viernes, 20 de febrero de 2015

Uno más en la habitación

                                               Uno más en la habitación




Son las siete de la mañana de un día invernal, hora en que el despertador de Natalia suena indicando un nuevo día en su vida. Perezosa, se frota los ojos y bosteza, farfullando disconformidad por tener que levantarse. Ya de por sí tiene muy mal carácter; por las mañanas aumenta, y hasta prácticamente las doce del mediodía no se relaciona con nadie. En la facultad ya lo saben y por ello no abren la boca hasta esa hora.

Se incorpora y mira la ventana. Intuye que se avecina una fuerte tormenta, un ingrediente más para aumentar su rabia. Tiene por delante 48h de trabajo duro, aguantar pacientes quejicas a los que apenas puede tomar la tensión; es residente, y según ella a todos los tratan como niños pequeños.

    Qué ganas de terminar y tener mi propia consulta, pensó y se levantó.

Todavía tenía los ojos obnubilados, pero no le hacía falta ver las zapatillas en las que metía los pies para darse cuenta de que algo raro sucedía.Se quedó extrañada, pensativa. Intentó no darlo importancia y dar un paso directa hacia el baño. Ese preciso paso fue el decisivo para volver a lo extraño. Las zapatillas le quedaban enormes.

    -¿Qué pasa? – se preguntó -. ¿Acaso sigo soñando?

No tenía por costumbre encender la luz de la habitación nada más levantarse. Sus primeros pasos siempre iban hacia el baño y, al conocerse de memoria el piso, lo veía una bobada. También intervenía el ser bastante agarrada. Pensaba que con tener que pagar el alquiler ya era suficiente. Había que evitar gastos innecesarios, sin embargo esta vez no tuvo más remedio que encender la lamparita de la mesilla y así ver claramente qué sucedía.

Pudo ver perfectamente que sus zapatillas seguían allí, como siempre, al lado de la cama, solo que las que llevaba puestas no eran de ella.

     -Qué… - Quiso continuar, pero un terror meditabundo se lo impidió.

No podía evitar la intranquilidad. Lo normal sería despertarse sola, como todos los días; no vive con nadie más y no recordaba haber compartido la noche con ningún chico.

No movía el cuerpo, pero sí giraba la cabeza intentando divisar algo con lo que obtener una respuesta a lo que ocurría. No había nada ni nadie. Lo único nuevo eran las zapatillas.

El terror se apoderó de ella y se las quitó soltando una patada. Se sentó sobre la cama mientras se mordía las uñas. El ruido del somier se unió a su pensamiento, pero esta vez no quería hacerle caso.

La mente parecía decirle: Natalia, agáchate y mira debajo de la cama. Si hay alguien más en la habitación tiene que esconderse allí.

No era capaz de hacerlo. Cabía la posibilidad de que efectivamente el dueño o dueña de las zapatillas estuviera allí escondido, sí, pero no quería comprobarlo. También podía hallarse en otra parte de la casa, esperarla en el baño, esconderse tras el sofá o tras la puerta de la cocina, donde precisamente tenía el móvil cargándose, como lo dejaba todas las noches. Ahora se arrepentía de no tenerlo a mano.

Algo tenía que hacer, no podía quedarse de brazos cruzados.

Volvió a incorporarse rápidamente. Corrió hasta la puerta sin importarle meter ruido, ni siquiera lo pensó. Desde allí, se agachó con sigilo y miró bajo la cama a distancia. Aparte de sus verdaderas zapatillas no había nada más. Bajo la cama no, pero sí detrás de ella. Vio pasar una sombra fulminante. Se detuvo justo a su espalda.

Le gustaba mucho la cardiología, y había pensado especializarse en ello, pero jamás se había planteado hasta dónde aguantaría un corazón con un latido tan acelerado como el que ahora tenía. La respiración cesó por momentos, pero la taquicardia era inminente.

     -Qui… ¿Quién puede ser? – pensó atropelladamente.

En esos momentos de tensión sí fue capaz de recordar haber visto una sombra similar en la noche. Ella pensó que se trataba de un sueño mientras dormitaba. Ahora sabía que no, que era real.

