martes, 24 de febrero de 2015

Miedo a la muerte


MIEDO A LA MUERTE

Homenaje a Edgar Allan Poe

                           

Anselmo volvía a bajar allí. Hacía años que no lo hacía, pero esta vez no le quedaba más remedio que seguir el instinto de su intranquila curiosidad. Su obsesión por dejarlo todo bajo control para no ser enterrado vivo llegó hasta el punto de cometer una grandísima locura: una profanación. No era consciente de encontrarse ante la puerta que ocultaba el cadáver de su difunto padre. Sabía que en aquel mausoleo guardaban los restos de su progenitor, y siempre lo supo, sin embargo no era consciente a la hora de querer abrirlo solo para calmar sus nervios y darse la razón. El difunto no querría que lo molestasen. Según Anselmo, su padre había muerto dos veces: una a la vista de todos y otra en soledad, cuando ya no tuvo opción de abrir la caja del ataúd y salir al exterior. Precisamente él quería evitar que lo dieran por muerto, como a su padre; por ello tenía que abrir la puerta y enseñarle a su esposa el macabro esbozo de sufrimiento que reflejaba la cara del cuerpo yaciente. Tenía que reflejarlo.

-¡Atenta! – anunció -. Quiero que te fijes bien en el rostro de mi padre. Si algún día ves que yo tengo esa misma mueca en mi rostro aparentemente muerto para el mundo, no me entierres, te lo suplico.

-¿Estás seguro de querer verlo?, sabes que sufres del corazón y el mínimo susto podría llevarte adonde tanto temes.

-También sé que sufro de catalepsia, y con esa enfermedad los médicos tomamos a la gente por muerta cuando en verdad está viva. No se respira, no se mueve un solo músculo, pero se escucha todo sin poder articular palabra ni gesto. Tú misma has presenciado dos ataques míos de catalepsia… Tengo que hacerlo – añadió y abrió la puerta.

No hubo tiempo de visualizar el cadáver porque este se hallaba nada más abrir, apoyado en la puerta en vez de descansar en el interior del ataúd. Cayó en brazos de Anselmo, y también él, perdiendo el conocimiento por el terrible susto. Matilde – la esposa – miró el cuerpo muerto de su marido.

-Te lo avisé, y gracias al cuerpo de tu padre - que yo misma coloqué en la puerta para que te asustaras- , no me has hecho caso y ahora sí, has muerto. Esta vez sí – se dijo con una malévola sonrisa.

Se giró para salir de la cripta e ir en busca del dueño de pompas fúnebres para que recogiera el cuerpo. Quiso salir, pero un golpe en la cabeza se lo impidió.


Matilde despertó pasados quince minutos. Cuando lo hizo, se vio en el interior del ataúd que Anselmo se había preparado para el día de su muerte. Aturdida, intentó frotarse los ojos para ver con claridad en dónde se encontraba, pero notó que no podía hacerlo, estaba atada de pies y manos.

-Anselmo, ¿por qué estoy atada? ¿Qué hago aquí?- le preguntó al ver que él la contemplaba, sentado a su lado, sonriente.

-Querida, además de médico soy inteligente, si no, jamás hubiera conseguido diseñar este método que me permitiría salvarme en caso de morir. Por eso te digo que noté tu plan, ya era descarado. – Ella tiritaba -. Llevas meses poniéndome trampas para que mi corazón deje de latir de una vez por todas, enterrarme y quedarte con mi dinero.

-¡Jamás he…!

Él la calló con un gesto siseante.

-No malgastes fuerzas – siguió él –, y tampoco niegues lo evidente. Tú misma has confesado que colocaste el cadáver de mi padre en la puerta para darme un susto mortal.

-¿Qué quieres hacerme?- preguntó aterrada.

 -Lo mismo que quisiste hacerme tú, solo que de diferente forma.

-No te entiendo…

-Es muy sencillo. - Anselmo se incorporó -. Como tú no sufres de catalepsia no parecerás un cadáver, y mi intención es enterrarte consciente, por supuesto.

-¡No hablas en serio!

-Déjame terminar – Él se puso serio -. A mí sería fácil enterrarme mientras estoy vivo, pero como contigo no puedo hacerlo, mi cerebro ha vuelto a planear una brillante idea que no fallará. Te taparé la boca.

-¡No lo conseguirás! – gritó ella -. ¡Abrirán la tapa y verán que sigo viva! ¡Me sentirán!

-¿Abrir la tapa? – preguntó él, sonriente -. ¿Para qué iban a querer ver el cadáver cuando yo, un médico, ya he firmado tu defunción? – La enseñó el informe y ella abrió los ojos con espanto.

-Otra cosa… -Él hizo una pausa para aumentar el terror -. Tienes atadas las articulaciones de todo tu cuerpo y no puedes mover un solo músculo para que te escuchen, pero como todo en la vida puede fallar y permitirte dar un ligero golpe que descubra mi infalible plan – y cuando digo infalible es infalible -, lo he calculado todo minuciosamente. Imagina que una de las correas de tus pies se afloja y tú puedes dar una pequeña patada en la tapa, sería fácil, te escucharían y te sacarían; imagina que ocurre lo mismo con la de las manos y empiezas a dar porrazos. Te aseguro que no pasará, y no pasará porque serás la excepción de todos los cadáveres del Camposanto. Te enterraré bocabajo. – Matilde quiso chillar de horror pero una mordaza se lo impidió.

-¿Pensabas que mi gran idea solamente era taparte la boca? Qué lástima. Bocabajo tendrás las manos en la espalda y no las moverás en caso de fallo; lo mismo te digo con los pies, te será más difícil y no llegarás a golpear la superficie con el talón, ni siquiera rozar con la punta de los dedos la madera en la que vas tumbada. El reducido espacio no te permite  apenas hacer ruido. Sentirás caer la tierra mientras golpea el ataúd del que jamás saldrás, y además te dejaré los ojos abiertos para que aunque estés en la oscuridad los abras en algún momento y contemples el horror de vivir un entierro en vida, con la barbilla pegada a la madera de pino. Derramarás lágrimas angustiosas, asfixiantes. Solo eso… Ahora sabrás lo que es el miedo a que te entierren en vida, y también lo vivirás.

Anselmo la dio la vuelta y después tapó la caja.

-Chao.


En la noche se escuchó un quejido ahogado bajo las profundidades del Camposanto, fue el último suspiro que solo escuchó la propia Matilde, justo antes de morir asfixiada.


                                                          FIN      

                                                                        José Losada


2 comentarios:

  1. ¡Uy! La peor manera de morir es esta sin duda, pensarlo es una pesadilla, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Genial homenaje a Poe. ¡Saludos!

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    1. Solo de pensarlo entran escalofríos. Yo tampoco se lo deseo a nadie Jajaja. Gracias!!!

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