jueves, 19 de enero de 2017

La brújula de la vida


¿Por qué está dentro de todos los hombres la tristeza? (Ana María Matute. Pequeño teatro).

Un segundo contigo o toda la vida sin ti (Mikel Erentxun. Grandes éxitos). 

Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa (Mahatma Gandhi).



El camposanto de humanos es el vertedero de aquello de carne y hueso que una vez tuvo sentimientos. Dan igual los órganos, da igual lo que poseyeran o de lo que carecieran, el fin de la tierra de los muertos es recoger y ocultar lo que una vez estuvo vivo y sintió. Un vertedero de residuos no cuenta con nada que haya sentido en su corta o larga vida. Un juguete puede ser muy bonito a la vista: por sus colores, por su forma, por sus ojos si se trata de muñecos o peluches… Una maravilla, sí, pero no sienten. A un muñeco le partes una pierna y no grita; si lo pisas, no se queja, y si lo rompes o se rompe, se estropea o pierde, puedes reemplazarlo por otro igual. Quien lo siente es el niño, niña o adulto que lo quiere, no él. Por ello, el cementerio que lo recoge carece de sentimientos. Una vez allí, los ojos solo aprecian material inutilizable, nada más; y ese niño, niña o adulto que tanto lo quería, con los años, se olvida de él.

“Una vez tuve un payasito al que le apretaba la mano y sonreía, y una muñeca a la que peinaba todos los días. Tenía el mismo peinado que yo, y el mismo diseño de mis vestidos. La quería mucho”.

“La quería mucho”. La quería, ya no la quiero porque era una muñeca que con los años, con el avance de la vida,  dejó de existir. Queda en el recuerdo en un momento puntal, quizá para decirle a un niño que una vez su mamá la tuvo entre sus brazos cuando era pequeña. A esa y a una tal Nancy, y otra más llamada Barbie, y hasta una que parecía tan real que había que cuidarla como a un bebé, darle el bibe y cambiarle los pañales. Cuando se trata de darle el biberón a un bebé, cuidarle y cambiarle los pañales, ¿dónde queda el sentimiento hacia la muñeca? Completamente comprensible. ¿Por qué? Porque nunca pasará de ser, y haber sido, un juguete.

 En el cementerio de humanos, los habitantes dejan pena y dolor en el aire, dentro de hogares y de cuerpos vivos. Los familiares quieren morirse para estar con ellos, porque aunque pasen años y solo queden huesos, siguen siendo igual de importante e insustituibles. Algunos, en vida, fueron bellos por fuera: por su color, por su forma, por sus ojos…

Y, ¿por dentro? 



*****   


Se formó una especie de rayo sobre la tierra. Un símbolo semejante al de una raíz cuadrada separaba el suelo en dos mitades. Bajo este, empujando con sus últimas fuerzas, y después de horas escarbando, asomaba una huesuda mano. Tras renacer, se abrió como la flor que ofrece sus pétalos al sol que la recibe en una mañana primaveral. Aquí, el tiempo llegaba cargado de lluvia y gélidos soplidos de viento. El miembro descarnado creció en altura, y una vez que quedó todo el brazo al descubierto, la mano quiso copiar el gesto de un vagabundo mendigando unas monedas. La falange distal de cada uno de los cinco dedos, ese trocito de hueso en donde unas largas y negruzcas uñas, pero tan finas y encorvadas como garfios, señalaban a lo alto del firmamento. La agrupación de carpianos y metacarpianos, en función de una palma carente de piel y carne, parecían haberse congelado de pronto; tal vez a la espera de recibir algo, de que alguien llegase y le estrechase su mano, entrelazase sus recubiertos dedos con cariño y le diese un suave tirón, en compañía de un: bienvenida de nuevo. Este es tu mundo. Pero no; por más que desease esa muestra de afecto, se detuvo para respirar, como si ese grupo de huesos estuviese recopilando en su interior todo el aire del que no había recibido durante muchos, muchos años bajo tierra. Se supone que las manos no pueden respirar, pero tampoco los muertos regresan a la vida, y este, lo hacía.

