martes, 3 de enero de 2017

Conversando


-No sé, yo no lo veo así, Soledad –dijo Nuria-. Al principio sí, pero después todo ha cambiado; quizá de repente, un buen día del que no quiero o logro acordarme, como el comienzo del Quijote. Puede. Tal vez… -Sonrió. Sus labios fueron dando mayor profundidad a la sonrisa, muy poco a poco; pero tanto, que la mujer notaba tirantez en las sienes. El esbozo se antojó como un globo que se va ensanchando a medida que recibe aire-. Sí –La afirmación sonó empobrecida, como sin ganas de que fuera escuchada; un ligero susurro. La sonrisa se fue unas décimas de segundo, pero después, regresó, y más viva que nunca-. Qué buena novela, ¿eh? –Sonrió más. En sus ojos -negros como piezas de carbón- refulgían una serie de puntitos, igual que estrellas titilando en lo alto del firmamento a altas horas de la madrugada-. La de veces que la releí de pequeña… -Ocho de los diez dedos de sus manos se entrelazaron, excluyendo a los dos pulgares. ¿Por ser gorditos? No; no había discriminación. De ser así, perderían los restantes: tan flacuchos como pajitas, rellenos de una ligera capa de piel. Más bien, estos dos se acariciaban, como si las rayitas de las yemas formasen el rostro de dos enamorados besándose, juntándose con pasión, totalmente embelesados, como el amor de Don Quijote de la Mancha pensando en su querida Dulcinea… Pero cuando Nuria se dio cuenta de que no era más que una historia, que no había amor por ninguna parte, la felicidad de su acalorada tez volvió a esfumarse, y con ella, la preciada sonrisa. Los pulgares pasaron del amor a simular un pulso chino-. Una historia preciosa, sin duda: un pobre y viejo loco que solo ve lo que él quiere ver y ansía tener. Al mismo tiempo, es muy triste. Tiene que serlo, ¿verdad, Soledad? Déjame terminar –ordenó a su acompañante-. Si me respondes ahora, se me va el santo al cielo, pierdo el hilo y luego todo lo importante deja de serlo porque solo pienso en recuperar lo que ya no me será posible contarte gracias a que tu respuesta interrumpe el tema de conversación del que tanto quiero y deseo hablarte… -Respiró. Volvió a sonreír, apiñando los párpados hasta parecer que los inferiores se juntaban con el esbozo que formaban los labios; después, añadió-: ¿vale, corazón?

