domingo, 28 de agosto de 2016

Amor en la oscuridad (Segunda parte)



               






                                                                            10
El cristal de la ventana que aturdió tanto a Chiqui en el sueño, dejaba pasar un potente foco solar. Los ojos de Estela se quejaban de la luz, entre un bostezo insonoro y una mirada rápida a la parte vacía de la cama. Su chico no estaba allí, ni tampoco pegando al muñeco de madera. No escuchaba caer agua en la ducha. No estaba dentro de la casa.
            Se incorporó para mirar por la ventana. Cuando vio que él estaba afuera su preocupación se esfumó, dando paso a una sonrisa. Chiqui hacía flexiones con los nudillos.
            -¿Sin camiseta en pleno mes de diciembre, mi amor? –le preguntó desde la puerta. Él dejó de hacer ejercicio para mirarla.
            -Y tú sin pantalones –Los dos rieron.
            Estela vestía una camiseta holgada, hasta las rodillas. Era de su chico, y siempre se la ponía para dormir cuando pasaba la noche con él.
            -Buenos días, princesa –La besó mientras agarraba su cintura. Ella se arrimó más y le abrazó.
            -Estoy sudado.
            -No importa –Le dio otro beso.
            -Tengo que ducharme –dijo él, despegando los labios tan solo unos milímetros; el calor de los dos alientos se unía de la misma forma que se unían sus bocas en un beso pasional.
            -Cierto –respondió la muchacha-; y yo también. Pero… -Se detuvo. Le miró a los ojos, colocándole el cabello detrás de las orejas; después le miró los labios, y una vez más a esos iris azules envidiados por los chicos y tan deseados por las chicas-. … yo sola pasaré mucho frío, y no querrás que me resfríe, ¿verdad?
            Chiqui rio.
            -Sentirás calor –respondió-. Te lo prometo.
11
Chiqui llenó de agua un caldero y lo puso al fuego. Lo hacía siempre que se duchaba con Estela. Cuando el líquido había hervido lo suficiente, lo lanzaba contra la pared de la ducha; así, cuando apoyaba allí la espalda de su chica, el frío no asustaba a sus riñones ni los encogía. La sensación era agradable, y hacer el amor bajo la lluvia del baño era tan placentero y romántico como en las noches de pasión.
            -¿Sabes que te amo mucho, verdad? –le preguntó ella. Él no respondía con palabras, sino con hechos, que lo dejaban más que claro.
            La apoyó contra la pared. Estela colocó las piernas en la cadera de Chiqui y las cruzó a la vez que le abrazaba.
            -¿Tienes frío?
            -Todo bien, cariño –respondió ella y comenzaron a besarse con mayor intensidad. Él la sostenía en brazos mientras la enjabonaba con su mano libre, recorriendo todo el cuerpo con suavidad. Estela se sentía en la gloria.
            Se miraron con fijeza, y los ojos lo decían todo. Se deseaban; no podían esperar más tiempo.
            Se unieron dando vida a dos cuerpos fundidos en un solo amor verdadero.
            -Te amo.
            -Te amo.
           
