miércoles, 25 de abril de 2018

Primeros capítulos de "Cáncer"


Desde que abrí el blog y vengo subiendo relatos, tengo la manía de incluir una breve explicación, ya sea al principio o al final, al igual que hago en las novelas. Lo he hecho cuando no hacía falta, y hoy que la hace, preferiría no tener que hacerlo. Quizá solo por estos tres capítulos (los llamaré así) nadie diga nada; sin embargo, cuando el día de mañana (pronto) la novela esté publicada, de saltarme dicha explicación, puede que alguno de sus lectores dijera: Hostias, tío, te has pasado.
Me considero autor de terror, y visto así, un autor de terror debería escribir ficción, ¿no? Esta será mi tercera novela (iba a serlo El diario de un fracasado 2, pero se coló un cáncer a última hora) y las tres son historias reales, nada que ver con la ficción por muy mucho que alguna parte esté recreada, como esa bruja malvada de la que nadie se acuerda porque el bullying da más terror. Ahora bien, Cáncer no es la vida de un niño mitad chico mitad chica del que se ríen, agreden e insultan. Alguien también podría decir que me pasé más con El diario de un fracasado que con Cáncer, pero es que el personaje de esa novela solo es uno, y personas que tienen cáncer, por desgracia son muchas. No es lo mismo reírse de un niño mitad mitad, que a priori no existe aunque yo sí lo conozca, que reírse de alguien con cáncer. El personaje de esta novela se va a reír (algo así, más bien pasotismo e indiferencia) de gente que tiene cáncer, de unos cuantos sí, por eso quiero dejarlo claro antes de que la novela salga íntegra a la luz. En la sinopsis podrá leerse que se trata de un escritor sinvergüenza, maltratador psicológico de su novia y caradura, y que él mismo, a la larga, padecerá cáncer en la vejiga. Es una de las historias que denomino "fofas" por no tener conflicto, o no apreciarse. Es como escribir una novela de misterio sabiendo ya quién es el asesino. A simple vista esto no gusta porque es como que ya no merece la pena, ¿cierto? Pero bueno, para eso dejad que mi mente y mi pasión por crear historias pueda ofrecer algo decente aunque la trama sea previsible.
Era el momento de escribir Cáncer. Como bien he dicho, se coló en medio de El diario de un fracasado 2, a sus 126 páginas de Word, si no recuerdo mal. Lo dejé aparcado el 12 de marzo para empezar a escribir Cáncer, el mismo día que mi médico me lo vio a mí en la vejiga. ¿Entendéis ahora por qué doy esta explicación y por qué me atrevo, en parte, a crear un personaje que se ría de alguien con cáncer? Si yo no lo tuviera no creo que fuera capaz de inventar a un sinvergüenza al que no le importe que alguien tenga una enfermedad así, ni siquiera dar un título semejante a una obra. El tenerlo yo me deja la conciencia más tranquila. Bien es cierto que de no tenerlo, el personaje iba a salir malparado, como le ocurre a todos mis personajes cuando se pasan de la raya. Sí, pero tengo mayor valentía, me siento más tranquilo, creando a un sinvergüenza que podría estar riéndose de mí. Cuando digo que he creado a un personaje que se ríe de gente con cáncer no me estoy refiriendo a alguien que los señala por la calle y se troncha de risa. No, sino a un malnacido que se cree el amo del mundo y la gente enferma le importa un pimiento. Solo se importa él, ser el amo del universo y el mejor escritor del mundo.
Como se trata de una historia dura, me he propuesto escribir prácticamente la mitad de la novela con humor. El lector verá partes picantes, eróticas, e incluso un narrador un tanto cachondo. Eso solo será la primera mitad, ya que luego la gracia se leerá a la inversa.
Esta breve introducción no es para contarle al mundo que tengo cáncer, porque como comprenderéis, no es agradable, aunque ya lo sabe mucha gente. No intento dar un mínimo de pena, y además esto se entenderá rápido. El cáncer que me da pena es el de un niño que, sin haber hecho nada malo, viene al mundo y la maldita enfermedad se cuela en su cuerpo. Yo ya era mayorcito y consciente de que fumar mata, y aun así me hinché a tabaco. Así que si ahora tengo cáncer, a pesar de ser muy joven, me lo he provocado yo. Toca apechugar.
Me importa la novela, 90% real y donde el lector, de nuevo y siempre el lector, notará mis peores momentos y los de aclamar ayuda. Ser consciente de que fumar hace daño no me quita de ser humano y sentir dolor y miedo, ¿verdad? Lo he tenido y tengo como cualquier persona, y desde hace un mes he estado prácticamente solo, por ello en la novela me he inventado una novia a quien al principio Toni trata mal, pero en la que después me he refugiado y soñado a mi lado, en esos momentos de fiebre, de la asquerosa reacción de la quimio y de las lágrimas en soledad. Hace un año por estas fechas tenía a ese chica, y el año anterior tenía a otra. Ahora vuelvo a tener un cuaderno para desahogar mis penas, como en el inicio de El diario de un fracasado y un bajón que habéis notado ahora mismo pero que ya se ha pasado. Siempre se van al escribir. La escritura es una buena medicina, más poderosa y agradable que la quimioterapia.
Espero que el inicio de Cáncer os guste, que odiéis a Toni tanto como lo lleguéis a amar, y que se me perdonen los momentos de dolor porque la novela flojeará. De momento eso no es preocupante. En las siguientes líneas vais a leer una realidad en principio, después el sueño de un hombre que ansía el amor (aunque en Toni no se note) y por último un trágico recuerdo, aunque de nuevo, en Toni parezca cosa de nada.
Espero, quiero, necesito y deseo, que cuando termine la trilogía de El diario de un fracasado, mis siguientes novelas pertenezcan a la ficción, y solo a la ficción.
Muchas gracias. Siempre.      













A los enfermos de cáncer.
A los héroes que lo superaron y me lo pueden contar, y a los héroes que un día me lo contarán desde el cielo. 