»Tú lo tienes todo, Soledad. Eres privilegiada, así que prohibido quejarte. Chitón –Simuló cerrar una cremallera en los labios, señalando a quien se refería para que hiciese lo propio-. Desde pequeña lo has tenido todo: padres, abuelos, primos, tíos y demás familia, y que rogarán una oración por tu alma el día que pases a mejor vida. ¿Te das cuenta? “A mejor vida”. Lo tienes todo, Soledad, pero hay gente que no tiene nada de nada; por ello, el que no tiene nada, quiere pasar a mejor vida. Tú no quieres eso, ¿verdad? –Se incorporó-. ¿Qué sería de tu marido, Soledad? Él solo, ahí tirado como un perro mientras la perra de su esposa decide darse el capricho de vivir una vida mejor… Nononó, amiga –Negó con el índice-. Él es un inútil que no sabe ni freír un huevo, ni siquiera utilizar bien los suyos…Te necesita. ¿Qué sería de tus hijos, eh? ¿Qué sería del mayor? Toda la vida entre las bragas de mamá, pidiéndote permiso hasta para tirarse un pedo; y es que le faltan cojones, Soledad, perdona que te lo diga. Sí sí –Afirmó con la cabeza-, siento si te duele, pero es así. A mí me gusta decir las cosas como son, y tu hijo es muy pero que muy cortito y consentido, y la culpa la tienes tú –La acusó, señalando con ojos diabólicos-. ¡Más mano dura y menos caprichos! –Tras el grito, se calmó. Regresó la sonrisa dulce a su rostro, y con ella, como si hablase con tirantez al llevar una mascarilla en la cara, añadió-: pero claro, habiéndolo tenido todo en la vida, ¿cómo no iban a salir así de gilipollas tus hijos? –La afirmación sonó falsa, por medio de ese esbozo irritante y a la vez malévolo, aunque de puertas para adentro. Por fuera representaba a la mujer más cariñosa del mundo-.  No te ofendas –Regresó el tono elevado; la mujer modosita se esfumó-, pero las cosas claras y el chocolate espeso. ¿Que el mayor es guapo? Pues sí, lo es, no voy a mentirte. ¿Que eso tiene de bueno? Pues también, no lo voy a negar. Tiene a todas las niñas locas con esas camisitas de pordiosero, ese escaso cabello de punta como si fuera un erizo, y que si se inclina con clemencia para saludar a alguna de ellas, puede salir perjudicado alguno de sus ojos, sí, muy guapo el muchacho; y claro, su punto fuerte: los pantalones cagaos, los que se va pisando a cada paso que da… Está muy bueno tu crío, sí señor. Muy bien hecho –Levantó el pulgar a la vez que giñaba un ojo-; sin embargo, le falta mucho por saber de la universidad de la vida, y eso, no hay guapura que lo supere, Soledad. Ahora ya no hay remedio porque tiene los huevos muy negros y no se le puede hacer nada. No obstante, al pequeño aún lo puedes meter en vereda. Está muy verde también, y se rompe de pijo. Cuando le veo la cara me dan ganas de partírsela para que escarmiente. Y que conste que todo esto te lo digo desde el cariño, amiga; todo es por tu bien, ¿de acuerdo, cielo? –Volvió a sonreír-. Aun así, le daría de hostias –Serió el rostro una vez más. Las últimas palabras salieron abruptas, en un rostro muy diferente al que mostraba a la hora de parecer encantadora-. A ti también –continuó-. ¡Es que me jode mucho! –Se sentó, malhumorada-. ¿Qué nos enseñaron de pequeñas? Repítelo conmigo, venga –Se colocó las manos en las orejas-. Que tenemos que ser buenas madres y educar bien a nuestros hijos. ¿A que nos lo dijeron, eh? No te oigo, Soledad, y te estoy hablando –puntualizó-. ¡Estoy perdiendo mi tiempo para resolver el problema que tienes en tu casa! ¿Así me lo agradeces? –Volvió a incorporarse-. Tengo muchas cosas que hacer, ¿sabes?, y ya eres mayorcita para cuidarte sola. Muy mal, sinceramente. ¡Fatal! ¿Qué haces tú, eh? ¿A qué te dedicas? Nononó –Puso las manos como si quisiera frenarla-. Ahí quietecita. Escucha, escucha bien lo que tengo que decirte, aunque te duela. No todo en la vida es pasión y desenfreno. Ahora te toca apechugar, y criar a tus hijos. Claro, te tumbaste en la cama y pensaste que todo sería así de sencillo y maravilloso –Volvió a negar con el dedo índice-. No, bonita. Fuiste una pardilla estúpida y antojada, como lo fue siempre tu madre. Sí, siento tener que decírtelo también. Las dos os dejasteis hacer dos bombos, y los dos en invierno, que parece que solo sabéis follar cuando hace frío, así el cuerpo entra en calor. Y luego, ¡toma jodienda! Así no, Soledad, la vida no es así.

»¿Qué hice yo con mi marido? ¿Ya no te acuerdas? ¡Claro que te acuerdas! Me aseguré de recortarle bien la barba, con piel incluida. Y, ¿por qué?, pues porque una mujer es de armas tomar, y de armas blancas. Siempre fue un cochino, y por ello, sangró como tal. Un cochino nace para morir en el matadero. Estaba escrito que mi marido tenía que morir así. ¿Me arrepiento de ello? Pues no, porque ese era su destino, Soledad. Hice lo que tenía que hacer, y ahora que lo pienso, tú deberías hacer lo mismo con el tuyo. No puedes llegar a imaginar lo bien que se siente una mientras ve que ha hecho lo correcto. Yo sabía que mi Adolfo se marchaba, y gracias a mí. ¡¿No te das cuenta?! –vociferó-. Seguro que desde el cielo me lo agradece, y que cuando nos encontremos allá arriba, me volverá a agradecer que lo matara. Lo envié a mejor vida, Soledad, ¿sabes? No me lo pidió, pero una mujer tiene que hacer siempre lo mejor para su marido. Tú te abriste de piernas a destiempo, la bebida te las abría; pero nunca es tarde para cerrarlas.

