veraniega. Entrecerró los párpados mientras unos enanitos picaban piedra dentro de su cráneo. La madre que lo parió, rezongó llevándose las manos a las sienes. Le ocurría muy a menudo. La escasa luminosidad con que trabajaba por las noches era contraproducente cuando visitaba establecimientos o, como en este caso, oficinas con luces a toda potencia, por muy de día que fuese. Los focos le taladraban los ojos, y según él, por varias partes. Después del fogonazo se tiraba como diez o quince minutos con una nube traviesa pululando por su aura de visión. A veces no eran más que pequeños puntitos blancos con forma de pensamientos de cómic, como si diminutas ovejas cobraran presencia para que se dedicara a contarlas, lograra dormirse y el dolor de cabeza remitiera; otras, algo en forma de huella dactilar, muy parecido a los puntitos, subía y bajaba lentamente, haciendo que mirar a alguien fuera como verlo por momentos con una pluma revoloteándole por el rostro. Esa dichosa huella acababa de aflorar en su campo visual y temía mirar al jefe y verlo como si sus ojos fueran dos punteros láser. Quizá después de apuntarlo a la frente, con un ligero pestañeo consiguiera dejarle dos agujeros a modo de enchufe gigante. Siempre le habían dicho que no hay nada mejor que ser un enchufado del jefe. 
            El día menos pensado me quedo ciego. Y no era broma. Perdió muchísima vista desde que tuvo que sacrificarse para corregir y escribir con una bombilla de escasa luminosidad. También se había visto obligado a bajar la luz de la pantalla, tanto la del portátil como la del teléfono móvil, ya que mirarlas con algo de luz más alta que a la que estaba acostumbrado le provocaba un agudo dolor de cabeza.  El neurólogo le recomendó mezclar Naproxeno y Diazepam de 10mg, pero le atolondraba y no podía escribir. Recurría a Paracetamol 650, y en ocasiones puntuales.
            Se colocó las gafas de ver y la nubecilla le saludó por el rabillo del ojo.
            —Aléjate, maldita perraovejera. No me jodas la entrevista.
            Sacó el pastillero que no utilizaba desde hacía años, cuando redujo a cero los ansiolíticos y aumentó la dosis de nicotina. Mejor acelerar el metabolismo tragando y echando humo que atiborrándome a pastillas comehígados, ¿no? Y de una caja de treinta comprimidos al mes pasó a dos cajetillas de tabaco diarias. Según él, buen cambio. Desde luego, nervios no tenía en absoluto. Se miró en el pequeño rectángulo de cristal adherido a la chapa del pastillero para comprobar qué tal estaba. Le enseñó los dientes (algo amarillos pero en su sitio) y vigiló tener bien recortada la barba. Acto seguido se apretó la goma de la coleta y el pelo de encima de las sienes le provocó tirantez. Odiaba recogerse el cabello, pero no le quedaba otra si quería dar buena impresión. Cabía la posibilidad de que el jefe no estuviera de acuerdo y le tocara cortárselo.
            No, no. Ni hablar. El pelo largo es sagrado. Largo y voluminoso hasta el día que me muera.
            Por último se retocó el cuello de la camisa. Esta era la segunda vez que la utilizaba en siete años; la vez anterior fue para el entierro de su padre. Toni no era amigo de las camisas de niño pijo, y de no haber sido su progenitor, hubiera ido con una camiseta negra de toda la vida. Su madre le obligó cuando todavía no había perdido la cabeza y  sabía quién era y lo que hacía.
            —Perfectamente perfecto, Toni Poppins —se dijo y cerró el pastillero de repente al sentir la puerta.
            —Disculpe la tardanza —dijo un hombre de corta estatura y bastantes entradas. Tenía la cabeza como una bombilla. Nada más verlo, Toni pensó que era la que necesitaba para sus noches de escritura. Si ese señor le aceptaba podría comprarse las que quisiera. Arréglame la vida; arréglame los ojos. Dime que me vas a contratar y no me has hecho perder una mañana de sueño—. Una mañana de bastante ajetreo —añadió. La sombra del cabello rapado, como una barba de cuatro días, terminaba en pico hacia la mitad, lo que hacía que en su frente se formara un corazón.