           
12
Chiqui miraba a su chica mientras ella se secaba el cabello.
            -¿Qué haces tan quieto? –le preguntó, sonriendo.
            -Viendo lo hermosa que eres .-Se acercó por detrás. Le quitó la toalla que ocultaba sus senos; después, cogió el albornoz colgado detrás de la puerta y se lo colocó. .  
            -Ay, cariño… ¿Y tú?
            -Con la toalla me vale –respondió él.
            -Ven, dame un beso. –Pero ella se adelantó y se lo dio-. Guapo. Que eres más guapo…
            »¿Ya estás mejor? Anoche me dejaste muy preocupada.
            -Solo fue una pesadilla –volvió a besarla-. Nada de importancia.
            -Debió de ser muy intensa –aventuró Estela.
            -Sí –Los ojos de Chiqui se perdieron al recordar lo aterrador del subconsciente-. Pero ya pasó.
            -¿Qué soñaste? –Le acarició la barbilla. Le conocía muy bien y sabía cuándo le preocupaba algo. Él era bueno en muchas cosas, pero disimular, no era su fuerte. Siempre le pillaba.
            -Fue muy extraño. –Puso una cara a la que definía la última palabra de su respuesta: extraña; ceñudo, pálido y algo nervioso-. El wooden dummy me hablaba. –Ella le escuchaba con atención-, y se movía como la ruleta de un casino.
            -Ajá. –Le seguía acariciando la barbilla, sin dejar de mirarle.
            -Me decía que lo apostase todo al rojo de la sangre, que el negro ya lo tenía asegurado.
            -Sabes que en los sueños ocurren cosas muy raras, mi amor.
            -Lo sé; pero… -Su cara seguía siendo extraña.
            -Eso digo yo –le interrumpió-. Pero, ¿qué? ¿Qué te preocupa, cariño? Me has dicho que no tenía importancia, pero para ti sí parece tenerla.
            Chiqui se quedó en silencio. La miró, pero tuvo que apartar la vista porque era incapaz de observarla sin decirle la verdad.
            -Quiero ver de cerca estos preciosos ojos –le dijo mientras le colocaba la cara de frente, para que la mirase.
            -En ellos está el problema –aseguró con voz queda.
            -¿Por qué? –Estela se sorprendió.
            -Es que…
            -¿Qué pasa, cariño? No me asustes –Le dejó de acariciar. Estaba preocupada.
            Él se humedeció los labios, y luego la miró. Esa sí, esa mirada desvelaba todos los secretos. Eran los ojos de la sinceridad. Quería contarle que Blas le dio un golpe en la cabeza y le dejó sin vista durante unos segundos, pero no podía. Sabía que si se lo decía le iba a decir que fuese al médico, y no estaba por la labor. Odiaba las batas bancas.
            -En el sueño se formaron dos ojos en el cristal de la ventana –No mentía, pero no decía el mal de su verdadera preocupación. Mientras hacía flexiones la vista se le había vuelto a obnubilar, y tenía miedo.
            La oscuridad la tienes asegurada”. Ahí estaba su verdadera preocupación; y recordándolo, su cara palideció de nuevo.
            -¿Y qué más? –le exigió ella.
            -Eran mis ojos, pero vacíos.
            -Cielo, tú mismo me has dicho que solo fue una pesadilla.
            -Lo sé, lo sé- respondió con la cabeza gacha.
            -¿Entonces?
            -No lo sé. Supongo que… -Volvió a mirarla-. Supongo que solo ha sido el susto.
            -Te preocupan mucho tus ojos. Eres precioso, ¿me oyes? Te tienen envidia porque tienes los ojos más bonitos del mundo, y eres el más guapo de la universidad. –Le besó-. Te lo repiten tanto que lo tienes metido en la cabeza.
            -Será eso.
            No lo era, pero prefería estar preocupado él a tener que preocuparla a ella.
            -Bueno, creo que tenemos que ir a clase –cambió de tema.
            -Sí –contestó la chica-. Aunque los jueves solo tengamos cuatro horas, se me hace igual de largo.
            -Pienso meterte mano por debajo de la mesa. No se hará tan largo.
            Los dos rieron.
13
           
Hugo y Blas pillaron un atasco en la rotonda que les llevaba directos a la universidad. Solo les quedaban dos minutos de coche y llegarían.
            -¡Me cago en sus putos muertos! –gritó Blas-. ¿Quién coño va pisando huevos, eh?
            -¿Tantas ganas tienes de llegar a clase? –contestó su amigo con otra pregunta.
            -No, pero me jode el atasco.
            -El que conduce soy yo –dijo Hugo-, así que no debería afectarte tanto.
            -Me jode, y punto.
            Se hizo un silencio. Ninguno de los dos estaba de muy buen humor, la noche había sido una mezcla de euforia y malestar. Tuvo su parte bonita, esa en la que Blas había podido golpear a Chiqui por primera vez, y además, dejarle tocado. La felicidad le aceleraba el pulso en un subidón de adrenalina cada vez que lo pensaba; era como la inyección curativa a todos sus males. Recordaba el golpe, el ver a su enemigo con los ojos muy abiertos pero sin vida, buscando luz a su momentánea ceguera. Era maravilloso… Pero por otra parte, la rabia acechaba a cada segundo, actuando de forma muy similar a la felicidad, solo que finalizando en un “run run” insoportable, un comecome de cabeza donde terminaba por maldecir al maricón del ojo pintado (como él le llamaba), a toda su familia muerta, a la zorra de su novia y hasta a él mismo.
            Esa especie de sofoco asfixiante pero con escalofríos, lo sintió en el coche; algo que le subía por el estómago y se retorcía, dejándole una presión en el pecho, el vello erizado y las mejillas como si la piel que las cubría fuese la misma que la de un melocotón.
            -¿Qué te pasa, tío? –le preguntó su amigo al verle aflojarse el cuello del jersey. Tenía el rostro como una granada.
            -¿Qué pasa, colega? –insistió.
            -¡Calla, joder! –le voceó, completamente descontrolado. Los pensamientos le mantenían en una nube descontrolada, más allá de la carretera. Su cuerpo estaba en el coche, pero su mente, concentrada en Chiqui.
            Puta maricona creída… Te voy a machacar, cabrón, pensaba. ¡Te aplastaré, desgraciado!
            -Es por el melenas, ¿verdad? Sigues pensando en él, ¡y no puedes ni cagar, tronco!
            -¡He dicho que te calles, estúpido! –le empujó. La cabeza de Hugo pegó contra la ventanilla-. Le voy a matar, ¿me oyes? ¡Le voy a reventaaaaar! –Estaba morado; era como un demonio de carne y hueso-. ¡Le sacaré los dos ojos, y después pienso mearle en el agujero para que se joda de escozor! ¡Y yo me reiré! –zarandeaba a su amigo, entre entusiasmo y locura-. ¡Le destrozaré su bonita cara de niña guapa, y entonces yo seré el mejor! ¡¿NO LO ENTIENDES?! Ya no servirá para nada, y yo, SOLO YO, seré el mejor.
            -Estás como una puta cabra, colega –respondió Hugo, con la voz entrecortada y las manos en alto, como si le hubiese detenido la policía-. Acojonas.
            -Es él quien tiene que acojonarse, payaso –Le soltó-, no tú.
            »Y tira, que ya no hay atasco –añadió.
            Hugo, temblando, colocó las manos en el volante y pisó el acelerador. Cada vez que podía, miraba a su amigo, quien no dejaba de sonreír con maldad.
            -Y digo yo, que…
            -¡En el combate de esta tarde le destrozaré los ojos! –insistió, interrumpiéndole a voces.
            -Que sí, ya me ha quedado claro. Y cuando lo hagas, yo remataré la faena. Reconozco que no puedo hacer nada así de primeras, es más fuerte que yo. Vuelve a darle un golpe bien fuerte en la cabeza y déjale ciego por completo. Golpéale con todas tus fuerzas; después, yo entraré en juego.
            Aparcó. Sacó uno de sus queridos canutos de marihuana.  
            -¿Y tú qué piensas hacer? –Tras la pregunta de Blas, ahora era Hugo quien mantenía una malévola sonrisa. Encendió el porro.
            -A él, nada –Miró a su amigo.
            Los dos rieron con maldad.
           