»Mátalo, Soledad. Si tú pasas a mejor vida él solo será un pobre desgraciado que no sabrá hacer nada ni valerse por sí mismo porque un hombre no es nada sin una mujer ya que nosotras valemos mucho y somos necesarias en la vida de este, nuestro planeta Tierra. El mundo nos adora, ¡somos una campeonas! ¡PODEROSAS! –Gritaba, cada vez más entusiasmada, con los brazos en alto-. ¡SOMOS LA VIDA! ¡LAS QUE MEJOR HECHAS ESTAMOS! ¡LAS MÁS GUAPAS Y VALIOSAS! –Se detuvo. Dejó caer los brazos y, con la cabeza gacha y el cabello arremolinado, bajando hasta cubrir su mirada letal, añadió-: tú, no –El tono volvió a ser ronco y seco, más que nunca. Daba miedo verla así: de pie, con la pesarosa presencia de un zombi, dando la sensación de tener los hombros dislocados y, sobre todo, dejadez-. Tú no eres poderosa –La miró. Su cabeza se giró de golpe, como un futbolista a la hora de rematar con la frente. El cabello dejó un reducido hueco entre sus ojos, lo justo para ver en ellos un brillo terrorífico al mismo tiempo que las mejillas ascendían gracias al esbozo macabro de sus labios. Sus podridos dientes, en ese habitáculo reducido y oscuro, se tornaban como si lo único con algo de vida fuesen fichas a la espera de desencajarse tras pronunciar una palabra con fuerza. Parecían ir a saltar como cáscaras de pipa estorbando en el cielo de la boca-.  No estás bien hecha, y ni siquiera eres guapa –La aguda voz hizo una pausa para pactar un trueque verbal con un tono cargado de sinceridad absoluta-. Tú eres lo peor que existe, algo a lo que no quiere nadie –Comenzó a enrabietarse, una vez más, y caminando hacia ella-. Estás llena de ponzoña, ¡creas desesperación! –Gritó, tirándose del cabello. Con los dedos enroscados en los gruesos mechones, tirando con fuerza, siguió diciendo-: ¡¡LOCURA!! ¡LO QUIERES TODO Y TE ALIMENTAS DE LOS DÉBILES!, ¡Y TE ODIO! ¡TE ODIO, PUTA, TE ODIOOOO!

Se dejó caer de rodillas. Al golpear con ellas las baldosas, las rótulas sonaron como dos mazas de hierro. Iba encorvándose poco a poco, como si se hubiese quedado sin fuerzas de repente. Parecía querer besar el suelo de lo inclinada que tenía la cabeza. Sus mechones lo rozaron; sus lágrimas, con una mezcla de rabia, dolor y tristeza, lo mojaban como la gota que va cayendo de un grifo mal cerrado.

-Te odio mucho, Soledad –Hablaba como con congestión. Sus fosas nasales tenían tanto poder como el de su odiada Soledad, dejando a las cuerdas vocales como meras presentes sin importancia-. Mis pequeños… -Lloraba más-; mis dos criaturas bellas… -Acariciaba el suelo, como si allí estuviesen sus rostros y pudiera limpiarles las lágrimas con las que ella los mojaba-. Mi marido…

Dejó caer todo su cuerpo. Se colocó en posición fetal, con el pulgar dentro de la boca, igual que si fuese un bebé a punto de decir “gugu tata”.

-Feliz año, Soledad –dijo, meciéndose sobre el piso. Una lágrima rebelde, moviéndose como un flan inquieto encima de un plato, luchaba por no saltar del párpado inferior.

-Igualmente –se respondió ella misma. La lágrima brotó, y después otra, y otra más; así hasta doce, como las doce campanadas.





*****   


            -Si es imposible tratarlo con Risperidona(1), deberás buscar otro antipsicótico que te facilite el tratamiento del paciente –le dijo el adjunto a su residente, a quien veía avergonzado, como el alumno que está siendo castigado por el maestro-. Un comprimido bucodispersable te ahorrará el trabajo: se deshace en la boca, y además, sabe dulce, así que no lo escupirá… Pero que sea la última vez que te saco las castañas del fuego, ya no estás en primer año.

