martes, 30 de agosto de 2016

Amor en la oscuridad (Tercera parte)







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Estela dijo que nada de enfermería, que se llevaba a su novio al hospital para que le mirase un especialista. Llamó a un taxi y le pidió que se diese prisa en llegar, que su chico estaba muy nervioso; y era cierto, aunque más que nervioso, histérico. No dejaba de moverse, de llorar, de toquetear todo con sus manos ensangrentadas. De tocar la cara de su novia, la misma que le gustaba ver cada vez que despertaba a su lado; mirar sus preciosos ojos negros, su sonrisa feliz… Ahora ya no podía hacerlo. Mirarla a ella era como ver una habitación a oscuras donde un magnetófono reproduce su voz.


-Tranquilo, amor mío. Se solucionará.


Ella se lo decía de camino, pero él lo escuchaba en ese magnetófono cerebral. Sus ojos ya no le servían para nada.


-Mis ojos… ¡MIS OJOS! –gritó. No había llorado nunca tanto en toda su vida. Estela quiso abrazarle una vez más, pero él no se dejó.


-Déjame abrazarte, cariño –suplicó ella, entristecida.


-¡No! ¡No me toques! –vociferó él, manoteando al aire-. No veo, ¿lo entiendes? ¡¡YA NO PUEDO VER!!


Estela también lloraba, conteniendo el sonido del sollozo para que Chiqui no la escuchara.


-¿Qué buscas, mi amor? –le preguntó al verle tantear en el aire.


-La puerta.


-Aún no hemos llegado.


-Lo sé. ¡Pero quiero tirarme! –Se encolerizó-. ¡¿DÓNDE COÑO ESTÁ LA PUERTA?!


-¡CARIÑO! –Chiqui jamás había escuchado llorar así a su novia. Al no poder verla, su oído se agudizó. Sabía que estaba sufriendo; y mientras se detenía a pensar, la escuchaba el llanto y el hipo. También podía escuchar sus nervios al moverse inquieta. Cedió y se detuvo.


-Te amo, mi vida –Chiqui se dejó agarrar la cara. Llevó sus manos hasta las de ella, y las tocó. Era muy diferente tocárselas bajo una oscuridad completa, pero las veía en su mente. Las veía acariciando su pecho, cuando le abrazaban, cuando uno de sus dedos le rozaba los labios antes de besarle, y cuando le agarraban las suyas a la vez que caminaban felices. Ahora las acariciaba él, poniendo en práctica el sentido del tacto y el del oído, ya que con este último aún la escuchaba llorar. Eran las manos de su amor, limpias, pequeñitas, suaves, y con las uñas bien cuidadas, salvo en ese instante, donde Chiqui se dio cuenta que se las había mordido por la preocupación.


-Volverás a ver, cielo. Te lo juro –le abrazó.


-Tengo miedo –confesó-. Tengo mucho miedo.


Estela miró hacia arriba, pensando: y yo. Pero no dijo nada, le acariciaba con ternura.


Llegaron al hospital.




                                                                              21



Blas salió disparado del gimnasio. Cayó sobre la palanca baja de uno de los contenedores, la accionó con el trasero y la tapa se levantó.


“LA PORQUERÍA SE RECOGE A LAS 0:00H”. Había llegado demasiado pronto.


-No volvel nunca más –le dijo el maestro, quien le había propinado una fuerte patada en el estómago. El chico se retorcía entre bolsas de basura con olor a pescado, trozos de cristales y heces de ancianos-. Yo no enseño a tlaidores. ¡Fuela!


Como curado de pronto, se incorporó ipso facto. Le corría prisa salir de allí antes de recibir una paliza mayor, luego ya podría ir doliéndose por el camino. El maestro se quedó en la puerta hasta que le perdió de vista.


Hugo salió por la puerta trasera, pero no tardó en reunirse con su amigo, quien encorvado, se dolía del golpe entre continuos accesos de tos.


-¿Qué ha pasado, colega?