            Mientras los restos de tierra caían de los cinco enclenques huesos, igual que si fuesen posos de café, una gota de lluvia golpeó en la mitad del trapecio. Se presentó como una gota divina, ya que la exactitud de la caída no podía estar más controlada. Al impactar, se dividió en diminutas y relucientes gotitas saltarinas… Qué poco dura la vida de una gota de agua, ¿verdad? Lo mismo que la de una lágrima. A ambas les cuesta nacer. Pueden pasarse años enteros dentro de las nubes y de los ojos, que tan solo basta un simple parpadeo o la voz de alarma de un trueno para que caigan en cadena. Su sabor salado, cuando se trata de una lágrima, asocia la sal con la salida. “Sal, venga. Sal ya. Demasiado malestar; y la agonía de este ser, tiene que cesar”.

            Agonía, calvario y sufrimiento en general, era lo que llevaba soportando bajo tierra el esqueleto que, por fin, gracias al cielo –lo único que parecía alegrarse de su vuelta- dejaba de mantener las piernas estiradas para volverlas a mover.



*****


Al brazo derecho lo siguió el izquierdo, después de que la calavera saliera al exterior como si fuese el tallo de una planta pero agrupando todos los días de cultivo, para así, emerger de entre la tierra a una velocidad impropia si se tratase de un vegetal; pero no, era un esqueleto, un grupo de huesos ansiosos por volver a la vida. El conjunto de la parte izquierda se apoyó sobre la tierra tras un feroz zarpazo. Las uñas, a medida que los huesecillos se cerraban en forma de garra, se clavaron en la superficie de igual manera que el gancho de un anzuelo atravesando la boca de un pez.

            El cráneo descerebrado, pensando por instinto al no mantener ese órgano encargado de ordenar al resto del cuerpo, se adueñó a su antojo de todas las partes de la calavera. La mandíbula se desencajó como si fuese una trampilla. Parecía querer salir de ella un grito de horror, pero solo caía tierra. Más que una boca, daba la sensación de ser un saco de arena. Las concavidades se mostraron ocultas al mundo. No había ojos en su interior, pero sí dos sólidas piezas de tierra seca. Las cuencas, durante tantos años por debajo del mundo, actuaron como moldes de plastilina.

            Echó el cráneo hacia atrás, se impulsó y, en lo que los huecos de las costillas se desprendían de la tierra que los estorbaba, asomaron las rótulas y los dos fémures que las incitaron al exterior. La fuerza de salida dejó al aire libre tanto a tibias como a peronés.

            Tras un respiro –con mezcla de alivio y cansancio- los metatarsianos se movían para que las falanges asintieran muy despacio, como quien mueve las articulaciones para que la sangre regrese a ellas después de estar un tiempo entumecidas. En este caso, ya no había sangre por ninguna parte. Su cuerpo era duro como una piedra; los años enterrado lo dejaron sin carne, sin órganos y sin piel, pero no consiguieron pulverizar los huesos, por mucho que hubieran destrozado el ataúd hasta perderlo a cachos entre la tierra.

            No había tiempo que perder. Volvió a impulsarse para terminar de sacar la pelvis y ponerse en pie. Primero, se ayudó de las rótulas y se colocó de rodillas (era lo más fácil); y después, arriba, empapado de cráneo a falanges por culpa de la lluvia que estaba cayendo. Llevar cerca de veinte años enterrado hace que, una vez que vuelves a experimentar lo que es ponerse en pie, te sientas como el monstruo de Frankenstain al dar sus primeros pasos. Así se sentía el renacido esqueleto.

            Llevó las uñas de sus falanges distales a donde una vez tuvo ojos; las clavó y, como si estas fuesen el palo de un helado casero, preparado a base de un yogur congelado, tiró y los dos moldes de tierra salieron de una sola pieza, desintegrándose a escasas décimas de segundo. En las costillas la tierra no se había endurecido tanto, pero en las cuencas, sí. El cuerpo vítreo, hasta que desapareció por completo, dejó unas húmedas concavidades que terminaron por secarse y secar su interior, obteniendo dos endurecidos puñados de tierra… El ataúd lo abandonó unos cuantos años atrás.