            ¿En verdad será un tío majetón y bondadoso? Ya lleva el corazón a la vista, y necesito un gilipuertas que me saque de pobre. 
            —Gustavo Rueda, director de Seguros Rueda —le tendió la mano.
            —Antonio Rabal —respondió Toni, estrechándosela sin mucho gusto pero con educación. En situaciones como esa la tenía, por mucho que pareciera no haberla conocido nunca.
            El director se detuvo al escuchar el nombre. Se fue sentado con lentitud, sin quitarle ojo. Le miraba como quien observa con atención a alguien a quien conoce, sabe que ha visto alguna vez pero no recuerda dónde.
            —Me suena su nombre —comentó.
            —Como para no —Toni sonrió dándose golpecitos en el pecho; acto seguido, se inclinó para añadir—: Toni Rabal, autor de Miedo, una de las mejores novelas de terror del siglo XXI. —Subió y bajó las cejas con aire de importancia—. Es lógico que haya oído hablar de mí.
            —No soy amante de la lectura —La sonrisa de Toni fue perdiendo intensidad al escuchar la respuesta—, así que dudo mucho que sea por... ¡Ah, sí! —El director se interrumpió a sí mismo—. Usted se llama igual que un compañero de universidad, pero es imposible que lo sea a no ser que se haya reconstruido el rostro y permanezca joven con sesenta y cuatro años. —Toni sonrió forzadamente, deseando darle una patada en el trasero por no reconocerlo como escritor. Jamás había salido en televisión, ni siquiera en la radio, y solo tenía cerca de ciento cincuenta seguidores en Twitter. ¿Quién iba a conocerlo no siendo en su barrio y esas diez u once chicas con las que se había acostado? Ellas seguro que no se olvidarían de él en la vida, y no precisamente por ser un portento sexual, sino más bien, por granuja y sinvergüenza.
            —No hace mucho que terminé los estudios. —No había estudiado en su vida. Las tardes de tercero de E.S.O las pasó en los recreativos, robando las bolas de billar para vendérselas a los abuelillos del barrio y que así jugaran a la petanca. Con ello se pagaba cigarrillos sueltos y alguna que otra caña. Aprendió a corregir por observador, no por estudioso.
            —Ya veo que es muy joven —añadió el director mientras observaba el currículum que Toni había dejado encima de la mesa. Lo hojeaba con interés—. Excelente —comentó afirmando con la cabeza—. Realmente excelente.
            —Gracias —sonrió Toni al ver que se lo tragaba todo. No tenía una sola verdad, todo producto de su imaginación.
            —¿Cómo se enteró de este trabajo? —El director dejó de mirar el currículum para mirarlo a él.
            —Lo vi en internet —Mintió. No tenía la más mínima intención de hacerle el favor a Beatriz—. Ya sabe... Uno entra a poner al día el correo electrónico y una ventanita lo invade con anuncios publicitarios —sonrió de nuevo. El director también—. Como buen escritor de terror que soy —recalcó de nuevo por si no le había quedado claro al otro—, todo lo que tenga que ver con muertos me interesa bastante, por supuesto.
            —Gracias a Dios aquí no verá cadáveres ni gente destripada —El director rio. Toni también, moviendo la pierna mientras pensaba en que le contratara de una maldita vez y se dejara de tanta pregunta—. Al contrario: cuanto más vivan los clientes, más dinero para nosotros.
            Para ti, cabrón, pensó Toni, sonriendo para quedar bien. A mí me pagarás una miseria por cada cliente mientras tú te llenas los bolsillos.
            —No se preocupe, que otra cosa no, pero vendiendo soy un fenómeno —confesó Toni—. Soy capaz de venderle un frigorífico a un esquimal, se lo juro. Ya he perdido la cuenta de la cantidad de novelas que ha vendido mi labia... —Siete, y solo una teniéndolo presente. La señora a la que convenció ni siquiera quiso que se lo firmara.
            —Eso es exactamente lo que necesito —aseguró el director—. Quiero clientes —Dejó caer el puño encima de la mesa, no con agresividad pero sí marcando poderío—; quiero bien de ellos —Otro golpe—; quiero vendedores de seguros tan seguros de sí mismos como usted.
