miércoles, 31 de agosto de 2016

Amor en la oscuridad (Cuarta parte)


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Después de la ducha (en la que Chiqui prefirió ducharse solo) Estela –con algo de esfuerzo- levantó el wodeen dummy, y después, le dijo a su chico que se tumbase en la cama, que era hora de lectura. Él se extrañó, y en ningún momento pensó que se tratase de una broma pesada, pero tampoco podía creer que su chica se hubiera olvidado que él ya no podía leer.

            -Te dije que yo sería tus ojos, y los soy –dijo la chica y empezó a buscar en la estantería.

            -¿Me vas a leer? –preguntó él, más extrañado.

            -Ajá.

            -¿Como a los niños cuando les leen un cuento?

            -Así es, niño.

            Chiqui sonrió. Después de un día de amargura, al fin sus labios volvieron a ensancharse.

            -¿Estabas leyendo alguna novela estos días, amor? –le preguntó.

            -Sí. A corazón abierto, de J.M. Bartolomé. Una pasada.

            -¿Quieres que te la lea?

            -Me queda mucho para terminarla aún. Mejor léeme algo más corto. Me da cosa que hagas esto por mí.

            -Tú relajadito, y no te muevas.

            -¿Seguro que me vas a leer?

            Estela rio.

            -Sí, seguro seguro.

            Ojeó más títulos.

            -Veamos… Gótica y erótica, de Dioni Arroyo Merino; Saber moverse, de Jorge David Alonso Curiel; Nada es lo que parece, de Tere Otero Iglesias; Entre los nuestros, de Laura Martín; Mía, de A.G. Keller; La sombra del dinero, de Sandra Estévez; Los eternos, de Martha Molina; Ya no somos tan jóvenes, de Mary Ann Geeby; Una noche bajo la lluvia, de Dione Kessler; Gabriel, de Fran Spoiler; Iluso Amor, de Máximo Corporan; Tras la bruma, de Zoraida Alí Morell; Galemith: la resistencia, de Laura Campos; Memoria del paraíso, de Juan Sevillano; El día que perdí mi sombra, de Aída del Pozo.

            -A la derecha hay más –dijo Chiqui.

            -A ver… Persiguiendo un corazón, de Lauren Morán; Viaje a Nadsgar, de Alejandro Barrero; Los hijos del Armero, de Jorge T`raven. La maldición de Cavielli, de Rotze Mardini; Ángel de nieve, de…

            -Esos son relatos de varios autores –dijo Chiqui-. Abre uno al azar.

            -Pues a ver… Página 265. El aniversario, de Thelma García. Y también… Noche de blues, de Enrique Eloy de Nicolás.

            -Son relatos eróticos, cariño.

            -Ya lo veo, cielo –respondió ella-. Aquí hay otro libro. Espera a ver… Diario de un fracasado, de José Losada.

            -Ese no me gusta nada  –volvió a decir Chiqui-. El autor no sabe escribir.

            -¿Cuál te leo, mi amor? ¡Ah! Aquí hay más.

            »Seres malditos, la conversión, de Eba Miren; 8 cuentos perdidos, de Nina Peña; Despeinadas, de Luna White; Héroes del cielo, de Eric J Lagarrigue; El quinto conjuro, de Gabriel Sosa; Sin miedo a vivir, sin miedo a soñar, de Lusa Guerrero; Un regalo familiar, de Marta Martín; El rubí Timur, de Paloma Carabal; La fuerza del amor, de Noelia Jiménez; Leyendas del averno, de Ainhoa Gallardo…

            »Y aquí hay más relatos… -Estela los miró-. Las cartas de Penélope, de Erin G Writer; La familia Marlo, de Desirée Peris; Relaros en serie del Umbral de Sainde.

            »Aquí hay otro: Doña Cleta, de Pilar Nicolás María… Este es un cuento infantil, tesoro.

            -Sí –afirmó Chiqui-. Lo tengo ahí por si algún día tenemos un hijo, pero yo ya no se lo podré leer. –Quedó apenado.

            Estela se acercó a él.

            -Mi amor… -Le besó.

            -Mira a ver en internet, hay blogs interesantes –Chiqui cambió de tema-. Hay que apoyar a los blogs literarios. No sé… El escritorio del búho, Los sueños de Eratós, La princesayaseve, Los libros de Ulises, de Sonia Yáñez, Cinco palabras, que lo lleva Mar Olayo, o los poemas de Eterna Gótica.