            Giró el cráneo a un lado, de esta forma, se aseguraba de que saliese por el orificio temporal toda la tierra que almacenaba el interior; después, al otro lado. No era mucha, por lo que no tardó demasiado.

            Libre, totalmente libre.

            Los habitantes del camposanto descansaban en un eterno sueño del que, a excepción de este esqueleto y alguno más por ahí, con una historia para contar o que ha sido contada en otro lugar,  jamás despertarían.

            Dejó de llover tras un fuerte resoplido del viento. Los restos de tierra repartidos por el esqueleto salieron volando como perdigones. Las partículas de suciedad crearon un arcoíris extraño, y que poco a poco, fue mezclándose en el cielo, dándole  un momentáneo tono cálido; acto seguido, las estrellas, titilando como párpados al pestañear cada escasos segundos, contrastaron el color, dejando un oscuro, pero, a la vez, iluminado firmamento. 

            Bienvenido de nuevo. Date prisa.



*****

No solo se detenían sus cortos e inestables pasos, sino también, el tiempo. Para el raquítico ser, cada pisada le parecía ser la última. Necesitaba que la tibia y el peroné girasen como una rueda céntrica contra el fémur para que los huesecillos del pie quedasen en el aire, y ya después, avanzar con una pisada.

            Había nacido; luego aprendió a andar después de veinte porrazos diarios contra el suelo (y lágrimas). Después, ya crecidito, murió. Ahora, después de regresar a la vida, tenía que volver a aprender a andar, y cada choque de sus huesos lo sentía como el cambio de una cadena de bicicleta al crujir contra los piñones. El gélido viento no ayudaba en su afanada tarea por volver a vivir.

            El aire conseguía que sus inquietas costillas flotantes, medio sueltas y oscilando por la fuerza del viento, igual que si fuesen colgantes con reducidos colmillos de elefante, no dejasen de moverse, lo que convertía al esternón desprotegido en un congelado bloque. La cantidad de veces que en vida había sentido una presión en el pecho…; primero lo vivió en sus propias carnes, y ahora, en sus propios huesos.

            Las dos concavidades comenzaban a cristalizarse. La helada estaba siendo muy poderosa; por ello, mientras la mandíbula se movía como una grapadora inquieta, haciendo castañetear los pocos dientes que quedaban intactos, los lánguidos brazos de hueso intentaban arroparse con la imaginación. Parecía acunar a un bebé insistente, pero nada más lejos de la realidad. Solo era un pobre saco de huesos intentando resguardarse del frío, pero sin desistir en su lucha por lograr su objetivo.

            Pisar el suelo del cementerio, descalzo de los zapatos de carne que le acompañaron durante treinta años de vida, era para él como caminar por una carretera empedrada.

            No oía; no veía. Solo sentía. Frío, sobre todo; pero también… Sentía. Podía sentir.

            A medida que avanzaba con costosa dificultad, y medio encogido, varios habitantes del cementerio –esos muertos muy vivos que descansan en la tierra y velan a sus propios cuerpos por medio de su alma- veían cómo el esqueleto se las apañaba para salir de allí. Este, con las rótulas medio unidas, en una posición de “s” con cada una de sus piernas a causa del frío, sintió un soplido que aturdió su cráneo. Fue como si una moto pasase a gran velocidad por su lado; y después, otra más.

            Ante él, con rostros abstractos, como si lo que le miraba fueran nubes verdosas y con el don de poseer dos ojos movibles pero escrutadores, emergieron dos de los espectros mencionados. Cada una de sus cabezas parecía flotar, igual que si estuviesen luchando contra la fuerza de la gravedad. Sus órganos de visión, dando vueltas alrededor del rostro, sobresalían considerablemente, como el objetivo de las antiguas máquinas fotográficas. Con una lentitud pasmosa, cada ojo se acercaba a la calavera, pero sin necesidad de mover un solo centímetro de su cuerpo fantasmal. Si el saco de huesos pudiera verlo, caería de horror. Esos ojos tenían la particular función de ecógrafos del más allá, girando a un lado y a otro por medio de una diabólica mirada; sus bocas, anchas, cada vez más y más anchas, se abrían con esbozos macabros, dejando tras ellas una hedienta bocanada verdosa.

