miércoles, 11 de enero de 2017

Aprendiendo a utilizar la mente

         

A veces empiezo dando un breve análisis de lo que ofrezco. Cuando llega este momento, es que algo no me satisface por completo, y es cierto.

            Para empezar, diré que no es un relato que dé miedo. Creo que no hay nada en él que pueda causar temor al lector; sin embargo, soy incapaz de escribir historias que no tengan una parte de ficción, y puede que esta, a pesar de tratar la vida de un maniático enfermizo, sea en la que veáis más irrealidad que en la de espectros y todo lo demás relacionado con el terror.

            Necesito aclarar varios puntos para quedarme tranquilo. Cuando escribí “Deshacerme de ti” y “El rostro de la muerte”, empecé con una introducción como esta, explicando mi disconformidad sobre el final de cada uno de los dos relatos. En el final de este, me ocurre algo parecido. Me he dado cuenta que esto siempre ocurre cuando no estoy del todo a gusto con lo que escribo, y puede que yo mismo desee llegar al final lo antes posible (de ahí esa parte poco detallada). Cuando lo empecéis a leer, veréis un texto de mi estilo: detallado al 100% hasta en el sonido de la respiración, y así seguirá hasta las últimas páginas. Puede que en anteriores relatos hayáis sentido nervios, intranquilidad. Tengo la manía de escribir sobre los enfermos mentales (me encanta hacerlo). Mi forma de ver el terror es diferente. No suelo acostumbrar a escribir sobre monstruos, y si lo hago, al final siempre tiene una explicación lógica. “Nada es lo que parece”.

            Esta vez no ocurrirá eso. Me preocupa que el personaje principal os irrite tanto que os quedéis sin saber el final. Como ya he dicho, suelo recrear mucho la desesperación, lo que vive y siente cada personaje y su alrededor. En este caso, Alfonso tiene un sello personal, y su actitud, de por sí, desespera.

            Seguramente mis chicos y chicas del taller me castiguen porque les tengo dicho que nunca jamás hay que vender así una historia, ya que lo único que provoco con estas palabras es desinterés; pero necesito hacerlo. La carrera de un escritor o de alguien que escribe va ascendiendo poco a poco. Con esto quiero decir que, poco a poco, voy contando con más lectores; sé que hay gente fiel que me lee todos los relatos que cuelgo, me da un voto de confianza y me anima a colgar más (gracias). Por ello, a mi entender, cuando algo de por sí sé que no está del todo claro o que no será de su gusto, me veo en la obligación de explicarlo.

            Mi primer miedo es la personalidad del personaje. Os aseguro que puede irritar demasiado; y me gustaría (os ruego), que terminéis de leer la historia, por favor. A excepción del encargado del registro de la propiedad intelectual no lo ha leído nadie más (y dudo que este lo haya leído), así que también es un relato de prueba. Vosotros me vais a ayudar a saber si merece la pena intentar publicarlo en el futuro o quedar como un simple estudio de un creador de historias. Si queda en esta última opción, no pasará nada. De los errores se aprende. Soy sincero, y creo que los lectores son los más importantes. Te dicen lo que les gusta y lo que no. Cuando se mete la pata, no queda más remedio que aceptarlo y cambiar lo que no está bien. También tengo la esperanza de que sea un relato que guste menos, no que no guste. Eso ya me lo diréis, y os lo agradeceré enormemente.

            Mi segundo miedo parte de que esto es una historia que sale de mi cabeza. Todas, sí, pero en esta he escrito lo que yo creo que puede ser así, no lo que de verdad existe. Me encanta la mente humana, la estudio desde niño y cada vez voy más allá. El relato se basa en la historia de un hombre que lee una revista en la que se habla de la mente. Tiene cuatro artículos importantes, y el segundo de ellos, es mi tercer miedo. Este no es que me dé miedo en sí, sino que a pesar de mi idea, no me gusta hablar de ello. He querido explicar mucho y no he sido capaz de dejarlo claro. Siempre está el truco de utilizar humor negro cuando algo no va bien, y así lo he hecho.

            Podéis preguntaros que por qué no lo he suprimido si no lo veo tan claro, y os diré que porque esa parte es de vital importancia en la historia. ¿Por qué lo cuelgo si no me convence? Por tres razones como mis tres miedos: porque no tengo nada más a día de hoy, lo demás son todo novelas y relatos en proceso. Muchas historias por ahí que necesitan una muy buena revisión; porque quizá es hoy, ahora, cuando mejor puedo ofrecer esta historia, por muchas dudas que me deje y la haya escrito fuera de mi lugar de trabajo y sin los medios de siempre; y porque reitero que un escritor depende de sus lectores. Lo nuevo siempre es un riesgo, y a mí me gusta arriesgarme. Pienso que hay que probar cosas nuevas, diferentes géneros y lanzarse a la aventura. Desde mi punto de vista, una persona que escribe tiene que ser capaz de escribir de todo. Algunas historias le saldrán mejor y otras peor, pero no pierde nada por intentarlo. Un escritor, escribe; da igual el qué.

            Vosotros tenéis la última y más importante palabra. Si no os gusta, decídmelo con toda la confianza del mundo. Las críticas negativas, sin ser destructivas, son igual de importantes que las positivas. Y si de verdad os gusta, me alegraré y sabré que además de terror y amor, también de vez en cuando puedo escribir sobre otros géneros (aunque siempre tengan algo misterioso e inquietante).

            Muchas gracias.










¿Quién es más loco? ¿El loco, o el que sigue al loco? (Obi-Wan Kenobi. Una nueva esperanza).


El jardín del Edén era bello antes de que existiera el hombre, pero pienso que debió ser más bello cuando Eva se paseaba por él (Henry R. Haggard. Las minas del rey Salomón).


Sentí que mi mente se perdía a la deriva, sin salvavidas a la vista (Harlan Coben)






A las 9:00h en punto, ni un minuto más ni uno menos, y después de una angustiosa -como todas- noche en vela, Alfonso empujaba la puerta del bar. Empujaba, sí; lo de abrir como una persona normal, para él no existía. Siempre hacía lo mismo: colocaba el codo en el cristal y hacía fuerza; por nada del mundo, jamás de los jamases, tocaba el pomo.



            Demasiados gérmenes. El mundo es contaminación pura. Las manos siempre están sucias, y a saber en dónde las han tenido antes de abrir... Han podido tocar algo lleno de bacterias, tener los dedos en la boca, e incluso en el mismísimo culo. No soy un come mierda.



            Lo tenía estudiado minuciosamente. Lo lógico y más normal, es que los clientes del bar girasen el pomo unas... ¿Cien veces al día? Sí, más o menos. La bolita dorada era, con exactitud, a pesar de que los ojos de Alfonso no lograsen percibirlo, un recogedero de huellas; y, según su teoría, a saber de qué. La segunda maniobra más común era la de empujar el cristal, bien porque la puerta quedase entreabierta o porque alguien fuera a entrar mientras otro salía. De ocurrir esto último, la mano del que esperaba para entrar, quedaría pegada en el cristal. Educación: dejar salir para poder entrar. ¿Qué ocurría? Que el pedazo de cristal también se convertía en un recogedero de mierda, con más huellas dactilares que una lista de presos fichados. Alfonso contaba con la opción de ponerse guantes, pero claro, después, tocaría algo, e incluso tendría que tocarlos con sus propias manos para desprenderse de ellos. Ya estaría contaminándose, y no podía consentirlo. No contemplaba la opción de utilizar guantes de látex o de vinilo (era un cantazo). Podría quitárselos sin tocarlos, como hacen los médicos para no mancharse de sangre, heces, u otra sustancia. Los de tela no llamaban la atención. Él los utilizaba, pero para el frío, no para tocar pomos ni cristales; por ello, el codo siempre era la mejor opción. A la hora de quitarse la gabardina no tenía que tocarlo, y podía lavarlo sin que sus manos se contaminasen. De esta forma, algo tan olvidado como es un codo, a él le aliviaba su salud mental.