            -Gracias, doctor.

            -¿Le has puesto alguna benzodiacepina? –añadió el veterano.

            -Sí, bromazepam(2) –aseguró el joven médico-. Primero probé con alprazolam(2), pero se ponía más nervioso de lo que estaba.

            -A veces ocurre, sí.

            -Por ello cambié a bromazepam.

            -Mal hecho –El joven se estremeció al escuchar su error en boca del maestro-. De alprazolam a lorazepam, y de este, a diazepam(2). Ponle diazepam y te curas en salu…

            -Doctor –interrumpió una joven residente-.  El Dr. Requejo me ha mandado hacer un repaso por la sala Sur. Están todos tranquilos, excepto una paciente. Me preocupa, pero no encuentro a mi adjunto por ninguna parte, por ello se lo digo a usted.

            -¿Qué paciente?

            La joven miró el informe para concretar el nombre.

            -Yo sigo a lo mío, doctor –se despidió el otro residente.

            -Nuria Calvo González –dijo la chica-. He escuchado gritos y me he acercado, aplazando la visita a dos pacientes anteriores. Le daba gritos a una tal Soledad, completamente fuera de sí. No sé si se acordará de alguna amiga suya o familiar.

            -No, no –negó el doctor, muy seguro-. Soledad no existe, y si hay alguien con ese nombre entre sus amigas o familiares, te aseguro que no se refiere a ninguna que se llame así –La residente escuchaba con atención-. Habla con Soledad, conversa con Soledad, a pesar de responderse ella misma; vive y se desvive por Soledad, pero no se dirige a ninguna persona, sino a lo que vive día a día: la soledad.

            »Una Nochevieja, la encontraron tirada en el suelo, en posición fetal y chupándose el dedo mientras se desangraba como un cochino después de haberse abierto las venas. Decía que quería pasar a mejor vida.

            -En esa posición la he dejado ahora, doctor –afirmó la chica.

            -Lo sé. Lleva tres años haciendo y diciendo lo mismo, día tras día –La joven médico se sorprendió-. Solo existe una conversación en su cabeza, y la repite una y otra vez. En ella menciona todo lo que tuvo: marido y dos hijos. Siempre estuvo pendiente de ellos, pero la abandonaron y no quisieron saber nada más de ella por estar loca. Se siente culpable de lo ocurrido, llegando a pensar que incluso los mató; pero no, la única realidad es que la dejaron tirada como a un perro. Visto así, puedes pensar que fueron unos miserables, pero hay que estar en su piel para saberlo. Vivir con una enferma mental no es sencillo. Si prestas atención a todo lo que dice, te darás cuenta que no habla bien de ninguno de los tres.

            -Ya, imagino que por rabia.

            -Pues imaginas mal –La chica se asustó igual que su compañero tras el regaño anterior por administrar mal la medicina-. Si alguno de ellos apareciese por la puerta, y tan solo escuchase un simple: “hola, mamá” u “hola, cariño”, se los comería a besos. No tiene maldad, solo pena. Esa rabia no pertenece a su forma de ser, sino a lo que se sintió obligada a hacer y nunca hizo. Habla de lo que decía la gente. Ella no los habría abandonado nunca.

            Tras la explicación del doctor, la chica miró hacia la habitación de Nuria. Desde allí no la veía, pero podía sentir su dolor.

            -Hay algo que no entiendo, doctor –dijo la joven-. Todo eso me cuadra, pero… ¿Qué tienen que ver Don Quijote y Dulcinea en todo esto?

            El veterano sonrió antes de decir:

            -Cuando estás a punto de morir, piensas en quien más quieres. Eso por un lado; y dos: cuando no te queda más remedio que seguir viviendo, sin que te dejen cerrar los ojos de forma literal, estos se cierran para el mundo, y solo vives tu propio sueño feliz. En él, todo es maravilloso, como en la imaginación de Don Quijote –La chica quedó petrificada mientras el doctor colocaba un libro de psicología encima de su carpeta-. Los locos también sueñan y tienen sentimientos. Página 463; ahí lo explica todo.

            La joven se colocó el libro bajo una de sus axilas y se dirigió a la habitación de Nuria. Frente a la puerta, observándola por un pequeño ventanuco de cristal, la vio incorporarse. Agudizó el oído para escuchar lo que decía.