            Le olfateaban como perros ansiosos, pero con un poderío inútil para con él. No suponían ningún tipo de impedimento ni frenaban su camino; el esqueleto no veía, no olía ni oía, y lo poco que llegaba a sentir, no era físico, no a través de su estructura, sino muy dentro, en ese espacio en donde una vez una caja torácica resguardaba su corazón, vacío a la vista, y sin embargo, a rebosar de emociones. El que chocase contra la brutalidad de los espectros, embistiéndole como toros bravíos pero fabricados con humo de otro mundo, no era suficiente para entorpecer sus afanados pasos. Había renacido para llevar a cabo una misión. Nadie frenaría su camino, por más que las almas –frustradas al verse presas para siempre dentro de un cementerio tan maloliente como sus sílabas abstractas- quisieran interponerse en él. Sentían rabia porque el esqueleto se iba, abandonaba el lugar de descanso eterno para continuar el camino que dejó incompleto años atrás. Él no pudo continuarlo porque la muerte se lo arrebató injustamente; no obstante, tanto las dos almas que revoloteaban a su alrededor como las demás que, quedándose en la lejanía, solo como meras espectadoras de lo nunca antes visto, envidiaban la resurrección del esqueleto, decidieron en su día poner fin a su existencia. No era su hora; no estaba escrito que tenían que dejar el mundo de los vivos para habitar la oscuridad. Ellas lo quisieron; por ello, el destino –acertado e injusto al mismo tiempo, según se mire- se encargó de retenerlas para siempre. En el más allá no se admite el suicidio, no tiene lugar. No existe una habitación, ni tan siquiera un rincón para quien decide poner punto final al regalo que le otorga la naturaleza. Se nace para vivir, para luchar, para sufrir y reír. Todo va incluido en el mismo pack, de principio a fin. Solo el destino conoce lo que dura la vida de cada uno. Si la propia persona se empeña en alterarlo, las consecuencias son claras e inevitables: una muerte entera dentro del camposanto, tanto en cuerpo como en alma, sin retroceso ni avance.

            El esqueleto seguía avanzando. Las almas condenadas no desistían en intentar frenarlo, pero con cada intento fallido, su composición fantasmagórica ardía en cólera; era como si el cráneo chocase contra una nube, como si el resto traspasase una bocanada de humo. Solo algo sólido impediría su marcha, y ninguno de los espectros poseía nada para mantenerlo allí.

            Se va.

            Lo consigue.

            Y así era. El esqueleto, con el mismo empeño y esfuerzo que el que mostraba desde que había salido de la tumba, atravesó el portón abierto de hierro que, en su día, muchos años atrás, se abrió para darle la bienvenida a un lugar del que nadie sale una vez muerto. Nadie, excepto él.



*****


Su instinto era como la flecha de una brújula señalando el camino correcto. Todos tenemos una en el interior, y encontrarla es tan sencillo como detenerse a escuchar el latido más profundo con el que se hace notar el motor del cuerpo en determinado momento. Percibirlo es acertar en el camino. Si se le presta la debida atención, puede que haya baches pero jamás curvas, solo una recta pasarela de luz. Los días nublados se antojarán como los espectros incapaces de frenar al esqueleto: aparecen pero no dañan. En el verdadero camino siempre vuelve a salir el sol; cuando se nubla para siempre, es que la persona no ha sabido escuchar el latido y, su instinto precipitado, no es más que un circuito en derredor del que nunca encontrará salida. El verdadero no se equivoca nunca.