            —Y le aseguro que no tendrá ninguna queja —continuó Toni—. No todo el mundo sirve para esto. Ayer, sin ir más lejos, una joven, de cuya empresa desconozco, faltó el respeto a mi pobre madre... La mujer me lo dijo completamente apenada.
            —Gente sin educación hay en todas partes. Una vergüenza.
            —Me consta —siguió Toni—. Decirle que a qué espera para hacerse el seguro cuando le quedan dos telediarios. Palabras textuales.
            —¡¿Qué me dice?! —Se sorprendió el director.
            —Lo que oye —Siguió mintiendo—. A mi madre, una pobre enferma de cáncer, y que encima está en las últimas. —Hizo como que se emocionaba.
            —Lo lamento —En un rápido vistazo, el director vio la dirección de Toni—. Oiga... ¿Su madre vive con usted?
            —Sí. Me la han enviado a casa para que se despida del mundo arropada por su único hijo —volvió a mentir—. Por más que vendo, los libros no dan para comer, ¿sabe? Y alimentar a mi mujer, embarazada de ocho meses, y a mi ma...
            —¡Pero esa chica era de esta empresa! —gritó el director—. ¡Ayer una hizo ese barrio!
            —¿En serio? —Toni se hizo el desentendido—. Qué barbaridad.
            —No volverá a pisar más la empresa, se lo aseguro.
            —Hombre, tampoco es para echar...
            —¡De ninguna manera! —vociferó el director—. Faltaría más. Tratar así a una pobre moribunda... No, no. A la puta calle que va. ¡Ni siquiera la chupa bien! –Toni arqueó las cejas conteniendo la risa. El director carraspeó, ruborizado.
            —Le agradezco el detalle, director –Carraspeó Toni.  
            —Ella fuera, y usted dentro. Contratado. —Volvió a estrecharle la mano—. Mañana mismo empieza.
             Sonrió mientras confirmaba que sí, que ese hombre era un auténtico gilipuertas, y él el mayor sinvergüenza que existía.


13

El móvil de Patricia vibraba encima del mostrador en lo que atendía a una clienta. Almudena leyó «Toni» en la pantalla y sus ojos se desorbitaron al pensar: Bruuuu… Aguántala ahora a esta. Otra vez la arma.
            —Adiós, buenos días. Y que lo disfrute el pequeño –se despidió Patricia de la señora. Al mirar a Almudena, esta última agachó la cabeza. La pelirroja quedó extrañada, algo raro ocurría. No era normal que Almudena se comportara así—: ¿Qué pasa, tía? –La aludida señaló el móvil con la vista. Patricia enseguida vio que se trataba de Toni—. Ah, será por el trabajo. –Se cruzó de brazos—. No pienso cogerlo.
            —Cógelo –aconsejó—. Así sabemos si te miente o no.
            —Sigo diciendo que no me engaña con nadie, y que lo de esta mañana ha sido un escozor sin importancia, alguna vez le ha pasado –Almudena se dio la vuelta, de nuevo con ojos desorbitados. Se decía: eso es que ha cambiado el nido criador de huevos varias veces, maja. No sé cómo no das portazos con los cuernazos que tienes en vez de hacerlo con las manos. El móvil seguía vibrando—. Y encima no le habrán cogido –continuó—. Habrá llegado, se habrá sentado y habrá visto a… —Se detuvo al acordarse de Beatriz. Quedó boquiabierta y pensativa—. ¡La compañera! –Cogió el teléfono.
            —¿Eh? –Almudena no lo entendía.
            Patricia, carraspeando primero, intentando aparentar serenidad, respondió:
            —¿Sí?
            —Tú, joder… –contestó Toni—. Casi me dan las uvas. ¿Tantos niños antojados a las diez y media de la mañana?
            —Pues unos cuantos, sí –mintió en tono seco.
            —Pues un Espinete por el culo y van que chutan —sugirió Toni—. Aquí lo importante soy yo, no los juguetitos de mocosos.
            —Dejaron de fabricar a Espinete hace veinte años –puntualizó Patricia.