Hola, me llamo Cáncer, y soy el asesino más famoso del mundo entero. Ando en busca mientras capturo, y quizá me cuele en tu cuerpo a mis anchas cuando menos te lo esperes.                                        




                                                          


                                                          
                                                                      
           




                                                                              1

—Y fin de la corrección. —Cada vez que Toni terminaba de corregir una novela, echaba para atrás su espalda arqueada (de seguir así habría un jorobado más en la familia, un regalo genético de su cheposo padre. Andar sin cuidado le dejaría como el campanero de Notre Dame) estiraba los brazos con los puños cerrados y se escurría en el asiento hasta que sus cervicales protestaban. Las sometía a un duro aunque al mismo tiempo placentero  castigo. Tendones y músculos crujían como una carraca insonora pero presente, y sentía placer—. ¡Esto es vida! —gritó con cara de estúpido; era como haberse levantado de la siesta al lado de la mujer más sensual y hermosa del mundo. En verdad la tenía, y se llamaba Patricia, pero ninguno de los dos era de siesta. Apenas coincidían: ella trabajaba de mañana y tarde en una tienda de juguetes mientras él dormía, y ella dormía mientras él trabajaba corrigiendo por la noche.
            «Podrías cambiar el horario, cariño, le había dicho ella en varias ocasiones, pero Toni no quería—, así nos veríamos más» —Aparte de corrector era novelista, novelista frustrado. Tenía dos novelas a la venta: una publicada y la otra autopublicada. De la primera consiguió vender 9 ejemplares en un año y ganó cerca (no exacto) de 9€. No está mal para empezar. Si vendo otros 7 me dará para comprarme mi propia novela y decir que he vendido 17... De la segunda, solo en digital, veinticinco; y sí: él mismo estaba dispuesto a que se la hincaran. No le jodería tanto como haber recaudado 27€ en ocho meses.
            De corrector le iba un poco mejor, pero era trabajo de un grifo que se cerraría de pronto y no gotearía más que de vez en cuando: un mes dos novelas quizá, y hasta dentro de seis cabía la posibilidad de que no llegara ninguna. Acababa de corregir una de 426 páginas por un económico precio (para el autor) de 80€.  El terminar de corregir era muy gratificante y satisfactorio porque significaba aumentar la cuenta bancaria; sin embargo, cuando se daba cuenta del importe del ingreso, en vez de escurrirse por el asiento se derrumbaba, literalmente. Necesitaba otro trabajo más, pero no salía por ninguna parte. Patricia ganaba 642€ por ocho horas de jornada partida. No podían permitirse el lujo de tener calefacción, y compraban comida de calentar y listo; ella llevaba a lavar la ropa de ambos todos los domingos a casa de su madre, y esta última, miraba a Toni con cara de adoración traicionera, con una de esas interesantes muecas de ceño fruncido donde pensaba: como sigas sin mover los huevos mi lavadora tendrá que centrifugar sudarios en vez de calzones. La luz con la que Toni corregía era de escasos 4w, por ello sus gafas reclamaban a gritos unos cristales nuevos y más gordos. Vivían mal, pero con la ventaja de no tener que pagar hipoteca. La madre de Toni le dejó la casa antes de irse a una residencia de ancianos. La última vez que la vio, ella le dijo: Papá, los niños con barba de mi guardería lloran mucho. Fue el día de la primera y única presentación de Miedo, la novela publicada en papel. Cuando escuchó eso, ya no tuvo ganas de contárselo. ¿Para qué? Era como hablar a los asistentes de dicho evento: le escucharía sin importarle nada de lo que dijera, en su caso, no por decisión propia. Su cabeza ya no se lo permitía. Sufrió durante su larga vida, pero al fin consiguió ser feliz. Una vez que la cabeza regresa a la niñez todo vuelve a ser de color de rosas: no hay preocupaciones, ya no tienes hijos, convives con tus compañeros barbados de guardería y no te preocupas por las facturas o por dejarte los ojos escribiendo y corrigiendo, ni tampoco si llegas o no a fin de mes. La señora Sánchez era feliz.
            Patricia se acercó a Toni y le abrazó mientras él, glorioso, se escurría más. Le dio un sonoro beso en la mejilla que le hizo sentir cosquillas. Sus propios pelillos, en una barba de una semana, se doblaron como los de un cepillo de dientes cuando el pulgar los enjuaga con suavidad. Los labios de su pelirroja peligrosa, como Toni se refería a ella tanto por su cabello como por su fogosidad, lo besaron a modo de placentera ventosa. —De pequeño le encantaba ponerse gomas saltarinas en las mejillas. Le absorbían la sangre al instante, igual que los chupetones de Patricia pero con bordes redondeados y endurecidos. Era al soltar cuando llegaban las cosquillas, además de un cerco de sangre del tamaño de una moneda de 2€. El que años más tarde le llamaran «caradura» bien podría tener relación con tanta absorción de sangre a lo tonto y a lo bobo—. Retiró los labios al tiempo que colocaba las manos en el pecho de su chico, susurrándole al oído:
            —¿Trabajo terminado con éxito? —Sus ojos refulgían al contraste de la luz del monitor. Toni trabajaba con un pequeño pero bastante luminoso portátil, por ello las pupilas de la pelirroja peligrosa bailoteaban en diminutas chispitas.
            —¡Yiii-es! —Su "sí" favorito siempre era el inglés. Lo pronunció con entusiasmo al tiempo que daba un toque fugaz sobre la mesa con el tapón de su pluma. —Era de los que decía que la pluma de un escritor no puede tocarla nadie más que él; si la toca otra persona, la doblará sí o sí, y no puede consentirse bajo ningún concento. Ni siquiera Patricia podía tocarla.
            Nena, si me la sigues tocando vas a conseguir que se tuerza la punta. Si no está tiesa no sirve, y la broma le hizo quedarse dos semanas sin caricias por parte de su pelirroja peligrosa, como la bautizó ese mismo día por habérselo tomado tan en serio.