14
           
            -Sentaos, por favor –dijo el profesor a toda la clase.
            No estaban todos, faltaban Blas y Hugo. Varios hablaban, otros ya se habían sentado, como era el caso de Chiqui, Estela y unos cuantos más.
            -Empezamos en tres minutos –volvió a decir el profesor.
            Los dos enemigos de Chiqui entraron, acalorados y con fatiga.
            -Ho…la, ¿qué hay? –Fue la peculiar forma de dar los buenos días por parte de Blas.
            Se detuvo en cuanto vio a su odiado gótico. Hugo le dio un leve empujón para que continuara caminando, pero no le hizo caso y siguió contemplando a su enemigo. Chiqui también le miraba desde la mesa.
            -¿Por qué tanta tensión? –le preguntó su chica.
            -Por nada –respondió sin quitarle ojo-. Se habrá levantado con el pie izquierdo.
            Blas se dirigió a él. Colocó las manos en la mesa y se acercó a su oído. Estela le miraba con horror; pero su chico no, seguía intacto y sereno.
            -Esta tarde te machacaré, tenlo por seguro –Se retiró mientras Hugo dedicaba una sonrisa a la pareja.
            -¿Qué pasa? –le preguntó Estela cuando los otros se fueron.
            -Hoy es tarde de combate –explicó-. Cada cierto tiempo nuestro maestro deja una clase entera para combatir, y ese pedazo de gilipollas quiere pelear conmigo.
            -Te odia, mi amor.
            -Ya lo sé. Lo sé, joder… Lo sé. –Abrió la carpeta y sacó un folio. Su chica le miraba, pensativa.
            -Esto no me gusta.
            -No pasará nada –La besó-. Tranquila.
            -Él sabe que no te puede ganar, por eso me preocupa ese empeño en querer luchar contra ti.
            -Es un saco de rabia –dijo Chiqui-. Cuanto más se esfuerce en querer pegarme fuerte, me vendrá mejor a mí. Estate tranquila, ¿vale? –Volvió a besarla. Ella asintió.
            Pedía tranquilidad cuando él era el primero en estar nervioso. No lo había estado desde sus primeros combates, cuando solo era un canijo enfrentándose a chicos que le sacaban dos cabezas; luego ya no, disfrutaba cada pelea, sintiéndose seguro y ganando con el mínimo esfuerzo, pero concentrado en lo que hacía. Ahora no. La inseguridad se había alejado de él a cambio de nervios traicioneros. La mente no acompañaba al cuerpo; las lecciones no le servían, solo la intranquilidad, el miedo. Ese wooden dummy que le habló, y los ojos de la ventana.
            No tenía asegurada la victoria, solo la oscuridad.
            18/12/2015
15
           