            -No tengo velocidad, amor –respondió ella-. ¿Te leo Crepúsculo?

            -¿Quieres quedarte ciega tú también?

            Estela empezó a reír a carcajadas. Chiqui las echaba de menos, y le dolía no poder verla reír.

            -Es una historia de amor muy bonita –volvió a decir la joven.

            -Tú sí que eres bonita.



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Estela se acercó a su chico. Él miraba la oscuridad de su campo de visión, en un punto muerto, muy alejado de su chica. Enseguida notó su perfume. Siempre olía al aroma de una agradable fragancia. Dos gotitas en el cuello y listo, olor para todo un día.

            Ella se recostó, y posteriormente, se sentó encima de sus piernas. Fue acariciándole los brazos, desde los dedos de las manos hasta los hombros, y a la vez que iba cayendo encima de su pecho. Chiqui notó el roce de los senos contra la fina tela que le cubría el torso; al mismo tiempo, su boca fue presa del sabor que provocan unos labios llenos de amor. La abrió para que su lengua se entrelazase con la de su chica, el aliento de ambos con cada suspiro y la acelerada respiración.

            -Cari –dijo él mientras Estela le seguía besando y acariciando-. No… creo que…

            -Déjate llevar, mi amor –Le seguía besando.

            -No sé si estoy preparado. No… no tengo… -Estela le colocó el dedo índice en los labios.

            -Me sigues amando, ¿verdad? –le preguntó.

            -Mucho –Se detuvo unos instantes-. Muchísimo.

            Entonces no pienses en nada más que en mí. Acaríciame y hagamos el amor como lo hemos hecho siempre, cariño. Olvídate de que no me ves; siénteme, cielo. Siénteme y disfruta.

            »¿Quieres?

            Chiqui se lo pensó. Por supuesto que quería hacer el amor con su chica; la deseaba tanto o más que el primer día, pero el tema de la vista le había dejado en shock momentáneo, como si solo notase el corazón y el resto del cuerpo estuviese muerto.

            -¿Me deseas? –volvió a preguntarle.

            -Claro que sí.

            Chiqui tanteó. De los muslos subió a la cadera, y allí buscó el final de la camiseta. La subió y tiró de ella. Estela quedó con los senos al descubierto. Él subió las manos y comenzó a moverlos en círculo; después, se incorporó y los besó sin dejar de acariciarlos. La erección se hizo inminente.

            Tumbó a su chica y se colocó encima de ella. Se quitó la camiseta y siguió besándola al mismo tiempo que se las ingeniaba para quitarle el pantalón de chándal. Ella se lo puso fácil, cooperando en todo momento. Una vez desnudos, Chiqui se inclinó para besar suavemente la boca de su chica. Estela le abrazó, susurrándole al oído que le amaba con locura. Él se detuvo unos instantes, con los nervios propios de la primera vez; en este caso, la primera vez sin poder verla.

            -Adelante, cariño –le dijo ella.

            Hicieron el amor, como tantas otras veces.



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Estela acariciaba el pecho de su chico, jugando con el vello.

            -¿Qué tal, amor? ¿Has notado alguna diferencia? –le preguntó.

            -Sí –afirmó. Ella le prestó atención-. No se me ha nublado la vista en el orgasmo.

            Estela comenzó a reír escandalosamente.

            El humor era necesario para normalizar el problema e incluirlo en la vida diaria lo antes posible. Todo iba bien. De momento, sí.



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Después de una nueva ducha, la pareja conversaba.

            -Te veo muy bien, cariño –le dijo Estela.

            -Tú que puedes verme –respondió algo serio.

            -Ay, cielo… En serio –Se acercó a él-. Veo que has empezado a tomártelo con humor.

            -Qué remedio –respondió Chiqui. El tiempo de broma había terminado. Se frotó los brazos para entrar en calor.

            -Hace frío, sí –dijo ella-. Y se ha terminado la leña. Saldré a buscar algo.

            -Te acompaño.

            -No. Tú a descansar. Tienes cara de sueño. –Era cierto que Chiqui parecía medio dormido.

            -No me gusta que vayas sola, y menos en pleno invierno.

            -No me va a pasar nada, cariño –Estela se subió la cremallera del abrigo-. Con unos pocos palos servirá. En cuanto los encuentre, volveré. No me alejaré demasiado. –Le besó-. Prométeme que intentarás dormir algo, ¿vale?

            Chiqui no estaba tranquilo.