            —A ver... —Patricia alargó el brazo para hacerse con el ratón y mirar el número de páginas—. 426, ¿no?
            —¡Sip! —Volvió a dar otro toque con la pluma.
—Y ¿cuánto te van a pagar por haberla corregido? —Toni continuaba jugando con la pluma. Parecía un niño dibujando caminos en el aire con su avión de juguete mientras elude cualquier comentario de sus padres. Sabía que el beso, las cosquillas y el abrazo, quedarían ahí, sin pasar a mayores. Se avecinaba dormir en el sofá, por ello después hacía crujir las vértebras para que volvieran a su lugar correspondiente. Cada corrección terminada equivalía a una noche con la cabeza apoyada sin mullido—. Cariño —Patricia le miró con seriedad—. ¿Cuánto dinero vas a ganar?
            Toni dejó de juguetear para comportarse como un adulto y responder:
            —No he podido sacar más de 80€. Era eso o nada —Antes de terminar de explicarlo, ella ya se había dado la vuelta, malhumorada.
            —¡Joder, cariño! —protestó—. Es una miseria por muchas noches de trabajo.
            —Lo sé, lo sé —reconoció él. Se quitó las gafas y se frotó los ojos—. Sabemos que esto no da para más —añadió manteniendo los codos en las rodillas.
            —No da para más porque no subes el precio —puntualizó Patricia—. Te recuerdo que quien pide eres tú, y siempre pides demasiado poco.
            —Es lo que hay —Se incorporó—. Si me paso de listo  e intento cobrar más, nadie me querrá como corrector. —Su chica volvió a darle la espalda—. Si subo el precio será prácticamente igual al de los demás correctores, y ahí tengo las de perder. El hecho de cobrar menos me hace tener más manuscritos para corregir. ¿Lo pillas?
            —Los estás regalando —insistió ella—. El refrán de que nadie da duros a cuatro pesetas ha cambiado desde que te hiciste corrector negro.
            —¿Qué quieres que haga? —Toni levantó algo la voz—. Es el único dinero que entra en casa por mi parte.
            Patricia se le quedó mirando con los brazos cruzados.
            —Ya... —Asintió con la cabeza repetidas veces—. Claro que es el único que entra por tu parte. Trabajas dos horas por las noches mientras lo combinas escribiendo tus novelas.
            —Y estoy ahora mismo con una que puede darnos mucho pero que mucho dinero si sale bien —interrumpió—. ¡Es una historia cojonuda!
            —Baja a la Tierra, cariño —Patricia cada vez estaba más seria—. No quiero hundirte porque sé que la literatura es tu vida, y doy fe de que escribes bien. Pero echa la vista atrás y haz números sobre tus dos novelas: solo nos han dado pérdidas, tanto económicas como de tiempo.
            —Cambiará, ¡lo juro! —prometió Toni—. La siguiente será un bombazo. Hazme caso, muñeca —Se acercó a besarla, pero ella le retiró al tiempo que añadía:
            —Si quieres seguir persiguiendo tu sueño, adelante —Ya estaba enfadada del todo. Llegaba la hora del remate final. Toni se quedó cortado. Patricia era la única que conseguía plantarle cara. Quizá la culpa la tenía ese tal "amor", aunque él jamás lo reconociera. Lo de los corazoncitos no era lo suyo—, pero hazlo en tus ratos libres. Necesito que trabajes como trabajo yo: jornada completa, tal vez media jornada, pero con un sueldo algo más decente que nos ayude con los gastos. ¿Pretendes ser un superventas escribiendo con luz escasa, a veces hasta sin ella y en una especie de chabola?
            —Es la casa donde mi madre nos deja vivir —puntualizó con rostro serio, demasiado.
            —Lo sé, y lo siento si he parecido muy dura.
            —Suele ser al revés y se me castiga de bruto sin sentimientos —se quejó Toni.  
            —Lo siento, cariño. No estoy de gratis, por lo tanto tengo derecho a opinar.
            —Nadie te ha dicho que no hagas nada. Al contrario, me lo estás diciendo tú a mí.
            —Es que es la verdad, mi amor —Se ablandó un poco, lo justo—. Haces, pero estás regalando más que beneficiándote de ello, y un trabajo, siendo el jefe, es para que ganes tú y pierdan tus empleados. Es decir, que quien tiene que salir perdiendo son...
            —Los escritores que hacen el favor de regalarme su dinero porque confían en mí. —Tenía parte de razón, como la tenía Patricia; quizá ella una parte de razón mucho mayor, y era cierto que Toni necesitaba otro trabajo, pero no encontraba nada.
            —¿Buscarás algo mejor? —le preguntó ella. Esta vez sus ojos no brillaban felices, sino por alguna que otra lágrima. Toni asintió y Patricia le besó. Se había ganado 80€ y un beso en los labios después de discutir y ser rechazado en un primer momento. En el fondo no estaba nada mal—. Te espero en la cama —volvió a besarlo—. No tardes.
            —Recojo todo y voy, que hoy no tengo cuerpo para escribir.
            Patricia se fue a la habitación.
            Toni se sentó de nuevo para echar un último vistazo al manuscrito que acababa de corregir. No había suprimido los adverbios necesarios, pasó de algunas mayúsculas y solo colocó las comas que quiso, además de dejar el sentido de las frase a modo "Yoda" como decía cuando los autores escribían primero el complemento, luego el sujeto y por último el verbo. 80€ por eso no era una miseria, sino una putada para aquellos que habían puesto toda su confianza en él. Seguía siendo un caradura, ya sin gomas saltarinas. Ahora buscaba otra goma, esta más blanda y que también hace cosquillas, tan intensas que llevan al orgasmo. 
            —Oh, mierda —rezongó al ver que no le quedaban más que dos preservativos.
             En fin... Disfrutaré de los dos como si fueran los últimos de mi vida.
            —Ya voy, nena.
            Sigo siendo un bruto sin sentimientos, pero la interpretación no se me da nada mal cuando trato de conseguir mi objetivo. Hoy no pienso dormir en el sofá y ahora mismo voy a recuperar las semanas perdidas. Prepárate.
            Apagó el portátil y fue a la habitación en busca de más cosquillas.