            Bendito codo.

            Entró en el bar.


                                                          

*****


Una vez dados los buenos días, se dirigió a la barra. Era domingo, y eso significaba tomarse una buena ración de chocolate con churros; solo en domingo, otro día, no servía. Tomarlo un lunes, viernes o cualquier otro día de la semana, le provocaba ansiedad.

            Domingo dominguero: chocolate con churros, siempre lo primero.

            Se quitó los guantes, propios e impecables.

            -Buenos días, Alfonso. ¿Lo de siempre? -le preguntó el dueño del bar.

            -¡Qué cosas tienes, Raúl! -respondió, forzando una sonrisa-. Por supuesto; eso ni se pregunta.

            Tras las últimas palabras, se dirigió al baño. La puerta estaba abierta. Menos mal, se dijo; de lo contrario, habría tenido que realizar la misma maniobra que con la de la calle.

            Entró.

            Llevaba un negro maletín bandolera de piel; de él sacó un frasco de jabón y un paquete de clínex. USO ESCLUXIVO PARA LEVANTAR TAZAS DE VÁTER, decía el prospecto de su cabeza. Sacó un pañuelo y lo dejó sobre el lavabo, para a continuación, posar el frasco sobre él; después de hacer esto, sacó seis clínex más, y una vez extendidos, los agrupó formando una gruesa capa de papel. Utilizándola como protección para no tocar la cerámica -amarillenta, y no por el paso del tiempo- levantó la tapa. Regresó al lavabo, y ayudándose una vez más de los pañuelos, apretó el pulsador.  Sabía que tenía 13sg y medio para echarse jabón y aclararse sin necesidad de volver a accionar el pulsador. Lo había cronometrado en las veces anteriores.

            -Adelante -se dijo.

            Apretó tres veces la válvula del frasco y, cuando sus manos recibieron un pequeño y espeso charco de jabón, las frotó y colocó bajo el grifo. Le quedaban 7sg para aclararse.

            -Listo -dijo mientras se sacudía las gotas de agua. Nada más hacerlo, el grifo se detuvo.

            Utilizó dos de los tres pañuelos restantes para secarse, como un cocinero dándose golpecitos en las manos con papel de cocina. Y ahora ya sí: con las manos limpias, se dirigió al retrete, donde se bajó los pantalones, estiró la gomilla del calzoncillo y, orinó.

            En los últimos meses, orinar se había convertido en una tortura para él. Mientras lo llevaba a cabo, sus muecas faciales se mostraban tremendamente exageradas, e incluso resoplaba. Le costaba orinar, el chorro se entrecortaba y sentía como si expulsase cuchillas de afeitar por la uretra. Las ocho y nueve veces que orinaba al día, eran así. La próstata hacía tiempo que le había dicho: "tengo ganas de joderte, amigo". Rondaba el tamaño de un melocotón, y no era más que un completo estorbo. Le dolían los riñones; le parecía tener lumbago a todas horas; no era capaz de defecar si no se sostenía en el lavabo, haciendo esfuerzos como una mujer en el paritorio; sentía fuego en el vientre y en los muslos, y rabia, mucha rabia. Después de orinar, el escozor le duraba como quince minutos, en los cuales, varias gotitas rebeldes salían por sí solas, dejándole una mancha en la bragueta.

            Cuando terminó,  se ayudó del pañuelo que le quedaba para accionar el grifo una vez más, se echó jabón de nuevo y se aclaró. En minuto y medio tendría las manos secas, así que no había necesidad de gastar más pañuelos. Además, se aplicaba crema hidratante tres veces al día, ya que tenía los nudillos al rojo vivo a causa de las veinte veces que se las lavaba.

            Salió del baño.

            -Desayuno listo, Alfonso -le dijo el dueño.

            El aludido, cogió una servilleta, y con estricto cuidado. Atrapó el papel con el inicio de las uñas de su pulgar e índice, como si fuese una pinza con miedo propio de contaminarse con el metal del servilletero. Como su intención no era utilizarla para limpiarse, con la primera servía; de haber sido para enjugarse la boca o, para cualquier tipo de contacto con su piel, habría cogido la tercera o cuarta, desechando todas las demás. La que sostenía en los dedos le sirvió como trapo para limpiar el taburete. Unas cuantas pasadas hacia un lado, después hacia otro y, listo, ya podía sentar sus posaderas. Raúl ya estaba acostumbrado.

            Después de limpiar el taburete, dejó sobre la mesa su revista mensual de "Aprendiendo a utilizar la mente", algo que le apasionaba por encima de todo. Miró el sumario y la abrió por la página 34, donde contaba datos de gran interés.

            -Aquí tienes -Raúl le entregó una taza de chocolate recién hecho, su cucharilla correspondiente y un plato con seis churros, acompañados por un sobre de azúcar.

            -Gracias -respondió Alfonso. Acto seguido, agarró el sobre de azúcar, también solo con dos dedos, pero sin peligro. Como si sostuviese una campanilla, lo movió seis veces (exactamente seis) como requería su ritual; después, lo abrió y espolvoreó encima de los churros, y un poco más para el chocolate. Le gustaba bien dulce.

            -Qué buena pinta tiene, ¿eh? -Raúl se presentaba amable, como siempre; sin embargo, Alfonso no era muy amigable. Simplemente asintió con la cabeza, sin apartar la vista de lo que hacía. Una vez terminado, cogió la cucharilla, solo que él la utilizaba del revés: con el mango en el interior del chocolate. Removiéndolo así se aseguraba de no meterse en la boca la saliva reseca de los demás clientes, ya que no se fiaba de nada que no fregase él. En este caso, entre lo sucias que pudieran tener las manos y lo babosos que fueran, ganaban las babas. Prefería tragar bacterias que meterse en la boca algo re chupeteado, y es que, en varias ocasiones los había visto pasar la lengua, e incluso a niños jugar con ella como si fuese un Chupa Chups. Por nada del mundo.

            -Listo- dijo tras finalizar la extraña maniobra. Miró a Raúl y, sí, sonrió-. Nada como un buen preparado para disfrutar de un exquisito desayuno.

            -Que aproveche -dijo el dueño.

            -Gracias. 



*****



Alfonso leía la revista mientras desayunaba.

            Este mes, queremos penetrar aún más en la mente de nuestros fieles lectores. En el número anterior, explicamos con un análisis detallado cómo nuestro cerebro es capaz de engañarnos y cómo se revela contra nosotros, tomando posesión y haciendo todo lo contrario a lo que queremos que haga. La mente de un ser humano es algo complejo de tratar; a día de hoy, no existe un estudio específico que sepa con exactitud hasta dónde es capaz de llegar; sin embargo, ya se conoce mucho sobre ella, y una de las pruebas es lo que explicamos en el número 42. Algo tan absurdo como unas simples pelotas de colores, una sola imagen, puede llegar a crearnos un malestar que, a pesar de que para el resto del mundo pueda llegar a ser algo incomprensible, para quien lo sufre, lo llega a ver como algo mortal: desazón, nerviosismo, ansiedad, pánico absoluto.

            -Así es -afirmó Alfonso.

            Dicho esto: ¿solo ella puede engañarnos? ¿La podemos engañar? ¡Claro que sí!

            -Interesante -Mordió un trozo del desayuno.

            No hay nada ni nadie en el mundo a lo que no pueda engañarse, solo es cuestión de práctica. Del mismo modo que puede controlarse una respiración y conseguir relax absoluto, también puede controlarse la mente. Desde niños, nos enseñan la diferencia entre el bien y el mal; no obstante, para quien no lo haya pensado nunca, a medida que crecemos, nosotros mismos diferenciamos entre el bien y el mal. ¿Por qué? Porque no puede especificarse lo que está bien y lo que está mal. Eso, le pertenece a la protagonista de la que vengo hablando: la mente. Para un asesino, matar está bien, mientras que para quien no lo es, está mal. Mentir, para un mentiroso, está bien; ¿y para quien no miente? Está mal. No vale con que alguien te diga "esto está bien y esto está mal". No es cierto. El bien y el mal le pertenece a...