Los ojos engañan, a veces viendo lo que no es real; la brújula de la vida, jamás. Si la vista fuese tan importante estaría dentro del cuerpo, quizá también bajo capas de piel y carne, como el resto de los órganos de mayor valor. Los ojos no simbolizan nada, y en cambio la brújula de la vida lo simboliza todo. Con un poco de atención, tan solo con una pizca de atención, esos ojos pueden pasar a ser los encargados de proyectar la película que cada ser humano contempla cuando los párpados están abiertos; y nunca, nunca, actuar para derramar penas innecesarias.

El esqueleto se sabía la lección, y aunque todos sus huesos terminasen abrazados por una capa de hielo adherida a ellos, no descansaría tranquilo si no cumplía su misión. No murió tranquilo. Se removió dentro de la tumba día tras día, ansiando el momento de volver al mundo de los vivos, a un mundo desaprovechado y muchas veces relleno de gente que no lo merece. Podría decirse que a veces se presenta como una cárcel, en donde los mayores culpables siguen en libertad y los inocentes son sometidos a un injusto calvario. Quien tiene vida se queja de lo que no tiene, sin parar a pensar que posee más que muchos a quienes no se les ha dado la oportunidad de vivirla. Para ser feliz o para sufrir. Da igual; simplemente, vivirla.

Cayó al suelo. La parte frontal del cráneo se golpeó contra la calzada, y él pudo sentirlo como el humano al que se le congela la frente bajo un potente chorro de agua helada. Ese dolor característico era el que soportaba el esqueleto después del golpe. No dolía. El dolor también necesita estudiarse. Los golpes y las caídas se asocian con dolor, pero que levante la mano quien no haya sentido nunca más dolor con algún golpe o caída que no represente herida física. Preguntadle al interior, él os mostrará la cicatriz, si es que ha llegado a sanar o sana alguna vez. Los cosidos estéticos, no sirven.

El esqueleto no sentía dolor con el golpe porque no cabía más dolor en él. Un porrazo más, ¿y qué?, era lo que pensaría de poder hacerlo. Pero en vez de detenerse a aliviar esa molestia gélida, hizo fuerza con sus débiles manos para impulsarse una vez más, subir arriba y seguir adelante.

No sabía cuánto le restaba de camino; y además, su verdadera y única preocupación no era saber cuánto le quedaba a él.

Lo conseguiría. Estaba seguro. No tenía intención de desaprovechar el tiempo extra que tanto llevaba esperando.


*****


“En la oscuridad se ven las cosas más claras”. Eso dijo Santiago Bernal en “Amor en la oscuridad” cuando el protagonista de la historia se quedó sin vista. El muchacho era un experto en artes marciales, y alguien con un control absoluto de la mente y el cuerpo sabe que la vista engaña; por ello, fue capaz de golpear al agresor de su chica sin necesidad de ver.

            Cuando alguien no ve, se guía por el oído; y cuando alguien no ve ni oye, si guía por el corazón. No puede escuchar el latido, pero sí sentirlo golpear contra el pecho utilizando el tacto. El órgano acaricia la palma en fuertes pero pausadas sacudidas. Eso significa que la persona sigue viva, la brújula de la vida tiene fuerza y sabiduría.

            En la oscuridad, el esqueleto veía las cosas más claras. El camino no tenía pérdida.



*****


Era un pueblo pequeño, de no más de ciento cincuenta habitantes (cincuenta de ellos habitaban el cementerio. Ahora, cuarenta y nueve); y de esos cien que seguían con vida, una señora, de alrededor de sesenta años, se detuvo frente a la puerta de su casa cuando a lo lejos vio venir a lo imposible.

            -Estoy soñando –aseguró cuando los huesos andantes llegaban hasta ella.

            El esqueleto no desistía. Desde que salió del cementerio había caído hasta tres veces; pero en cada una de ellas, como si no le hubiera ocurrido nada, se incorporaba y seguía su camino.