-¡Quita, hos(ca-jum) tias! –le apartó de un manotazo, tosiendo al gritarle-. Me ha echa (ca-jum) do. ¿O es que eres tú el ciego?


-Le puedes denunciar –dijo Hugo-. ¡Hazlo! ¡Denuncia a ese hijo de puta!


-¡No digas payasadas, idiota! –le gritó Blas-. Da gracias que no me denuncie él a mí.


-Ha sido un combate. Gajes del oficio, tío.


-Veremos a ver si es verdad.


-Nosotros sí lo veremos, quien no lo hará será el nenaza.


Blas empezó a reír. Al principio muy débil, luego más rápido. Hugo también rio. Los dos reían a placer.


-Esa ha sido buena.


-Ya ves –Hugo sacó un porro mientras su amigo se reía por el “ya ves”. Le costó entender lo que él mismo había dicho. Cuando lo comprendió, volvió a reír.


-Buen puntazo –puntualizó Blas-. Dame una calada.


-¿Quieres cogerte un buen ciego?


-¡Ya vale! –A Hugo se le cortó la risa con el grito de su amigo-. Ya jodes un poco con tanta risa. Ahora dime, ¿cuándo te tirarás a la novia de ese desgraciado?


-No tengo prisa –Expulsó el humo del canuto-. Supongo que se quedará una temporada cuidando al de los ojos pochos, y yo quiero que él esté presente. Iré a su casa.


-¿Te has vuelto loco, gilipollas? –preguntó Blas, completamente cabreado-. ¡¿ES QUE QUIERES QUE TE METAN EN LA CÁRCEL, PAYASO?!


-Escuchará gritar a su princesita –Hugo sonreía con cara de satisfacción-, y no hay nada que más le pueda joder que verme joder a su novia sin que él pueda hacer nada. No puede verme, así que no sabrá quién soy.


-¡¡PERO ELLA SÍ, BOBOTONTO! –vociferó Blas.


-¿Y quién te ha dicho a ti que yo vaya a ir con la cara descubierta, eh? Además tú me ayudarás.


-¿Cómo? –Se sorprendió.


-Claro, es el remate final a nuestro enemigo.


-¡Yo no voy a violar a nadie! –gritó Blas.


-Tú la sujetarás. Si quieres, y si no, ya me encargaré de que la policía sepa que el golpe que le diste no fue un simple fallo competitivo.


-Me cago en tus putos muertos, ¿me oyes? –Blas le agarró del cuello, apretando con fuerza. Tenía cara de demente al borde de un ataque de locura-. Como abras la boca te corto los huevos y haré que tú mismo te los mastiques y tragues, y entonces tendrás que despedirte de usarlos con esa perra, ni con ninguna otra. ¿Me explico?


-¿M…e h…e ex…pli…ca…do yo? –respondió, sin aire.


-¡¿ME EXPLICO?! –insistió Blas.


Hugo, tras pensarlo unos segundos, y viendo que tenía las de perder, sobre todo perder la vida en ese instante si Blas seguía apretando con tanta fuerza, respondió:


-S…sss… sí.


-Muy bien, chavalote –Le dio una bofetada suave-. Veo que nos entendemos.


Hugo tosía una vez que su supuesto amigo le dejó respirar.


-¡He dicho veo! –dijo Blas y empezó a reír-. ¡Veo que nos entendemos! –Se desternillaba de risa.


A Hugo ya no le hizo gracia.




                                                                              22





Estela esperaba en el pasillo del hospital. Llevaban más de cuarenta y cinco minutos explorando a su chico. Paseaba de un lado a otro, continuamente. De vez en cuando se detenía, apoyaba la espalda en la pared y empezaba a llorar.


Por favor, que no sea nada, se dijo, entre lágrimas.


La puerta se abrió. El doctor la pilló llorando sobre la pared. Al verle, corrió a preguntarle:


-¿Está bien? ¿Es grave? ¿Volverá a ver? –Se enjugó los ojos con las manos, mirando al médico con cara de preocupación e inquietud.