            -La mente -terminó de leer Alfonso.

            Si alguien nos dice que no pensemos en pelotas rojas, nuestra mente va a pensar en pelotas rojas. ¿Por qué? ¿Por qué ocurre esto? Es imposible que alguien no piense en pelotas rojas si le estás diciendo que no piense en ellas.

            -Lo he pensado, sí.

            Esto lo habréis visto hasta la saciedad, porque todos le hemos dicho alguna vez a alguien que deje de pensar en algo, consiguiendo como resultado que lo piense todavía más. Esto se conoce como "teoría de los procesos irónicos". El resultado es contraproducente, o no si sabemos exponerlo para que piense justamente lo que nosotros queremos. Eso ya se explicó en el número anterior.

            Pero lo que querréis es saber cómo engañar a la mente.

            -Exacto.

            No sufráis porque a lo largo de este número lo vais a saber. Hoy tenemos cuatro técnicas que os serán de gran ayuda: "La mente después del acto sexual", "Soñar con lo que queramos", "El despertador humano" y "La mente ante el polígrafo".

            -Pues, a ver... -Pensó Alfonso. Dio otro mordisco-. El primero no porque no me interesa el sexo, y soñar tampoco porque casi no duermo. Leeré "El despertador humano". Página 38.

            Fue hojeando las restantes hasta legar ahí.

            -Veamos qué maravilla nos cuenta.

            La introducción siempre es la misma, lectores: el cerebro se divide en dos partes que, para ojos de la imaginación, puede asemejarse a una nuez. Así pues, y sabiendo esto, el siguiente artículo demuestra con varios experimentos, que un ser humano puede despertarse a la hora que desee sin utilizar ningún despertador o alarma de móvil.

            -Realmente interesante -dijo Alfonso, con los ojos como dos platos.

            Después de varios estudios realizados, el 99,9% de la población, se levanta siempre a la misma hora para acudir al trabajo (este estudio se llevó a cabo en febrero de 2006, cuando aún España tenía dinero para comprar despertadores y no recortes hasta en las horas de sueño). Ese día, le cuesta y siente pereza. Odia tener que levantarse y ruega unos minutos más; no obstante -y aquí el detalle curioso al que nadie ha prestado nunca atención- cuando descansa (el fin de semana) se despierta a la misma hora que siempre. Sus párpados le dicen hola al mundo sin necesidad de abrirse tan temprano. ¿Por qué? Es fácil: costumbre. El cuerpo se acostumbra a lo que le haces trabajar; la mente, también. Ahí está el dato. Lo más curioso de esto no es que se amanezca a la misma hora al estar de descanso, sino que la persona se levante a la misma hora, sin ganas de dormir más.

            -Bastante cierto -sonrió Alfonso.

            ¿Cómo puede llevarse a cabo esta maravilla? Todo gracias a nuestros muertos.

            Alfonso se añusgó con el chocolate.

            -¿Eh? -El tono de voz fue muy parecido al de una persona que habla con la nariz tapada.

            Sí, sí. Nuestros seres queridos nos protegen y nos cuidan; nuestros seres queridos nos acompañan y nos muestran el verdadero camino de la vida. Nosotros no podemos verlos (hay gente que sí), son familiares invisibles que ven y escuchan todo lo que les ocurre a sus parientes vivos, más o menos como un feto dentro del vientre materno, solo que estos ya no vuelven a nacer. Nos rodean; nos ven; nos siguen...

            Alfonso tragó saliva. Los pelillos de su barba parecieron asustarse cuando una protuberancia llamada nuez, subió y bajó por la garganta. Nunca en su vida la había sentido tanto.

            Por ello, uno de sus regalos es dejarnos ver la claridad de la vida a la hora que nosotros queramos. ¿Cómo hacerlo? Es fácil: solo se necesita cerrar los ojos unos instantes antes de acostarnos y pensar en un ser querido, al que tuvieras mayor afecto; una vez hecho esto, hay que decirle que nos avise a una hora en concreto. Ese aviso, hará que a la hora elegida, nuestros ojos se abran sin necesidad de nada más. Nos despertará nuestro ser querido.

-Esto es increíble -exclamó Alfonso, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas-. ¡Maravilloso! -Había desaparecido el ser adusto que todos los domingos estudiaba con detalle lo que Raúl le daba de desayuno; el maniático inaguantable que abría la úlcera de estómago del dueño y los clientes del bar. Por unos instantes, tras leer la noticia, era totalmente diferente: un niño sorprendido, hipnotizado ante lo que acababa de leer. Convencido de que las vacas podían volar en caso de leerlo en la revista.

            -¿Algo interesante, Alfonso? -le preguntó el dueño.

            -¡Ya lo creo que sí! -respondió, sin levantar la vista de la hoja. El chocolate se enfriaba, pero le era indiferente.

            Raúl se acercó a él.

            -No será para tanto.

            -¿Cómo que no? -Se incorporó-. Fíjate bien -Le enseñó la revista-. Después de unos estudios, han descubierto que el ser humano es capaz de despertarse por sí mismo, ¡a la hora que desee y sin necesidad de ningún despertador! Tan solo pidiéndoselo a un difunto.

            El dueño le miró. Sus ojos se desplazaron hacia él en un leve movimiento, desganados, y a la vez, con la boca medio abierta. Le sorprendía su ignorancia.

            -¿En serio crees eso? -Formuló la pregunta sin cambiar un gesto en su incrédulo rostro.

            -¡Por supuesto! La mente no engaña -Volvió a sentarse.

            -Los muertos, muertos son -Raúl se dirigió a la máquina de café, cansando de escuchar estupideces.

            Alfonso, sin hacerle caso, sumergido en su mundo, continuó leyendo.


                                                                      

*****


"La mente después del acto sexual".

A día de hoy, este experimento solo ha sido probado con varones (atentos todos los hombres). Existe un dicho muy famoso que dice: "el hombre piensa con el pene". Según este estudio -y sin estudiar- puede decirse que no es así. Sí, pero no. Se dice así porque el miembro viril es lo que se hace notar, pero para que el dicho cobre sentido, debería decirse "el hombre piensa con los testículos". Parece que estos no importan, que están ahí de adorno, y no es así. Son más que importantes, aunque si les hacemos un test de inteligencia no pasen de la primera pregunta.

Igual los lectores de "Aprendiendo a utilizar la mente" creéis saberlo todo en cuanto a sexo se refiere, cómo funcionan los aparatos reproductores tanto masculino y femenino y para qué sirven. Medio mundo sabe lo básico, y eso no es suficiente. En este caso, no solo importa la práctica (la teoría es fundamental).

            Para explicar lo que ocurre en la mente después del acto sexual, hay que centrarse en los testículos y el semen (da igual el pene, amigos lectores. Aunque os cueste creerlo, este aquí no tiene voz ni voto, solo se ve urgido a actuar).

            Ahora abrid bien los ojos, leed con atención y preparaos para visualizar una clase sexual como nunca antes. Si no lo entendéis así, que me aspen.

            Todo el mundo sabe que el aparato reproductor masculino se caracteriza principalmente por sus órganos externos (los más sonados): pene, testículos, escroto y epidídimo, aunque este último sea el menos conocido, y el primero el de mayor importancia (mentira). Los testículos son los encargados de producir espermatozoides, además de transportar testosterona a la sangre. ¡¡Aquí está el problema!!! La mente de un hombre se ve manipulada por el líquido de sus testículos. Sí, señores y señoras (puesto que el tema interesa a ambos). El semen es el todo, para bien y para mal. Unos testículos vacíos hacen que el cerebro piense con claridad, pero unos testículos llenos, hacen que el cerebro se presente en forma de erección. "El hombre piensa con el pene". El amiguito alargado pide paso, pero son sus acompañantes, abotargados como un estómago soportando una digestión pesada, los que dan la voz de alarma, diciendo: “tin, tin, tin. Hora de vomitar, estamos llenísimos y no podemos más.”