            La señora, incrédula a pesar de que sus ojos no mentían (está vez sí veían la realidad), quiso acercarse más. Lo veía claro: era un esqueleto recién salido de la tumba. Su cráneo golpeado indicaba que no era de mentira, que no se trataba de ningún disfraz; a través de los huecos de las costillas era capaz de divisar el fondo del pueblo. Si pasaba la mano alrededor de estos, parecería un ilusionista mostrando al público que la caja en donde ha atravesado a su ayudante no tiene ningún fondo para poder esconderse. Era tan real como la vida misma: un zombi carente de carne; un saco de huesos bien vivo.

            Tan espeluznante como fantástico. La mujer escrutó con atención cada uno de los detalles; sin embargo, al llegar a las manos del esqueleto, sus ojos ya no giraron más. Una vez que vio la izquierda, no fue capaz de separar la vista de ella.

            -Esto no es un cuento de hadas –empezó a decir, sin dejar de mirar lo que tanto llamaba su atención-, es increíble, pero real. ¡¡ES VERDAD!!

            No soñaba. Sabía que no.

            -Sé a lo que has venido –añadió-. ¡Rápido!



*****


            -Adelante –La mujer abrió la puerta de par en par. Es esqueleto no oía nada de lo que decía, y ni siquiera sabía que ella estaba ahí. Seguía guiándose por la brújula de la vida, la brújula de lo pendiente.

            Tras la puerta, dentro de un viejo camastro, y alumbrada tan solo por la tenue luz de dos velas, una mujer se debatía entre la vida y la muerte. El esqueleto se acercó a ella y se sentó encima de la cama; después, buscó a tientas las manos de quien fuera su amor veinte años atrás; y así lo había seguido siendo todos los años bajo tierra. Ella pudo sentir un gélido conjunto de huesos entre sus acaloradas manos, momento en que sus entrecerrados párpados se abrieron de par en par.

            Podría dar un grito de terror al ver ante ella a un horripilante esqueleto; sí, pero no lo hizo. Por el contrario, sus contraídos labios, marginando durante dos décadas a todo aquello que tuviese que ver con sonreír, esbozaron un placentero arco de felicidad.

Sabía que era él; sabía que delante de ella volvía a tener a su amor. Lo veía como siempre porque jamás se fijó en la carne que protegía al conjunto de huesos en que se había convertido. Su amor era todo interior; por ello, la vista reflejaba al chico que siempre vio, solo que por fin veía lo que nadie más puede ver, solo sentir. había dejado dolor, y ella quería morirse para volver a estar a su lado. Seguía siendo importante e insustituible (no era un muñeco).

La alianza que no había destruido la tierra –y la prueba que indicó a la primera señora que se trataba de él- confirmaba que sí, en efecto, se trataba de su amor.

            Ella  separó las manos por un instante, alargó los brazos y las palmas atraparon el cráneo desnudo. No podía colocarle el cabello detrás de las orejas, ni pasar los dedos por las mejillas. No había labios a los que besar. Las cuencas de él mostraban pena cristalizada, y dos gotas brillantes miraban a su chica como si fuesen pupilas. Era muy curioso que lo inexistente pudiera ejercer su función. Pero al igual que un muerto no puede regresar a la vida, y al igual que los ojos ven lo que no existe y lo que existe no lo ven, también son capaces de llorar cuando aparentemente no tienen vida.

            -Has vuelto –Sus manos subían y bajaban como si estuviese tocando el rostro de veinte años atrás-. Estás aquí, mi amor -La felicidad se había encargado de cerrar de un carpetazo los amargos años, dando al epílogo de su vida un final impropio pero altamente soñado. Jamás se habría imaginado volver a ver allí a quien fue toda su vida, al hombre con quien compartió su amor en la misma cama en la que ahora moriría. Allí nació todo, y ahora... ¿Moriría? Ella sí, el destino lo tenía escrito; el amor, eso nunca -. Has estado conmigo todos estos años -Tosió. Un abrupto ronquido retumbó en su pecho-. Ja... jamás te fuiste del todo.

            -En realidad, nunca se fue –intervino la señora que lo encontró en la calle, amiga de la pareja-. La muerte se lo llevó, pero él nunca quiso separarse tan pronto. No pudo luchar contra ello. Murió solo porque en ese momento tú no pudiste estar en el hospital. No te va a dejar. Se quedará hasta que tú ya no estés.