-Aún es pronto para adelantar acontecimientos –explicó un doctor entrado en años, bajito y con una corbata más larga que su tronco-. Ha sufrido un fuerte golpe en la parte occipital de la cabeza, lo que ha hecho que su nervio óptico le provoque esta ceguera.


-Pero, ¿se podrá remediar? –insistió ella-. Dígame algo, por favor.


-Lo más importante es que no se produzca un derrame cerebral, eso sí sería muchísimo peor –aseguró- Si descansa, está tranquilo y no hace esfuerzos, podrá evitarse. Y sobre todo, que no reciba más golpes en la cabeza.


-Yo me encargaré de todo –volvió a decir Estela-. ¿Y la ceguera? Por favor, en sus años de experiencia habrá visto muchos casos similares. Dígame algo, aunque sea un porcentaje bajo, pero dígamelo, se lo suplico. ¿Podrá volver a ver?


-Efectivamente, he tenido varios casos así a lo largo de mi carrera.


-¿Y?


-Todos ciegos. Lo siento.


Estela volvió a llorar.


-Hazme caso, muchacha –volvió a decir el doctor al verla tan derrotada-. Sois muy jóvenes, y se te ve que le quieres mucho. Imagino que querrás tenerlo; si no es con vista, por lo menos que siga viviendo, ¿no?


-Claro que sí –respondió ella de mala manera-. ¿Por qué me dice eso?


-Pues de nuevo por mis años de experiencia –respondió el médico-. Los ciegos, ciegos siguen; los del derrame cerebral, ni ven ni viven para contarlo.


La chica palideció.


-Cuídale.






                                                                             23



La pareja entraba en casa de Chiqui. Él, serio, sin ganas de decir nada, y también medio drogado por los tranquilizantes. Ella, sonriente, aunque no tenía ganas de reír, pero quería mostrarse alegre delante de él, quitar importancia a la gravedad. No sabía si era o no buena idea, pero no tenía otra.


-Ya estamos en casa, cielo –le dijo tras abrir la puerta-. El médico ha dicho que tienes que descansar, así que túmbate en la cama, yo te prepararé algo para cenar. –Le besó.


-Estoy ciego, no inválido –espetó. Ella quedó muda; pero acto seguido, añadió:


-Lo sé, cariño, pero hagámosle caso, ¿sí? Será mejor.


Chiqui no dijo nada.


Le sentó en la cama. En cuanto él supo dónde estaba, se tumbó sin dejarse colocar bien. Estela se apartó para preparar la cena.


Antes de abrir el frigorífico, se le quedó mirando unos segundos. Los ojos de su chico daban vueltas y más vueltas, sin descanso. No quedaban fijos, como estaba acostumbrada a vérselos.


-No me mires así –dijo él. Estela se sobresaltó. Era como si la hubiese pillado haciendo algo malo. Él era capaz de sentirla aunque estuviese lejos.


Se dio la vuelta y abrió el frigorífico.





                                                                        24





Tumbado en la cama, Chiqui pensaba en todo lo ocurrido. Se moría de rabia pensando en Blas, en que por su culpa ahora no podía ver; se consideraba un inútil, un estorbo para el mundo, y que era mejor que estuviese muerto. Ya no podría pelear, ya no volvería a ver a su chica. Ya no volvería a ver nada de nada… Los malos presagios se habían cumplido, y también las advertencias.


“Apuesta al rojo de la sangre, la oscuridad la tienes asegurada”


Cumplido por error.