            Los testículos a rebosar de semen en un adulto son como el pene de un adolescente en plena pubertad: basta un roce del pantalón para alzarse la bandera. Son niños, no saben, la erección es involuntaria. La cabeza no piensa, ya sea viendo a una chica o un chico que les guste. ¿Veis lo que acabo de decir? "La cabeza no piensa". ¡¡Ajá!! Pero una vez que termina la pubertad, las erecciones se controlan más; el cuerpo ya se ha desarrollado por completo, el propio dueño lo conoce y sabe lo que le va a ocurrir. Sí, pero con los testículos vacíos. Si están llenos, regresa a la adolescencia.

            Los espermatozoides trabajan las 24h del día. No se cansan nunca. Han nacido con maquinaria de sobra para soportar una vida entera y no descansar hasta que el individuo fallece (a los vagos los dejaré tranquilos en este punto). En ese caso importa la movilidad, pero para esto que intento explicar, son igual de importantes.

            Día 1: Trabajan sin hacer ruido (la cabeza del hombre piensa normal. Puede comprar el pan o hacer cualquier tipo de recado).

            Día 2: Trabajan haciendo un poco de ruido (la cabeza del hombre dice: eh, algo ronda por aquí. Puede seguir comprando pan, pero de barra).

            Día 3: Trabajan haciendo ruido (la cabeza del hombre se trastoca por la presencia del deseo. Las barras de pan dejan de ser importantes para que la mente se centre en la panadera o panadero)

            Día 4: Aclaman un aumento de sueldo, y el jefe se excita al máximo (la cabeza de arriba ya no piensa, centra la sangre en la de abajo. Ya no se puede salir a comprar pan)

            Día 5: Despedidos, todos a la calle (la cabeza del jefe vuelve a pensar, muy relajado. Vuelve a comprar el pan sin importarle quién se lo vende).

            Esto quiere decir que, en cuanto el varón eyacula, todo vuelve a la normalidad. Hay una gran diferencia entre el pensamiento en un periodo de abstinencia y el pensamiento de un hombre que acaba de mantener una relación sexual. Por supuesto, todo depende de la persona. Si no le interesa el sexo, será igual de frío antes y después; y si le interesa mucho, da igual que sus testículos estén llenos o vacíos. Eso sí, en el momento que

hay deseo, la mente no piensa igual que cuando este termina. El hombre pierde el control por naturaleza cuando su pene se hace notar (sí, el que maneja el cotarro en ese momento), y una vez que este vuelve a relajarse, la normalidad regresa, llegándose incluso a preguntar que qué ha hecho. Por eso los niños no mienten y los adultos no dejan de mentir.

            Conclusión: los testículos importan, y mucho, no el pene. Son los que hacen que la hormona se expanda por el cuerpo hasta querer tocar el cielo (o el infierno, que con el calor se asemeja más); los culpables de que vuestras chicas o vuestros chicos os dejen porque les habéis sido infieles (ellos tienen la culpa; y vosotros, porque el amor es lo único que puede vencer al deseo ajeno. Lo cuenta otro estudio: el del corazón); los encargados de dar la voz de alarma y revolucionar el cuerpo. Son malvados. ¡¡Odiadlos!! Pueden volveros locos de atar si no sabéis controlarlos.

            -Será cierto, pero yo no tengo ese problema -dijo Alfonso-. El sexo no me interesa en absoluto.

            Apuró el final del chocolate. Era algo que le irritaba, ya que siempre le quedaba algo en la taza. Al ser espeso no le llegaba todo a la boca, y como no utilizaba la cuchara, pues...

            -Un vaso de agua, Raúl, hazme el favor -dijo, dejando la taza encima de la barra. Llevó la diestra al bolso en busca de su pastillero. Era una especie de cápsula ancha, como el envase sorpresa de un huevo Kinder. Lo abrió y sacó de él un comprimido de Sertralina(1) de 100mg . Siempre llevaba el comprimido de la mañana y el del mediodía, por si acaso le pillaba fuera de casa; a continuación, sacó uno de Bicalutamida(2). Eran sus dos medicamentos más preciados; sin ellos, ni su mente ni su próstata funcionarían como era debido (y sin ellos, tampoco). También llevaba tres de Trazodona(3), muy precavido de echar mano de ellos para no sufrir ningún ataque de ansiedad inesperado, y los mismos que utilizaba para dormir-. Gracias -añadió al recibir el vaso. Se introdujo las dos pastillas en la boca y bebió tres tragos de agua (siempre tres). Chascó la lengua como si acabase de beber un trago de whisky. A lo largo del día llegarían más tragos de agua para la sequedad de boca, pero siempre de tres en tres.

            Siguió leyendo.


                                                                      

*****




1-Sertralina: antidepresivo idóneo para el trastorno obsesivo compulsivo (en psiquiatría). En urología se utiliza para la eyaculación precoz.

2-Bicalutamida: andrógeno sintético que se utiliza para el cáncer de próstata.

3-Trazodona: ansiolítico, antidepresivo de segunda generación. Generalmente se utiliza para dormir.
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"La mente ante el polígrafo".

Se dice que el polígrafo no miente, que es la máquina de la verdad (completamente  cierto), quien miente, es la persona. Con el siguiente estudio, podréis burlar a la máquina  a vuestro antojo, y jamás os descubrirán -Los ojos de Alfonso volvieron a parecer querer salirse de sus órbitas-. Es decir, que si me hacéis caso, si os preguntan que si las vacas vuelan y decís que sí, el polígrafo dictaminará que decís la verdad.

            -¡No puedo creerlo! -gritó. Los tres clientes del bar, y Raúl, le dirigieron una extraña mirada. Él seguía a lo suyo.

            Es muy sencillo: basta con eludir la pregunta que nos formulen.

            Ej:

            ¿Es usted Míster España?

            Si quieres que al decir sí, el polígrafo diga que dices la verdad aunque seas tan feo que de pequeño te metieron en una incubadora con los cristales tintados, cuando te lo estén preguntando deberás pensar en algo que quieras afirmar. Si tienes treinta años, piensa en que te preguntan "tienes treinta años". Dirás "sí", y el polígrafo dirá que dices la verdad como un bendito. Serás un míster España para el mundo, aunque no hayas catado el pecho de tu madre porque de pequeño te dijera que solo te quería como amigo. Sí, señor: Míster España.

            -Mi madre nunca me dio el pecho -se dijo Alfonso, en voz alta.

            Raúl se tronchaba de risa.


                                                                       *****


"La mente demuestra que puedes soñar con lo que deseas".

Seguro que tú (sí, tú; y tú, y solamente tú-uuu-ú) quieres soñar con lo que deseas. Te gustaría soñar con la persona que quieres, con un apacible sueño en la playa, o quizá apartado del mundo, en soledad, respirando aire puro y sin nadie dando por el saco. ¿A que sí? Pues gracias a mí, puedes lograrlo. Impresiona, ¿eh?

            -En absoluto -dijo Alfonso-. Los sueños no me interesan lo más mínimo, pero te prestaré atención por respeto y porque confío en lo que haces. Me pareces muy bueno.

            Dile adiós a las pesadillas y un hola bien grande al subconsciente de las maravillas (si quieres soñar con Alicia también puedes, pero serías condenado por pederasta mental). Cada vez que cierres los ojos te adentrarás en un mundo de fantasía, y ya no querrás despertar jamás. En los sueños, todo es posible, y para conseguir esta delicia tan solo tienes que hacer... Poco; muy poco.

            Existen dos técnicas. Número one: acostarte pensando en lo que quieres soñar. ¿Cuántas veces te acuestan con preocupación? ¡¡Todos los días!! Ya sé que es lo que estaréis gritando ahora mismo al leerme...

            -En eso tienes razón.

