sábado, 21 de febrero de 2015

Mi cara oculta

                                                             Mi cara oculta

                           




Este relato forma parte de un ejercicio basado en la película "La cara oculta"; son los mismos personajes a excepción de uno creado por mí, parte de la misma historia y contenidos de importancia... Tenía que elegir una película y crear un relato con sus personajes. Salió esto que podréis leer a continuación.



Adrián es un joven de veintiocho años, moreno, de ojos oscuros, barbado y un apasionado de la música. De hecho, acaban de nombrarle director de la orquesta "Bogotá", y está muy contento con su nuevo cargo. Por más que ama la música prefiere pasarse el resto de su vida dirigiendo que componiendo.
Tiene intención de casarse con Belén, de su misma edad y con la que además de compartir la vida también comparte color de pelo y de ojos. Lo de la música no, no todo el amor es perfecto. Aún no vive con ella, y sí con su madre, llamada Yolanda. Tiene sesenta años y lleva escribiendo desde los dieciocho; cualquier noticia que tenga que dar la escribe a ordenador, no se despega de él. Su cabello es de color grisáceo y destaca demasiada prepotencia. Ahora espera – entre nervios – la llegada de su hijo y futura nuera mientras escribe uno de sus tantos relatos de misterio.

     -Ya estamos aquí, mamá – anuncia Adrián. Ella responde a su hijo, a Belén ni la mira. No quiere a esa chica para su hijo. Belén ha topado con una suegra quejica, antipática y cruel. La aguanta desde el primer día, pero si no llega a ser porque quiere demasiado a Adrián, la mandaría a tomar Fanta.

    -¿Historia nueva? – pregunta Belén con ademán de simpatizar. Yolanda no deja de teclear y responde, sin mirarla:

     -Adri, hijo, cierra la puerta que parece que hay corriente. – Un esbozo falso es la siguiente respuesta, en Belén, un rechinar de dientes.

     -¿Puedo hablar un segundo contigo, Adrián? – le dice su novia.

     -Claro. Dime.

     -En privado.

     -Hala, hala, ve detrás de ella como un corderito – añade Yolanda.

     -Mamá, por favor…

    Adrián sigue a su chica, quien se había esfumado rabiosa.

    -No aguanto a tu madre. No sé si con esta van ya…

    -Diez o doce veces en año y medio – concretó él -. Sí, me lo has dicho. ¿Pero qué quieres? ¿La mato?

    -Yo te quiero mucho – siguió ella -, pero se me hace complicado estar a gusto delante de ella. Me odia. No quiere que estés conmigo…

    -Las madres son muy protectoras. Quiere lo mejor para mí, pero en este caso no comparto su idea.

    -¿Acaso yo no soy buena para ti?

    -Claro que sí. No he querido decir eso. Solo que… - Belén le miraba deseando que terminase la frase -. Es mi madre, Belén. No puedes ponerme entre la espada y la pared.

    -No te estoy dando a elegir, simplemente yo también quiero un poco de comodidad. Ella está en su casa, a gusto, tranquila… Yo soy la extraña, la que no pertenezco aquí. ¿Cómo crees que me siento? Te pido apoyo, nada más.

   -¡Pero ella es mi madre! – grita Adrián.

   -Y yo tu chica. Puedes tenernos a las dos si pones un poquito de tu parte. Hablar con ella no estaría nada mal.

    -No puedo cambiar el carácter de mi madre.

   -Estoy flipando…

    -Sabes que me ocurrió lo mismo con mi anterior pareja.

    -No me extraña – añadió Belén.

    -¡Vale ya! Me exiges pero eres tú la que no se da cuenta de nada. mi madre es la única persona en el mundo que jamás me abandonará. Las demás mujeres sois todas iguales.

    -¿Crees que no te abandonará? ¿Y que todas somos iguales? – Belén seguía alucinando -. El día menos pensado coge el portátil y se larga a una residencia. Quiere amargarte la vida, ¡pero solo piensa en ella! Piénsalo un poquito y verás que no te necesita para nada.