            —Pues que les den por el culo a secas. Media hora lla…
            —¿Qué quieres? –le interrumpió, tajante—. ¿Te sigue doliendo la polla, cariño? –le preguntó con recochineo—. Ah no, que te duele la cabeza porque no dejo de rajar, rajar y rajar.
            —Pelirroja… No me hagas enfadar, que tengo la mañana bastante tranquila hasta el momento y quiero que siga así. Me han cogido, para tu información, asín que no me toques los cojones porque dimito ahora mismo. Tú verás.
            —¿Te han cogido?
            —Pues claro que me han cogido. ¿Es que acaso lo dudabas? –Patricia no respondió—. Estoy leyendo el contrato, y voy a cobrar, netos, la friole…
            —¿Tienes a la de ayer de compañera? –interrumpió ella de nuevo.
            —Claro que sí. Precisamente vamos a ir ahora a almorzar –Patricia apretó el puño—. Ha dicho que tiene mucha hambre, y que si me descuido piensa comérmelo todo.    
            —¿Me estás hablando en serio? –Quedó preocupada. Lo dijo con tanta seriedad que parecía real.
            —¿Tú qué crees? –Toni se enfadaba.
            —Pues…
            —Sigues igual, hay que joderse… Tengo trabajo, ¿no te alegra?
            —Sí, cla…
            —¿Qué pasa? –preguntó Almudena.
            —Ha colgado.
            —Al no saber qué decir. Normal –Almudena añadió más leña al fuego.
            —¡No me ralles, tía! Joder –se quejó Patricia, pensándolo.
            —Vale, vale. Lo que usted mande.



14


Toni dejó que su cuerpo cayera en el sofá. Provocó una pedorreta cuando hundió el cojín por culpa del peso y a la espalda le costó resbalar contra el respaldo: se atrancó bajo una camisa húmeda y prácticamente adherida a la piel del nada humanitario señor Rabal.
            —Te has cagado, vieja esponja –le dijo mientras dejaba que la espalda siguiera bajando, aunque fuese a pausas. Sentía una ligera ventosa a la hora de descender, un picor placentero, y no le cansaba. Terminó con la barbilla pegada al pecho y un fuerte, pero no molesto, tirón cervical. Se cruzó de brazos y entrelazó los dedos. Corazones en la Atlántida continuaba en la esquina del sofá—. Muy pero que muy de puta madre, ¿verdad? –añadió mirando el libro—. Estoy que me salgo –Sonrió, orgulloso—. El trabajo me va a joder las horas de escritura, pero todo lo que me propongo lo consigo, claro que sí –Volvió a sonreír—. Soy el mejor. El mejor y más grande. –Se llevó la mano al bolsillo de la camisa, de donde sacó un cigarrillo y un billete de 50€. Ya le habían ingresado los 80€ de la corrección, y antes de regresar a casa pasó por el banco. Perdió 6€ tomando dos cañas y un bocadillo de jamón y queso—. Un triunfador, ¡yi-es! –Dio una de las caladas más sabrosas de toda su vida; acto seguido miró el billete. Expulsando el humo por los orificios nasales, lentamente, como hacía mientras leía bolsilibros de misterio y terror (pura manía), observaba el humeante billete—. Llegará el día en que tenga muchos como tú –Sonrió de nuevo—. Muchos, muchos. Me saldrán por las orejas, y firmaré autógrafos en ellos sin importarme perder miles de euros en firmas, porque seré rico y famoso. El mundo está tardando en darme el lugar que me pertenece, ¿a que sí, billetito?
            Patricia entró.
            —Vaya, ¿ya es la hora de comer? –Toni entrecerró los párpados, el humo del cigarrillo que pendía sobre la comisura de sus labios hacía que sus ojos lagrimearan mirando a Patricia—. Qué corta se me ha hecho la mañana. –A ella no le gustó demasiado el comentario, lo tomó como un: con lo bien que estaba yo solo y has tenido que venir, algo así.
            —¿Molesto? –preguntó con descaro.