                                                                      
2

Toni le hizo el amor a Patricia, pero en verdad fue como hacérselo a ella y a su alma. A sus 31 años de vida —con quince de experiencia desde que a los 16 se la plastificara por primera vez para adentrarse en el mundo de las cosquillas grandes— no recordaba haber tenido un orgasmo tan intenso y delicioso. Su primera vez no fue para recordar porque con dieciséis años era pollablanda, no caradura. Le quedaba mucho por aprender; su perrito caliente soltó el queso fundido con antelación por los nervios del momento. Vio el deseo concedido antes de que saliera el genio tras frotársela tres veces, y así por más ocasiones, hasta que a la quinta o sexta empezó a comportarse medianamente bien durante el acto, y solo durante el acto,  ya que el sinvergüenza chulesco se convertía en Mimosín a la hora de correrse.  Si a sus conocidos les preguntaran por la sensibilidad de Toni, nadie sabría contestar; de preguntárselo a las mujeres, todas dirían que tenía, pero en la cabeza de la polla. Esta ahora se le había hinchado más de la cuenta, llenándose de sangre como si la estuvieran estrangulando. Su cara dura se ablandó como la de un manso corderito mientras el miembro tomaba el relevo y demostraba su virilidad. Se le subieron los huevos igual que si los conductos fueran los cables de un ascensor en ascenso hacia la gloria, picándole de la misma forma que quien se llena la boca de tabasco, solo que en vez de molesto, de goce incontrolable. Se le nubló el juicio, su mente quedó tan blanca como la de un amnésico y todo el pasado hasta ese instante dejó de existir. Acababa de nacer, no conocía ninguna palabra y su comportamiento era el de un neandertal gimiendo por no conocer nada más; después, sus fuerzas flaquearon, y en medio de un rematado suspiro, quedó encima de Patricia, agotado y la mar de satisfecho.
            —Madre mía, cariño... —soltó ella, jadeando—. Pero ¿qué... te ha pasado hoy? —Toni aún no había recuperado las fuerzas. Seguía encima de su chica, paralizado; su pecho subía y bajaba abruptamente, hecho una bola creciente y menguante como la garganta de una rana al croar.
            Semana y media de abstinencia sexual, esa era la causa de haberse comportado como un toro bravo y que ambos sintieran una traca de fuegos artificiales al terminar. Primero fue el exceso de trabajo por parte de Patricia. La semana donde se presentó el 15 de julio llenó la caja registradora de la tienda y los huevos de Toni. Su pelirroja peligrosa no paró un segundo, hizo jornada intensiva durante tres días y al llegar a casa solo se quitaba los zapatos y se acostaba, nada más. Ni cena ni beso de buenas noches. Los niños antojados que iban a la tienda en compañía de sus padres querían irse de vacaciones con un nuevo juguete en la maleta, juegos de mesa donde papá pierde hora y media de su vida leyendo las instrucciones que después nunca se ponen en práctica y muñecas modernas con el esfínter suelto. Después de eso llegó la marea roja para que Patricia perdiera hierro mientras Toni soportaba una barra de ello sosteniendo su permanente tienda de campaña. El terminar de corregir el manuscrito y saber que recibiría 80€ aumentó el ego y el momentáneo tamaño de su pene. Todo eso le acababa de hacer disfrutar como un enano. Alrededor de quince minutos. No muy largo pero intenso. No estaba del todo mal pero podía estar mejor (siempre podía ser mejor).
            Levantó la cabeza poco a poco. Preocuparse por colocar la goma en el pene le hizo olvidar que tenía que colocarse otra en la melena. Hacer el amor con el pelo suelto significa llenar de sudor las puntas y azotar a tu chica con ellas en cada movimiento. Otro error que debería corregir. Para ser corrector cometía muchas faltas.  La respiración le movía la barriga y ella el abdomen de Patricia. Parecía un taco de billar humano en intentos por golpear la bola blanca.
            No respondía. La miraba abobado, todavía pensando en lo que acababa de sentir. Quería reproducirlo de nuevo y, con algo de suerte, revivir el momento final. Pero algo le decía que un orgasmo de esas magnitudes no aparece a propia voluntad, que es como un cometa, y que por más que se lo espere y desee, pasa una vez cada veinte, treinta o más años. Quizá habría sido el mejor y el último de su vida.
            —Nunca te había visto así —volvió a decir ella—. Sí que te ha gustado, ¿eh? —Toni se movió a un lado, dejándose caer bocarriba. Colocó las manos en la nuca y, suspirando, soltó un:
            —Increíble —Sus ojos hacían chiribitas. Patricia sonreía al tiempo que le acariciaba el vello del pecho—. Increíble —repitió antes de girarse a por la cajetilla de tabaco que tenía en la mesilla. FUMAR MATA, leyó en letras gigantes sin poder contener la risa. No podía ser verdad cuando sabía tan rico. Era de los que decía que lo que se tiene en la vida por malo es lo único bueno: la comida basura, el tabaco, el alcohol, la droga, el follar sin protección... Mentira cochina. En la cajetilla aparecía una lengua con cáncer. Quizá la imagen del laringomatizado o la del cigarrillo curvado semejando impotencia, en otros momentos le hiciera pensar, aunque no más de cinco segundos. Tal vez un: hostias, qué fuerte, y ya. En esos instantes de goce, de que si en verdad fumar mataba ya podía morirse tranquilo, esa lengua solo le causó más risas. El tumor amarillento parecía un pedazo de tortilla francesa.
            Sacó un cigarrillo, se dio tres golpecitos en el pecho con él antes de llevárselo a los labios y lo prendió.
            —Aggg... —protestó Patricia en tono de niña repipi y consentida—. Sabes que no me gusta que fumes en la habitación. Queda todo el olor —Sacó el labio inferior haciendo puchero. Eso excitó a Toni; era la típica protesta sin consecuencias, la que no llevaría a nada. Sabía que la había dejado satisfecha y que comía de su mano—. Y eso que... —Acercó los labios a los de su chico, y añadió en susurros—: hoy se te permite todo. —Le miró con deseo, con una de esas miradas en las que las pupilas parecen bocas dispuestas a devorar. Satisfecha pero deseosa de repetir y poner la guinda en el pastel. El postre era lo mejor de la comida, y el de esa noche había sido de tenedor de cinco estrellas. 
            —Un par de caladitas más y me voy —aseguró él.
            —¿Te vas? —De nuevo la niña de puchero—. Pero si esta vez no te echo —Le besó en el pecho.
            —Ya, pero me gustaría escribir un rato —Expulsó el humo—. Además, solo nos queda un profiláctico, y en caso de que mañana queramos otra noche loca...
            —¿En serio? —Se incorporó mirándolo muy disgustada. Llevaba parte de la sábana enrollada entre los senos.
            —Sí —Toni volvió a expulsar humo—. Pero si quieres podemos prescindir de la protección. Sabes que controlo mucho.
            —No, no, no —Patricia sonrió al quejarse—. Acuérdate del susto que tuvimos hace unos meses.
            —Me acuerdo. Un poco más y lo bautizamos.
            —Tus espermatozoides van con GPS, mi amor —Volvió a besarlo en el pecho—, y aún no estamos preparados para que encuentren el camino sin rodeos.
            —Eso fue algo sin importancia, un día no del todo bueno —Dio una larga calada. Los cigarrillos le duraban menos de tres minutos cuando se lo proponía. Patricia seguía sonriendo—. Sabes que ahora soy más de callejear que de ir directo al destino —Expiró mientras ella se mordía los labios reprimiendo la sonrisa.
            —Por eso... —Comenzó a besarlo en el cuello—, podemos callejear otro rato, ¿mmm?
            —Muy tentador —reconoció Toni mientras se apartaba con delicadeza. Había sido demasiado bueno como para comportarse tan rápido como el sinvergüenza que era. Todavía seguía con la alegría en el cuerpo, y eso suponía unos diez minutos más de buen humor—. Pero... —Se sentó en la cama dispuesto a levantarse y vestirse—, ya te he dado lo tuyo, muñeca; ahora me toca darle a la tecla.
            —Cariño... —Patricia volvió a poner puchero mientras su chico se colocaba el calzoncillo—. No me dejes así. Uno más de cinco estrellas, ¿sí?
            —Las cinco estrellas más importantes ahora mismo son las que quiero recibir por mi nueva obra —Se abotonó el pantalón—. Será la novela que me catapulte a la fama. Ganaré mucho dinero —La beso—. Mucho —La volvió a besar—. Ya no compraremos comida de calentar y listo —Otro beso—, escribiré bajo lámparas con bombillas de alto consumo y podremos comprar cajas de condones todas las semanas, además de que no volverás a trabajar en tu vida, señora de Rabal —Patricia pensó que todavía no le había llegado la sangre a la cabeza, que aún abandonaba al soldadito vencedor, pero muy poco a poco al parecer—. Y destápate el pecho —añadió al tiempo que se colocaba la camiseta—.  Pareces una actriz después de haber hecho el amor en una peli romántica... —Se pasó la mano por el cabello para colocárselo un poco—. Me jode mucho que hagan eso. Dejan bien claro que no les han pagado lo suficiente como para enseñar las tetas, pero el no vérselas deja de resultar creíble para la historia. Acaban de verse desnudas delante de sus chicos y se tapan al terminar —Se colocó las gafas—. ¿No tendría que ser al revés? Es absurdo. Ya me conozco tus tetas, te las llevo viendo cinco años.
            —Si me destapo... ¿Te quedas? —Hizo que la sábana se deslizara suavemente por sus senos hasta dejarlos al descubierto. Toni los miró. Le encantaban, siempre le habían encantado, pero ya solo le faltaba calzarse las zapatillas porque eso que creía sería un auténtico best seller, le estaba esperando.
            —No —negó y ella volvió a palidecer. Se llevó un jarro de agua fría y quedó inmortalizada en plena escena seductora—. Recuerda lo de mi GPS. Tal vez mañana esté más fresco para callejear... —Volvió a besarla (como besar a una estatua) cogió la cajetilla de tabaco y salió de la habitación, silbando.
            Patricia seguía en la misma postura, pero muriéndose de vergüenza. Ya en soledad, rechazada por un hombre (sus amigas no la creerían jamás) aun vergonzosa, se cubrió el pecho como esas actrices que mencionó su chico.