    -Piénsalo tú, Belén. Si me quisieras de verdad no estarías faltando a mi madre. – Adrián se fue.       Dejó a Belén en la puerta de aquella casa extraña para ella.

     La joven se sentía mal. Las últimas palabras de su chico le hicieron pensar, sentirse mal y darle la razón aunque no la tuviera.

    Que conste que lo hago por ti, pensó y entró en la casa.

    Yolanda seguía escribiendo, y su intención era seguir haciéndolo sin que nadie la molestara. Apartó la vista de la pantalla el único segundo necesario para divisar a Belén, y también ver que su hijo no entraba con ella. Por ello volvió a centrar la atención en su relato.

    -Yolanda, yo quería…

    Y en mitad de la noche, cuando todo el mundo dormía, una figura traslúcida pasó por la habitación de Héctor, crispando sus nervios hasta dejarlo abatido en un rincón. – Fue la contestación de Yolanda, leyendo su propia creación.

    -No me mires así, niña – siguió -. No te veo tan estúpida como para no entender que no quiero moscones a mi lado.

    -No soy…

    -Eres más bien lista – la interrumpió -. Quieres cazar a mi hijo, pero no lo mereces.

    -¡Basta ya! – gritó Belén -. ¡Es imposible con usted!

Se dio la vuelta, dando un respingo al ver su propia silueta en el espejo del salón. Lo había visto en otra ocasión, pero no le prestó tanta atención como ahora.

    -No lo mires tanto. Se necesitan muchas Belenes para pagar lo que vale – volvió a decir Yolanda.

Belén aferraba los puños llena de ira.

    -Aunque ahora que lo pienso… - siguió Yolanda -. ¿Adrián nunca te ha contado lo que esconde ese espejo?

    La chica no tenía ganas de responder, pero una vez más pensó en su novio, y dijo:

   -No.

   -Eso es porque no te ve importante para él. - Belén siguió aferrando los puños -. A Maica, su anterior pareja, sí se lo contó. Incluso lo vio. – La anciana se incorporó.

   -Es un simple espejo, señora. ¿Acaso esa tal Maica era tan bella que el cristal resplandecía con su silueta? No me haga reír.

   -Esa Maica se esconde detrás del espejo – respondió cuando Belén se había dado la vuelta para marcharse -. Un cuarto que el propio Adrián construyó para dormir con su amante, o quizá tú seas su amante… Todas las noches duerme con ella, y cuando os caséis, si esque todavía te quedan ganas de hacerlo, seguirá durmiendo con ella porque para eso ha construido el escondite. ¿Por qué crees que no quiero que estés con él? Porque no te necesita, ya tiene a Maica, que vale mucho más que tú.

    Belén no quería creerlo.

   -No la creo. Es su hijo. Nunca hablaría mal de él.

    La anciana apartó un libro de la estantería, sacó una llave y la introdujo en la cerradura que quedó a la vista. El espejo se abrió, dejando ver que en verdad había un escondite tras él. Belén miró anonadada. Yolanda no mentía, al menos a primera vista.

    -En el fondo me das pena. Yo soy una mujer, como tú, y me repatea que te dejes engañar.

    -Maica, tienes visita – añadió a voces.

    -¡No puede ser cierto! – gritó Belén y entró. Vio un habitáculo reducido, desde fuera parecía mayor. Contaba con un retrete, una ducha, un lavabo, un camastro y una estantería con tres libros.

Siguió mirando para hallar a Maica, pero cuando quiso volver a la realidad y darse cuenta de que la anciana la había engañado, sintió el estruendo que provocó el espejo al cerrarse.

Se dio la vuelta y vio a la anciana sonriendo a través de él.

    -¡Déjeme salir! – gritó aporreando el cristal, pero la anciana no podía escucharla. En cambio ella sí la podía escuchar.