            -Prométemelo.

            -Está bien –cedió.

            -Pues recuéstate, que yo te vea.

            Así lo hizo.

            -Mi niño bello. No tardo.

            -Ok –Ese “ok” no rebosaba felicidad. Seguía sin querer que su chica saliese sola.

            Estela se fue.



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La temperatura había bajado considerablemente. Las heladas nocturnas estaban siendo infernales en un gélido diciembre. Estela caminaba con la compañía de un insoportable zumbido en los oídos a causa del viento. Azuzaba sus mejillas, dando algo de color a sus pálidos mofletes. Llevaba los ojos entrecerrados al volar trozos de hojas, arenilla y partículas de basura. Sin duda, no era un buen día para salir a buscar leña.

            Al bordear la casa, pisó uno de los cordones de sus zapatillas de deporte; este se estiró y logró deshacer el nudo.

            -¡Vaya! –protestó.

            Se agachó para anudarlo de nuevo. Tenía los dedos como cubitos de hielo. El roce del cordón hacía arder su piel congelada.

            -Ya está.

            Pero cuando fue a levantar la cabeza, dos sombras se interpusieron en su campo de visión.

            La levantó muy despacio, sintiendo en el pecho la llamada de “ALERTA, PELIGRO. ALGO NO MARCHA BIEN”

            Y acertó, ya que nada más levantar la vista, dos manos taparon su boca.




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            ¡Chiqui! ¡Chiqui!

            Un pesaroso tono de voz gritando a lo lejos. Eran imágenes en Slow, como si alguien estuviese visualizando una antigua cinta VHS y quisiera profundizar en una escena de baja calidad. A pesar de moverse a cámara lenta, atronaron unos quejidos salvajes, pleno sufrimiento en la propia carne de un alma en pena, rodeado por la maldad y la impotencia.

            De nuevo más “Chiqui, Chiqui”, entremedias de pausados golpes, como si un látigo zurciese el cuerpo inmóvil de alguien que estaba siendo torturado.

            ¡Que te calles, zorra!, sonó tan alto y claro como si estuviese allí mismo.

            Había movimientos. Bultos peleando y más y más quejidos; varias voces luchando por ser las protagonistas, por subir el tono y dejar a la otra oculta en un griterío inútil. Después, una especie de espeso charco sangriento se adueñó de la cámara principal (esa que lo veía todo tan de cerca pero sin el poder de actuar y remediarlo). Impactó de lleno, golpeando con conciencia para acto seguido empezar a escurrirse, como agua deslizándose por el cristal de una ventana, pero agua roja.

            -¡Chiqui!

            Chiqui despertó, una vez más, sobresaltado.

            -¡Estela! –gritó.



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            -Te vas a estar quietecita, muñeca, ¿ok? –le dijo a Estela uno de los dos tipos con pasamontañas. El que hablaba la tenía sujeta por la espalda: con un brazo rodeándole la cintura, apretando los dos de ella contra sus propias caderas; con la otra tapaba la boca. La chica movía los dedos con nerviosismo, sintiendo las muñecas aprisionadas por una mole inmovible. Pestañeaba compulsivamente, mirando con ojos angustiados el rostro enlanado del tipo que tenía enfrente.  

            -Y vas a dejar que disfrute de ti –siguió diciendo.

            Estela juntaba las dos rodillas a la vez que respiraba con ajetreo y angustia.

            -Tal vez esto te ayude a comportarte.-El encapuchado que hablaba sacó una navaja. Su hoja brilló, como los ojos de Estela, refulgiendo en lágrimas aterradas.

            -Túmbala –ordenó el del arma.

            El otro obedeció. La chica sentía cómo la apoyaba en el suelo mientras ella protestaba con unos “hum-huuuum” inentendibles.

            El del arma se tiró encima de la joven. Su compañero la giró la cabeza, haciendo que su nariz se clavase en la hierba seca, y que sus ojos vieran el verde apagado y lo sintieran a base de escozor. Ella seguía quejándose en vano. Con semejante manaza en la boca era imposible que dijese nada; el otro encapuchado agarró el abrigo y dio un fuerte tirón hasta rasgarlo.

            -¡Quieta! –gritó al ver que Estela se resistía y movía los pies, con las piernas igual de aprisionadas que los brazos; en este caso, la cadera del individuo se apoyaba en ellas.