Chiqui acompañó a su chica a casa, y después, con las manos en los bolsillos, caminando muy despacio entre pensamientos, se fue a la suya.
            Al entrar prestó atención al silencio. No había hoguera, ningún “tictac” de un minutero de reloj, ni goteo de agua, ni ningún wooden dummy parloteando entre la oscuridad. Todo callado, inmóvil, como si se hubiese detenido el tiempo con su presencia.
            Hizo sonar el manojo de llaves al mover el puño arriba y abajo, perdiendo la noción del tiempo mientras contemplaba el muñeco de madera. Los llaveros se chocaban unos contra otros, pero para Chiqui, ese choque repetitivo de escasos segundos se antojaba insonoro en sus oídos, sordos tras mantener la mente en otra parte. Clavó la vista en el muñeco de madera. En los momentos difíciles siempre recordaba a su abuelo, sus enseñanzas, su dureza y también su temple. El wooden dummy era el recuerdo más preciado que tenía de él, quizá por ello al haberlo escuchado hablar en sueños, su impacto le caló con mayor profundidad.
            Hay sueños que no dicen nada y otros que lo dicen todo. Chiqui podía haber soñado mil veces con peleas, con sangre, con monstruos en la habitación, y hasta ser perseguido por algo que no puede ver, algo que el subconsciente omite para proyectar tan solo la imagen del dueño de la pesadilla, corriendo como si lo hiciese sobre la luna, con una fuerza de gravedad abismal, y que siempre se rompe y te hace despertar cuando el cuerpo cae por un agujero. Ninguno de esos sueños cobró nunca importancia para el muchacho, tras despertar en la mañana, su vida seguía como siempre y la pesadilla se esfumaba igual que la comida del día anterior, sin dejar huella ni preocupación. Sin embargo, que el regalo de su abuelo -algo con lo que el anciano había entrenado duro día y noche en sus buenos tiempos- le hablase, y con una voz parecida a la de él, le tocó. Ese “trasto del rincón”, como alguna vez lo llamó Estela, acompañó a Chiqui en la agonía del viejo. Le golpeaba con rabia y dolor mientras su abuelo echaba coágulos de sangre por la boca, mientras se retorcía expulsando la bilis y trozos de hígado como tropezones de carne picada. En cada vómito, el chico camuflaba el sonido de los esfuerzos descargando toda la ira contra el tronco. Le oía quejarse, convulsionar, toser hasta ponerse morado… Y así durante las últimas semanas en las que estuvo agonizando.   
            Cuando una noche dejó de golpear al muñeco, haciéndolo retumbar contra la pared a raíz de una combinación de puñetazos y patadas, escuchó silencio, exacto al que escuchaba ahora mientras observaba el recuerdo de su abuelo desde el umbral de la puerta. Aquella noche le extraño hallar tanta paz sufrida, y entonces miró hacia donde el viejo había estado agonizando. Le vio morado, con los ojos abiertos y saltones.  Su abuelo ya no tenía ojos, sino dos vidriosas pelotas de golf con derrame de sangre por todo el globo ocular, y una lengua amoratada sobresaliendo de su diminuta boca; era como una babosa gigante y retorcida, rozando con la punta los pelillos de su perilla bien recortada y por la que escurrían gotas oscuras, como si hubiese vomitado yodo. Le quedaron las manos agarrotadas; la derecha, sujeta a la palangana a la que alimentó con su órgano podrido, y la otra, con el índice estirado, con intención de señalar a su pequeño nieto, pero sin llegar a conseguirlo.
            Chiqui tenía diez años por aquel entonces, y desde la muerte de su abuelo se crio solo. Sus padres murieron en un accidente de tráfico cuando él tenía tres años. Tras la ausencia del viejo pasaba las horas entrenado, leyendo y alimentándose como podía.. La comida la hacía en el comedor del colegio, hasta que con dieciséis lo abandonó y se metió en peleas callejeras para ganar dinero. Siempre vencía, y con lo que ganaba tenía para comer y vestirse. Adoptó su particular rollo de chico oscuro, solitario, duro. Empezó a vestir de negro, a dejarse el cabello largo y a pintarse los ojos. Estela se enamoró de él así, pero gracias a ella asentó la cabeza. Ya no necesitaba tanta violencia, sino más bien practicar deporte. El taekwondo no le parecía tan agresivo como el kung fu, así que cambió de aires y artes.
            La noche en que murió su abuelo, por más que lo zarandeó creyendo que se había dormido, este nunca volvió en sí. Pasó tres días enteros metido en la cama con él, llorándole, diciéndole que se despertase, que tenía que entrenarle. Un vecino los encontró en la cama al ver que el pequeño no acudía a clase. Desde ese día y hasta la llegada de Estela, lo único que le acompañó en la casa fue el wooden dummy.
            Abuelo, se dijo, llorando. Tampoco había vuelto a llorar desde su muerte.
            Dejó caer el manojo de llaves. Esta vez sí, el sonido al impactar contra el suelo le sacó del trance.
            Tenía que comer; tenía que entrenar antes del combate. Tenía que apartar el miedo y demostrar todo lo que sabía.
            Sacó la cartera del bolsillo, y del interior de esta, una foto de su chica, a la que miró y besó. Volvió a mirarla, y después la volvió a besar. Luego miró al muñeco de madera, recordando la figura del anciano.
            -Ganaré –dijo mirando la foto y al wooden dummy-. No tengo miedo.
            Se enjugó las lágrimas y preparó la comida.
16
Los alumnos recogían todo para salir cuanto antes. Chiqui, junto a su novia, guardaban los libros de texto en la mochila. Blas no les quitaba ojo, sobre todo al chico, a su eterno enemigo.
            -¡Eh! Marilyn Manso –Se burló. Hugo se llevó la mano a la boca para resguardar la carcajada. Chiqui miró a su atacante-. Prepárate, puta niña. –Hizo crujir sus nudillos-. Te voy a destrozar todos los huesos.
            -Ríndete ahora que estás a tiempo –intervino Hugo.
            -¡No! –gritó Blas y le tapó la boca-. Ni se te ocurra meterle miedo. Si no se presenta, el siguiente en llegar a casa con los huesos rotos serás tú.
            Agachó la cabeza y no rechistó.
            -Ya lo sabes, marica. –La pareja le miraba pero no articulaban palabra. Estela abrazó a su chico, dándole pequeñas friegas para intentar tranquilizarlo y que no dijese nada. Le veía alterado, rabioso por lo que escuchaba-. Te espero en unos minutos.
            »Y tú, putita –le dijo a Estela. Chiqui dio un paso, y sin duda hubiese ido a por Blas si no llega a ser porque ella le frenó.
            -No, estate quieto. Puede decir lo que quiera de mí, me trae sin cuidado.
            -Te ha llamado puta.
            -Porque lo es –añadió Blas.
            -Me ca…
            -¡Quieto! –Estela le frenó de nuevo. Tuvo que tirarle de la sudadera con esfuerzo y hacerle tropezar; de lo contrario, hubiese salido disparado a por Blas, quien reía a mandíbula batiente.
            -Miserable –masculló Chiqui, mirándole con ira. Su cara reflejaba una tez acalorada en donde destacaban sus ojos: el blanco y el negro. Todo el globo ocular, con el brillo característico de un huevo cocido y las rayas negras de los párpados en donde luchaban por no salir al exterior.
            -¡Déjalo ya, cariño! –El chaval se tranquilizó al escuchar a su novia, aunque sin dejar de mirar a su rival -. No entres en su juego.
            -Adiós, tortolitos –se despidió Hugo. Blas le dijo adiós moviendo los dedos en forma de burla.
            -No vayas –le dijo Estela. Él se sorprendió.
            -¿Cómo?
            -No pelees –Tenía voz nerviosa-. No va a jugar limpio, sé que no lo hará.
            -¡Tengo que ganarle! –gritó Chiqui.
            -¿Por qué? ¿Por qué tienes que pelear? –En los ojos de Estela se perlaban puntitos brillantes, moviéndose como un corazón acelerado.
            -¡Porque la lucha es toda mi vida! –vociferó él.
            La chica quedó seria; asentía muy despacio, a punto de echarse a llorar.
            -¿Toda tu vida? –preguntó con voz queda. Reprimía las lágrimas que querían salir.
            -Cariño… -Fue a tocarla, pero ella le retiró las manos.
            -Cuando empezaste a salir conmigo… -Estela tragó saliva. Su voz no estaba siendo clara. Tenía inmensas ganas de llorar-. Dejaste las peleas y te tomaste el taekwondo como un deporte.
            -Sí, ¡pero tengo que taparle la boca a ese desgraciado! ,¡demostrarle que soy el mejor!
            -¡Pero es que tú ya eres el mejor, no tienes que demostrar nada a nadie! –gritó ella. Se echó el cabello hacia atrás, respiró un poco y añadió, más tranquila-: mi amor, él estará toda la vida insultándote, malmetiendo, provocándote… Te he dicho miles de veces que te tiene envidia, pura envidia. Tú entras en su juego y solo piensas en él y en querer ganarle a base de puñetazos. Hay más formas de hacerle callar, ¿sabes?
            -No –Fue muy rotundo-. Quiero dejarle en ridículo delante de todos.
            -¡Pero eso lo puedes hacer con palabras! –Ella volvió a alterarse.
            -¡Que no! Y además te ha llamado puta, y a mi novia nadie le dice eso.
            -Yo sé defenderme solita –le explicó-. Lo que me diga ni me va ni me viene, y a ti debería ocurrirte lo mismo.
            »Estás todo el día hablándome de él. Se ha convertido en tu obsesión, y a mí me desesperas porque si peleas con él, por mucho que le partas la cara, él será el vencedor.
            -¿Eso crees? –Chiqui se enfadó.
            -Sí. Porque te tendrá donde él quiere tenerte.
            -¡Pero le ganaré!
            -No va a pelear limpiamente, lo sé. Me da miedo.
            Chiqui recordó el golpe que se llevó en la cabeza, y el miedo que le había provocado con ello. Por unos minutos lo había olvidado, pero Estela se lo acababa de recordar y la intranquilidad volvió.
            -No me hará nada –mintió. En el fondo él también sabía que Blas intentaría algo sucio-. Le ganaré y todo terminará. –Cogió la mochila y se dirigió a la puerta.
            -Si vas al combate, puede que sea la última vez que me veas.
            La amenaza de Estela le pilló de espaldas. Se quedó pensativo; ella con los brazos cruzados, y también con unas cuantas lágrimas recorriendo sus mejillas. Ya no fue capaz de reprimirlas. Chiqui se giró.
            -Entonces déjame verte por última vez –dijo él. Estela no se volvió.
            Chiqui asintió con la cabeza; después, añadió:
            -Muy bien.
            Se fue del aula.
            La chica se sentó en la silla más próxima, apoyó los codos en la mesa y lloró en soledad.
           