“Si vas al combate, puede que sea la última vez que me veas”
            Cumplido. La última vez que la vio fue durante la discusión, ya que ni siquiera ella se dio la vuelta para que la viese por última vez. Estela lo dijo porque le iba a dejar, llevada por el cabreo, por ello no se giró. ¿Sabía que iba a quedarse ciego? Imposible; después, cuando quiso verla subido en el tatami, estaba muy lejos. Más que nada la reconoció bajo las sombras de los focos de la puerta, para luego ser una forma fantasmagórica repartida en dos tras recibir el golpe. Poco tenía de Estela.
            No tenía que haber peleado, ¡maldita sea!
            Su novia le vio inquieto mientras preparaba un sándwich. Levantó la cabeza para verle bien, pero no dijo nada. Pensó que tendría bastantes días así.
            No quiero vivir, ¡así ya no! Y no quiero ser una carga para ella. No se lo merece.
            -Estela.
            La chica notó algo raro. Jamás la había llamado por su nombre después de haberse hecho novios, siempre se refería a ella como “cariño, princesa, amor o cielo”. Algo hizo que se activase una alarma dentro de su cuerpo.
            -¿Qué pasa, mi vida? ¿Te encuentras mal?
            -Vete –espetó.
            -¿Cómo?
            -Que te largues. Fuera –Era duro y directo.
            -Pe… ¿Por qué me dices esto? –Empezó a llorar.
            -No quiero que estés aquí. Sal de mi casa.
            -Cari…
            -¡He dicho que te vayas! –la interrumpió. Gritó sin levantarse de la cama.
            -Mi amor, no puedes echarme. Te amo.
            -Yo a ti no.
            La chica sintió una punzada en el corazón. Tenía la esperanza de que fuese solo por la rabia del momento.
            -Eso no es verdad –dijo, llorando-. Me lo dices porque est…
            -¡Te lo digo porque ya no te amo! –la interrumpió-. ¡No quiero que estés aquí! Yo ya no soy nadie.
            -Eres mi…
            -¡Sal a la calle y búscate a un chico que te haga feliz y no malgastes tu vida conmigo!
            -Ciel… -Ella no dejaba de llorar.
            -¡Vete! ¡Vete para siempre!
            Estela se fue. Chiqui sintió el llanto de Estela mientras bajaba el camino. Él también empezó a llorar, y mucho más que ella.
25
Chiqui lloraba amargamente. No quería que Estela se fuera; por el contrario, la quería unida a él. Era su amor, toda su vida. Tal vez podría aprender a vivir sin ver, pero estaba seguro que no sabría vivir sin ella. La rabia por haberse quedado ciego le hizo pensar en la muerte, en no querer vivir para siempre en la oscuridad, y ello, le llevó a tomar la repentina y errónea decisión de echar a lo que más quería de su vida. Pensó que sería lo mejor para ella, que diciéndole algo duro –aunque en ese momento se le estuviese rompiendo el corazón- ella se alejaría, buscaría una nueva vida al lado de otro hombre y así no sufriría al estar con alguien que jamás la verá y que su rostro siempre será joven, incrustado en un recuerdo imborrable dentro de la memoria.
            Se imaginó a Estela con veinte años más, con alguna arruga, más gorda y los dientes algo estropeados. Y que convivía con él, le hablaba, se besaban y hacían el amor. Él siempre tendría ventaja, ya que durante toda la vida de pareja, siempre besaría, hablaría y le haría el amor a una chica de dieciocho años, por mucho que tuviese cuarenta, sesenta o setenta y dos. La cara de ella siempre sería la de jovencita.
            No es justo, se dijo. Te amo, joder; pero no puedes tirar tu vida a la basura de esta manera. Mereces ser feliz.
            Escuchó un ruido. Le sacó de sus más angustiosos pensamientos y le mantuvo alerta. La puerta se abrió.
            -¿Quién anda ahí? –preguntó, alarmado. Nunca había pensado la posibilidad de tener que luchar sin poder ver a su atacante.
            Unos pasos se acercaban a él.