                                                                      
3

Era como si le hubieran dado una tremenda paliza. La buena zurra, lo que decían en el barrio tanto él como los demás niños cuando no medían más de metro veinte y jugaban a escalabrarse; y cuando no se abrían la cabeza a pedradas, lo hacían por medio de esa "zurra" de golpes. A los doce años Toni comenzó a dejarse el cabello largo, pero si se lo rapara al cero, en su cabeza se verían más cosidos que en los pentágonos de un balón de reglamento. Esta vez la paliza se la había dado él mismo encima de Patricia, y para bien.
            He bajado unos cuantos gramos de los huevos y es como si hubiera perdido veinte kilos de repente... Alucinante.
            Se dejó caer en el sofá. A esas horas de la madrugada se antojó fresco, igual que si hubiera apoyado la espalda en la puerta del frigorífico. Estiró las piernas, cogió aire y lo expulsó sonriente.
            —Todo un campeón, sí señor —Sacó un cigarrillo y lo prendió. Sentía una felicidad tan inmensa que no controlaba lo que hacía; era como haber recibido una gran dosis de azúcar en sangre, haberse tomado media tarrina de helado de chocolate con almendras al estar de bajón y conseguir subirse de alegría por las paredes. Dio una calada intensa. La capa de ceniza se iluminó al tiempo que crepitaba y soltaba una diminuta chispa. El tabaco ya no era lo que fue, y aunque Toni no lo reconocía porque adoraba fumar, cada vez le metían más sustancias tóxicas. Miraba cómo la papela que envolvía el tabaco se quemaba igual que el mapa en la sintonía de Bonanza, lo único que recordaba de la serie porque la vio en una de sus tantas reposiciones, con cuatro o cinco años. Era un cigarrillo pero lo observaba como si estuviera absorbiendo zumo mediante una pajita. Sus mofletes se encogieron y tragó todo el humo que tenía en la boca; después, para seguir haciendo el subnormal, lo expulsó a modo de aspersor mientras movía la cabeza de un lado a otro—. Fu-fu-fu fu-fu fu-fu-fu fu-fu-fufufú —Le dio la tos y le entró la risa. Sintió un picor bastante molesto por la campanilla y la boca le supo a cloaca, pero no le importó en absoluto. Estaba feliz.
            Ahora iba en busca de otra paliza, esta para su mente y sus ojos. Tenía que reanudar la escritura y demostrar con ello su talento. Dos horas corrigiendo no habían sido nada, por ello necesitaba castigar la vista unas cuantas horas más.
            —Hace una semana que no leo nada, joder —se maldijo por mal lector. Tiempo sin leer, para un escritor es tiempo perdido, no el dormir demasiado—. No tengo ni un rato para coger un libro con tanta corrección.
            Tras hablar consigo mismo, giró el cuello hacia el lado izquierdo, donde Corazones en la Atlántida, de S. King, descansaba en un rincón, y llevaba dos días sin tocarlo. Lo había dejado casi al final de la primera historia, deseando que Ted no desapareciera. No era de terror, pero todo lo que escribiera el maestro era bienvenido para Toni. Es el rey indiscutible, escriba terror o no, firme con su nombre o con el que invente. No hay quien lo supere, y los que escribimos historias de miedo deberíamos besar Maine de cabo a rabo, todo lo que haya pisado King. Sin él no seríamos nada. Un ejemplo a seguir y mantener en el presente. Seguramente Patricia se sentó encima del libro sin darse cuenta, o  quizá lo habría apartado como si fuese un cojín. Ah, un libro, habría dicho, sin más. Estaba acostumbrada a apartarlos de todas partes: de la mesilla del dormitorio, donde Toni aprovechaba el insomnio para enfrascarse en alguna que otra aventura; en el baño. Casi todos los días encontraba un libro encima del lavabo, y en la mesa del salón y el pasillo. La casa era una biblioteca desordenada. Toni no era capaz de vivir sin libros ni sin tabaco. Quizá sin ella sí, diciéndose a sí misma que siempre habría alguna otra fulana que pudiera suplantarla, pero los libros y los cigarrillos no. Las películas no le llegaban como lo hacían los escritos, por lo tanto no podría reemplazarlos por ellas, y donde estuviera el tabaco negro, que se quitara el rubio. Para Toni fumar rubio tenía el mismo efecto que beberse una cerveza sin alcohol.
            Cogió Corazones en la Atlántida.
            —Perdóname, maestro, pero ahora no te puedo leer —se disculpó—. Tengo que escribir. Nadie mejor que tú puede entenderme.
            Volvió a dejarlo donde estaba, en ese rincón que, a pesar de esconderlo para tenerlo protegido, al mismo tiempo parecía apartarlo del mundo. Quedó ensimismado al observar esa parte del sofá; le traía recuerdos, y no precisamente buenos. En ella, justo en el brazo que apuntaba hacia la ventana, falleció su abuelo. Ocurrió de madrugada, cercana a la misma hora en que lo recordaba; sin embargo, en vez de ser una calurosa noche de verano después de haberse tirado a su chica tras dos semanas de que esta cerrara el agujerito de la felicidad y no entrara ni gato ni ratón, murió en una noche de invierno, sin acordarse ya de lo que era tenerla dura y con los bronquios más negros que los de un minero. Siete meses atrás de su muerte ya le fue imposible poner un pie en los escalones, por lo que no le quedó más remedio que dormir en el sofá-cama. Era incapaz de subir al dormitorio.