17
            -¿Todo preparado, tío? –le preguntó Hugo a Blas.
            -Yes. Y con más ganas de reventarle el cráneo que nunca. –Dio una potente palmada, como un luchador de sumo antes del combate.
            -Quieto, tronco –le frenó su amigo-. Aquí nadie ha hablado de reventarle el cráneo, ¿ok? No se trata de que le mates, no sé si me estoy explicando.
            -Como un libro abierto. –Blas le miró, sereno-. Pero yo haré lo que me dé la gana.
            -¿Te estás escuchando, colega? –Hugo quedó lívido.
            -¡Que sí, hostias! –gritó. Sus ojos eran diabólicos, seguros de sí mismos en un valle de refulgente ira.
            -No no no, tío. No –Hugo daba vueltas por el vestuario-. ¿Se te ha ido la pinza? –Se encendió un porro. Necesitaba unas cuantas caladas para alejarse de la realidad.
            -Que no le voy a matar, estúpido –Blas se ajustó el pantalón-. Solo quiero dejarle sin ojos, como dijimos.
            -Joder, ¡me habías asustado, macho! –Empezó a volverle el color.
            -Fuma tranquilo y reviéntate bien los pulmones y el cerebro.
            Hugo tosió.
            -Y ahógate también, si ves qué tal.
            -Vete a la mierda, tronco.
            Se hizo un silencio; pero a los cinco segundos, Blas lo rompió.
            -Oye, ¿qué le harás a su novia?
            -Follármela –Lo dijo tan tranquilo, haciendo círculos con el humo que expulsaba. Blas rio.
            -¿Follártela? No creo que quiera tener tu sucio rabo dentro de ella. Le das asco.
            -Nadie ha dicho que para que me la folle ella tenga que querer –Siguió haciendo círculos con el humo.
            Ahora era Blas quien quedó pálido.
18
           