            ..., y cualquier profesional del sueño recomendaría levantarse, dar un paseo por la casa y regresar a la cama solo cuando el sueño se apodere de ti. Lo recomendaría, pero él no sabe (yo sí). La cama y el cuarto de baño son los dos lugares donde más trabaja la mente. ¿A que no lo habías pensado nunca? Pues ya te digo yo que sí. Pero, el poder soñar con lo que desees hace que no tengas que dar vueltas de un lado a otro hasta quedarte dormido. La almohada sufre, el colchón se hunde, y tu alma -más hundida- encoleriza. La tristeza queda atrás para darle paso a la desesperación. No hay ningún pensamiento agradable antes de dormir. Tal vez rumiar un mal día, o quizá una preocupación que se incrusta en el cerebelo, lo atrapa y no hay manera de que salga. Aprietas tanto los párpados que parece que la dichosa preocupación fuera a salir por los oídos, pero no. La cambiarás por algo bonito, por ese subconsciente de las maravillas, Alicio.

            Métete en la cama, y sin miedo. Una vez dentro, cierra los ojitos, piensa en lo que deseas y sonríe como un estúpido. No te estoy insultando. No puedes verte mientras sueñas, pero si pudieras, te aseguro que te asustaría tu cara de atontado mientras estás soñando con algo querido (la baba cae porque sí). Pensar en lo que quieres no desespera, sino que relaja. Aparece la sonrisa tonta y se siente un cosquilleo por el pecho. Imagínate en ese lugar de ensueño y prepárate a soñar con él. ¿Con qué quieres soñar? ¿Con una playa? ¡Piensa en la playa! Piensa en las olas del mar, en las personas que toman el sol, en los niños correteando por la arena, en los espabilados que hacen castillos en la orilla y el cabronazo mar espera a que esté terminado para llevárselo por delante, o en la gente que pasea. Piensa en ti, tumbado, de pie... Como quieras. A medida que va pasando el tiempo y te relajas, el cerebro se queda con la imagen. Es tu último recuerdo, como si fueses a morir. Sueña.

            Número two: si por cualquier cosa, te despiertas en mitad de la noche (vejiga, mosca cojonera, ronquido de la parienta o del pariente...) y deseas continuar con el sueño porque te estaba gustando mucho, tan solo tienes que repetir los mismos pasos del punto one. Volverás a quedarte dormido como un angelito, y tal vez sea la parienta o el pariente quien se despierte con tus ronquidos. Pero que te dé igual, tú a seguir soñando.

            Lo que sí lamento decirte, lector, es que si estás muy desesperado por la...

            -Ya he tenido bastante -Alfonso dejó de leer y cerró la revista-. No me interesa soñar.

            -¿Ya no dice nada interesante? -le preguntó Raúl.

            -He leído lo justo y necesario -contestó, y acto seguido, empezó a pensar en lo leído: en la mente ante el polígrafo y en despertar gracias al poder de un difunto.

            Sus ojos miraban hacia las botellas que tenía enfrente, pero sin verlas. Era su mente quien veía, recordando las letras de los artículos leídos.

            -No hagas caso a esas estupideces, Alfonso -insistió el dueño-. Es todo mentira. Tú ni caso -El aludido seguía en su mundo: Si yo le digo a mi difunto abuelo que me despierte a las 8:30, ¡despertaré a las 8:30! -. ¿Me oyes? -añadió.

            -¿Eh?

            -Nada. Déjalo.

            -Buenos días nos dé Dios -dijo un cliente nada más entrar; y acto seguido, lo mismo en boca del amigo que le acompañaba.

            -¡Dichosos los ojos! -Se alegró Raúl.

            -Sí, tío. El trabajo, ya sabes -comentó el primero en dar los buenos días. Llevaba al menos una semana sin afeitarse; quizá por ello, nada más llegar a la barra comenzó a rascarse como un pulgoso. Sonaba como una cuchilla rasurando velozmente arriba y abajo.

            -Puedo imaginar... -Raúl se agachó y sacó tres calendarios-. Aquí tenéis, recientitos para este año -Les entregó uno a cada uno, y uno más para Alfonso-. Ten, que también tengo uno para ti.

            Cuando vio que se trataba de una mujer con los senos desnudos, se retiró como si hubiese visto un fantasma. Al segundo de los dos amigos -al que no tenía pulgas ni chinches en la barba- le pilló en mitad de un "vaya tí..." la "a" quedó de forma simbólica en una boca abierta como un buzón, alarmado al ver la reacción de Alfonso.

            -¡Quítame eso de ahí! -gritó. Todo el bar miró hacia él-. ¡Debería darte vergüenza ofrecerme esa cochinada! -Se tapó los ojos.

            El de la boca abierta, la cerró de golpe; el otro, sin entender nada, le dijo a Raúl:

            -¿Qué le ocurre a este gilipollas?

            -¡Menuda falta de respeto! -insistió Alfonso mientras recogía sus cosas-. Utilizar así a una mujer para mostrar los meses del año.

            -Ah, ¿son los meses lo que muestra? -se burló el pulgoso; su amigo rio-. Si a ella le gusta, hombre. Mira, ¿no te alegras de verla? -Se la enseñó.

            -¡Aparta! -Se retiró con brusquedad-. ¡Quítame esas pezuñas de encima!

            -¡Eh! -Se escucharon las patas del taburete al rozar las baldosas de un solo arrastre. Raúl frenó al pulgoso, de lo contrario, el rostro de Alfonso contaría con una nueva marca.

            -Como vuelva a verte por aquí te piso la cabeza, atontao -le amenazó.

            Alfonso dejó en la barra 2,80€, como todos los domingos; después, salió del bar (empujando la puerta con el codo).

            -Payaso.


                                                                      

*****


Alfonso salió a la calle. Delante de él tenía un viejo Ford de color blanco, del mismo tono que su tez. Al bordearlo, pudo apreciar un difuso y deformado reflejo de su cuerpo. El contraste disminuía los vivos colores de su vestimenta; la cara, idéntica al tono de la carrocería.

            Cuando se enrabietaba, bastaba una mínima represalia para hacerlo callar. Con una simple contestación, enmudecía como un niño chiquito tras una regañina. En los ojos del pulgoso pudo ver a los aliados de la muerte; calaveras en sus pupilas, refulgiendo como malignas destructoras. Si te pillo, te mato. Y es que a veces una mirada dice más que mil palabras, y esos órganos de visión tenían sello de asesinos.

            Tras dejar atrás el vehículo, y aún recordando el diabólico rostro de su enemigo, se detuvo en seco. Sintió un agudo pinchazo en el muslo, una especie de tirón que provenía del testículo derecho, se concentraba en la ingle y después bajaba como veinte centímetros más. Llevaba alrededor de mes y medio soportando un empeoramiento sintomático. La próstata tenía ganas de descansar de una vez por todas, sin embargo, en los últimos cuarenta días se había posicionado como una cabrona insoportable.

            Quiero joderte, y joderte bien.

            Podía sentirla. Era como llevar un melocotón permanente entre la vejiga y el recto, una barrera dañina para la función del aparato excretor.

            Se colocó de cuclillas en plena calle, mordiéndose el labio inferior mientras llevaba las manos al bajo vientre. La uretra escupió un leve chorro de orina, y él pudo sentirlo como si el interior de su pene fuese el émbolo de una jeringa al impeler líquido; tras esto, un pinchazo de la dueña y madre de todo su calvario. La próstata se hizo notar con un pellizco, dejando la misma sensación dolorosa que una fístula en contacto con la hoja de un bisturí.

            Alfonso profirió un ronco chillido antes de saltar. Sacudía las piernas; era como si por las venas circulase fuego en vez de sangre.

            -¿Qué pasa, guapo? -Escuchó en boca de una chica. Hasta que no la tuvo encima no se percató de su presencia-. ¿Te has alegrado al verme venir? -añadió al verle las manos entre las piernas. Alfonso hizo caso omiso. Miraba a un lado y a otro, buscando un lugar en el que poder mirarse. Algo no iba bien.