            Tiró del pantalón de chándal mientras ella pataleaba. Al fin tenía las piernas libres, pero sería por poco tiempo. El otro empujó su cabeza contra la hierba, haciendo que se centrase en el dolor de la cara y así dejara de golpear a su compañero.

            -¡Estate quieta, marrana! –La golpeó con el puño-. Y tú –le dijo a su compañero-. Déjala que grite, quiero que su noviete la escuche.

            El otro volvió a obedecer y quitó las manos de la boca para que esta gritase, pero sin dejar de apretar la cabeza de Estela contra el suelo.

            -¡Estela! –gritó Chiqui. Había salido al exterior. Conocía el alrededor tan bien como su propia casa.

            -¡Amor! –Aulló entre lágrimas y pataleos-. ¡Me quieren violar!

            Los oídos de Chiqui captaron la voz a lo lejos. Su corazón se aceleró.

            -¡Estela! –gritó de nuevo-. ¡Soltadla!

             -¡Ven a ver sufrir a tu niña! –gritó el que sujetaba a Estela-. Ah, perdón, que no puedes ver –Rio.

            Estela gritó a voz de cuello.

            -¡Que te estés quieta, maldita!

            Chiqui lo escuchó, y también el golpe que se originó después de la frase. Lo recibió su novia, pero a él le golpeó en el pecho como una auténtica puñalada. La sentía llorar de dolor y miedo

            -¡SOLTAAAAADLAA! –bramó con los puños apretados.

            Perdió la orientación al ponerse nervioso. No sabía si su casa estaba adelante o atrás, por ello intentó moverse y tropezó.

            El agresor consiguió quitarle las bragas a Estela. Él se bajó los pantalones.

            -¡Sujétala bien! –gritó.

            -¡Suéltame suéltame! –Pataleaba más.

            -¡SUJÉTA LAS PIERNAS, JODER! –vociferó quien intentaba violarla.

            -¡Estelaaaaaaa! –rugió Chiqui desde el suelo. Clavó las uñas en la poca hierba y la arrancó entre gritos rabiosos.

            El agresor se bajó los calzoncillos mientras su compañero seguía apretando la cabeza de la chica contra la hierba. Ella se preparó para sentir, sentir dolor, miedo, el que uno de esos malnacidos entrase en ella a la fuerza. Sus lágrimas suavizaban la hierba reseca mientras la aspereza dañaba sus ojos. Eso no era nada en comparación con lo que podría llegar a sentir. Gritó una vez más el nombre de su chico, sin fuerzas, derrotada. Sabía que ninguno de los dos podían hacer nada.

            -Ya eres mía, muñeca.

            Estela copió el gesto de su novio y estrujó la hierba, tal y como querría hacer con la garganta del que iba a violarla. Cerró los ojos y chilló.

            -¡Cuidado, Hugo! –vociferó el que sujetaba a Estela cuando vio aparecer a Chiqui. Pero no le dio tiempo a apartarse. Gritó al sentir la fuerza de una pierna golpearle en la espalda. Rodó por el suelo; la joven quedó libre de cintura para abajo. Blas (que era el otro agresor, tal y como habían planeado) se aturulló y la chica aprovechó para levantar la cabeza y golpearle. Este también gritó, pero no tanto como al ver que tenía delante a su eterno rival.

            -¡Estela! ¿Estás bien? –preguntó Chiqui, aturdido-. ¡Ven conmi…!

            Blas se encargó de quitarle la vista, pero desde el principio, Hugo digo que él remataría la faena. No había podido hacerle nada a Estela, pero al igual que su amigo, odiaba a muerte a Chiqui; por lo tanto, le dio un fortísimo golpe en la cabeza que le dejó sin habla, sin fuerzas.

            -¡Chiquiiiiii! –gritó Estela cuando vio y pensó. Veía sufrir a su chico, pero además sabía que un nuevo golpe en la cabeza podría quitarle la vida.

            Chiqui abrió unos ojos como platos. Sintió una masa calórica recorriendo su cabeza, como si a su cerebro lo envolviese un malestar general. Quedó paralizado delante de la figura perpleja de su chica, a quien no veía pero sentía dentro del corazón; del mismo que no desistía en seguir latiendo, pero le costaba. Cayó de rodillas, y después, cayó su cabeza, sonando como una roca al impactar contra el suelo.

            -Que lo has matado, tío. ¡Que lo has matado, imbécil! –le gritó Blas a Hugo. Este último respiraba con dificultad mientras miraba lo que acababa de hacer, arrepentido.