Estela paseaba por el parque, pero a pasos agigantados y de un lado a otro, muy nerviosa y preocupada. Se mordía las uñas. Colocó su cabello a un lado y a otro; después se lo recogió, y a los pocos segundos, volvió a dejarlo suelto. Se sentó en un banco
            Joder, cariño, se dijo con las manos en la frente, resoplando. Fue dejando que los dedos cayesen por su rostro, tirando de sus párpados inferiores sin ser consciente de ello. Notó el frescor de la tarde en su carne descubierta, y el escozor hizo que volviese al mundo real, al mundo en el que su chico estaba a punto de partirse la cabeza a mamporros sobre una colchoneta azul, y al mundo en que acababa de darle un ultimátum, el mismo que él se pasó por el arco del triunfo.
            “¡La lucha es toda mi vida!”, recordó.
            Meses atrás, las palabras de Chiqui hacia ella fueron: Te amo más que a mi vida/ Eres toda mi vida. Ahora ya no. Tal vez a partir de ahora le dijese: Te amo menos que al taekwondo/ La lucha es mi vida. Tú solo eres una buena compañía para calentar la cama.
            -¡No puede ser, joder! –Se incorporó.
            Claro que no podía ser. Chiqui jamás le diría algo así.
            Mi amor
            -Dios…  
19
-Hora de combate –dijo el maestro.
Los veinte alumnos, de rodillas, prestaban atención a su instructor.
-Hoy demostlaréis todo aplendido –añadió.
Chiqui y Blas intercambiaron una mirada odiosa.
Te machacaré, hijo de perra.
Voy a ganarte. Se lo debo a Estela.
-¿Voluntalios? –preguntó el maestro.
-Yo, sabomnim* –dijo Blas. Se incorporó y señaló a Chiqui-. Pelearé contra él.
El aludido le miró. Apretaba los puños con fuerza. Se notaba su tensión.
-Así será, sabomnim –dijo Chiqui.
-De acueldo. Pelo pelea limpia.
Chiqui asintió. A Blas le costó hacerlo, pero también inclinó la cabeza, asintiendo.
-Jogu con pala ti –El maestro le dio a Chiqui un peto azul, que así es como se llamaba a la protección. A Blas le dio el rojo, un Jogu Hong.
Chiqui hizo diez flexiones seguidas; practicó sombras con combinaciones de puñetazos y patadas, giró el cuello en círculo, luego a un lado y a otro, estiró los brazos y se sacudió todo el cuerpo. Estaba listo. Blas no hizo nada, solo mirar a su oponente, con malicia y gesto de querer exterminarlo.
Los dieciocho restantes miraban con atención. La tensión podía mascarse; y si había alguien con deseo de meterse entre los dos rivales, ese era Hugo, quien se mordía las uñas incesantemente.