            Toni tocaba el brazo donde su abuelo, ayudado por una gruesa almohada, apoyó la cabeza para dormir de cúbito supino las noches que le restaron de vida. Los ácidos de estómago eran tan abrasivos que parecían deshacerle el esófago de principio a fin. Era como si en vez de reflujo le escalara ácido sulfúrico desde la tripa hasta la garganta, y que cada vez que abría la boca, fuera a escupir goterones de saliva en llamas. Cada uno de sus eructos semejaba abruptos tronidos vaticinando una fuerte tormenta, y en su caso, tan oscura como aniquiladora. Las señales del fin de la vida, la llegada del mal inminente. Muerte es sinónimo de dolor, bien para el enfermo o bien para los familiares que deja, y la de Antonio (que así se llamaba, y el mismo que quiso que su hijo y su nieto llevaran su mismo nombre) contaba con ambos dolores.
            —¡Hostia puta y sagrada! —vociferó una noche entre guturales y burbujeantes sonidos, como si le estuvieran centrifugando el estómago continuamente con aguarrás. Al mismo tiempo, se retorcía clavando las uñas en la manta que lo arropaba—. ¡Tengo dentro a un hijo de puta que me está calcinando las tripas! —Movía la cabeza de un lado a otro, sudando y tragando saliva hirviente. Jadeaba desesperado—. ¡Cristo Santo...! Apagadme el fuego que me corree, ¡lo suplico! ¡Hacedlo rápido! Apagadlo o matadme... ¡ME CAGO EN LA HOSTIA DIVINA! —rugió, convirtiendo su cuerpo en un puente mientras se tensaba—. ¡Matadme antes de que este cabrón me deshaga las tripas!
            Ni Toni ni sus padres podían hacer nada más por él. Tenía los párpados arrugados como cáscaras de nuez, y su fruto, una pupila diminuta y contraída, luchaba por ver algo de claridad, fuera de día o de noche. Su mirada era turbia y escasa, pero dada la gravedad, el menor de los problemas. La morfina que le inyectaba su nuera era como meterle agua en el cuerpo: no servía de nada. Lo que primero fue una hernia de hiato (de diptongo según Toni, que siempre se rio de ello cuando no era más que un mocoso) pasó a úlcera, y después a úlcera sangrante. Años más tarde se convirtió en cáncer, y ese fue su final. Según los médicos tenía el estómago como si se lo hubiera mordisqueado un pitbull, y lo poco que aún no había echado por la boca entre accesos de tos sangrienta, deambulaba por el tórax en forma de tropezón. Los coágulos se le estancaron ahí cuan barrita de gelatina dividida en partes.
            La noche que murió, Toni despertó sobresaltado por culpa de una pesadilla. Tenía doce años y esa misma tarde se había fumado su primer porro. Ni siquiera años más tarde lo vio todo por triplicado, cuando quiso probar suerte con las lentes de contacto para verse más atractivo y confundió la del ojo derecho con la del izquierdo, y viceversa. Soñó que estaba leyendo en el sofá, tan solo alumbrado por la tenue luz de la lamparita que su madre había comprado en los chinos. Un ratón sostenía la bombilla y le parecía una cursilada. Cosa de viejas, como las lentejas, se dijo el primer día que la vio. En el sueño no se veía más que el libro, con unas cincuenta líneas en cada página y escritas con letra diminuta, apenas legible. Se lo llevó a la cara para intentar ver de cerca lo que decía, y entonces vio que las palabras tenían gemelas y trillizas, que no hacían más que repetirse una y otra vez, borrosas y burlonas. Le era imposible distinguir nada. Cada letra se antojaba en relieve y no sabía si una era la A de Alemania, la P de Perú, la M de Mongolia o que en verdad era un mongolo y ese maldito libro se pitorreaba delante de sus narices. Tras cerrarlo de golpe, exasperado, como había hecho en una ocasión cuando a una mosca de las cojoneras se le antojó caminar por su párrafo favorito y le interrumpió la lectura en la que estaba enfrascado, su abuelo se incorporó de golpe a su lado izquierdo, recordándole al guardián de Historias de la cripta cuando asomaba la cabeza por el ataúd. El abuelo no reía como ese esqueleto cachondo, el abuelo levantó esas cáscaras de nuez que tenía como párpados para dejar a la vista de Toni dos ojos en blanco, y al tiempo que la mandíbula se le desprendía, marcada por su fina y bien recortada perilla, como la boca de un muñeco de ventrílocuo cayendo a modo de trampilla. En ese instante, su interior rugió igual que el motor del R5 con el que él y su nieto daban vueltas por el barrio cuando Toni era pequeño. El aliento le olía a contendor, y no era de extrañar que dentro tuviera muerto al gato que había desaparecido años atrás en busca de aumentar la familia de mininos. De estar vivo, hubiera sido bueno que zampara de un bocado al maldito ratón de la lámpara, que lo dejara todo oscuro para apartar de él tan tétrica y escalofriante visión. Pero el gato estaba muerto y el abuelo a punto de morir. Su apergaminado rostro se movía como si bajo la piel tuviera una recortadora y en vez de retocarle la barba se estuviera ensañando con el tejido interno. En la tripa también. Algo se cocía ahí dentro, y nunca mejor dicho porque de piel pálida pasó a un tono rojizo como el fuego. Los ojos en blanco se llenaron de venillas rojas, rajando los órganos de visión como un polluelo casca el envoltorio que ya no le sirve y ansía saludar al mundo, y por la boca, por ese negruzco socavón inerte, una marea de saliva, inexistente hasta el momento, burbujeaba de la misma forma que lo hace una pastilla efervescente en el fondo de un vaso de agua. Toni se dijo que eso no era su abuelo, sino un volcán en erupción con forma de viejo moribundo.