            —No. Tú también vives aquí, y en algún momento del día tienes que entrar por la puerta –Sonrió con su típica sonrisa falsa—. No me molestas, ando a lo mío. –Le vio mirar el billete como si fuera una grandiosa pieza de coleccionista.
            —¿Y eso? –preguntó ella, sentándose a su lado mientras se descalzaba.
            —Se llama billete, y se usa para pagar. –Patricia notó una gélida sensación en las mejillas al sentirse ridícula—. Antes prácticamente solo lo ganabas tú, y ahora también lo ganaré yo, así que ya no estaré a la sopa boba en la casa de mi madre mientras trabaja la que dice ser mi chica.
            —¿La que dice ser tu chica? –Patricia se incorporó—. ¿Acaso no lo soy?
            —Supongo que sí.
            —¿Cómo que supones? –Perdía los papeles—. ¿Qué está pasando, Toni? Me estás engañando, ¿verdad? ¡Me estás siendo infiel! –Se agachó para vocearle en la cara—. ¡El escozor de esta mañana es por una venérea que te ha pasado esa tal Rocío, pedazo de cabrón! –le lanzó un cojín con todas sus fuerzas, llorando a lágrima viva; él parpadeó ladeando el cuello ligeramente—. ¡¡TE ESTÁS ACOSTANDO CON OTRA!! ¡¡Eres un cabronazo!! ¡¿Me oyes?! –Se le quedó mirando. Su cara y su cabello eran una fusión de rojo intenso.
            —Cierra la puta boca y siéntate –Toni lo dijo muy despacio, sin incorporarse y mirándola con ojos que parecían anchas brocas dispuestas a taladrarle el rostro. Las palabras salieron por el hueco que dejaban dos prietas hileras de dientes, tanto, que daba la sensación de serle imposible despegarlas. Tenía en el cuello una vena más ancha que el cargador del portátil, y también más caliente aunque la goma estuviera enchufada a la corriente. Alta tensión vs Tensión alta. Sin duda, ganaría Toni. Patricia enmudeció, y mientras la furia se reflejaba en el rostro de su novio, coloreándoselo de sangre caliente, el de ella perdía color, destensándose como un diafragma cuando su pecho ya no tiene aire. Parecía hipnotizada por una serpiente, pero venenosa—. ¿Qué cojones es lo que estás diciendo? –continuó él. Sus ojos titilaban con tanta fuerza que a ella le parecía ser su vista la que daba vueltas rondando el mareo. Seguía apretando los dientes; los pelillos del bigote, finos como alfileres, apuntaban hacia Patricia. Los ojos la taladraban, los pelillos a punto de salir disparados y los dientes serían capaces de morderla. Estaba perdida—. Hace un rato he podido follarme a tu gran preocupación, pero preferí pasar de ella para traer un sobre con dinero todos los meses –confesó. Ella seguía inmóvil—. Te dije que esa tal Rocío fue un par de polvos de los que ni siquiera me acuerdo –siguió a la vez que se incorporaba. Levantaba el cuerpo y la voz—, y mi escozor de polla no sé a qué ha venido, pero ya no me molesta, ¡ASÍ QUE DEJA DE DECIR ESTUPIDECES Y COMPORTARTE COMO UNA PUTA CELOSA! –Vociferó en su cara. Ella se retiró como si fuera presa de un pestífero hedor, pero no, Toni no molestaba con el aliento de su boca, sino con las palabras que salían de ella. Eran tan graciosas como auténticas depredadoras por momentos. Tenía tanta fuerza en ellas que parecía haber estado toda la vida ejercitándolas. Patricia pensó en varias ocasiones que tal vez de adolescente había acudido a clases de defensa bucal y ahora era cinturón negro en palabrería hiriente.