Tenía que darse la vuelta, quedándose petrificada no evitaría el peligro; la respiración volvió, jadeante, pero de la que pudo conseguir tomar algo de aire a modo de fuerza necesaria. Después se dio la vuelta, muy despacio y rígida, con los ojos desorbitados. Ante ella, en mitad de una luz tenue que parecía alejarse por completo de la habitación, halló el rostro del horror. Se trataba de un hombre, alguien a quien hacía años que no veía y ni siquiera echaba en falta: su padre.

Los ojos desorbitados fueron cambiando de forma mientras sus párpados se entrecerraban acompañando a una expresión de odio, con el ceño fruncido. En vez de preguntarse cómo había llegado él allí, prefirió preguntarle:

    -¿Qué haces aquí?

    -Hija…

    -¿Te largaste hace más de diez años, y ahora vienes a mi casa, entrando como un ladrón? – le interrumpió.

     -Jamás le he robado nada a nadie. No soy un ladrón

     -Me robaste parte de mi vida. Creo que es suficiente. Vete de aquí y déjame pasar, tengo que ir a trabajar.

    -Escúchame un momento, por favor.

    -¡He dicho que te vayas! – le gritó.

    -No recuerdas esas zapatillas, ¿verdad? – La pregunta pilló a Natalia por sorpresa. Esperaba una contestación, pero no esa pregunta. De todos modos surgió efecto porque se detuvo a pensar en ellas -. De pequeña te encantaba ponértelas – continuó el padre -. Te caías y levantabas una y mil veces. Era muy cómico verte con ellas.

    -¿A qué vienes? ¡Qué quieres ahora! – volvió a gritarle. Su orgullo no la dejaba reconocer que le seguía queriendo, y siempre le quiso.

    -Vengo a regalarte las zapatillas. – La cara de ella volvió a ser de sorpresa -. Pero sobre todo a verte.

    -Pues gracias y adiós.

    -Hija…

    -¿Ahora soy hija? ¡Que te fuiste de mi vida! ¡Jamás te importe!

    -Más que nada en el mundo – aseguró él.

   -¿Sí? – respondió irónica -. No se notó. Una niña recuerda siempre el último beso de su padre, el de despedida que jamás me diste.

    -Quiero hablarte de eso. Escúchame.

    -Ya te he escuchado bastante. Vete.

    -Cuando me vaya te arrepentirás. Escucha, por favor.

     -¡He dicho que te largues! Yo también te lo pido por favor.

Natalia agachó la cabeza esperando que su padre se fuera, y así lo hizo. Cuando levantó la vista ya no estaba allí. No salió por la puerta, solo desapareció. Ella quedó asombrada, intuyendo lo que ocurría y pidiendo seguir siendo incrédula.

    -¿Pa… pá? – preguntó a la nada, emocionada de miedo y pena al mismo tiempo.

     -He intentado explicártelo, pero no me has dejado y mi tiempo ha terminado – dijo una voz -. Estaría días enteros dándote besos, pero no puedo, y cuando les quisiste no pude. Te dijeron que tu papá había hecho un largo viaje, ahora puedes darte cuenta que era eterno… La última vez que te vi no querías separarte de mis zapatillas. Ahora son tuyas. Póntelas, te protegerán siempre.

La chica volvió a sentarse sobre la cama, derrumbada. La voz de su padre cesó.

Natalia siguió llorando. Una de sus lágrimas cayó impactando sobre la zapatilla derecha. El rostro de su padre se reflejó en ella, sonriendo. Ella cogió la zapatilla, y solo veía allí el rostro de su difunto padre, iluminado. Lo besó.

     -Perdóname, papá. Nunca me perdonaré el no haberte escuchado. Tendría que besar el suelo por donde pisas, y como no pienso separarme de tus zapatillas, podré hacerlo, porque será como si tú siguieras pisando mientras camine con ellas.


                                                                    FIN


José Losada

2 comentarios:

  1. Es una bonita y triste historia a la vez. Ellos (nuestros seres queridos) siempre se despiden, de alguna u otra manera se acercan a decir el último adiós. Buen relato, me gustó.

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    1. Muchas gracias!! Me alegro que te haya gustado. Sí, este es más bien de pena que de terror :)

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