            —¡Apágame el fuego de las tripas! —vociferó aquello, fuera lo que fuese, al tiempo que una sangre demasiado espesa, como sirope rojo, le caía de la boca y escurría por su barbilla. Su interior sonaba como un desagüe tragando agua—. ¡¡MATA AL HIJO DE PUTA QUE LLEVO DENTRO!! —Toni veía que su abuelo sonaba como la tubería de la bañera cuando quitaba el tapón y la marea de jabón hacía remolinos mientras colaba. El rostro del viejo languidecía, consumiéndose como se consumía el cigarrillo con cada calada al tiempo que lo recordaba. La piel iba convirtiéndose en una fina capa, como de escamas, y a la vista le parecía tener un tacto similar al de esa gota de pegamento que tanto le gustaba mantener en la yema de los dedos y después quitarla como quien se retira cera seca para depilarse. La piel se comía al tejido y a los músculos, sonando igual que un gorro de silicona ajustándose a la cabeza; en el caso del abuelo, ajustándose a todo el cuerpo. Era un horripilante ser disecado, repleto de protuberancias huesudas donde anteriormente abundaba la carne. Dos repugnantes concavidades, navegando por ellas una sustancia aceitosa, observaban a Toni mientras una boca mellada y lo que una vez fueron labios alrededor de ella, escupía palabras forzosas y sangrientas.
            —Má... talo.
            Y fue cuando Toni despertó sobresaltado, recordando cómo su abuelo vomitaba en sangre a ese hijo de puta que tanto quería asesinar.
            Esa noche, nada más despertar, bajó las escaleras en busca de un vaso de agua. No era de leche antes de dormir ni en caso de despertarse, ni siquiera orinaba hasta que no amanecía. Si se le ocurría hacerlo no volvía a pegar ojo. El último escalón comunicaba con el cuarto de estar, donde dormía el abuelo y donde ahora miraba Corazones en la Atlántida como si el viejo siguiera ahí y no hubieran pasado diecinueve años. Al encender la dichosa lámpara del ratón no vio a un esqueleto carcomido y sin ojos, pero sí a un cadáver con intención de haberse querido incorporar y no lograrlo porque el cáncer le había salido por la boca antes de darle tiempo a reaccionar. Cuando se cansó de torturarlo por dentro, se escapó a sus anchas. Toni había visto fotografías de su abuelo cuando era joven, y tenía el cabello tan rojo o igual que su novia, así como la perilla bien recortada. Él ya lo conoció canoso y algo estropeado, sin embargo, esa imagen del abuelo muerto y con los ojos vidriosos en su dirección, como si lo estuviera señalando con ellos —la cual no olvidaría jamás— le dejó a la vista la perilla rojiza, solo que tiznada por los restos del mal sangriento que recorrían su barbilla. Ya sin poder articular palabra alguna, su boca abierta, la que daba la sensación de haber humeado como el cañón de un revólver después de escupir la bala, seguía diciendo: "Mata al hijo de puta que llevo dentro".
            Ese recuerdo estremecería a cualquier ser humano con sentimientos, y a la vez, le provocaría pena y dolor. A Toni no, en absoluto. No derramó una lágrima por su abuelo, y verlo como lo vio, para él resultó alucinante. Encontrarlo así fue como haber visto una escena real de sus pelis de terror favoritas, y algo con lo que presumir con sus colegas del barrio. ¡Que sí, tíos! Le escurría sangre como si fuera un vampiro, ¡y fue la hostia de alucinante! Teníais que haberlo visto, les dijo el día del entierro mientras sus padres le decían el último adiós.
            Quizá a los doce años aún no era consciente de lo que suponía la muerte (ni a los treinta y uno), o que el que alguien muera por una enfermedad tan dañina no es motivo de burla. Ninguna enfermedad es para reír, pero mucho menos una contra la que no se puede luchar mientras se ríe de uno hasta matarlo. (Tampoco sintió ningún tipo de lástima cuando en vez de doce tenía veintiséis años y su padre se dejó la vida en la carretera. Ninguna). Con doce años solo le importaban los cómics de terror, llevar un cigarrillo entre los dedos para hacerse el chulo delante de las niñas (al que en esos años no achicharraba a caladas porque todas le hacían toser) y grabar las películas porno que ponían de madrugada en los canales autonómicos para después masturbarse y sentir, cómo no, cosquillas. Hay que menearla hasta que te entra una especie de cosquilleo, le había dicho un compañero del colegio, una tarde y de camino a casa. Toni y el mundo de las cosquillas. Un caso perdido.
            En vez de llorar al recordarlo, se le amplió la sonrisa y besó el rincón del sofá para agradecer a su abuelo que le brindara algo tan terrorífico pero mágico.
            —¡Gracias, abuelo! —dijo en voz alta, alegrado porque era justo lo que necesitaba para proseguir la novela. El "hoy no tengo cuerpo para escribir" se había esfumado de pronto, y ese era el momento idóneo. Un escritor tiene que aprovechar la ocasión, sea cual sea la hora, el momento o el lugar. Hay palabras que solo aparecen una vez en la vida
            (como los grandes orgasmos...)
            y quererlo hacer en otro momento resulta una tarea estúpida porque ya no sale. Un gol de chorra, una canasta lejana que en la vida entraría y entra ese día, saltarse un semáforo delante de un guardia y que haga la vista gorda, y el escribir de carrerilla plasmando lo que tu mente alocada te va diciendo sin ningún tipo de pausa. Todo eso solo ocurre una vez en la vida. Solo una.
            Encendió el portátil y comenzó a escribir. Diecinueve años más tarde, sintió la muerte de su abuelo (nunca es tarde).
            —Juro que mataré a ese hijo de puta, abuelo —dijo sin abandonar el teclado— , al tuyo y al de todos los personajes; y ellos matarán a otros tantos cuando vuelvan a la vida.
            Escribió lo mejor de su vida bajo la bombilla de 4w (ya sin más ratón que el que acompañaba al ordenador).