-¡Kyogne! –gritó el instructor pidiendo que se saludasen. Ambos lo hicieron.


-¡Chumbi! –dijo a continuación. Les pedía que se pusieran en posición.


-Chau Yang Hu –(Posición frente a frente, ordenado por el maestro)


Tras esto, Blas fue el primero en atacar.


Salió corriendo a por Chiqui, dándole un Montong yop chirugui (puñetazo) que este blocó con el brazo. El atacante sintió un agudo pinchazo en el canto de la mano. Fue como golpear a un brazo de acero. Al verle con la guardia baja, Chiqui lanzó un yop chagui (patada lateral) que dejó a su rival en el suelo.


-¡Durkjum! –gritó el maestro. Significaba punto para Chiqui.


Blas se levantó como un cohete, pero con la mano aún dolorida.


-Te voy a reventar, cabrón –masculló. Su contrincante no le hizo caso.


El malvado envidioso atacó una vez más, en esta ocasión con un Ap chigui (golpe del revés). Chiqui lo esquivó, giró 90º y atacó con una patada en los riñones de Blas. La víctima sintió el picor que deja un balón de fútbol sala al pegar contra el cuerpo en pleno entrenamiento invernal; después, el dolor de un lumbago mientras tendones y músculos se retorcían, tal y como lo hacía él en el suelo.


-¡Durkjum! –Nuevo punto para Chiqui.


Estela entró en el gimnasio.


-¡Se acabó! –gritó el ganador de los dos puntos-. Podríamos estar así toda la tarde. Jamás me vencerás. He ganado, déjame en paz. No pelaremos nunca más. Me voy con mi chica. Ella no quiere que pelee, y yo la quiero a ella.


Se quitó el cinturón y el peto y se dio la vuelta. Al ver a su novia a lo lejos se detuvo, quedando petrificado en mitad del tatami improvisado. Ambos se miraban sin decirse nada, con la cara seria; más la de ella. Chiqui tenía el rostro perplejo. Pensaba en la discusión, en lo mal que se portó y en su egoísmo. Quería demostrar por todos los medios que era el mejor, y le importó muy poco lo que pensase su chica. Había metido la pata, pero sería cuestión de hablarlo y solucionarlo. Todo había acabado; o casi.


-¡Chiiiiiqui! –Estela gritó al ver a Blas levantarse. La pesadilla nocturna y la intranquilidad posterior que nació de ella, bloquearon la mente de Chiqui, descolocándolo totalmente, solo con la vista fija en el grito.


Su atacante le pilló desprevenido y aprovechó para golpearle en la parte occipital del cráneo. Estela no se movió de su lugar; sin embargo, su chico la vio desligarse en dos borrosas nubes fantasmales, como si de pronto el cuerpo y el alma de la joven se hubiesen separado, pero mostrándose idénticos. Tras esto, un tenue fogonazo, un resplandor indoloro, pero que le hizo a Chiqui abrir los ojos como nunca antes en toda su vida. Su novia había desaparecido de su campo de visión, y toda la clase. Solo eran bultos, gotas blancas que iban uniéndose unas con otras hasta formar un óvalo blanquecino, el mismo que fue apagándose cuando un negruzco telón, como si los párpados bajasen cuando en realidad se mantenían más arriba que nunca, echaba el cierre a un episodio de angustia, dando por hecho que la apuesta a la oscuridad la tenía asegurada.


-¡Chiqui! –gritó ella de nuevo y corrió hacia él.


El chico se miró las manos, pero era como hacer esfuerzos con los dedos en una habitación a oscuras. No veía nada.


-No ve…o –dijo dominado por el pánico-. ¡NO VEOOO!


Sus ojos no dejaban de parpadear, una y otra vez. Los frotó, esperanzado de que solo fuese una telilla, el exceso de cansancio de una mala noche. Pero no, por más que hiciese la oscuridad seguía dominándolos.


