lunes, 22 de febrero de 2016

Déjame pasar, mamá

Antes de nada me gustaría agradecer el constante apoyo. (¡¡Gracias!!)     
Cada vez que abro el blog veo que supera las 140 visitas diarias. (¡¡Gracias de nuevo!!). Relatos como "Mi boca" "La estrella de tu ventana" "Quien vale soy yo" "Tatuaje" o, el reciente "Belén viviente",  hacen que minirelatosterrorificos.blogspot.com crezca día a día; pero esto no funcionaría si vosotros no entraseis en él y leyerais los relatos. (Gracias eternas).
        Me ha dado por escribir una breve introducción antes de cada relato. Hoy, lo escribo para informar que, a pesar de la buena acogida que ha recibido Belén viviente, este blog no es más que un espacio en donde voy subiendo mis creaciones de terror; y ya sabéis (todos los que lo hayáis leído) que precisamente dicha historia no es de terror. En esta entrada vuelvo a romper la magia macabra del miedo para ofreceros un relato triste, demasiado triste. Sigo trabajando con el miedo, y de hecho, con bastante miedo. Me refiero a que escribo novelas de terror, y por dedicarme a ellas no tengo tiempo de escribir pequeñas dosis terroríficas. Poco a poco revisaré los relatos que tengo por ahí y, entonces sí, volveré a subirlos. Mientras tanto, os dejo con una historia en la que podéis hallar terror dependiendo de la forma en que queráis vivirlo. Yo suelo encontrar terror en muchas historias, casi en todas; siempre digo que el terror no solo son fantasmas, zombis o vampiros, es mucho más que eso.
      Leed las palabras del niño que va a contaros la historia y decidid si forma parte del terror o solo de la pena, de la agonía infantil.
      Por último, añado que subo esta fotografía para mostrar un rostro feliz como antesala a lo que puede ser un rato apenado.
      Espero que os guste, que no lloréis mucho y que pronto sigáis leyendo más historias mías como José Losada y no como Santiago Bernal. Este último, el romántico y tristón Bernalito, siempre anda en la reserva. ¡Hoy juega de titular!
      Miles de gracias, de verdad.
                                                                José Losada
  

        
                              

                                                   Déjame pasar, mamá

Desde muy pequeño mi mamá me enseñó buenos modales: pedir las cosas con un por favor delante del deseo y a no entrar en un lugar sin permiso. Cuando una vez se me ocurrió entrar en la habitación de mi hermana mayor sin llamar a la puerta, me quedé varios días sin jugar con el coche teledirigido. Se lo dijo a mi madre, y esta me castigó; aquel día mi hermana se estaba cambiando de ropa y no le gustó nada que yo la viera sin ella. Todavía no entiendo por qué se enfadó tanto si siempre me veía a mí ponerme el pijama antes de que mamá me leyese un cuento... Desde que ocurrió esto siempre pido permiso antes de entrar en alguna parte de la casa, para que así digan que soy un niño educado y obediente. Lo que pasa es que a las dos les debe de durar el enfado, porque ninguna me hace caso. No puedo moverme de donde estoy, ni un solo pasito mientras no me dejen pasar.

         Las veo desplazarse por la casa, de un lado a otro. A veces me miran, y a veces mueven los labios mientras me observan, pero no escucho nada de lo que me dicen, así que o hablan muy bajito, o me he quedado sordo. Mamá llora mucho, tanto como cuando vio que papá dejaba de respirar. Lloraba porque nunca más volvió a venir por casa. Me dijeron que se había ido muy lejos y que volvería a verlo dentro de muchos, muchísimos años... Mi hermana también llora algunas veces, pero casi siempre sus lágrimas terminan en los dedos de un chico que la viene a ver casi todos los días. Él usa las manos para limpiárselas como mamá me las limpiaba cuando yo no quería cepillarme los dientes y ella me obligaba. Mi hermana sonríe cuando el chico se las limpia, le hace más caso que a mí, y encima de que no pide permiso para entrar le deja estar mientras se cambia de ropa, y no se enfada con él. No es justo...

         Quiero poder tocarlas, y si hace falta limpiarles las lágrimas con mis dedos, pero no me prestan atención, es como si se hubieran olvidado de mí. A lo mejor mamá aún está enfadada conmigo por lo de mi hermana y por eso casi ni me mira. Quizá sí, aunque creo que se enfadó más el día que crucé la calle sin mirar a los lados. Vi un coche muy parecido al que yo tengo de juguete, y entonces crucé muy rápido para tocarlo. No recuerdo si lo conseguí porque cuando quise llegar a él debí de cerrar los ojos, y al abrirlos, fue cuando mi familia empezó a no escucharme y a no dejarme pasar. Yo grito "mamá", "tata", pero no quieren verme, prefieren usar los ojos para llorar.

         Me aburro. La puerta trasparente que golpeo todo el rato me da mucho frío. También me siento incómodo con esta ropa. Sé que mamá me vistió así una vez, antes de decirme que sonriera y que dijera patata, y ese día fui yo quien se enfadó porque mientras me reía mis ojos se hicieron pupa con una luz que ella sacó de una máquina. No sé por qué lo hizo, ni por qué vuelvo a tener la misma ropa, solo sé que quiero moverme y salir de aquí...

         Espera, ¡a mi lado está mi papá! Lleva un traje verde, con una metralleta como la que llevan los hombres de las películas que tanto le gustaba ver, y está mucho más joven. ¡Papá, papá! Jo, tampoco me hace caso. Está a mi lado, sí, pero no me habla. Su cara y su cuerpo no se mueven; ¡Viene mamá! Se acerca a mí. Otra vez llora. ¡Mamá! Por favor, ¿me dejas entrar? No entraré más en el cuarto de mi tata sin permiso, y no cruzaré nunca jamás sin mirar, te lo prometo. Pero déjame entrar, mamá, por favor.

         No responde, ¡pero me coge! ¡Por fin me muevo! Jolín, ella sigue llorando mientras me lleva hasta su pecho. Allí abraza el rectángulo de cristal en el que estamos metidos mi papá y yo, y veo que sí me deja entrar, lo que no quiere es que ninguno de los dos salgamos de su corazón.

                                                                                    

                                                                                     Santiago Bernal

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