            La joven, de piel morena, cabello negro (sucio) minifalda y una blusa anudada por encima del vientre, mostrando el ombligo a -2º, quería rematar una larga noche de trabajo haciendo la calle.

            -¡Aparta! -gritó. Solo con mirarla de reojo sintió una profunda repugnancia. Su cabeza analizó la situación en décimas de segundo: Prostituta; suciedad; germen; enfermedad contagiosa.

            El hombre la esquivó con miedo y dirigió sus pasos hacia un callejón cercano.

            -¿Y este? -se preguntó ella, mascando chicle mientras veía cómo él daba zancadas a toda prisa.

            Alfonso llegó al callejón. Lo conocía bien, solo que siempre lo evitaba. El suelo era un vertedero de jeringuillas, preservativos, cristales, bolas de papel de plata y algún que otro más objeto difícil de identificar bajo una envoltorio mugriento. Todas las fachadas tenían pintadas; la mayoría resaltaba -con insultos- el oficio de las tres o cuatro que se colocaban allí por la noche. El más leve, escrito en la pared en la que Alfonso se detuvo para echarle un vistazo a su problema, decía: Chúpame lo que se fumó Clavijo.

            Le daba igual la suciedad y contagiarse de algo. La próstata ya le estaba matando. ¿Había algo peor? No lo pensó, simplemente se limitó a desabotonarse el pantalón entre fortísimos dolores. La orina no esperaba, pero sí avisaba como aceite hirviendo.

            Sus párpados se abrieron de par en par en cuanto apreció una mancha en el calzoncillo, como si estuviese manchado de mercromina.  Le salió un leve gritito de terror. A continuación, se encogió. Dio un respingo con el trasero cuando sintió una mano desconocida sosteniendo sus partes.

            -No juegues más. Juguemos juntos, ¿quieres? -Fueron las palabras de la prostituta que se había encaprichado con él.

            Era la primera vez en su vida que se veía en una situación así; la primera vez que una mujer le tocaba; la primera vez que su mente no pensaba, quien pensaba era su pene (o sus testículos).

            Los dedos no estaban sucios para su sucia mente. ¿Qué más daba cuántos penes hubieran tocado esas manos a lo largo de la noche? No era una prostituta cocainómana, ni tenía enfermedades. Su cabello relucía y olía a rosas. La mente de Alfonso dejó atrás el miedo al contagio, sus ojos se nublaron respecto a la realidad y dejó que la excitación siguiese su curso.

            La mujer echó una ojeada a lo que estaba tocando. Cuando vio la sangre, lo soltó de inmediato, aparatándose de un brinco.

            Fue ella quien dijo "¡Aparta!", pero Alfonso, una vez más, hizo caso omiso a sus palabras. No era él, era el deseo. Había enloquecido como nunca antes. No era una erección firme y prolongada, imposible que funcionase como era debido; sin embargo, el propio cuerpo se esforzaba por rendir. La mente del hombre se nubló. El cerebro dejó de dar órdenes y profundizó todo lo que tenía en esa chica.

            La empujó contra la pared como si fuese un toro bravo. Daban igual los gritos de ella; ni siquiera le preocupaba que los diera en plena calle o que alguien pasase y le viese cometer una violación. No, porque no pensaba él.

            El amiguito de la cabeza pelada quiere resbalar. ¡¡Hazme resbalar!!

            -¡Quita! -Le daba puñetazos en los hombros y en la espalda, y manotazos en la cara; pero daba igual.

            Se intensificó el calor que él sentía en las piernas y en el vientre. Podría decirse que sentía un 15% de placer, lo demás eran todo molestias.

            No duele. Sigue, cabronazo, que lo estás haciendo muy bien.

            Cuando a la mente le toca tratar el tema sexual, puede convertirse en un demonio. No da consejos, más bien, incita al pecado, y así lo vivía él, concentrado en mantener los cinco sentidos en un único punto: el placer; el nefasto placer.

            -¡Apártate de mí! –insistía la chica.

A parte de su mal prostático, la sertralina se encargaba de reducir su disfrute, prolongando el acto para terminar dando un grito, y no de gusto, sino de dolor. Sintió una conjunción, como la de los planetas; solo que en vez de sentirlo como una de las mayores maravillas del universo, podría decirse que de toda la vía láctea, las estrellas fueron las únicas en secundar el dolor inminente. La próstata se lo llevaba años avisando, y en los últimos meses, con mayor motivo; pero no, él tenía que cambiar por una vez en su vida, dejar atrás sus meditados y estudiados pensamientos y dejarse llevar por el sexo. Muy mal. Vio a las estrellas cuando le pareció eyacular las brasas del infierno. Aquello no le gustaba, pero ya no podía hacer nada por evitarlo. El rostro de la joven aumentó el terror, aunque al mismo tiempo, pensaba: ya acaba todo.

Las piernas de Alfonso temblaban igual que si estuviese recibiendo una descarga eléctrica; se le destaponaron los oídos y pudo escuchar el final de su aullido, acompañado por los gritos de la prostituta. Al sacar el pene de la vagina lo vio teñido de rojo, como si se lo hubiera cortado. La uretra era más un socavón que un agujerito. El dolor era insoportable, tanto, que se mareó, cayendo posteriormente como si fuera un saco de patatas, sin opción a gritar más. Desde el suelo, y con las manos en sus partes, retorcido igual que si le hubieran propinado una patada en ellas, escuchó tres voces.

-¡Hijo de puta cabronazo sidoso! ¡Asqueroso cabrón de mierda! –le gritó la chica.

La segunda voz, la escuchó en su propia mente –la verdadera mente- quien regresaba para darle un claro aviso.

            "El hombre pierde el control por naturaleza cuando su pene se hace notar (sí, el que maneja el cotarro en ese momento), y una vez que este vuelve a relajarse, la normalidad regresa, llegando incluso a preguntarse que qué ha hecho".

            -Qué he hecho -se preguntó; débil, pero consciente del daño ocasionado.

            La tercera, la de un agente saliendo del coche patrulla.


                                                          


*****


Antes de llevárselo detenido, los policías alertaron a los servicios de emergencia. El médico de la ambulancia dijo que no había nada que hacer, que su mal era crónico y mortal, y no podía darle más medicación de la que ya tomaba a diario. Lo que le restase de vida sería así. Tan solo le inyectó un calmante porque estaba histérico. No podía creerse lo que había hecho. Su cabeza le repetía constantemente las letras de la revista: “llegando incluso a preguntarse que qué ha hecho”. Él se lo preguntaba, una y otra vez. Le había hecho daño a la chica, y mucho.

            Dios. ¡Dios!

            Quería morirse.

           


*****


            -Imagino que estarás al tanto de lo poco que te queda de vida –le dijo el comisario-, y que vas a morir en la cárcel.

            -¡No! –Alfonso se incorporó-. ¡No quiero morir en la…!

            -¡Siéntate ahora mismo! –El comisario le empujó los hombros hacia abajo, haciendo que el acusado se sentase de golpe-. Si se te ocurre levantarte, tan solo mover un músculo, te mato yo –le amenazó.

            -No fui yo –Comenzó a llorar -. Le juro que fue mi cabeza.

            El comisario se acercó a él. Cuando llegó, flexionó las rodillas para ponerse a la altura de Alfonso. Este podía sentir el encolerizado aliento del policía al golpearle en el rostro-. ¡Mírame! –gritó. Al ver que el acusado no obedecía, le cogió la cara y, de un movimiento brusco, le pegó la nariz a la suya-. Las únicas cabezas que violan son las de abajo –El comisario contenía las ganas de abofetearlo.

            -La… ¿la chica está bien? –preguntó Alfonso, hipando. El comisario se incorporó de un salto. Le dio la espalda para no darle un puñetazo-. Le juro que fue mi mente. Cuando se trata de sexo, no deja pensar, y entonces los testíc…

            -¡¡PERO NO DIGAS CHORRADAS!! –El comisario se encaró, pero dos agentes le sujetaron. Si no llegan a hacerlo, habría perdido los papeles.