            -¡Chiquiii! –gritó Estela. Se arrodilló y le abrazó.

            -Hostia… ¡Hostia! –dijo Hugo. Se llevó las manos a la cara.

            -Cariño, dime algo. ¡Háblame, mi amor! –Ella lloraba, desesperada.

            -¡Hay que salir cagando leches de aquí! ¡Vamos, payaso! –le dijo Blas.

            Hugo miró una vez más el cuerpo de Chiqui antes de salir corriendo.

            -No te mueras, mi amor –insistía ella. Le daba golpecitos en la cara, le zarandeaba; y también le frotaba el pecho-. Despierta, por favor. ¡Mi vida, reacciona!

            Gritó, histérica. Veía que su chico no volvía en sí, que lo que estaba tirado sobre la hierba poco tenía de Chiqui y sí de un cadáver directo a pasarse el resto de la eternidad en un foso tan oscuro como sus apagados ojos.

            -¡AYUDAAAAA! –gritó a voz de cuello, pero nadie la escuchó, tan solo sus propios oídos-. ¡Ayúdenme! –Sus lágrimas caían sobre la cara inerte de su chico.

En las películas el amor lo cura todo, y hasta una gota salada puede apagar el llanto amargo de una novia para endulzarlo con una resurrección espontánea, vivir felices y comer perdices. Solo son películas. Si en la vida real el destino decide romper una relación, solo las lágrimas se asocian a la ficción: siempre están presentes, y es lo único a lo que la desconsolada chica que acaba de perder a su novio puede agarrarse. Llorar y llorar.

Salió corriendo.

La puerta de la casa estaba abierta. Entró como una zombi, como un auténtico cadáver que pisa sin saber por dónde anda. Sus ojos intentaban captar la posición del teléfono móvil mientras un ahogo oprimía su pecho y no dejaba de hipar. Lo encontró.

Quiso marcar el 112 pero sus dedos marcaron el 1111111; después sí.

-Servicio de emergencia –le dijo una señorita.

-Mi… -Entristeció-. Mi amor se ha muerto.


(CONTINUARÁ EL VIERNES)

9 comentarios:

  1. No comparto la opinión de Chiqui sobre que el autor de "Diario de un fracasado" no sabe escribir. Por cierto, detallazo la mención de tantos autores indies. Pero eso no te salva de mi resentimiento por haberle hecho eso a Chiqui... Esperaremos a ver si te perdono en la siguiente entrada.

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    1. Quería mencionar a todos los que me compartís, leéis y comparto. Creo que Chiqui no está a gusto con su creador, por eso ha dicho eso jajaja. Me perdonarás, seguro :)

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  2. Bueno... De verdad que no sé qué decir...
    Tú ya sabías que este capítulo no me iba a gustar... Y has acertado... Aunque sólo si hablamos del argumento, claro. Evidentemente Chiqui no es un buen crítico literario, porque si algo sabe Jose Losada, es escribir. En fin... o termina bien o perderemos las amistades. ¡¡¡¡Y SÍ ES UNA AMENAZA!!!!
    Por cierto, gracias por la mención a tantos autores buenos. Gracias de verdad.

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    1. Sí, sabía que no te gustaría. Creo que acaba bien, que puede gustarte. Desde la segunda parte ha bajado el número de lectores, pero creo que las cuatro que más lo seguís os gustará. Por supuesto gracias a ti. Quería mencionar a todo el mundo que comparto y me lee. Muak

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  3. Hola buenas noches , vaya xd.. este capitulo nos has tenido en ascuas , empezaré diciéndote que muy buena inclusión sobre todas las demás novelas de algunos noveles y otros no tanto, de autores de diversas modalidad de estilos , eso dice mucho de ti.
    Y respecto al capitulo en sí , pues , pues , que tienes que hacer que chiqui vuelva en sí , no podemos dejar que esos dos bárbaros se salgan con la suya , así que a ver como te las ingenias y haces que esta novela sea romántica con final feliz ... saludos y ya queda menos para el viernes.

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    1. Buenas noches, Campirela. Sí, quería mencionar a compañeros. Creo que acaba bien y que puede gustarte. Gracias por comentar siempre. El viernes ya podrás leer la penúltima parte

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Ays que encanto de persona eres, de verdad. Menudo repaso nos has dado al principio del relato!! Muchas gracias por incluirme cielo, me ha encantado. Por cierto, que me tienes muerta morida por saber cómo acaba esto... Un besazo

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