lunes, 7 de diciembre de 2015

© Quien vale soy yo

           


Si alguien es capaz de aliviar la intranquilidad que me mueve como si estuviera expuesto a un sinfín de cables de corriente eléctrica que me elevan y me sueltan infinidad de veces sin remedio conocido, que me ayude, se lo suplico; que haga el favor de reducir mis fuerzas mortíferas para que yo, un pobre inculto de la vida, aun siendo clave para esta, se centre y no culmine con inconsciencia lo que puede remediarse de forma humana...
        Esa fue la frase que me acompañó hasta ayer, momento en que decidí dar un giro inesperado a mi existencia. Mi día a día me consume como si solo hubiese sido creado para trabajar. No descanso un mísero segundo, y de hacerlo, sería para siempre; aprendí a bajar el ritmo en momentos puntuales, siempre y cuando todo reinase en la más apacible calma. Los viejos tiempos se recuerdan con anhelo por volver a vivirlos, y yo lo deseo. Pero ahora, prácticamente convulsionando dentro de cuatro paredes que golpeo a fuerza bruta, en vez de caer rendido en un profundo sueño merecido mi energía aumenta siendo capaz de destruirlo todo. Con un movimiento decisivo, solo con uno, podría destruir a una familia entera. Poseo un valioso poder, tan valioso como la vida. Soy yo, nadie más; valgo oro aunque no lo pese. He tenido la suerte de haber compartido mi cuerpo con muchas, demasiada mujeres. Sin embargo no he podido hacerlo de la manera que me habría gustado. Por ello, cansado de sentirme como un juguete, mi venganza se ha escapado del lugar oculto en que la llevaba guardada durante... no sé, bastantes años. No es a ellas a quienes odio y a las que me gustaría putear, sino al único culpable de todo mi sufrimiento. Quizá mi decisión no sea la más correcta. No obstante, sí la más efectiva.
        Mujeres, mujeres y mujeres. Toma mujeres ahora.
        Como bien he dicho, tuve la suerte de conocer a unas cuantas chicas. Así calculando... Creo que sí, unas seis u ocho al mes; aparecían, las cuidaba, daba todo mi cariño y, en el momento de querer marcharse para siempre al no desearme, no pudieron, yo me encargué de retenerlas. Como me ha sido imposible guardarlas intactas, me he tomado la libertad de quedarme con un pedazo de cada una: su cabeza. Sí, tengo la de todas en mi poder. (Jajajaja). Sus impávidos y desmejorados rostros me miran sin vida aunque alimentándose de la sangre que escurre por ellos; todas fueron bonitas, pero no tanto como lo soy yo. Las retengo, sin embargo soy bueno, ese es el problema que ha hecho que me rompa en pedazos una y mil veces, que me enfurezca y que, provocado por una rabia invisible que me domina apoderándose de mí al completo, enloquezca y no haya quien me pare.
Toda mi frustración podría eliminarse con un sencillo "basta", algo así llamado "fuerza de voluntad", pero nunca llegó, y no llegará, ahora seré yo quien se encargue de no buscarlo, sino de culminarlo de una vez por todas... ¿Me acompañas en mi final? Te prometo que será divertido y las chicas quedarán libres, sanas y salvas. No tengas prisa por entenderme, todo a su debido tiempo.
¿Recuerdas esas cuatro paredes que no dejo de golpear? Pues insisto en aporrearlas con fuerza, con una fuerza interior que me caracteriza; derramo sangre, litros de un cálido rojo que desprendo —como siempre—urgido a completar dicha acción. No me preguntes cómo porque ni yo mismo lo sé, simplemente lo vengo haciendo desde mi primer día de vida: primero muy deprisa, luego más pausado, después algo más acelerado, más tarde con calma y ahora una vez más (deseoso de terminar, por fin) de nuevo a máxima velocidad.
        Podría decirse que las fuerzas de mis golpes retumban como si mi cuerpo estuviese diseñado con el material de un tambor, y que cada vez que arremeto con energía, un eco invisible y más repetitivo que cualquiera de los que conozcas se adueña de todo su alrededor petrificando a lo más vivaz; de hecho, la hora de paralizar ha llegado.
Voy a hacerme daño, pero juro que no me importa al saber lo que me depara mi satisfactorio final. La bomba de relojería decide explotar, y esa soy yo; dispongo de muy poco tiempo para que me recuerdes, por ello espero que pueda explicarte qué es lo que soy y cuál es mi verdadera función. Bien mirado, tal vez no haga falta. Creo que a buen entendedor pocas palabras... Mi dueño (si puede llamársele así) oye pero no escucha, y no siente, ya que soy yo quien ha sentido por él durante toda su vida. Sin embargo por una vez —y solo por una— ambos nos fusionamos en una recíproca y dolorosa sensación mortal; él oprime su angustioso pecho con la mano derecha, la única que continúa funcionando aunque con sobreesfuerzo mientras yo me encargo de hacerlo tambalear, de que le falte el aire y que boquee como un pez fuera del agua. Agoniza pensando en su miserable vida, y es curioso que recuerde de una pasada todo con lo que yo llevo conviviendo durante mi existencia.
         Dije que tenía mucho poder, tanto como para provocar infartos y una muerte repentina; dije que golpeaba con fuerza cuatro paredes que, bien miradas, una caja torácica también las posee. Y dije que era bueno a pesar de conservar conmigo un centenar de cabezas femeninas. Ahora sabes que solo eran recuerdos incrustados en mí, en un órgano vital que, además de soportar un sufrimiento inmerecido he tenido que morderme mis labios ficticios cada vez que a mi "dueño" le decían sin merecérselo, siendo yo el único que lo merecía y al que en verdad se referían: "Te quiero, corazón".

José Losada



 




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