PRONTO LA NOVELA A LA VENTA ...

9 comentarios:

  1. Buenas noches amigo mio ..como me alegra ver un relato aquí y saber que aún las adversidades de la vida , sigues adelante eso te hace fuerte aunque tengas tus días menos buenos , esto te hará el plasmarlo que otras personas vean que en las horas malas o bajas de la vida tb se puede hacer lo que a uno le gusta como es en ti escribir y transmitir . ESPERO seguir leyendo y sobre todo seguir comentando tus escritos ..
    Mi abrazo sabes que ke tienes pero lo mejor yo tengo tu amistad ...besucos

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    1. Hola, amiga. Hay cosas que no cambian nunca, y el mirar los comentarios después de las 22:30, significa encontrar uno tuyo, jeje, y ya lo echaba de menos. Necesitaba volver a la rutina. Bueno, sabes bien que hace tiempo decidí no subir más relatos por tema plagio y tal, y además porque dese hace años ya no escribo relatos, solo novelas. Hubo un año en que logré escribir cincuenta relatos y tres novelas, y ahora voy a dos novelas por año, sin relatos, y este 2018 no sé si lograré acabar El diario de un fracasado 2. Se ha estropeado todo con la enfermedad y voy algo apresurado. El diario de un fracasado 2 y Año de terror ya tendrían que estar publicadas, y no he podido. Llevo nueve meses sin publicar nada, no hay ventas y ya se me acaba el contrato de Al borde de la locura. Un poco desastre todo. En fin... Oh, qué bonito. Yo también tengo tu amistad. Muchísimas gracias por todo, y ahí voy, a escribir otro poco, ya con menos dolores. Un besazo y abrazo de todo corazón :)

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  2. Tiene una punta excelente, José. Un personaje curioso jeje Y me gusta el nombre de ella jiji Un abrazo, y a seguir dándole caña a esta historia que promete y mucho.
    Abrazo bien fuerte, y todo el cariño del mundo para seguir adelante con lo que tienes encima y que, solo alguien que lo ha vivido en sus carnes, es capaz de entender ;) besitos miiiiil

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    1. Uuups punta XD el móvil escribe lo que quiere!! Jajjaja Pinta, quería decir pinta...

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    2. Ay... Un punto menos para este curso, jeje. Muchísimas gracias por leerlo y por los ánimos. Otro beso y abrazo para ti :)

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  3. Buenas tardes, José. Acabo de leerte porque hasta esta tarde no he podido. Qué decirte. Pues que sigas escribiendo así de bien. Me imagino que no ha sido fácil llegar hasta aquí pero nunca pierdas el ánimo y la fe en ti. Yo no lo hago. Sigue luchando por lo que crees, por tu vida y por tus sueños. Siempre contarás con mi apoyo a la distancia. Un beso muy grande.

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    1. Hola, Sandra, y qué alegría leerte por aquí. Ni tú ni yo perdemos el ánimo ni la fe, eso es cierto. No lo perderé, te lo prometo. Sé que tú también eres muy fuerte. Tú también cuentas con el mío. ¡Un besazo muy gordo y mil gracias!

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  4. ¡Hola, José! Ya te has ganado a pulso una lectora para tu novela...¡no tardes! Es una historia con mucha fuerza, como todo lo que escribes. Tu forma de describir los pensamientos del protagonista, los diálogos, ¡todo!, es increíble. Sabes transmitir esa cotidianidad que da realismo a tus escritos. ¡Sigue así! Un abrazo.

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    1. ¡Oh, Laura! ¡Qué alegría me da volver a verte por aquí! Millones de gracias, como siempre. Ya me has alegrado el día de hoy. Me alegra mucho que te haya gustado. ¡Otro abrazo fuerte para ti!

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