            -¡Atrás! No se te ocurra dar un… -Fue él quien detuvo la voz. Esta vez se guio por el sentido del olfato, y reconocería el olor de Estela entre cien mujeres.
            -Qué, niño, ¿ya se te ha pasado la tontería? –le preguntó, con los brazos en jarra sobre las caderas.
            Chiqui comenzó a llorar. Ella se acercó a él. Cuando la notó cerca, tanteó para abrazarla.
            -No me dejes –dijo entre lágrimas. Bastante solo se encontraba ya en la oscuridad; no quería estarlo en la vida. Que se lo dijera por el bien de ella era muy distinto. Tenía miedo, mucho miedo.
            Tras conseguir abrazarla, apoyó la cabeza en su pecho. Por primera vez era al revés. Ella siempre se dormía recostada encima del pecho de Chiqui; ahora él lloraba encima del pecho de ella.
            -¿No querías que me largara?, ¿no querías que te dejara solo? –Estela tragó saliva; vio cómo su chico lloraba y movía sus húmedos ojos intentando ver el pecho en el que estaba apoyado, pero le era inútil. Ella miró hacia arriba para reprimir las lágrimas. Esta vez no quería que la sintiese llorar.
            -Por ti –se explicó-, porque es lo mejor para ti; pero no para mí.
            -Cariño, eso tendré que decidirlo yo, ¿no crees?
            -Siempre vas a decidir quedarte.
            -Porque elijo con el corazón, mi amor –le dijo mientras le acariciaba-. Te amo, y el que no puedas ver no influye en mis sentimientos.
            -No podré verte.
            -Ajá.
            -No podré decirte lo guapa que estás.
            -Ajá.
            -No podré verte cuando hagamos el amor.
            -Eso es lo que menos me preocupa. Casi siempre lo hemos hecho a oscuras. –Rio.
            -No será lo mismo.
            -Para mí sí .-Aunque no pudiera verla, le colocó la cara cerca de la suya-. Mi amor, yo seré tus ojos –Chiqui lloró más-. No fueron tus ojos los que me enamoraron, me enamoraste tú. Te amaría igual si te faltase un brazo o una pierna. Te amo a ti. Me da igual lo que tengas o lo que dejes de tener. Solo me importas tú, ¿me oyes?
            -¿No me dejarás? –preguntó, apenado. Miraba hacia abajo. Ni siquiera sabía hacia dónde apuntaban sus ojos.
            -¿Tú que crees?
            Movió la cabeza diciendo que no.
            -Pues ya está, tonto –Le abrazó-. Seremos igual de felices.
            -Gracias –dijo él.
            -Si me vuelves a dar las gracias, entonces sí que me iré.
            -Te amo.
            -Te amo, niño. Mi vista será la tuya, mi amor.
            Le besó.
26
En la noche, la pareja dormía abrazada. Volvieron a cambiarse el puesto. Chiqui dormía sobre el pecho de Estela. Ella pasó buena parte de la noche como un búho, ya que por más que lo intentase, sus ojos no se cerraban; no había cansancio en ellos, era como si se hubiese alimentado a base de café negro toda la tarde, aunque en verdad, lo que tomó fueron varias tilas.
            Durante el insomnio acariciaba dulcemente la cabeza de su chico, mesándole el cabello mientras él parecía dormir (que tampoco lo hacía). La chica notó sus pechos húmedos por culpa de las lágrimas que Chiqui no dejaba de derramar.
            -Paciencia, cariño mío –le susurró sin dejar de acariciarle.
            -Va a ser muy duro –respondió él, sin incorporarse.
            -Lo sé, mi amor. –Los ojos de ella brillaban como dos canicas; unas cuantas gotas querían salir al exterior-. Pero estoy contigo, e intentaré por todos los medios que no notes la ausencia de tu vista. Sé que dicho así parece fácil, pero te prometo que cuidaré de ti, no te rendirás, cariño; y confío en que vas a volver a ver muy pronto.
            -¡Ese cabrón de Blas! –gritó Chiqui y rompió a llorar, con ganas. Estela se incorporó un poco para abrazarle-. Tenías razón, mi amor. ¡Tú tenías razón!
            -Calma, cari –Le besó.
            -Si no me hubiera obsesionado con él, ahora tendría vista y no dependería de ti. Todo ha sido por mi culpa. Lo siento. Lo siento, mi amor –Siguió llorando.