    -Pero qué idiota eres y qué fácil me lo has puesto – empezó diciendo Yolanda -. Por fin me he desecho de ti. Un estorbo menos. No te preocupes, podrás seguir viendo a tu querido amor desde ahí dentro, y escucharlo. A tu derecha tienes un altavoz que te permite oír todo lo que hablemos mi hijo y yo, así como verle disfrutar en tu ausencia con alguna mujer que bien merezca la pena… Sin comida te calculo unos tres, máximo cuatro días de vida. Será suficiente para que Adrián encuentre una nueva chica.

    -¡Ábrame! – volvió a gritar Belén.

   -¿Mamá? – Adrián acababa de entrar.

    -Estoy aquí, hijo, a punto de acostarme.

   -¿No ha vuelto Belén?

    -Me gustaría decirte que no, pero sí lo ha hecho.

    -¿Y dónde está?

    -Vino a soltar por su boca todo lo que llevaba dentro. Después se fue. Esa chica es una víbora, ya te dije que no te merecía.

    -¿Pero qué ha dicho?

   -Aparte de insultarme… Que te deja, así, sin más. Aunque no te lo creas me duele decírtelo. Me he llevado un terrible disgusto.

    -¡No le hagas caso, Adrián! – gritaba Belén sin ser escuchada -. ¡Estoy aquí!

    -Ha sido tu culpa, mamá.

    -¿Cómo? – preguntó la anciana con el ceño fruncido.

    -No has parado hasta conseguirlo.

    -¿Qué dices? ¡Esa chica no vale nada a tu lado! Es mejor que se haya ido.

    -Esa chica es toda mi vida.

    -¡Pero no seas imbécil! ¡Con chicas así es mejor estar solo! Y al final te quedarás así. Si no sabes apreciar el amor de tu madre, cualquier día cojo el portátil y me largo a una residencia, de esa forma espabilarás. – Adrián se quedó pensando en esas palabras, justo las que le dijo Belén -. Te hablo enserio. Te dejo una nota escrita a ordenador encima de la mesa y listo. Te las apañas solo.

La anciana se fue a su habitación. Adrián quedó pensando. Belén sufriendo.



Tres días después, la anciana miraba por el espejo donde había encerrado a Belén. Los primeros dos días la chica no hacía más que dar golpes, y Yolanda lo sabía por la forma de sonar las tuberías, algo que Adrián no paró a pensar. Se extrañó al dar por muerta tan temprano a la joven, por ello aprovechó que su hijo se hallaba trabajando para abrir el zulo y entrar en él. Estaba oscuro. Belén no tenía la luz encendida y eso también era raro. La habilidad de un joven siempre lleva ventaja, por ello la chica pudo salir sin apenas ser vista por Yolanda. Belén cerró el espejo dejándola dentro.

   -¡Qué haces! ¡Abre inmediatamente!

    La joven quitó la llave de la estantería y se la guardó.

   -¿Quién de las dos se lo ha puesto fácil a la otra? Desde que la conozco no ha dejado de hablar y hablar, y como bien dijo: lo he escuchado todo. – La anciana quedó lívida al intuir las intenciones de la chica -. Prácticamente se ha despedido de su hijo, simplemente tendré que hacérselo saber en una nota escrita a ordenador, una nota que creerá ha escrito usted. Solo hay un estorbo aquí, y ese eres tú, que no mereces ni que te tenga respeto a la hora de nombrarte.

    -¡Hija, es el afán de una madre! No me lo tengas en cuenta.

    -Hasta siempre.

   Belén escribió la nota, la imprimió y dejó sobre la mesa. Después, cogió el portátil y saludó al espejo antes de irse.

   -¡Vuelve! – vociferó la anciana.

   Adrián llegó dos horas después, vio la nota y volvió a darse cuenta de que Belén tenía razón en todo.


FIN

José Losada 

 

 

 

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