-Mi amor, ¡mírame, cariño! –Estela le agarró la cabeza y la colocó frente a sus ojos; los de Chiqui daban vueltas en derredor, bizqueaban, lloraban, y él, gritaba. Sus preciosos ojos no veían. El azul de sus iris, como el color del mar, se había apagado. Y ahora tan solo el agua salada de ellos bañaba el globo ocular, manteniéndolo vivo en una marea de protestas.


-No te veo. ¡NO TE VEO! –Lloró más-. ¡ESTOY CIEGO!


Se derrumbó. Golpeó el suelo con los puños a la vez que gritaba. El cogote le vibraba, como si un huevo estuviese a punto de eclosionar dentro de su cabeza, pero le daba igual. Solo quería seguir gritando, y por supuesto, recuperar la vista.


-¿Qué les pasa a tus bonitos ojos, eh? –preguntó Blas, desternillándose de risa-. ¡Píntatelos ahora que ya no te sirven, marica!


Estela se dirigió a él, colérica.


-¡LE HAS DEJADO CIEGO! –Le dio una bofetada. Los mofletes del malvado bailaron como si su piel fuese de silicona. No le hizo daño, solo consiguió que se riese más.


-¡Atlás! –gritó el maestro-. ¡Lleval chico a la enfelmelia! –Ordenó a sus alumnos.


Unos cuantos quisieron levantar a Chiqui del suelo, pero al sentirlos, los apartó de un empujón.


-¡DEJADMEEEE! ¡LARGAOOOS! –gritó-. Estoy ciego… ¡NO PUEDO VEEER! –Volvió a golpear el suelo. Sus nudillos chocaban con la colchoneta. A priori debería ser indolora, pero se encargó de traspasarla y golpear el duro piso.


“Apuesta al rojo de la sangre”, la misma que manaba por sus manos destrozadas. Cada nudillo era como la abultada picadura de un insecto, pero con la carne abierta.


“La oscuridad la tienes asegurada”


Recordar lo último le hizo gritar más.


Blas y Hugo se miraron. Los dos reían satisfechos. Estela lloraba intentando que su chico se dejase abrazar.


(CONTINUARÁ EL MIÉRCOLES)  





6 comentarios:

  1. Hola buenas, bueno como te ha cundido este mes , he leído los dos capítulos de Amor en la oscuridad , y me ha gustado , se ve una historia muy tierna a la vez que violenta y sobre todo de mucha envidia y frustración de esos dos " asquerosos" personajillos de Blás y Hugo.. peroooooo no se pq me da que nos depara una apasionante lucha por la superación y el verdadero amor... un saludo amigo .

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    1. Hola, Campirela, ya te echaba de menos por aquí jajaja. Sí, estoy que no paro jeje. Me alegro mucho que te hayan gustado, y espero que te guste lo que queda. Sí, hay mucha envidia y mucho amor. Es lo más romántico que he escrito, y lo he mezclado con un poquito de terror, aunque no asusta, y lo que queda ya no asustará, pero sí habrá más violrncia como bien has dicho. Me alegro mucho de volver a verte por aqui, espero que hayas disfrutado de las vacaciones. ¡¡Muchísimas gracias!! Saludos :):)

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  2. Muy bueno, me gusta tu estilo. A seguir esperando los nuevos capítulos. Pero no me mates a Chiqui, eh?

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    1. Ay dios...Jajajaja. No te lo puedo prometer jajajaja. Muchas gracias, Laura. Espero que te guste lo que queda, e igual en vez de esperar al miércoles mañana ya estará, igual sí. ¡¡Gracias!!

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  3. Bueno, pues pude con ello de nuevo. Y que sepas que hoy no he llorado, pero no por falta de ganas... Madre mía...
    Una cosa: me encanta cómo escribes. No sólo la expresión y el estilo, que son magníficos. También la capacidad de comunicar, de transmitir sentimientos, sensaciones y emociones...
    Me gusta mucho tu manera de situarnos, de colocarnos ante la acción. Y además, valoro toda la documentación que has tenido para escribir sobre un tema tan concreto.
    Tus protagonistas son una pasada, con una fuerza y una personalidad tan marcada, tan grande... y los secundarios, INMENSOS.
    Felicidades...
    Ah!!! Ganas de leer el siguiente (¿es el último?)

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    1. Muchísimas gracias, Mary. Tuve varios estilos de escritura en el pasado, me centraba en querer dar miedo, todo el rato querer provocar miedo en el lector, hasta que lo dejé y me propuse hacer sentir, ya sea miedo, risa o pena, pero senrir; por ello describo mucho cada parte, lo que hace cada personaje, y me alegra que te haga sentir, a ti y a muchos que lo leen. Los secundarios van a seguir dando guerra, y los protas, pues... Jajajaja. No, son 6 o 7 partes. Mañana la tercera y el jueves la cuarta. ¡¡Miles de gracias!! :) :)

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