            -Ya, cariño. Cálmate. –Le seguía acariciando-. Volverás a ver. –Le besó-. Lo harás, mi vida.
            Consiguió calmarle, y que poco después, durmiera algo.
27
A la mañana siguiente, ambos despertaron temprano. Chiqui lo hizo asustado tras abrir los ojos y darse cuenta que, las imágenes que había visto en sus escasas horas de sueño con los ojos cerrados, no las vería con ellos abiertos. Era duro despertar, abrirlos y no ver nada. Ya no podía decir aquello de “Los rayos de sol son mi despertador”. Se despertó por la costumbre.
            Estela le dio los buenos días con un beso, pero le notó agitado.
            -¿Qué te ocurre?
            -Nada –mintió-. He despertado y lo he visto todo oscuro, y no me acordaba que a partir de ahora siempre será así. –Ella se entristeció al escucharle-. Lo poco que he dormido, he soñado con alguna imagen. Estaba… -Se detuvo para no decir Blas-, ya sabes.
            -Ajá. Y te pasará más veces, cielo.
            -Y estabas tú. Tu… cara –Se emocionó al recordarla. Colocó las manos en el rostro de su chica; ella le besaba los dedos-. En sueños sigues siendo preciosa, pero en la realidad ya no puedo ver tu beldad.
            -Ya, ya, mi amor. No llores más –Le calmó ella-. Cuanto antes aceptes la realidad será mucho mejor para ti.
            -Ya, pero…
            -¿Recuerdas  lo que dijimos cuando nos enamoramos? –le interrumpió.
            -¿Sobre qué?
            -Tú me dijiste que yo era muy guapa, pero que amabas a la Estela del interior, y que además de ser una chica maravillosa me veías guapa.
            -Sí, y es cierto.
            -Pues ya está, cielo. La Estela del interior saldrá a la luz para dar vida a tus ojos. La cara me envejecerá, pero el alma no; y yo te amo con toda mi alma. El alma tampoco me lo verías aun teniendo vista. ¿Qué cambia, entonces? Nada, cariño. Nos seguiremos amando igual, y envejeceremos juntos: tú y yo, felices y contentos.
            -Te amo tanto… -Chiqui movió los brazos y Estela le ahorró el esfuerzo al abrazarle primero.
            -Y yo a ti, cariño. Pero ahora, a la ducha.
            -Sí, pero antes te pido el primer favor.
            -No serán favores nunca. Tú solo pide, cielo.
            -Que me coloques delante del wooden dummy. Me gustaría golpearle un poco.
            -El médico dijo que nada de esfuerzos –puntualizó ella.
            -Por favor, solo serán unos golpes. Me ayudará con el estrés y conseguiré relajarme.
            Estela le miró. No podía verle con la carita tan triste.
            -Bueeeeno. Pero solo unos golpes, ¿vale?
            -Sí –Movió los brazos-. ¿Dónde estás?
            -Aquí –Se colocó las manos de su chico en la cara.
            Él la besó.
            -Qué guapo mi niño.
28
Estela cogió a Chiqui de la mano.
            -Ven conmigo, mi amor.
            Él se sabía la casa de memoria, pero aún estaba algo aturdido como para avanzar en solitario. Tal vez un obstáculo de última hora que no recordase le hiciese tropezar, caer y añadir una nueva gravedad al curriculum de incidencias. Ya tenía suficiente.
            Le dio la mano a su chica, se incorporó y, pasito a pasito, la siguió.
            Estela había visto alguna vez que la mejor forma para trasladar a un invidente es la de que él te ponga la mano en el hombro y te siga, de esta forma jamás tropezará con nada, ya que su guía camina en primer lugar. Dejaría este método para una nueva ocasión. Pensó que serían muchas las veces que tendría que hacerlo, y probar nuevas hasta dar con la más efectiva.
            Chiqui caminaba con miedo, como cuando en verdad caminas a oscuras y dejas que todo el mal caiga sobre tus manos, extendidas como una momia para no chocarte con nada. Estiraba el brazo izquierdo; lo que golpease en él se archivaría en su memoria, en la casilla de “peligro, no pasar por ahí. Estrobo a tres pasos”. Así aprendería a reducir la distancia y ampliar la velocidad de sus pies hasta caminar sin ningún tipo de temor al choque.