            -Le digo la verdad, comisario. Tiene que creerme.

            -Tranquilos, me calmo –les dijo el comisario a sus ayudantes; después, bebió un poco de agua, se ajustó la corbata y continuó-: así que me dices la verdad, ¿eh? –Alfonso asintió-. Entonces, tu mente viola, ¿es eso?

            -Sí porque cuando se trata de sex…

            -¡Para! -El acusado se calló-. Creo que entonces tendré que condenar a tu mente. Dile que la espero, para que mientras vaya limpiándose el pene: el culpable del delito.

            -No es exactamente así, comisario –reprendió Alfonso-. No significa que la mente tenga pene, sino que cuando se tra…

            -Lleváoslo de aquí –les ordenó a los agentes-. Lleváoslo o me lo cargo.

            -¡Le digo la verdad! ¡Póngame el polígrafo, verá como no le miento! –gritó-. ¡Se lo juro! Esa máquina no miente, y puedo demostrarle que le digo la verdad.

            El comisario empezó a reír. Alfonso recordó que podía engañar al polígrafo. Nunca en la vida había sido capaz de apartar una obsesión persistente, ya que si le decían que no lo pensara, lo pensaba más; sin embargo, estaba muy seguro de poder engañar a la máquina. Seguro, sí, pero inconsciente de que no tenía nada que hacer. Le habían visto violar a la joven, quedar además tocado por ello. ¿Qué podía inventar para salvarse? Absolutamente nada.

            -Esperad –les dijo el comisario, sin dejar de reír-. Quiero terminar el día con gracia, oye –Los agentes se detuvieron-. Traed la máquina, quiero reírme un rato del trastornado este.

            Alfonso se alegró. Por momentos se vio salvado e inocente.

            -No es para reírse, comisario –dijo-. Ya verá… ¡Ya verá! –Hablaba su alegría-. ¡Ella le dirá que no miento!

            El comisario dejó de reír.

            Maldito loco.



*****


El comisario se arrellanó en el asiento mientras a Alfonso lo llenaban de cables. Sonreía al pensar lo maravillosa que puede llegar a ser la mente en un individuo y lo estúpida en la cabeza de otro, como por ejemplo en la de su acusado, a quien veía seguro, como quien afirma que dos más dos son cuatro. Su cara lo dejaba clarísimo. Había violado a una mujer, pero insistía e insistía en que el polígrafo le daría la razón.

            A ver quién miente ahora, capullo, pensó el comisario.

            -Ya verá, comisario –dijo Alfonso, sonriendo-. Ya verá.

            “Si tienes treinta años, piensa en que te preguntan "¿Tienes treinta años?". Dirás "sí", y el polígrafo dirá que dices la verdad como un bendito”, recordó.

            Así lo haré. Es mi salvación. Tengo que engañar al polígrafo.

            -Estás muy nervioso, ¿no? –preguntó el comisario en boca de una socarrona sonrisa-. Muy inquieto para ser inocente.

            Alfonso hacía ejercicios de respiración, pensando en que tenía treinta años, y que era lo único que tenía que pensar. Se lo repetía en la cabeza, con los ojos cerrados.

            -Primera pregunta –dijo la joven policía que se encargaba del polígrafo.

            -Perdona –interrumpió el comisario-. Aléjate un poco después de cada pregunta, no sea que el pene de su cabeza tenga ganas de fiesta.

            La chica no dijo nada. Alfonso seguía pensando en que tenía treinta años.

            -¿Es usted culpable?

            Abrió los párpados de golpe. Le pilló por sorpresa. Tenía que responder algo negativo, no positivo.

            ¡Mierda! Esa no vale. Joder, me han pillado. A ver…

            -Señor, ¿es usted culpable?

            Piensa, cabeza… ¡Piensa!

            -Le he hecho una pregunta, caballero.

            El comisario disfrutaba.

            Soy una mujer. ¡Sí! Pensaré eso. ¿Es usted una mujer?

            Se lo repetía, a la espera de que volviera a hacerle la pregunta.

            -¿Es usted culpable?

            -¡No! –espetó, como si le hubiera salido del alma.

            -¿Qué dice el polígrafo? –preguntó el comisario.

            -¿Usted qué cree, comisario? –rio la joven-. Pues que miente.

            -¿¿Eh?? –Se asustó Alfonso-. ¡Eso es imposible! Mírelo bien.

            -La máquina de la verdad no miente, caballero.

            El comisario reía.

            -¡No puede ser! ¡Tiene que estar mal! –gritó el acusado, revolviéndose en el asiento.

            -Es que es su cabeza, agente –dijo el comisario. Los dos policías reían-. Él no es culpable, lo es la polla de su cabeza, ¿a que sí?

            -¡Hágame otra pregunta! –pidió.

            La agente miró a su jefe, quien asintió.

            -Muy bien…

            »¿Es usted inocente?

            ¡Bien! La respuesta afirmativa. Con esta sí tiene que salir.

            Se le notaba la euforia en el rostro, y en ese nerviosismo traicionero.

            -¿Es usted inocente, señor? –insistió.

            Tengo treinta años, sí. Tengo…, repetía.

            -Señor, ¿es usted inocente?

            -¡Sí! –afirmó a viva voz.

            -Y el polígrafo dictamina, agente…

            -Que vuelve a mentir.

            -¡¡¿¿Qué??!! –Los ojos de Alfonso se salían de sus órbitas-. ¡Eso está mal! ¡No se puede engañar a la máquina! ¡No funciona!

            -Lleváoslo ya- ordenó el comisario.

            -No, ¡espere! ¡La revista decía que…! ¡Tiene que estar mal! –Volvió a llorar de nuevo-. ¡Repítamelo!

            -Vas a morir en la cárcel, eso es lo que te repito.

            -¡Escúcheme!

            Se lo llevaron.



*****


Alfonso daba vueltas por el calabozo.

            -¿Cómo he podido fallar? –se preguntaba-. La revista lo explicaba muy claro. ¡Hice todo lo que decía!

            Al estresarse, volvió a sentir un nuevo pinchazo en el bajo vientre, acompañado de un chorrillo de orina. Se retorció entre dolores, como si unos severos retortijones se apoderasen de su tripa.

            La habitación estaba sucia, pero ya daba igual. Hacía un mes que le habían dado poco tiempo de vida. La próstata ya no quería trabajar dentro de ese maniático cuerpo y rogaba descanso eterno. Él era consciente de que se moría, pero jamás llegó a pensar que lo haría entre rejas. Había imaginado su muerte mientras leía en la cama, tal vez delante del ordenador alguna noche, cuando sus ideas para escribir fuesen interrumpidas por una sombra mortal, o después de tomarse un chocolate con churros algún domingo Le había hecho mucho daño a una mujer, y aun quedando libre, no se lo perdonaría nunca. Era incapaz de hacerle daño a nadie. Atrapaba a las moscas cojoneras, se desplazaba a otro lugar y, una vez allí, abría la mano para que estas siguiesen volando. Si veía a una avispa se escondía, pero jamás pensaba en asesinarla. Siempre se haría él daño antes que hacérselo a nadie, y menos a una chica.

            No fui yo, pensaba, llorando a más llorar. Castígame con la muerte, pero no me lleves a la cárcel; ahí no, por favor.

            Suplicaba. Si la próstata le escuchaba, respondía haciendo caso omiso (como él). Esta seguía a lo suyo, haciéndose notar para que no se olvidase que iba a matarlo. ¿Cuándo? Él quería lo antes posible, pero no lo podía asegurar.

            -Mátame. ¡Mátame ya! –gritó, golpeándose las rodillas con los puños.

            Recordaba los chillidos de la prostituta. Los tenía almacenados en la mente, y no veía la hora de que escapasen. Eso significaba que, los días que le quedasen en el mundo, lo acompañarían.