            -Entonces no me iré nunca –dijo ella, sin dejar de acariciarlo.

            -Contra eso tampoco puedes luchar –añadió, cabizbaja.

            El esqueleto la rodeó en un abrazo muy sentido, como nunca antes. No olía mal, era como si conservase el perfume de siempre. Ella también se abrazó a él. Los dos cubitos de hielo formados en las cuencas se deshicieron. La marea de lágrimas mojó el rostro de la mujer que, abrazada a su chico, bajó los párpados para siempre (sonriente y feliz).



*****


Al día siguiente, los cuerpos y las almas del cementerio dieron la bienvenida a una nueva compañera. Eran cincuenta y uno.

            La enterraron junto a su amor, los dos abrazados hasta que se convirtieran en polvo. Hubo sol durante el entierro; las nubes dejaron de llorar para siempre.

            La muerte no separa.



2 comentarios:

  1. Plas , plas , plas , Muy sentido , me has dejado pensativa y estoy de acuerdo contigo , la muerte no separa " el sentimiento " pero si lo físico , que imaginación tienes para escribir estas historias , realmente me asombras , siempre ahí en lo más profundo de ser recreas tus historias , un poco macabras , todo hay que decirlo , pero que si nos podemos a pensar en profundidad tienen su sentido , igual que admiramos y queremos la vida , no es que haya que admirar y querer a la muerte pero hay que ser conscientes que es el lado opuesto y tiene su sitio tan bien.
    Por otra parte te diré que estás muy bien documentando y que leches te encanta escribir sobre cosas que quizás muchos no se atreven pq se ve reflejado la dureza de la vida.
    Muy José , tienes una imaginación diferente pero siempre oculto tras los renglones un sentido del humor negro , vamos que hay que leerte .
    Gracias por seguir dándole a la tecla y ofrecernos una lectura diferente .
    Un abrazo y mucha suerte en todo lo que emprendas.

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  2. Hola, Campirela. Sí, la unión en vida no se termina jamás. Por supuesto que sí porque no queda más remedio, pero quien queda con vida no olvida a quien estuvo a su lado. Creo que a todos nos gustaría morir así, junto a quien nosotros queramos. Tengo diferentes formas de escribir. En algunas hay demasiado misterio y terminas por encontrarte un final inesperado. Casi todos los relatos míos tienen un final inesperado, pero depende de la historia; luego hay otros que no sabes de lo que estoy hablando hasta que no llegas al final. De esos hace mucho que no cuelgo ninguno. Y después están estos como el de hoy, en donde digo cosas casi en clave para que el lector se pare a pensar. Hace tiempo que mis relatos ya no tienen terror, solo elementos de terror. He querido darle un poco de horror durante el cementerio, pero no lo he conseguido. No me sale. A día de hoy me es imposible, y una vez más, estaba deseando llegar al final y que el esqueleto se encontrase de nuevo con su chica, algo ya más mayor de como era. En otro momento estoy seguro de que lo habría narrado más sentido y profundo, pero mi cabeza y mi falta de tiempo no se compaginan. Mientras no vuelva a escribir en casa creo que no lo conseguiré, y ya no quedan muchos relatos. Ideas sí, pero no sé cuántos podré escribir... Bueno, eso ya se verá, jeje. Solo puedo agradecerte siempre tus comentarios y tus bonitas palabras. Sé que tengo a tres lectoras fieles, y a más que me leen aunque no me comenten. Tú eres una de las fieles, y además siempre me comentas y abro el blog con mucha ilusión. Muchísimas gracias, de verdad. No tengo muchos comentarios, pero siempre alegra saber que hay alguien a quien le gusta lo que escribo y desea leer más. Que me des las gracias por seguir escribiendo me llega muchísimo. Por eso, miles de gracias, Campirela. Intentaré escribir más, al menos un relato más. Y espero poder escribirlo bien y estar a gusto con él, jeje. Un fuerte abrazo, amiga. Te deseo lo mismo, y mucha felicidad :)

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