            -Llegamos a tu destino –le dijo su novia-. Yo me retiraré y no tendrás que preocuparte. Te lo conoces de memoria, y podrás pegarle como siempre, sin miedo.
            Él tocó los brazos del wooden dummy. En el primer intento topó de lleno con uno de ellos, sintiendo cómo el extremo redondeado se le clavaba en el brazo. En ese momento ya se centró, lo reconoció al tacto. Ahora ya podía comenzar.
            Estela se apartó, como bien dijo. Chiqui se puso en posición de combate, flexionando las rodillas, y con el pie izquierdo adelantado; los brazos manteniendo la guardia.
            Efectuó un leve golpeó con el canto de la mano derecha sobre el brazo izquierdo del muñeco; después, con la izquierda sobre el derecho de la madera, y luego un puñetazo al saquito superior que simulaba la cabeza de un adversario. Repitió lo mismo, un poco más deprisa, y luego otra más, con mayor velocidad; después otra y otra, así hasta convertir sus golpes en un veloz ataque. Estela lo miraba todo a unos dos metros y medio de distancia. El wooden dummy temblaba. Los músculos de sus chico, marcados y sudorosos, le propinaban un duro castigo.
            Añadió una patada con la tibia como cuarto movimiento. Izquierda, derecha, saco y patada. Así lo mismo una y otra vez, a la velocidad del rayo. Su melena se movía a causa de sus rápidos movimientos, así como su respiración. Comenzó a sudar más, y su chica podía verle una expresión rabiosa.
            Por la cabeza de Chiqui pasaba el rostro de Blas, riendo, insultándole, golpeándole con gravedad. El cómo le llamaba “Marilyn Manso” para reírse de él.
            Cabrón. Cabrón cabrón cabrón… , pensaba mientras aceleraba sus movimientos.
            Eh, tú, ¡maricona!
            Más golpes. Más bramidos de Chqui.
            Y tú, putita.
            Más y más golpes.
            ¿Qué les pasa a tus bonitos ojos, eh?
            Muchos más golpes, y mucho más rápido.
            ¡Píntatelos ahora que ya no te sirven!
            Chiqui dio la patada más fuerte de toda su vida, y con un berrido de desahogo. El wooden dummy cayó al suelo, impactando contra este en un ronco retumbe. El chico se arrodilló y gritó con las manos abiertas, llorando a lágrima viva. Estela se acercó corriendo y le abrazó por detrás.
            -Calma, mi amor. Ya te has desahogado.
            -¡Es muy duro! –Lloró más.
            -Estoy aquí contigo.
            -¡No podré con ello!
            -Podrás, cariño. Podrás –Le abrazó más fuerte.
            -¡Ya no sirvo para nada! –vociferó.
            -Antes, ahora y siempre, serviste, sirves y servirás.
            -Te necesito mucho –Buscó las manos que le abrazaban, las tomó y besó.
            -Me tienes aquí, mi amor.
            Estela le besó.


(CONTINUARÁ MAÑANA)

5 comentarios:

  1. Te perdono... Has conseguido engancharme a esta historia. Ahora, a esperar a mañana.

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    1. Jajaja gracias. La de mañana es la parte más fuerte de todas

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  3. Buenas , uff vaya par de malvados ( Hugo y Blas) lo que te decía en el anterior capitulo son dos negras almas sin sentimientos y llenos de una envidia que les corroe , pero estoy segura que tendrán su merecido en próximos capítulos.
    Este ha sido todo lleno de ternura, amor y mucho cariño , me voy convencida de que después de pasarlo mal , pq van a pasar muchas cosas malas , van a triunfar y quiero leerlo ya jajajjja ,..buenas noches

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    1. Sí, todavía les queda sufrir un poco a los cuatro personajes. Jajajaja ya mañana por la tarde, y será la parte más fuerte. ¡Gracias!

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