            Ambos se miraban a los ojos. Él al tiempo que hundía las uñas en su propia carne, con los nudillos blancos de tanto apretar; Patricia, acobardada, arrepentida. Los celos podían con ella, pero también lo hacía el tener que contestarle mal a Toni o decirle algo que pudiera dolerle. Lo amaba con locura, y cada discusión era como flagelarse sin quererlo. Se ofrecería voluntaria a soportar la mayor de las torturas con tal de que él quedara ileso en cada tragedia a soportar, a pasar hambre y sed si era necesario para que su chico comiera y bebiera, y demás tonterías amorosas por el estilo. Dicen que por amor se hacen completas locuras, y es que el amor es algo de locos, aquellos capaces de dar su vida por la persona que aman. Del dicho al hecho hay mucho trecho. Era otro de los dichos de la abuela de Toni, y lo aplicaba a que Patricia no decía la verdad. Hablaba resentida, los celos hablaban por ella, pero en el fondo sabía que no estaba siendo infiel.
—Perdó…name –La boca de Patricia se llenó de agua mientras goterones de esta caían por sus ojos. Hipó sin dejar de mirarlo, muy arrepentida pero valiente al mismo tiempo. Sorbiendo, como si fuera una niña constipada, buscó las manos de Toni con sus dedos. Tenía miedo a ser rechazada. «¡Qué fuerte, tía! Te negó, como San Pedro», pero esta vez no tenía nada que ver con el sexo, sino con el amor propio. Aunque no lo hubiera pensado, quizá le dolería más que Toni apartara sus manos de mala gana a que no quisiera acostarse con ella. A cualquier loco o loca de amor le dolería más. Él no se retiró, prefirió pasarse la lengua por los dientes; brotaron más lágrimas por los ojos de Patricia al tiempo que le acariciaba las manos—. ¿Me perdonas? –Lloró más. Quizá nunca antes había llorado tanto, pero tampoco tan en silencio. Era la vez que más dolor sentía y sin embargo las lágrimas se antojaban indoloras a la vista—. Tenía miedo de que me rechazaras de un empujón… —Volvió a mirarle con miedo, algo cabizbaja. Él también sorbió, y acto seguido, retorció los labios.
—Y pienso empujarte –admitió al tiempo que lo hacía. Patricia se golpeó contra el sofá—, pero no para rechazarte. –Se tumbó encima de ella—. Estás atrapada –añadió con voz jadeante. Su pelirroja peligrosa sonreía.
—¿No podré salir? –preguntó ella con idéntica fatiga.
—Aquí lo importante es que yo pienso entrar…
Callejearon sin protección, tal y como le gustaba a Toni, aunque de esta forma llegaba al destino mucho más rápido y no se comportaba de cinco estrellas.

3 comentarios:

  1. Me alegra ver todo lo que te ha cundido , has escrito varios capítulos y bueno que decirte , cada vez esté Toni se está volviendo un poco pedante no???..la nicotina le está afectando , pero es cierto que esta novela da un giro a todas las cosas que he leído de ti , te veo muy suelto en un lenguaje que anteriormente no usabas , y eso hace que vea en ti una evolución . Pero sabes lo mejor de todo es leer tus escritos así pues las gracias van por adelantado sigue ofreciendo todo tu potencial que es mucho mucho .
    Un abrazo y cuidate muy grande .

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    1. Hola,amiga. Mientras sigas comentándome no pienso morirme, así que tú verás, pero si un día dejas de comentarme, me moriré, y te acusarán de asesinato no escrito, jajajaja. La novela ya está escrita, y tiene tres partes, solo que he dejado el final finalísimo para el último momento, y depende de cómo vaya evolucionando el verdadero Toni, que es un servidor, jeje. Sí, es un lenguaje nuevo porque he querido tomarme el cáncer con humor (de hecho hace un rato he estado jugando a los trileros con tres botes de orina, jajajaja. Me voy a grabar para poenrlo en Twitter) y provocar risas hasta el momento de provocar llanto. Colgaré unos cuantos capis más aún, pero ya serán los últimos hasta que publique la novela, así que con los próximos ya quedará finiquitada la primera parte. Millones de gracias, como siempre. Un abrazo y un besazo enorme de todo corazón :)

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  2. El diario de Azarie me ha hecho descubrir tu blog. Hoy lo visitó por primera ver y me ha gustado lo que compartes en tu bitácora. Volveré para seguir leyéndolo.
    Me gustaría invitarte a dar un paseo por El zoco del escriba y que charlemos allí de lo que prefieras mientras tomamos un té con hierbabuena
    Que tengas un feliz día.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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