            -¡Es una tortura! –vociferó-. Ni yo mismo me perdono (más chillidos de ella). ¡Me quiero moriiiir! ¡Cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca!, pero a la cárcel no, a la cár… -Se detuvo. Su enrevesada cabeza se iluminó-. Puede que…

            Recordó lo leído en la revista respecto a despertarse con la ayuda de un difunto.

            -Si en vez de decirle a mi abuelo que me despierte a una hora concreta le digo que no me despierte nunca, ¡me moriré! ¡Sí!

            Pensó en su abuelo, recordándolo cuando barnizaba sus figuras de madera, cuando le regañaba, o cuando le cuidó en sus últimos días de vida, cuando una tal próstata dijo amén y se lo llevó al otro barrio mientras le sostenía de la mano. Compartían el mismo destino, solo que a Alfonso se le había adelantado cincuenta años antes.

            Mi abuelo sabe lo que se sufre, así que si me quiere, no me dejará pasar esa agonía. Tiene que llevarme con él.  

            Se incorporó con sobreesfuerzo. Sintió cómo se le retorcían los riñones, quedando agarrotados como dos piedras. Se le volvió a escapar un chorro más de orina, y de orina dolorosa. Seguía doliendo más el daño ocasionado que el soportado.

            Abuelo, tienes que llevarme contigo, le dijo, intentando contactar con él a través del pensamiento, con los ojos cerrados. He sido muy malo, y solo merezco la muerte. Me he dejado llevar por la mente; se adueñó de mí y… Bueno, ya sabes lo que he hecho. Sé que desde algún lugar me ves. A pesar de que eso lo hacen los duros, siempre he sido un blando y miedoso. No estoy preparado para aguantar la cárcel. Tú sabes que no tengo maldad, pero ni mil perdones aliviarían el dolor de esa pobre chica. Si entro preso, me matarán. No valgo para defenderme. Voy a morir de todas formas, y ya que la chica no puede matarme, te pido que no dejes que vuelva a despertarme nunca. Tengo mucho miedo, muchísimo. Soy un cobarde, y me quiero morir ya. Por favor, llévame contigo, abuelo. No me dejes sufrir así.

            -No –escuchó.

            -¿Eh? –Abrió los párpados de par en par (gesto característico en él).

            -No lo haré. Tendrás tu merecido. Ya es hora de que empieces a comportarte como un hombre.

            Podía ver la figura de su abuelo delante de él. Una traslúcida sombra aviejada.

            -Abuelo. ¡Tienes que ayudarme!

            -¡He dicho que no! Afronta tus problemas y compórtate como el hombre que nunca llegarás a ser en estos… ¿Meses? En pocos meses me verás, y en cuanto llegues al cielo, pienso cruzarte la cara por si en la cárcel no te dan lo bastante.

            -No, ¡la cárcel no! –suplicó Alfonso-. ¡Tienes que llevarme contigo! ¡LLÉVAME!

            -NO. Has violado, y eso los presos no lo perdonan. Van a hacer que tu próstata termine de reventarse del todo cuando te abran el agujero del trasero. Sentirás que te están empalando, y además, seguirán porque a ellos les gustará mucho. Se te revolverán las entrañas, y ese fuego que experimentas ahora, no tiene nada que ver con lo que te espera… Disfrutarán mucho al verte débil, y te mereces un escarmiento. Tarde o temprano todo llega.

            »Te aseguro que cuando eso pase, volverás a pedirme que te mate, pero no lo haré. Tú no paraste cuando la chica te lo ordenó.

            -¡Era mi cabeza! –lloró Alfonso.

            -Lo hiciste. Ahora te toca a ti experimentar lo que se siente cuando te obligan a algo que no deseas.

            »Si te hubieras quedado en casa, la enfermedad te habría terminado matando, pero en la cama, y con menos dolores de los que te esperan. Pero tuviste que hacerlo… Me das asco.

            -¡No quiero ir allí! Tienes que ayudarme, por favor –se arrodilló-. Tienes que matarme mientras duermo y hacer que no despierte jamás. Soñaré con mi muerte, que es lo que deseo, como decía la revista. Solo tienes que interferir para que no abra los ojos y los policías me encuentren muerto.

            -Morirás en la cárcel –insistió el espíritu del abuelo-. Te desangrarás durante una violación. Ese es tu destino.

            -¡AYÚDAMEEEE!

            -No quiero. Pero aunque quisiera, no puedo hacerlo.

            -¿Por qué?

            -Si hubieras terminado de leer el párrafo que te saltaste, ahora lo sabrías –Alfonso recordó que sí, efectivamente se saltó una parte del artículo. “Lo que sí lamento decirte, lector, es que si estás muy desesperado por la...-. Allí decía que si estás muy desesperado por la vida, jamás desees morir en un sueño; que mientras se duerme, no se puede morir.

            »Te esperaré en el cielo.     



11 comentarios:

  1. Magnífico. Me gusta, amigo🙌🙌👍

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    1. Muchas gracias por comentar, campeón. Me alegro que te haya gustado :)

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  2. Bravo José , a parte de un relato bueno nos has enseñado mucho , pues es cierto que la mente es un órgano por descubrir y tb cierto que deberíamos tener más conciencia sobre la gente que llamamos loca... ¿quién no esta loco en este mundo? no levantaremos la mano pq somos muchos ya sea de un modo u otro.
    El análisis que has hecho esta muy bien , y por cierto creo que ya somos más de uno quien te hemos leído el relato ajjajaj , y gracias por la explicación que nos has dado al principio del texto.
    Y una cosita , el estilo de tú escritura nunca se te olvide que es único y eso lo hace diferente y hay mucha gente que le gusta leer cosas diferentes .. Un fuerte abrazo y a seguir esperando el siguiente .
    Besos.

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    1. Buenos días, Campirela. Muchísimas gracias, siempre. Sí, la palabra locura se utiliza mal, siempre hay algo raro en cada cabeza, o en un momento dado. A mí me gusta mucho todo lo relacionado con la mente. Jajaja, sí, ya dos, y eso me alegra. Gracias a ti por comentar siempre, y tendré en cuenta el Consejo. No lo olvidaré. Miles de gracias, otro beso y abrazo para ti y feliz día :)

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  3. Deja las inseguridades a un lado, es una buena historia. El principio es brillante, y el final sorprendente. La mente es poderosa, y todos nos podemos corromper y enloquecer en algún momento. ¡Enhorabuena!

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    1. Era una prueba, pero ya veo cuatro votos a favor, así que me quedo mucho más tranquilo. Muchas gracias, Laura. Sí, a mí también me gusta más el principio,en él lo describo más. Supongo que por aquello que dije de que al principio lo cogí con más ganas y luego deseaba acabarlo. Mil gracias siempre :)

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  4. Hola. Acabo de leer el relato. Cierto que es muy diferente a todo lo que has escrito hasta la fecha pero me gusta. Realmente no esperas ese final. Me gusta tu forma de narrar y de enganchar. Tienes una pluma muy personal que, por momentos, me crea cierta envidia -sana, claro-. Puedes estar tranquilo porque vale la pena. ¡Felicidades!

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    1. Hola, Sandra. Muchísimas gracias. Cada opinión es muy importante para mí. Sí, es algo nuevo, aunque no deja de tener esa parte de locura que siempre aparece en cada una de mis historias. Le he podido temer más a la parte sexual, ya que no me gusta escribir sobre ella más que algún dato de humor negro, y que el personaje irritase mucho. No tienes nada que envidiar, te leo todas las semanas y ya sabes que escribes fenomenal. Cada escritor o escritora tiene algo que nadie más es capas de hacer, y donde brilla. Tú, por supuesto, lo tienes. Los relatos que has escrito para el curso son una maravilla, así que nada de envidia. Miles de gracias por comentar :)

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    1. Muchas gracias, Yolanda. Me alegro queque te haya gustado :)

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