            -No sé, yo no lo veo así, Soledad. Al principio sí, pero después todo ha cambiado; quizá de repente, un buen día del que no quiero o logro acordarme, como el comienzo del Quijote. Puede. Tal vez… Sí. Qué buena novela, ¿eh? La de veces que la releí de pequeña… Una historia preciosa, sin duda: un pobre y viejo loco que solo ve lo que él quiere ver y ansía tener. Al mismo tiempo, es muy triste. Tiene que serlo, ¿verdad, Soledad?

            Lo es, pensó la joven psiquiatra mientras se enjugaba el rostro bañado de lágrimas.

-Déjame terminar. Si me respondes ahora, se me va el santo al cielo, pierdo el hilo y luego todo lo importante deja de serlo porque solo pienso en recuperar lo que ya no me será posible contarte gracias a que tu respuesta interrumpe el tema de conversación del que tanto quiero y deseo hablarte… ¿Vale, corazón?

No lo haré. Tienes todo el derecho del mundo a hablar y seguir soñando, volvió a pensar la médico; después, se alejó de allí, escuchando la voz de Nuria mientras se perdía por los pasillos del hospital.

-Tú lo tienes todo, Soledad. Eres privilegiada, así que prohibido quejarte.

»Chitón.
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1-Risperidona: antipsicótico apto para el tratamiento de la esquizofrenia.

2- Alprazolam; lorazepam y diazepam: benzodiacepinas, medicamentos que se utilizan para tratar las crisis de ansiedad, el estrés, la angustia o los ataques de pánico.

4 comentarios:

  1. Buenas amigo , me alegro de leerte ..un besote y paso a comentarte.
    Es verdad o al menos eso pienso que la locura tiene una verdad escondida , ya que quien la sufre no ve la realidad sino su propia realidad , quizás no vaya tan desencaminado , pq que es real y que no lo es.
    Son personas que por motivo en sus vidas se ha desencadenado algo que a ellos no les cuadra y les ocasiona un trastorno que para los demás es algo complicado de ayudar y atajarlo , creo que a parte de las medicinas que por supuesto son importantes una buena dosis de paciencia y sobre todo de empatía y amor.
    Un buen reflejo has hecho del síntoma de la enfermedad .
    Y me despido de ti con un fuerte abrazo y alegrándome de tú subida de relato al blogs .

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    1. Buenos días, Campirela, a mí también me alegra mucho leerte por aquí. Casi no tengo comentarios, pero el tuyo siempre está. Mil gracias, amiga. No sabía si me había quedado bien porque es el primer relato que he escrito fuera de casa, y además con el teléfono; echaba de menos la mesa y el pc, y no sabía si eso se notaría en el relato. Casi todos mis personajes tienen algo de locura; creo que la enfermedad mental es el tema que más trato en las historias, y el siguiente también habla de la mente. A veces son enfermos malos y que hacen cosas malas, y otras,como en este caso,no es más que una mujer encerrada y abandonada. Al no poder morir no le queda más remedio que buscarse su propia vida, y no es otra que el recuerdo. En él ve tanto lo malo como lo bueno: lo malo por la culpabilidad de haber destrozado a su familia por estar enferma; y lo bueno, en ese sueño tierno donde todo sigue siendo maravilloso... Sí, se les podría tratar así, y con dulzura. Por lo general las personas lo hacen, pero hay casos en que el enfermo no da más de sí y al final el sano es quien termina mal. Ya no podían estar con ella. Sí la querían, pero esa ya no era ni su madre ni su esposa... Mil gracias de nuevo, amiga. Que los Reyes magos te traigan todo lo que deseas, y que tengas un feliz día. Besos y abrazos también para ti :)

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  2. Es muy triste, José. En este relato el "malo" no es el loco, al contrario. Hay que ser muy mezquino para abandonar a un enfermo. Una narración impecable, como nos tienes acostumbrados.

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    1. Muchas gracias, Laura. Sí, este sé que miedo no da, y el próximo tampoco lo dará. Toca una temporada de poco terror, pero aun así, siempre tendrán algo raro. Gracias siempre por comentar. Me alegro que te haya gustado :)

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